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Preguntas mínimas sobre Guayaquil

26 de septiembre de 2018


Unos meses atrás tomé una foto a unos pelados jugando al bádminton en una vereda aledaña al paso desnivel de la calle Chimborazo. Es esta:


Así es Guayaquil: la práctica de los deportes se hace donde se pueda. La alternativa a la falta de espacios adecuados para la recreación es tomarse las veredas y las calles (esto último, para la práctica del fútbol) porque los espacios para la práctica de los deportes son mínimos en Guayaquil, tras un cuarto de siglo de administración del PSC.

Años pasan, y las cosas no parecen cambiar.

La chapa del PSC es que ha hecho cambios en Guayaquil. ¿Es esto así?

Por ejemplo, ¿Ha cambiado el uso de las calles para el deporte?

No, se siguen usando las calles tanto ahora como en los ochentas.

¿Cambió la cultura del ruido en la ciudad?

No, en lo más mínimo. El escándalo en las zonas comerciales es la norma.

¿Cambió el tráfico en Guayaquil?

Sí, para peor. El tráfico es demencial.

¿Hay barrios periféricos con necesidades básicas no satisfechas?

Los hay, en una situación de desigualdad estructural.

¿Es una ciudad segura?

No. Su arquitectura enrejada, tanto de los espacios privados como de los públicos, la delata.

¿Es una ciudad planificada?

No, es una ciudad orientada a satisfacer, con su crecimiento como mancha urbana, las apetencias de los sectores vinculados a la construcción inmobiliaria (un episodio más en la saga latinoamericana del “Capitalismo de Amigos”).

¿Corre riesgos a futuro?

Por las deficiencias en los controles de las edificaciones (del PSC y todos los que vienen detrás), Guayaquil es una ciudad con un alto riesgo de sufrir daños catastróficos en caso de un terremoto de alta intensidad. Pero peor es en materia de inundaciones: la ciudad es la cuarta ciudad en el mundo con la más alta estimación de pérdidas económicas por inundaciones causadas por la elevación del nivel del mar, proyectada al año 2050. Las políticas de crecimiento urbano (no planificadas y orientadas a satisfacer los intereses de particulares) han acentuado esta vulnerabilidad de Guayaquil ante la inminencia del crecimiento del nivel del mar a consecuencia del cambio climático.

¿Entonces?

Bajo la administración del PSC, Guayaquil sigue siendo una ciudad en la que se ocupan las calles por falta de espacios adecuados, ruidosa, traficada, insegura y sin planificación. Una ciudad con muchos pobres, mucha desigualdad y graves riesgos a futuro. Entonces, si algo ha cambiado en Guayaquil, ha sido para agravar lo que ya estaba mal.

Y lo venden como “cambio positivo”. Hay quién les cree.

Marcha cannábica y prensa pituca

6 de mayo de 2018


Diario El Universo es la señora pituca de la prensa de Guayaquil. La construcción de su noticia sobre la “marcha promarihuana” que publicó el día de hoy es un ejemplo de su defensa del orden burgués y de la forma cómo narra a quienes lo desafían (obviamente, en su acotada visión del mundo, los integrantes de la “marcha promarihauana”).


Eso es todo. Una nota de cinco párrafos, que se titula, con tono amarillista, “Dos retenidos y disturbios en marcha promarihuana en Guayaquil”. El redactor de la noticia es tan perezoso que escribe “Los asistentes indicaron que estas marchas se realizan…” en vez de él hacer un trabajo de investigación sobre ellas y darse cuenta de su alcance mundial. Nunca hay un interés en explicar el propósito de la marcha, como no sea con una cita anónima (no textual) que dice que lo que se busca es “la implantación de marihuana para evitar que persista el narcotráfico” (?) y su promoción “como método curativo a enfermedades”. Nuevamente, la explicación de un contexto del porqué se marcha está fuera de rango para nuestra señora pituca de la prensa y su redactor perezoso.

Pero lo peor está por venir: la señora pituca que es El Universo narra la represión policial de manera gozosa: cuenta que la Policía “retiró a los asistentes”, pero no explica nunca lo que anunció en su título, la suerte de los “dos retenidos” por la policía. Es lo de siempre: en la narrativa de la violencia policial en Guayaquil, El Universo la suele contar como si de un hecho de la naturaleza se tratara, como si ello debía pasar y punto, sin necesidad jamás de averiguar sus consecuencias. De los “retenidos” por la Policía no sabemos nada. Más bien, tenemos la justificación que da nuestra señora pituca: “además, los transeúntes se sentían atemorizados por los consumidores”.

Porque sin redondear su nota con algo de reefer madness y paranoia, El Universo no habría sido todo lo señora pituca que puede ser, y que invariablemente, es.
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Ganó el ajedrez

28 de julio de 2017


El viernes pasado en el centro comercial El Jardín de Quito ocurrió un acto de irrespeto: por repetidas ocasiones, unos guardias de seguridad se acercaron a interrumpir unas partidas de ajedrez con la excusa de que estaba prohibida “por reglamento” su práctica. Varias cosas no sabían esos guardias ese viernes por la tarde. Una de ellas era hacer una necesaria distinción entre el ajedrez (un deporte) y otras actividades. Esto era elemental.

Otra cosa que no sabían esos guardias era que la persona que estaba jugando ajedrez ese viernes en el centro comercial El Jardín era la gran maestra internacional Carla Heredia. Tampoco sabían la reacción que el reclamo de Heredia tendría en las redes sociales, ante el evidente bochorno de importunar a una gran maestra de ajedrez por practicar su deporte en un centro comercial (luego algunos incautos quieren creer que esos son espacios públicos).

La historia, sin embargo, tuvo un final feliz, por la reacción de la administración de El Jardín. Mi amigo Christian Espinoza publicó en su muro de Facebook un buen resumen de las lecciones que deja este caso:

Sobre el manejo de este caso concreto, v. su blog

De resultas, el centro comercial El Jardín va a capacitar a sus guardias para que distingan el deporte del ajedrez y no importunen a sus practicantes. Y mañana, desde las 10h30, Carla Heredia hará unas partidas simultáneas:




Al final, ganó el ajedrez.

La derrota del urbanismo verde (en dos imágenes)

16 de junio de 2017

El urbanismo marca PSC, mostrado en dos parques del sur de Guayaquil:

Ciudadela "Los Almendros". Enrejada una parte de la ciudadela, esto impide a sus habitantes el acceso directo a un parque, también enrejado, situado a escasos metros de ella.

 
Estación "Barrio Cuba" de la Metrovía. El triunfo total del adoquín por sobre las áreas verdes. El denominador común en Guayaquil.

ATM

11 de febrero de 2017

El miércoles por la mañana íbamos con Nadya en bicicleta por la calle Chile con rumbo al norte, cuando topamos con esto:

Al pedo, como un champ.



Introducing "El Agente Mendoza"

Mendoza vino a reclamarme por el uso de la cámara para registrar lo que pasa en el espacio público de mi ciudad.

Le expliqué que como ciudadano tengo derecho a usar mi cámara y a registrar los actos de una autoridad pública. Mendoza se negaba a entenderlo.

Le dije, además, que lo que hice fue registrar la manifiesta incompetencia de una autoridad pública en controlar lo que sucede frente a sus ojos. Mendoza se enojaba de que se lo reconozca por lo que era, un incompetente.

(Por cierto, es probable que todavía no hayan implementado las "nuevas evaluaciones" de las pruebas psicológicas en la ATM. La habitual deficiencia de la prensa guayaquileña para cubrir a la Alcaldía de Guayaquil impide saberlo).

Todo el lío era porque el carro era municipal y Mendoza se hubiera hecho pis encima antes de cumplir con su trabajo (porque ningún vehículo, menos los de una autoridad pública, tiene corona).

Las quejas del agente Mendoza fueron inútiles. Conservé lo que había registrado y seguimos camino.

En suma: no creo que el cambio administrativo en el manejo del tránsito de Guayaquil haya provocado cambios sustantivos en la ineficacia y la corrupción que caracterizó a la CTG. Lo que sí ha variado, seguro, es su nivel de prepotencia (una contribución específicamente PSC).

N.B.: Si una autoridad pública viene a decirte que no puedes registrar sus actos, toma en cuenta estos consejos (originalmente escritos para México, son aplicables mutatis mutandis a Ecuador). Haz valer tus derechos.

De las verbenas al Funka Fest

25 de junio de 2016


Al César lo que es del César, y a Jebús lo que es de Jebús (1): que se haya organizado el Funka Fest en Guayaquil es más que un paso adelante, un salir del hoyo en materia de política cultural para la Alcaldía de Guayaquil (2). Y no me refiero sólo en oferta musical, pues traer a Plastilina Mosh y a Babasónicos significa hacer una evidente excepción en el entendimiento de la cultura como la recreación ridícula del pasado (muy melvinhoyescamente, típico caso de las verbenas) y la apelación sin imaginación a lo popular (la música salsa, para toda celebración en la ciudad).

Me refiero, principalmente, a la inversión de las reglas en un espacio público de Guayaquil. Sin cacheo, ni seguridad excesiva, el Funka Fest fue una zona libre de consumo de grifa, un espacio de comercio para vendedores informales de cigarrillos y manzanas acarameladas, un lugar donde grupos tradicionalmente discriminados en su acceso a los espacios públicos de la ciudad (travestis y roqueros, por ejemplo) circulaban sin ningún problema (3). El Funka Fest es una muestra de que ese conservadurismo rancio (sacado del discurso de la “moral y de las buenas costumbres” propio de la “gente decente”) que ha sido característico del poder político local en la administración de los espacios públicos, está al caer. Es el simple paso del tiempo, en un mundo híper-conectado: el elogio de la diversidad cultural pasando por encima de los viejos prejuicios. O lo que significa una sociedad democrática, ni más ni menos.  

La excepción a la regla represiva.
Hay una razón para esta excepción en la política cultural de la Alcaldía de Guayaquil y la inversión de las reglas en un espacio público: la necesidad de apelar a un electorado joven y urbano a quienes, por ejemplo, una apelación al roldosismo (uno de los miedos clásicos del PSC para manipular mentes débiles) ya no le dice nada: es una mera abstracción, una idea vaporosa, como decir la Guerra de las Termópilas. La Alcaldía de Guayaquil tiene claro que a este electorado joven y urbano no se lo va a atraer ni con una política cultural de corte melvinhoyesco (“verbenas y salsa”, digamos) ni con las prohibiciones y castigos en los espacios públicos.

Por estricta necesidad, tímidamente, la Alcaldía de Guayaquil se empieza a asomar al siglo XXI. 

(1) O al Flying Spaguetti Monster, lo que es del Flying Spaguetti Monster. En el libro ‘God’s lunatics. Lost souls, false prophets, martyred saints, murderous cults, demonic nuns and other victims of man’s eternal search for the divine’ de Michael Largo se encuentran muchas otras de estas obras de la imaginación: es un catálogo de humor.
(2) Podría discutirse el cobro de la entrada: artistas de similar calibre han tocado en Quito, en el Quito Fest, sin costo alguno. Son dos formas de entender el acercamiento de la cultura al ciudadano: la misma exhibición de dinosaurios, la Alcaldía de Quito la ofreció sin costo alguno a su ciudad, mientras que en Guayaquil se cargó cuatro dólares a sus visitantes, v. ‘En Quito, dinosaurios se vieron gratis; aquí, por cuatro dólares’, Diario El universo, 26 de septiembre de 2013.
(3) Un tema estudiado a profundidad por X. Andrade: ‘Guayaquil: Renovación urbana y aniquilación del espacio público’.

Hablando de puteadas

11 de enero de 2010


Buena también. Dicha con la rabia que provoca la prepotencia antidemocrática.

Espacio púb(l)ico

21 de agosto de 2009











En plena esquina de Dolores Sucre y Maracaibo, en el barrio El Centenario…












Existe una amplia área verde, cuya figura central es el busto de un adusto personaje…
















Al cual no puede accederse en ningún momento porque siempre lo impiden la cerca y el candado…












Y del cual no se tiene ni la más puta idea de su nombre, ni de sus méritos para ocupar este inaccesible espacio…















En razón de lo cual y con miras de proveer de utilidad a este sinsentido, el servidor que administra esta bitácora en asocio con la corporación Full Dollar, tenemos a bien sugerirle de la manera más comedida a las autoridades de la M. I. Municipalidad de Guayaquil que se sirvan ponerle, a usanza de preservativo, una bolsa de látex en la cabeza de este anónimo y adusto personaje y se dignen bautizarlo con el propicio nombre de “La Verga Enmascarada, Paladín Municipal de la Prevención Sexual” para, con este digno ejemplo de gallarda y didáctica prevención, contribuir al incentivo de la educación sexual y reproductiva en esta hidalga ciudad, a despecho del Vicario, etc. y de otras lindezas que andan por ahí.

Hacemos propicia la ocasión para manifestarles a las autoridades de la MIMG las muestras de nuestra más alta consideración y estima,

xaflag / corporación Full Dollar

Bonus: La Verga Enmascarada cuenta con adecuado soundtrack para la difusión de su tan gallarda como didáctica tarea de prevención.

X. Andrade: de degeneración en regeneración

13 de noviembre de 2008

Sobre Guayaquil y la privatización de su espacio público nos habla el pana X. Andrade en la siguiente entrevista que publicó diario El Telégrafo el 10 de noviembre (el X. es firma ancla de ese diario). Para quienes no lo sepan, X. Andrade es una de las cabezas más lúcidas del ámbito local; en Experimentos Culturales y en este artículo que desarrolla las ideas que esta entrevista enuncia, hay X. para rato y todo es ganancia. La entrevista se publicó en la sección Contrapunto, donde también se lo entrevista a Wellington Paredes, que defiende las regulaciones al espacio público que impone la administración municipal y sus fundaciones adláteres. Se pueden leer ambas entrevistas en la edición PDF de El Telégrafo, acá, página 15. Provechito.

Hay violación de derechos civiles

9 de noviembre de 2008

El viernes, chance al apuro (se le nota, lo sé) y con entusiasmo de manita caliente en razón de mi festivo receso, escribí estas líneas sobre las Ordenanzas del Cantón Guayaquil en materia de regulación de los espacios públicos, que titularon Hay violación de derechos civiles (it's true!), que se publicaron en la edición de hoy y que me valieron el remoquete de Analista. Me las pidieron de El Telégrafo para incluirlas en un artículo, acá, donde también se incluyó esta otra nota, acá. ¡A seguir la discusión sobre la ciudad, eh!

Espacio público, comunicación y ciudadanía

2 de septiembre de 2008

El miércoles 27 de agosto participé en un conversatorio sobre el tema “Espacio Público, Comunicación y Ciudadanía” que organizó la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica a instancias de Héctor Chiriboga, profesor de la Carrera y columnista de diario El Telégrafo, quien intervino como moderador del acto. Acompañé a Carlos Tutivén, Valentina Brevi y Jessica Jara en el común esfuerzo de formular críticas certeras sobre el tema que nos convocó y salimos, creo decirlo sin asomo de falsedad, bien librados. Carlos analizó el tema desde la comunicación, Valentina desde la arquitectura y Jessica desde la psicología. Me siento plenamente incapaz de resumir sus intervenciones sin pérdida de los necesarios énfasis y matices: en clara consecuencia, omitiré esta posibilidad. (Por cierto, esta incapacidad me recuerda la necesidad de grabar en audio estos actos y subirlos a esta bitácora de Internet como podcasts para conservar su registro y propiciar su difusión; ojalá -alguna vez lo conversé con Héctor- que realicemos en algún momento ese ciclo de debates sobre la ciudad, que lo publiquemos en formato de libro y que contribuya a una necesaria discusión que involucre al mayor número de personas, en particular a quienes no estén persuadidas de estas críticas o que sean contrarias a las mismas, para ampliar el debate y perfilar mejor su contenido y alcances. En todo caso, el próximo acto al que me inviten, grabo mi intervención y la cuelgo en esta bitácora y si los otros me autorizan, cuelgo también la de ellos.)

Resumiré, en breve, los recuerdos de mi intervención, la que formulé, como me sugirieron, desde la perspectiva del derecho y la política. La empecé con un acercamiento poco ortodoxo al tema: desde el fútbol. Ese miércoles 27 preparaba el post “Sócrates (democracia corinthiana)” que publiqué en esta bitácora y estaba yo plenamente imbuido del proceso de la democracia corinthiana que O Doutor capitaneó. Como lo afirmé en el post, la democracia corinthiana fue “una delirante experiencia libertaria de autogobierno colectivo”. Precisamente me interesó destacar esos aspectos que la democracia corinthiana concretó de manera delirante y exitosa, la “autonomía individual” y el “autogobierno colectivo”, que son precisamente los aspectos que en materia de espacios públicos y ciudadanía tienen un contenido miserable en Guayaquil. Analicé en breve las restricciones que imponen las autoridades locales para el ejercicio de los derechos ciudadanos al libre desarrollo de la personalidad y a la participación política y concluí que esas restricciones no tienen fundamento alguno en el marco de una sociedad democrática. Finalmente, tomé a préstamo unas observaciones de Carlos Tutivén sobre la incidencia de los medios de comunicación en la creación de este imaginario ciudadano para enfatizar que este imaginario esquiva analizar la pérdida de libertades ciudadanas en los espacios públicos porque se regodea con las “cuentas de colores” (“caramelos visuales” los llamó Valentina Brevi) que les ofrecen quienes mejor explotan (en lo económico y en lo político) este imaginario. Sin los necesarios matices, tal fue el contenido esencial de mi intervención.

El conversatorio con los asistentes (no fueron legión, pero tampoco un número desdeñable) fue interesante y, en lo que a mí respecta, se centró en los límites de esas restricciones a los derechos ciudadanos y la tensión entre las autoridades locales socialcristianas y las roldosistas. Sobre lo primero, enfaticé que en todo análisis de los derechos y sus posibles restricciones, los derechos tienen que verse, en palabras de Ronald Dworkin, como “cartas de triunfo” ante cualquier restricción que se pretenda. Yo no sostengo (nadie sensato lo hace) que no deba existir regulación alguna en el uso de los espacios públicos; pero sí sostengo que toda regulación que se haga tiene que hacerse con el mayor de los respetos al desarrollo libre de la personalidad de los individuos, su autonomía individual, y con la mayor inclusión de las personas en la construcción de lo que nos es común, espacios, políticas y obras públicas. Sobre lo segundo, afirmé que yo no postulo (nadie sensato lo hace) la abolición de la obra socialcristiana y la vuelta a la barbarie roldosista; pero sí sostengo que no existe, en este punto, una situación de dilema (“o es lo uno o es lo otro”) sino que puede muy bien pensarse un modelo de sociedad tolerante e inclusiva, que desarrolle políticas y obras públicas de calidad. Enfaticé, finalmente, que uno de los graves problemas de la sociedad guayaquileña es la incapacidad de pensar en el otro, de ponerse en sus zapatos, de tomarse a los individuos en serio y no como medios para un fin y turistas de su propia ciudad. Y enfaticé también que otro de los graves problemas de la sociedad guayaquileña es el “miedo a la libertad”. Sobre este tema deberíamos profundizar en otra ocasión: lo considero clave para comprender la forma cómo se estructura esta sociedad, sus relaciones de dependencia y el hecho de que si no somos más tolerantes e inclusivos no sólo es porque algunos no quieren cambiar el estado de cosas (obvio, quienes se benefician de ellas) sino porque algunos quieren no querer cambiarlas (porque tienen miedo de sufrir las consecuencias de su osado desafío o simplemente miedo de ser distintos a aquello que la sociedad les enseñó que deben ser). El tema da para mucho más y habrá que continuarlo.

Del conversatorio salí con dirección a la casa del Curro y replicamos (con mayor ferocidad, cabe decirlo) las ideas del conversatorio en compañía de algunos amigos y una amiga que, con acento italianizado, hizo las delicias del modesto auditorio. Tres botellas de vino y una tabla de quesos y jamones (cortesía tan memorable como extraña del Curro, usual anfitrión pobre pero honrado) fueron testigos de esta pequeña delicia de nuestra vida nocturna en Guayaquil.

A contramano

26 de julio de 2008

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A fines del año pasado participé de un encuentro en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil en el que se discutió, entre otras cosas, el uso de la libertad (como retórica y como práctica) en esta ciudad (y ojalá se multiplicaran y se recopilaran en publicaciones los debates de esta índole que se realizan en Guayaquil y que no solo participemos en ellos quienes somos críticos con la administración del Municipio local sino también sus autoridades y los pensadores de derechas que sintonizan con sus prácticas, para que rindan cuentas y las justifiquen). En esta columna quiero, a contramano del pensamiento homogéneo que impera en tiempos de fiestas julianas, incordiarlos un poco para que meditemos el contenido de la palabra “libertad” en el contexto local.

En principio, ¿realmente creen ustedes que Guayaquil merece representar la libertad? Yo no creo. Yo tengo la convicción, forjada en el análisis y el contraste, de que Guayaquil es una de las ciudades de América Latina en la que se restringen en mucha mayor medida los usos de la libertad: a guisa de ejemplo, los espacios públicos (esto es, el ámbito por excelencia de deliberación pública y de expresión) son escasos y controlados, la ciudadanía es pasiva y la posibilidad de discusión de las políticas públicas (que se nos impone sin consulta) es nula. Podríamos (sería lo justo y necesario) discutir todos estos hechos en función de los principios democráticos que mejor definen la libertad en un contexto político, esto es, la autonomía individual y el autogobierno colectivo. Pero lo afirmo enfático: no creo, de verdad, que estas características en materia de espacios públicos, ciudadanía y participación merezcan el nombre de “libertad”.

En realidad, la retórica de la libertad en Guayaquil se refiere, en esencia, al ámbito económico. Guayaquil, a lo largo de su historia, ha sentido que el Estado le queda lejos y que depende de su esfuerzo emprendedor. Pero ante este discurso me asaltan dos dudas: 1) a pesar del antecedente histórico, no creo que la libertad merezca reducirse solamente al ámbito de la libertad: no creo que la letra del himno a Guayaquil, cuando canta “Libertad, Libertad” merezca complementárselo solo con las palabras “de comercio, de comercio”. La libertad, si nos tomamos en serio la palabra, implica las más amplias libertades individuales y de desarrollo de la personalidad de cada uno y la mayor libertad de intervención en la gestión de los asuntos públicos; 2) a pesar de lo hermosa que suena la palabra, la libertad parece que fuera exclusiva de quienes tienen la cultura suficiente para ejercerla. La respuesta fácil ante la falta de cultura ciudadana para ejercer la libertad suele ser la exclusión de aquellos a quienes se considera “incultos” para ejercerla (que suelen ser siempre, en definitiva, los más pobres), en vez de tener un genuino interés en la inclusión de ellos mediante mecanismos de participación y de educación, para honrar, en debida y cabal forma, el ejercicio individual y colectivo de la libertad.

Solo son dos observaciones de las varias posibles, para discutir la retórica y la práctica de la libertad en el contexto local.

Espacio público

31 de mayo de 2008


Xavier Zavala Egas escribió el martes 20 de mayo un editorial que publicó en Diario Expreso titulado “Bulla Perversa”. El artículo de Zavala es tan diáfano y contundente como su propuesta: evitar la bulla perversa que provoca el discurso maniqueo de las autoridades locales con relación al uso del espacio público. El método de Zavala es sencillo: el análisis directo del “polémico” artículo que aprobó la Asamblea Constituyente, que dice:
 
“Se reconoce y protege el trabajo autónomo y por cuenta propia realizado en espacios públicos, permitidos por la ley y otras regulaciones. Se prohíbe toda forma de confiscación de sus productos, materiales o herramientas de trabajo”.
No resisto citarlo en extenso; mi tocayo Zavala afirma: “Por favor, no hay que ser un genio”, empieza, para admitir que el trabajo autónomo “es una realidad social y que debe ser reconocido constitucionalmente para otorgarle y garantizarle derechos, tales como evitar la recurrente extorsión y abuso de inspectores y guardias municipales”. El artículo que aprobó la Asamblea Constituyente “dice claramente que puede ser realizado en espacios públicos conforme a la ley y otras regulaciones, como las ordenanzas municipales. Entonces, del documento no puede entenderse que se pretende violentar la competencia municipal de aceras, calles, bordillos o espacios públicos incitando a su desenfrenada ocupación por los informales, cualquier interpretación en tal sentido es mañosa y truculenta” y que de lo que se trata es que “la autoridad municipal regule su actividad provocando su paulatina formalización, evitando perversos y permanentes abusos y atropellos”. Finalmente, una verdad solo los espíritus aleves y represivos no pueden consentir: “Por último, no entiendo cómo a un ser humano se le puede ocurrir oponerse a la prohibición de confiscación o decomiso sobre las mercaderías callejeras y material de trabajo, que determina el texto comentado. En cada carreta, caramanchel o charol con productos varios a la venta, se encuentra el capital de trabajo de una persona que ha forjado con mucho esfuerzo y que de un plumazo, por atentar contra el orden y el ornato de la ciudad, resulta confiscado o comisado. Las diferencias jurídicas entre estas figuras son intrascendentes frente al resultado perverso de convertir a un hombre productivo en indigente”.

Quiero un poco ahondar en el lúcido análisis que desarrolló Zavala y discutir un asunto que se relaciona con su crítica: el uso del espacio público. Quiero hacerlo, además, en la grata compañía de un poeta al que tanto admiro: Luis García Montero. En una entrevista reciente García Montero afirmó que el espacio público “es un lugar de entendimiento entre individuos que tienen su propia conciencia y su propio pensamiento crítico y que encuentran un sitio donde dialogan y ponen en común su pensamiento”. Lleva razón García Montero: el espacio público es y debe ser un lugar de encuentro y de diálogo. O sea, justo en las antípodas de la realidad local, donde el espacio público es un lugar donde se practica la discriminación (véase mi editorial “Derecho de admisión”) y donde la noción de diálogo es escasa o inexistente. De hecho, el concepto de diálogo del Alcalde Jaime Nebot, al menos en el tema de los informales, se reduce al tristísimo “yo digo y si quieren, ustedes escuchan” (como lo publicó uno de esos diarios gratuitos que se obtienen en la Metrovía). Cierro mi columna con García Montero, quien sostiene que más que exigir respuestas, hoy, necesitamos hacernos preguntas. Él formula dos: “¿qué estamos diciendo cuando decimos democracia?, ¿qué estamos diciendo cuando decimos progreso y bienestar?”. Yo las suscribo. Y a juzgar por el uso del espacio público local, el Municipio de Guayaquil (para decirlo con los términos de esa productividad que tanto le interesa, a despecho de la construcción de ciudadanía) cotiza a la baja.

'Vietato introdurre biciclette'

4 de agosto de 2007


El cronopio lector sabe que el título de esta columna (cuya traducción del italiano al español es: 'Prohibido ingresar con bicicleta') copia el de una historia que Julio Cortázar escribió para Historia de Cronopios y de Famas. Sabrá también que copio risueño su primer párrafo: 
 
“En los bancos y en las casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un pioloncito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa”.
Esta cortazariana descripción (lo constata quien escribe esta columna) en Guayaquil no es privativa de “bancos y casas de comercio”: pedalee usted desde cualquier entrada del llamado “Malecón 2000” a los estacionamientos de bicicletas situados dentro y recibirá “admoniciones vehementes” de los guardianes privados de este espacio público, que suponen que debe usted entrar caminando, bicicleta a un lado, cual si fuera un perrito de metal. No es por cuidar los adoquines (pues, ¿cuánto daño podría causarles una bicicleta?), y entonces, ¿por qué este miedo a la libertad de pedalear unos metros? La compleja psicología de las simples mentes en guardianía (“yo solo cumplo órdenes superiores”) no ayuda a dilucidar este patético drama.

Yo supongo, entre otras cosas, que se debe a nuestra escasa cultura ciclística, misma que debe fortalecerse. Para ello no es necesaria la imitación de los lejanos estándares europeos con sus ciclovías, estacionamientos para bicicletas y efectiva regulación… sencillamente porque tales atributos no son para nada privativos de Europa: en varias ciudades de América Latina (Lima, Antofagasta, Buenos Aires, Cúcuta, etcétera) los gobiernos centrales y seccionales los comparten.Ejemplos: Chile, con el Conaset (Comisión Nacional de Seguridad de Tránsito) o la vecina Bogotá, con su Alcaldía Mayor mantienen exitosas políticas públicas a este respecto, con cientos de kilómetros de ciclovías implementadas. En Ecuador, el artículo 148 del Reglamento a la Ley de Tránsito y Transporte Terrestres establece la obligación de construirlas; en Quito, existen políticas públicas que favorecen el uso de bicicletas y también algunos cantones ya tienen ordenanzas que propician su creación: los orientales Napo y Pastaza, el cantón Quito… ¡y el cantón Guayaquil! La Ordenanza de Circulación del Cantón Guayaquil que firmó el alcalde Nebot el 8 de febrero del 2001, que se publicó el 22 de marzo de ese año, establece en su artículo 10: “Ciclovías.- El Concejo Cantonal podrá establecer en la vialidad de la ciudad carriles para uso exclusivo de bicicletas […]”. Estamos expectantes de que la M.I. Municipalidad cumpla entonces con la palabra que empeña.

Porque sobran, por supuesto, las razones para hacerla realidad: vialidad, ecología, ahorro, rapidez, salud. En Vietato…, ante el desprecio a las bicicletas, Cortázar fabuló lo improbable: “No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros, y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta”. Improbable y también innecesario: hoy existen en el Municipio de Guayaquil los planes para fortalecer la cultura ciclística mediante la implementación de bicivías (nombre local para las ciclovías) y bicipaseos (como aquel que organizó el Municipio en septiembre del 2006) y solo falta que se aplique esa latente voluntad para que empecemos a recorrer el camino que va desde la retórica a la bicicleta.