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Puerto La Mar

5 de mayo de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 5 de mayo de 2023.

El venezolano Simón Bolívar, en su afán de nombrar y renombrar territorios, decidió el 25 de diciembre de 1825 que en esa república que el venezolano Antonio José de Sucre había fundado con su nombre (entre agosto y octubre de 1825 la que hoy es Bolivia se llamó “República de Bolívar”) habría un puerto que llevaría el nombre de un cuencano ilustre, héroe de las guerras de la independencia americana: José Domingo de La Mar. 

La Mar, nacido en Cuenca en 1776, hijo de vasco y de guayaquileña de orígenes vascos, fue el hombre que dirigió la descarga que dirimió la batalla de Ayacucho, tras la cual América del Sur se perdió para el reino de España. En el parte de batalla que firmó Sucre, se lo reconoció a La Mar así: “Cumplo el agradable deber de recomendar a la consideración del Libertador, a la gratitud del Perú y al respeto de todos los valientes de la tierra, la serenidad con que el señor general La Mar ha rechazado todos los ataques a su flanco y aprovechado el instante de decidir la derrota”. (La Mar también sería el primer presidente constitucional del Perú, entre 1827 y 1829.) 

Así,  por el pleno entusiasmo de Bolívar, surgió en Bolivia Puerto La Mar. En el decreto de diciembre de 1825 que habilitó a Puerto La Mar como puerto nacional de Bolivia, Bolívar justificó el nombre por él decidido por tratarse de “justa recompensa al mérito contraído por el gran Mariscal don José de La Mar, vencedor en Ayacucho”. 

Durante muchos años, Puerto La Mar fue el único puerto de Bolivia. Según el censo de 1832, este puerto tenía 536 habitantes, la mayoría de los cuales eran chilenos (266), había 104 bolivianos y dos ecuatorianos. 

(No creo que haya muchos otros territorios en el extranjero que lleven o hayan llevado el nombre de una persona nacida en territorio hoy ecuatoriano.)  

Puerto La Mar tuvo una existencia efímera. Lo primero que se perdió fue el nombre que le había impuesto Bolívar en 1825, confirmado el 1 de julio de 1829 por el primer gobierno boliviano. El puerto, por la fuerza de la costumbre y el peso de la tradición, recuperó el nombre que había tenido desde tiempos coloniales, que era Cobija (Santa María Magdalena de Cobija). En Cobija se exilió, por unos meses de 1860, el presidente ecuatoriano José María Urbina. 

Hacia la época del exilio de José María Urbina, Cobija tenía unos 1.000 habitantes y un cronista había descrito que ella “se forma de una sola calle de pequeñas casuchas de madera, situadas al pie de encumbrados y elevados cerros, cuya aridez se deja ver de lejos” y vaticinó que “su progreso no será mucho en largos años, porque a su mala localidad y bahía se agrega su extrema aridez”. Este cronista era Domingo Santa María, quien llegaría a ser presidente de Chile entre 1881 y 1886.

Lo siguiente que se perdió fue la pertenencia a Bolivia. Durante la guerra del Pacífico, Chile ocupó Cobija el 21 de marzo de 1879. Victorioso en la guerra, Chile (el presidente era Santa María) sumó Cobija a su territorio. (Fue entonces que Bolivia perdió toda su región litoral). 

Una vez chileno, Cobija se convirtió en puerto menor. Desde 1907, el lugar fue abandonado. 

El antiguo Puerto La Mar hoy es un montón de ruinas, cercanas a una caleta de pescadores.

Ucronía de un Quito español

14 de abril de 2019


Imagínense una ucronía al amparo de este meme:

1821: Tras unos devaneos iniciales, las fuerzas militares de Guayaquil fueron mermadas por una devastadora fiebre amarilla. Esto, más los problemas entre los Libertadores para unir sus fuerzas a fin de liberar Quito (“queda muy lejos”, decía el general Santa Cruz), dejaron pendiente su liberación.
1823: El personal libertario se preocupa del Perú. Quito sigue su vida de rutina.
1824: Tras la Batalla de Ayacucho se firma un tratado que dispone la salida de España del territorio americano, salvo por el enclave de Quito. “Yo no lo quiero”, dijo Sucre. “Nosotros tampoco”, dijeron los españoles. “Deje así”, terció un quiteño. Así quedó.
1826: España entrega el puerto del Callao. América continental está perdida para el Reino de España, salvo el enclave de Quito (le quedan, además, las islas de Cuba y Puerto Rico). En Quito hay toros y alcohol.
1868: Levantamiento en Cuba organizado por Carlos Manuel de Céspedes. Quito sigue su rutina de toros y alcohol.
1895: Levantamiento en Cuba organizado por José Martí. Quito, fiel a sí misma: toros y alcohol.  
1898: Independencia de Cuba y Puerto Rico. Quito introduce una variante: alcohol y toros (el cambio es meramente semántico, cosas de borrachos).
1900: Invención del Cuba Libre, que en el mediano plazo aumentó la oferta alcohólica en Quito, todavía enclave español fiel a su “señor natural”, el Rey Alfonso XIII.  
1939: Quito mantiene la neutralidad de España al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco es que podría hacer otra cosa.
1945: Se acaba la guerra. “Lo de siempre, cantinero”.
1992: Quinientos años del descubrimiento de América. En Quito, toros y alcohol, ¿cómo no?
2011: Triunfa una consulta popular que elimina la fiesta de los toros de la oferta de temerarias emociones alcohólicas de Quito (elimina la matanza de toros, para ser preciso). Les queda, sin embargo, más alcohol. Y, un poquito, Barcelona (pero el de España, verán).
2014: Felipe VI es proclamado Rey de los españoles. En Quito, festejan a su nuevo Rey con alcohol y añoranza de los toros.

Y olé.

El peso de una tradición

11 de marzo de 2019


En Guayaquil, todavía es común tomar un taxi y decirle al chófer, por ejemplo, que te lleve a las calles Santa Elena y El Oro, y el taxista entenderá, sin necesidad de explicación adicional, que el destino es Lorenzo de Garaycoa y El Oro.

Es la persistencia de una costumbre ya centenaria. Según escribe Florencio Compte en “Nomenclatura de las calles de Guayaquil. Diccionario Analítico” (p. 189) a esta calle desde 1887 se la llamó “Santa Elena”, pero por Ordenanza Municipal del 26 de agosto de 1918 se cambió su nombre a “Lorenzo de Garaycoa y Llaguno”, uno de los héroes de la independencia política de Guayaquil y uno de los que acompañó a José de Villamil (a la sazón, su cuñado) abordo de la goleta “Escobedo” (la antigua “Alcance” de propiedad de Villamil) a informar al General San Martín que la plaza de Guayaquil era independiente del dominio de España. Garaycoa participó en la Batalla del Pichincha, en la que ascendió al rango de Coronel, y también en la Batalla de Ayacucho de 9 de diciembre de 1824, tras la que se perdió para siempre la América continental para España*.

El nombre de esta calle se ratificó en los tiempos del Alcalde León Febres-Cordero, por Ordenanza del 3 de octubre de 1996.   

Pero no hubo caso. Esta calle (que va desde Capitán Nájera al Norte hasta El Oro al Sur) sigue siendo “Santa Elena” en la memoria popular. Cualquier taxista lo puede testimoniar.

* Los últimos rescoldos se apagaron en enero de 1826 con la entrega del puerto del Callao. En todo caso, fue la Batalla del Ayacucho el episodio que marcó la derrota, tanto, que por años los hombres vinculados a la pérdida de la América continental para España fueron llamados, de forma despectiva, “Ayacuchos”.

Elizalde y Buckay

29 de diciembre de 2018


Antonio Elizalde Lamar (1795-1862) tiene un pueblo con su nombre: General Antonio Elizalde. Nacido en Guayaquil, Elizalde participó en el 9 de octubre de 1820, luchó en las batallas de Yaguachi, el segundo Huachi y Pichincha, así como en la de Ayacucho. Fue el Jefe Militar de la Revolución Marcista y el Jefe Supremo de una porción del Ecuador (Manabí, Azuay y Loja) entre marzo y diciembre de 1850. Elizalde murió en Guayaquil el 24 mayo de 1862, cuarenta años clavados después de la victoria en Pichincha.

En reconocimiento de su vida política, el 19 de agosto de 1907, el Gobierno decidió darle el nombre de “General Antonio Elizalde” a lo que antes se conocía como “El Carmen”. Pero por ese nombre casi nadie conoce a este pueblo de alrededor de 9.000 habitantes, pues la gente lo conoce como “Bucay”.

Bucay es el nombre de otra persona, un negro jamaicano de nombre Jeremy Buckay, que se casó con una blanca y se asentó en el sector*. La gente empezó a conocer a la zona con el nombre coloquial de Bucay, tomado del apellido de este vecino, por encima del nombre que había dispuesto el Gobierno y con el que pretendió homenajear a un héroe del país, uno de los pocos “ecuatorianos” que peleó en la Batalla de Ayacucho**. La gente no le da bola a lo que dispone el Estado.

Es un síntoma casi trivial de la debilidad y fracaso de nuestra institucionalidad.

* La historia se cuenta en el POT de la Provincia del Guayas, p. 376.
** Por supuesto, decir “ecuatorianos” en la batalla de Ayacucho es un anacronismo, porque en ese entonces no existía el Ecuador. El término hace referencia a los nativos de las tres provincias (Cuenca, Guayaquil y Quito) que integraron el Ecuador en 1830. De estos, en la nómina que expone Luna Tobar en su libro sobre la contribución del Ecuador a la independencia peruana constan un total de 110 en puestos militares. Antonio Elizalde fue uno de los de más alto rango: uno de los dos Tenientes Coroneles que aportó el “Ecuador” a esta batalla. Su hermano, Juan Francisco Elizalde, fue Coronel, y su tío, el cuencano José de Lamar, el Gran Mariscal: v. ‘La ayuda humana del actual Ecuador para la independencia del Perú’ y la ‘Relación de jefes y oficiales combatientes de Dammert, Cusman y Tord’, en: Luna Tobar, Alfredo, ‘El Ecuador en la independencia del Perú’, Vol. 3, Banco Central del Ecuador, Quito, 1986 [Colección Histórica, Vol. VIII], pp. 188-215.