It's the economy, stupid!

14 de febrero de 2019


Si se busca explicar los derroteros distintos de Quito y Guayaquil en el siglo XIX, se debe ir al siglo anterior: allí es donde se separan los caminos.

Quito, 1770:

“En Quito, en torno a 1770, nueve obrajes de los once que existían cerraron; lo mismo sucedió con las fábricas de sombreros –sólo quedaban cuatro sobre treinta y ocho-, con las fábricas de tejas –de nueve, quedaban tres- con la alfarería…” (1).

Guayaquil, 1770:

“En el último tercio del siglo XVIII, el cacao de Guayaquil comenzó a competir con el de Venezuela en el mercado mexicano; era más barato y estaba menos expuesto a los ataques de los ingleses, ya que tomaba la ruta del Pacífico. La región de Guayaquil conoció entonces un gran desarrollo” (2).

Quito en declive, Guayaquil en auge. Esto cifra el devenir del siglo XIX.

(1) Pérez, Joseph, ‘Historia de España’, Editorial Crítica, Barcelona, 2014 [Título original: Histoire de l’Espagne], p. 349.
(2) Ibíd., p. 350.

Bolívar es servicio

12 de febrero de 2019


Cuando una unión de los ejércitos libertarios del Norte y del Sur de la América meridional vencieron en Pichincha para secesionar del Reino de España a la porción que restaba por libertar de la Audiencia de Quito, no lo secesionaron para que Quito se administre por sí misma. En 1822, a Quito la quitaron del Reino de España para integrarla a la República de Colombia, una decisión en la que los quiteños tuvieron poca parte. El acta de capitulación de Quito del 25 de mayo de 1822 la firmaron Francisco González y Manuel María Martínez de Aparicio por los vencidos, mientras que por los vencedores la firmaron Antonio Morales y Andrés de Santa Cruz, un rolo y un altoperuano, respectivamente. La suerte de Quito la decidieron otros distintos a sus nativos.

Una vez desprendida de la monárquica España, la primera autoridad republicana que Quito conoció fue la del caraqueño Simón Bolívar, el Presidente de una Colombia de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados, con salida a dos océanos y riquezas sin cuento. Desde 1822, Quito se convirtió en uno de los departamentos que conformaron a “La Gran Colombia”.

Con el paso del tiempo, El Libertador se llegó a forjar una pésima opinión de estos nuevos administrados. En una misiva de febrero de 1824, Simón Bolívar le escribió a Santander que Quito era “el espejo del egoísmo” y que los quiteños eran “los más perversos, infames y canallas de todos”.

Ese mismo año, Bolívar le había escrito a Santander (a la sazón, Presidente encargado) que “los quiteños son los peores colombianos”. No era una idea nueva: “siempre lo he pensado”, admitió el Libertador, quien también juzgaba necesaria una mayor represión a los quiteños: “se necesita un rigor triple que el que se emplearía en otra parte”. Los acusó de ser “viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo”.

Luego Bolívar se puso racial. De los indios de Quito dice que “son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe”. Lapidario, el Bolo. ¿Y los blancos? Pues para Bolívar, “tienen el carácter de los indios”. Y así, nadie, o casi nadie, se salva del desprecio bolivariano en la capital más antigua de la América meridional.

Y justo es decir “casi”. Pues Bolívar, de Quito, toma a la mujer y pasa del resto.

La primera autoridad republicana en la historia de Quito marcó el derrotero del forastero.

La evidencia de un fracaso anunciado

11 de febrero de 2019


Si algo debería motivar el asombro, es como una sola autoridad que tiene una Ordenanza desde el año 2001 que lo obliga a impulsar las ciclovías en el cantón ha sorteado 18 años de rotunda ineficacia en su aplicación. Quiere decir que la fuerza de los ciclistas para exigir sus derechos en Guayaquil ha sido nula. La autoridad ha hecho lo que le ha venido en gana, lo que se traduce en que no se ha hecho casi nada. Y lo poco que ha hecho, lo ha hecho mal.

Unos meses atrás, en mayo, el Alcalde Nebot se reunió con asociaciones de ciclistas. Como lo comenté en un artículo de la época, había un elefante en la habitación: el hecho de que al Alcalde de la ciudad, no de ahora, de siempre, le importan un pepino las ciclovías. Y no es muy difícil darse cuenta de la razón, pues lo suyo “son los vehículos a motor: ahí, en ello y alrededor de ello (calles, puentes, cemento) está el biyuyo”. Y lo que le importa al Alcalde no es tanto el bien común, como que se gaste y se reparta el biyuyo*. Siendo él el repartidor, claro.

La ineficacia en las ciclovías es fruto del profundo desinterés del Alcalde por ellas, puesto de manifiesto en la designación de una comisión. A Perón se le atribuye la frase: “si quieres que algo no funcione, crea una comisión”; a Nebot puede atribuírsele haber perfeccionado su práctica**. Ese mes de mayo el Alcalde Nebot creó una comisión bajo el muy vendedor eslogan: “un solo equipo por las ciclovías”. Algunos ciclistas le creyeron al Alcalde y han tardado hasta febrero en darse cuenta que lo que para Nebot era un conveniente lavado de imagen, para ellos era una prolongada metedura de dedo***.  

El fracaso lo ha consignado diario Expreso: “El ciclismo se baja de la mesa”. Y las razones son evidentes: la Alcaldía no se tomó nunca en serio la comisión y los ciclistas se cansaron de que la Alcaldía les meta el dedo.

* Porque en Guayaquil se gasta 6 veces más de lo que se debería gastar para que la ciudad tenga un desarrollo sustentable, a costa precisamente de sacrificarlo, v. “Explicando el negocio de la Alcaldía socialcristiana
** El Alcalde es pésimo con las comisiones. La del Bicentenario es otro fracaso.
*** El contexto de esta comisión creada por Nebot fue la publicación por diario Expreso de un artículo titulado: “Guayaquil renuncia a las ciclovías”. El Alcalde Nebot buscó lavar su imagen enseguida, por lo que organizó la comisión en cuestión. Cuando la critiqué en este blog, uno de los ciclistas integrado a ella (sin identificarse) me cuestionó y le respondí en este artículo: “Ser de cera”. La idea principal del mismo era que dicha comisión estaba destinada a fracasar. Ocho meses después, su fracaso se ha evidenciado.

Vindicación de la ética laica

10 de febrero de 2019


Conozco y aprecio a Marcela Aguiñaga y a María Mercedes Cuesta. Pero esto que escribo no se relaciona con mi vínculo personal, es simplemente mi observación sobre su conducta como legisladoras en relación con un tema sensible en nuestra conservadora sociedad ecuatoriana: la tímida legalización del aborto para incorporar los casos de violación a las eximentes de su procesamiento penal. Este es un tema en el que comparto la visión de Gina Benavides, Defensora del Pueblo: “Obligar a niñas y mujeres víctimas de violación a ser madres, violenta su derecho a vidas dignas y libres de violencia”. Creo que es la única manera empática de entenderlo.

(Porque es como si: A alguien se le ocurriera que a “Martha”, después de violada, en el caso de haber quedado embarazada, el Estado debería obligarla a cargar con el fruto no deseado de ese acto de violencia en contra suya, o meterla presa si ella se niega a hacerlo. Es una idea enferma, porque es fácil advertir un abuso continuado y casi sádico en contra de una mujer. En el caso de “Martha”, perpetrado a dos manos entre tres infradotados y el Estado. Tal es la Ley en el Ecuador, este arcaísmo es lo que se busca desterrar.)

Mi observación es que las dos asambleístas que menciono han comprendido el rol de un Estado en una democracia plural: no imponer una visión personal sobre un tema (por muy valioso que éste sea para los creyentes de la fe católica) porque la ética laica debe ser “sustento del quehacer público y el ordenamiento jurídico” como lo dispone nuestra Constitución en su artículo 3 núm. 4. (No es tan asombroso que se disponga una norma así en uno de los países más curuchupas de América: somos aficionados a la “letra muerta”).

Esto es un elogio de las asambleístas Aguiñaga y Cuesta, porque han llegado a la cívica comprensión de que en su rol como legisladoras no pueden legislar desde su dogma de fe. La frase que cifra su comprensión fue dicha por María Mercedes Cuesta en su intervención en la sesión No 565:

“Reconozco y respeto que el Ecuador es un Estado laico y que la religión, de ninguna manera, puede inmiscuirse en la legislación, de ninguna forma. Mi moral y mi religión no pueden prevalecer sobre el bien común”*

Sospecho de todo aquel que diga que piensa lo mismo desde siempre. No me parece que a este fruto de la pereza mental merezca adjudicársele ningún título de mérito.

Aprecio a la gente que acomete el esfuerzo de comprender y enmendar. Creo que ese es el mérito de Aguiñaga y Cuesta: no siempre pensaron así, pero en el camino tuvieron el valor de cambiar, de aceptar que la realidad es más compleja que las estrecheces de un dogma y que no se le puede imponer a otros desde la fe. Chapeau.

Nuestro drama como sociedad es que, a diferencia de Aguiñaga y Cuesta, en la Asamblea Nacional hay demasiados que se han acostumbrado a pensar algunas cosas desde chiquitos y se mantienen inmutables (sin que en esto haya mérito alguno) y caen en el error de creer que sus dogmas pueden y merecen estar en una ley. Idiotas**, que únicamente miran su interés y que no comprenden su rol en una compleja comunidad cuya realidad no tiene porqué acotarse a las estrecheces de su pensamiento religioso*** y que bien harían en tratar de comprender: centrarse menos en su dogma y buscar más la empatía con las víctimas de abusos (a “Martha”, cara a cara, ¿qué le dirían?).

La Asamblea Nacional está repleta de legisladores que tienen miedo a pensar distinto porque no están acostumbrados a pensar por cuenta propia, únicamente a repetir los dogmas que les enseñaron de chiquititos e incomodar lo menos a (o buscar el agrado populista de) el electorado católico. Por cada Marcela Aguiñaga y María Mercedes Cuesta, hay diez Pedro Curichimbis y Héctor Yépeces. Esa es nuestra tragedia.

Y porque se atrevieron a pensar distinto y por sí mismas (el viejo e ilustrado sapere aude), es que escribí este elogio.

* Drop the mic. La postura de Marcela Aguiñaga consta en su blog bajo el título “Aborto por violación, mi postura”.
** No offense: está dicho en el sentido griego del término, como gente que no piensa en el bien común (aunque no descarto alguna condición médica en algunos).
*** Para argumentar esta idea el ejemplo del triunfo imparable de los Testigos de Jehová es oportuno.

Fausto Cobo (Naipe Centralista)

9 de febrero de 2019


De “militar golpista” a parlamentario andino por la alianza SUMA-CREO.


CREO que me dan risa

8 de febrero de 2019


Hace unos meses escribí un artículo titulado “Crónica a partir de un cronista (Caso Espín)”. Vaticiné que no iban a destituir a la asambleísta Sofía Espín, y fallé. Realmente no pensé que CREO podía caer tan bajo.

CREO es un movimiento que no se ha caracterizado por su brillo político. Para ser originario de Guayaquil no ha hecho sino a vivir a la sombra del PSC en esta ciudad. Su líder, Guillermo Lasso, ha fracasado dos veces en la carrera a la Presidencia. Su rol en la política nacional es apenas distinto a redundante. Pero ya su actuación en la reciente destitución de asambleístas (dos de la facción “correísta”, uno de sus filas) ha sido un espectáculo lamentable.

La cosa es como sigue: una legisladora de CREO, Ana Galarza (en adelante, “Cuchi-Cuchi”) se erige como acusadora de otra asambleísta (Norma Vallejo) y busca su destitución. Otro legislador de CREO, Fernando Flores, mociona que se eleve a mayoría absoluta de 91 votos la destitución de un asambleísta. La moción es aceptada por la Asamblea Nacional.

CREO, con su dueño a la cabeza, se indignan con su legislador y lo obligan a recular. En la siguiente sesión, Flores mociona que se baje a mayoría simple de 70 votos la destitución de un asambleísta. La moción es aceptada por la Asamblea Nacional*. Acto seguido, votan la destitución de Norma Vallejo y la aprueban con 89 votos. Si Flores no reculaba su moción, Norma Vallejo se mantenía en el cargo. Destituirla fue el momento triunfal de Cuchi-Cuchi.

Al poco rato, todo se pudrió. Cuchi-Cuchi pasó de inquisidora a ser denunciada por uno de sus exasesores por razones similares a las que fueron la base de su acusación en contra de Norma Vallejo. Los asambleístas de CREO, que andaban de pesquisas anti-corrupción, de repente, cerraron filas para defender la supuesta corrupción de uno de los suyos.

A todo esto, en los debates parlamentarios, CREO presenta unas joyitas. El asambleísta Pedro Curichimbi ha dado uno de los discursos más disparatados e imbéciles que se han escuchado en el parlamento ecuatoriano. Y Héctor Yépez, exSUMA, hoy en el movimiento del banquero, aboga por la castración química**.

Finalmente, la investigación contra Cuchi-Cuchi terminó con su destitución de la Asamblea Nacional con 91 votos, es decir, se obtuvo la mayoría absoluta, lo que no pasó en el caso de Vallejo. Allí terminó su carrera política: Cuchi-Cuchi game over.

El saldo de esta comedia: la inquisidora Cuchi-Cuchi destituida, CREO con un asambleísta menos y la Asamblea Nacional jugando a los juegos del hambre, donde ya hay otros asambleístas en carpeta para destituir (parece que el siguiente es otro de CREO, un tal Washington Paredes). Y no será tan difícil hacerlo, porque 70 votos en el mercadillo de la Asamblea Nacional no es una empresa tan difícil: es apenas una resolución simple.

Pobre CREO, parece que empieza a ser una víctima de su propio invento. Como a los del 10 de agosto, todo les sale mal. Su actuación política es un sainete.

¿Cómo se llama la obra?

“CREO que me dan risa”.

* El otro nombre de la Asamblea Nacional es: “Mojón en la marea de intereses coyunturales”.
** ¡Ya párenle con las sandeces, muchachos!

Los precursores de Kafka

5 de febrero de 2019


La Junta Suprema de Gobierno de Quito de 1809 se formó a imitación de las juntas que se formaron en España para resistir al francés: “Puesto que Quito era uno de los reinos del monarca tenía tanto derecho como Asturias para establecer una junta de gobierno”*. Por esto, la base de su autoridad era sólida. 

Un fragmento de su acta de constitución estableció la opción de discutir la autoridad de la naciente Junta Suprema. Se admitió la posibilidad, pero se advirtió de sus graves consecuencias:

“El que disputarse la legitimidad de la Junta Suprema constituida por esta Acta tendrá toda libertad bajo la salvaguardia de las leyes de presentar por escrito sus fundamentos y una vez que se declaren fútiles, ratificada que sea la autoridad que le es conferida, se le intimidará prestar obediencia, lo que no haciendo se le tendrá y tratará como Reo de Estado**.

La redacción es de una sabrosa burocracia y su mensaje es simple: una persona es libre para joderse la vida, si así lo desea. Se joderá la vida si se mete con la Junta, pues la consecuencia única de su acto será que se declararán sus fundamentos fútiles y se ratificará la autoridad que quiso disputar. Perdido el proceso, se le abrirán dos opciones: someterse a la autoridad de la Junta o rechazarla, y si hace lo segundo, se lo “tratará como Reo de Estado”. Nada bueno se puede sacar de iniciar este proceso, precursor de Kafka.

La Junta nunca tuvo (que se sepa) ocasión de aplicar este bodrio procedimental. Duró muy poquito y quienes le disputaron la legitimidad no fueron a iniciar procesos a pérdida, sino a imponer su ley por la fuerza. Y vaya si lo hicieron: no había pasado un año de constituida la Junta Suprema cuando a buena parte de sus integrantes y al 1% del pueblo quiteño ya se los habían pasado por las armas. 

El saldo fue: 0 “Reos de Estado” de quienes osaran criticar a la Junta y alrededor de unos 300 muertos de los que la apoyaron.

* Alegato de Quiroga, cit. en: Rodríguez O., Jaime E., ‘Los orígenes de la Revolución de Quito en 1809’, p. 115. (El resaltado no es del original.)
** ‘Acta de formación de la Junta Suprema de Quito’, 10 de agosto de 1809, en: 'Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia (1809-1822). RealesAudiencias de Quito, Caracas y Santa Fé', Tomo I, pp. 127-131.

El guayaquileño que se ha comido todos los amagues

31 de enero de 2019


Hay este mito nacional del guayaquileño “sabido”, persona despierta, que jamás se come un amague y siempre resuelve a su favor. Este “guayaco sabido” es el “vivo” en la tipología de Mauricio García Villegas.

Pero en cuanto hace a la administración pública de su ciudad, los “guayacos”, más que “sabidos”, la han hecho de tontos. Les han vendido humo por más de cuarto de siglo y han pagado gustosos y al contado.

En rigor, un “guayaco” no puede reputarse “sabido” si se ha comido todos los amagues que le ha tirado el poder político local.

Porque el PSC ha tirado muchos amagues desde el poder y muchos guayacos se los han comido completitos. El Alcalde dice que las áreas verdes existen en Guayaquil usando cifras falsas, pero nadie se inmuta. Dice que las troncales de la Metrovía que faltan son “chiquititas” cuando son la evidencia del fracaso de un proyecto que no cumplió con la mitad de su promesa (3 de 7 troncales), pero ello no se critica. Dice que Guayaquil avanza al desarrollo sostenible cuando no puede siquiera evitar que las grandes empresas sigan con su sempiterna contaminación de los esteros y del Daule, pero nadie se escandaliza (tampoco escandaliza que a los pobres sí les caiga todo el rigor de la Ley: a ellos, tolete). Dice que Guayaquil es una ciudad inteligente porque tiene Internet “sin cable” (?) y nadie se lo toma a guasa. Dice que Guayaquil se pone al nivel de Barcelona o Las Vegas por unas fuentes de agua a las que nadie visita pero no hay risas generalizadas por la desproporción (el que conoce BCN o Las Vegas sí se ríe a mandíbula batiente). Ha dicho que Guayaquil tiene un gran número de turistas, cuando es una ciudad que tiene un centro muerto y un cerrito de tonos pasteles: tal vez engañe a algunos locales, pero a los extranjeros no los compras con cuentitas de colores.

Es tan provinciano nuestro Alcalde, que la gran obra de su último período fue una rueda moscovita (¡!). Es 2019: el chiste se cuenta solo.

Pero estos amagues citados se los comen muchos guayaquileños que aplauden, o que se dicen satisfechos, con la gestión del PSC. Esos tipos no pueden considerarse “sabidos”, pues quien se come todos los amagues que le tiran las autoridades que administran los dineros públicos de su ciudad (su dinero también, a fin de cuentas) no podrá nunca serlo. Podrá ser feliz en su ignorancia, pero en rigor no es más que un tonto útil del poder, que se cree un “sabido”.

Es decir, que termina por ser su opuesto: un gil.

Velasco Ibarra y la oligarquía ecuatoriana

18 de enero de 2019


El Embajador de los Estados Unidos de América para el Ecuador durante los primeros años del Gobierno de Jimmy Carter, el Sr. Richard J. Bloomfield, explicó en un cable a sus jefes quién era el quiteño José María Velasco Ibarra (1893-1979) y su relación con la oligarquía ecuatoriana. Para él, el tantas veces presidente Velasco Ibarra nunca representó una amenaza para los intereses de nuestra oligarquía. Lo explicó así:

“Desde los tempranos años treinta, la solución del establishment ante la amenaza populista era cooptarla en la persona de Velasco Ibarra. Velasco era la personificación del demagogo populista, con la crucial diferencia de que él mismo era un producto de la oligarquía y cuando estaba en el gobierno no representaba amenaza alguna a sus intereses. Velasco fue así capaz de unir detrás de sus candidaturas a los segundones y a los miembros de la oligarquía. Fue depuesto en cuatro ocasiones. En las primeras tres fue sacado cuando su ineptitud como administrador, en contraste con su maestría para cautivar al electorado, amenazaba con llevar al país al tipo de caos económico que el establishment no podía permitirse”.

En simple: Velasco Ibarra fue invariablemente un tonto útil de la oligarquía, más allá de sus buenas intenciones, su verbo elocuente y su proverbial honestidad. Murió en Quito, el 30 de marzo de 1979.

La chance de Jairala

17 de enero de 2019


Jimmy Jairala compitió para la Alcaldía de Guayaquil el año 2004 contra Jaime Nebot. Fue la primera reelección de Nebot: él obtuvo el 56.76% mientras que Jairala el 30.02%... ¡auspiciado por el PRE! Hasta Viviana Bonilla y la fuerza de AP el 2014, que obtuvieron el 40%, nadie había superado los números de Jimmy Jairala como contrincante de Nebot.

Hoy, Jairala vuelve al ruedo y se lanza a la Alcaldía. 15 años después, creo que realmente tiene chance: en buena medida, por lo que él podría hacer como candidato, pero también y en mucho, por la candidata contra la que se enfrenta (en política, el contrincante es TAN importante). Ya no es Jaime Nebot, es apenas Cynthia Viteri. Y los números de Viteri en el cantón Guayaquil, cuando ha participado como candidata en una papeleta única, resultan preocupantes:

Resultados de Viteri en el cantón Guayaquil en elecciones presidenciales
* 2006, primera vuelta: Viteri obtuvo el 18.8% de los votos, frente al 38.4% de Álvaro Noboa. Viteri quedó tercera en el cantón Guayaquil, pues incluso Rafael Correa le ganó: Viteri obtuvo un 0.4% menos de los votos que obtuvo Correa (19.2%), la primera vez que Correa participó en una elección en su vida política. Mal le fue.
* 2017, primera vuelta: Viteri obtuvo el 28.90% de los votos, frente al 35.28% de Moreno. Lejos del éxito.

Así, Viteri nunca triunfó en el cantón Guayaquil cuando participó como candidata en papeleta única (no como parte de una plancha, como en la elección de legisladores). Esta sería su primera vez. Y está lejos de ser una empresa fácil, con PSC y todo. Una muestra de ello es que ya se ha asegurado un triunfo de Viteri en Guayaquil con anterioridad y el resultado ha sido el fracaso. En su última campaña a la Presidencia, el alcalde Nebot, mandamás del PSC, aseguró que la candidata Viteri iba a triunfar en Guayaquil. Y cuándo el entrevistador le preguntó a Nebot el porqué, él respondió que “Yo veo lo que está aquí, yo de esto sé, y aquí vamos a ganar”*. Contundente.

Pero realmente no sabía. Viteri perdió por casi diez puntos en Guayaquil.

Entonces, si Jairala se aplica, estudia bien el modelo fallido que quiere perpetuar su rival, lo ataca de manera estratégica y propone ideas atractivas y alineadas a una agenda del siglo XXI, no me parecería nada raro que se la puede llevar puesta a Viteri.

Por una parte, a Jairala ya no lo auspicia el PRE.

Por otra, Viteri es una rival frágil, pues tiene que hacer una campaña muy reactiva: no sólo que tiene que defender el modelo fallido del PSC de los posibles ataques de sus múltiples rivales (en tiempos de redes sociales), sino que cualquier cosa que ella proponga, tendrá que justificar también el porqué no se la aplicó antes en Guayaquil, en el largo cuarto de siglo y poco más que ha tenido el PSC en el gobierno de la ciudad. La campaña, para Viteri, es una tarea agotadora y de resistencia.

(Pero no nos engañemos: la fortaleza de Viteri es el peso del PSC en el CNE.)

Lo más importante: el candidato Jairala tiene la chance de la ilusión, de ofrecer y de crecer a partir de las ilusiones generadas en el electorado guayaquileño. Si aprovecha bien su chance, con una campaña positiva y aún con el CNE en contra, el triunfo será suyo.

* 1 FEBRERO 2017 Enlace radial Ab. Jaime Nebot’, YouTube  [11:31-11:58].

El país en su revival setentero

16 de enero de 2019


Este momento de nuestra vida democrática es un revival, cuarenta años después, del momento fundacional de esta etapa democrática que vivimos. Es decir, es un revival de la vuelta a la democracia a cargo de los militares a fines de los setenta. Se tumbó al general “Bombita” Rodríguez en 1976 (un Golpe a la interna del gorilaje) para que sean otros tres militares los que condujeran la transición del país a la democracia en un cuerpo colegiado que se llamó “Consejo Supremo de Gobierno” compuesto por Alfredo Poveda, Luis Leoro y Guillermo Durán. 

En esta época setentera, como lo revela el cable del Embajador Richard J. Bloomfield, los militares ecuatorianos no querían que la transición se haga vía una Asamblea Constituyente, pues en ese ambiente de “mercado persa” ellos tenían muy poco por ganar (esta idea del “mercado persa” era un legado de la última Asamblea Constituyente hasta entonces, de la que emergió Otto Arosemena del CID como Presidente). Los milicos se sabían débiles en ese escenario y prefirieron el control directo sobre el proceso de transición, aunque luego desaparecieran del mapa, como en efecto lo hicieron (tras bloquear al “patán de noble corazón” en el proceso). Por su parte, la vía de una Asamblea Constituyente era la opción que preferían entonces los partidos políticos, curtidos en las mañas propias de los persas y sus mercados. (Estas preferencias están explicadas acá)

En los tiempos que corren, también se vive una transición. Los que ahora detentan el poder no podían arriesgarse a un escenario de Asamblea Constituyente, porque son débiles en ese escenario (porque sigue siendo un baratillo). Después de cumplido su período de transición, lo que se podría llamar el “morenismo” en la política ecuatoriana, va a desaparecer (esto no implica siquiera que Moreno termine su período). En política, el rol de Moreno estará reducido al chiste fácil. A los militares se los ha llamado de vez en cuando a dirimir las cosas (1997, 2000, 2005), pero a Lenin Moreno se lo contratará, con suerte, de animador de alguna kermés.

En los años setenta, los militares llevaron la transición por su cuenta; en estos días, como el Ecuador es un país folclórico, la transición ha sido delegada a un órgano que sólo existe en este país: el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. Eso no es tan asombroso como el hecho de que la delegación se la hizo a una versión “transitoria” de este órgano, dirigida por un anciano desbocado: el Notario Cabrera de la Política.

Y es así como somos un revival de política setentera, con una inusitada dosis de folklore.

Los católicos, el aborto y un futuro apocalíptico

14 de enero de 2019


Imagino un futuro apocalíptico: años de entrenamiento en lugares con decenas de puertas...


…nudillos sangrantes, zapatos rotos y esfuerzos indecibles, años de lucha han logrado convertir a La Atalaya en la nueva Extra de la sociedad ecuatoriana y al culto de los Testigos de Jehová en la nueva religión dominante del país.

Esto pasa en el Ecuador y los católicos son ahora minoría. Una noche de luna llena en este futuro apocalíptico el hijo de una pareja de católicos se desangra. Acuden de inmediato a un hospital público, sólo para escuchar que la nueva Ley de Prohibición de Transfusiones que pasó el Gobierno por la presión del credo mayoritario del país, basado en la interpretación que esta gente hace de la Biblia, prohíbe que se le haga una transfusión a este niño que se está desangrando. Es la decisión de la mayoría, así que a resignarse. A sus padres les toca ver morir a su hijo a la luz de la luna.

Trágico. No en vano es futuro apocalíptico.

De una cosa estoy seguro: los católicos estarían más que arrechísimos con una disposición de este tipo. Con justa razón.

Con la misma justa razón que nos asiste a los que somos minoría en una sociedad de mayoría católica, para que las normas de la sociedad en que vivimos no reflejen el credo de uno de sus grupos (por predominante que sea) sino que nos garantice una igual libertad para todos. Eso implicaría que donde haya predominancia de los Testigos de Jehová no se prohíban las transfusiones de sangre, o que donde la haya católica, por ejemplo, no se prohíba el aborto.

Porque como se lo ha hecho en el mundo occidental de mayores recursos, que para tantas otras cosas resulta modélico, es posible separar el hecho de ser católico del hecho de ser el Presidente de un Estado (Correa en esto fue penoso). Así lo demostró Valéry Giscard d’Estaign, Presidente de la República Francesa, cuando durante su gobierno se aprobó la Ley del Aborto:

“Yo soy católico pero también soy presidente de una República cuyo Estado es laico. No tengo por qué imponer mis convicciones personales a mis conciudadanos, sino que debo procurar que la ley corresponda al estado real de la sociedad… para que sea respetada y pueda ser aplicada. Comprendo perfectamente el punto de vista de la Iglesia Católica y, como cristiano, lo comparto. Juzgo legítimo que la Iglesia pida a los que practican su fe respeten ciertas prohibiciones. Pero no corresponde a la ley civil imponerlas con sanciones penales al conjunto del cuerpo social”.

En 1974 se aprobó en Francia, por iniciativa de Simone Weil y con estas razones dadas por su máxima autoridad, lo que en el Ecuador es todavía un tibio y mal llevado debate, lleno de insolente moralina. Pobre el Ecuador, cuyo triste destino (su verdadero futuro apocalíptico) parece que será el colapsar de puritito retraso.

Todo les sale mal

13 de enero de 2019


Recapitulando sobre la revuelta del 10 de agosto y su correspondiente masacre del 2 de agosto:

1) Hicieron un cambio de autoridades, que fue abortado a los dos meses.
2) Se les ofrecieron garantías de que no los iban a procesar por su intento abortado, pero igual los metieron presos.
3) Los fueron a rescatar de la cárcel, pero el rescate fue fallido y a la mayoría los mataron. A consecuencia de esta afrenta, las tropas peruanas pasaron por las armas, se calcula, al 1% de la población del Quito de entonces (como hoy matar a 23.000 personas en una tarde).

La historia de los próceres del 10 de agosto de 1809 y su masacre en los calabozos del Real de Lima el 2 de agosto de 1810 merece como soundtrack esta canción:


El motto de este equipo de perdedores: “Yo le echo muchas ganas, pero nada me sale bien” (cortesía de A. Lora).

La caída de un débil

12 de enero de 2019


Esta anécdota hace quedar a Mahuad como un débil, no únicamente mental.

De acuerdo con lo que ha contado el exvicepresidente Gustavo Noboa, el presidente Jamil Mahuad dolarizó el país por la fuerza de las circunstancias. Y describió la siguiente escena: en un momento de la crisis, el Secretario de Mahuad (que era Jaime Durán Barba) llamó desde el despacho presidencial a Jaime Nebot, quien en un momento de la conversación telefónica le dijo a Durán: “O Mahuad dolariza o se cae”. Durán le replicó: “Díselo tú mismo”. Y conversaron, y luego se dolarizó.

Bye-bye, Narizón.

Mahuad dolarizó a las puteadas (o a las veladas amenazas, si contó con suerte), pero igual se cayó. Lo más gracioso de esta anécdota es que a Jamil Mahuad, Jaime Nebot le pintó dos opciones: o caerse, o no caerse. La segunda, sólo si Mahuad dolarizaba. Mahuad dolarizó, e igual se cayó. Dio lo mismo, siendo la única diferencia entre las dos alternativas dadas a Mahuad que la escogida (dolarizar) le dio la chance a Mahuad de estirar su hoja de servicios como tonto útil de la derecha.

Según creo, Mahuad ha despabilado desde entonces porque conoció el cannabis, esa planta hermosa. Ojalá así fuera.

Un récord mundial

11 de enero de 2019


En los primeros años de nuestra historia republicana, el político azuayo Benigno Malo (1807-1870) criticó la absurda sucesión de cartas constitucionales en los primeros años de la República: “Siete constituciones en treinta años, es decir, una Constitución cada tres años y tres meses”. Y explicó enseguida la causa de esta estúpida abundancia: “Es muy clara: nuestras constituciones no han sido fruto de estudios convencionales, sino el aborto improvisado de un partido vencedor en las guerras civiles, el arma que una fracción afilaba para defenderse y herir a sus futuros adversarios” (1).

Esto lo escribió ese oxímoron racista que fue Benigno Malo a inicios de los años sesenta del siglo XIX. El promedio ha mejorado desde la Constitución de 1861, que motivó los dichos de Malo. Basado en los cálculos del historiador Enrique Ayala Mora entre 1830 y 2012, el Ecuador ha tenido “una nueva Constitución cada nueve años como promedio. Pero ese cálculo puede ser engañoso, pues si se considera que durante las dictaduras no rigió un Estado de derecho […] el promedio de vigencia por Constitución es de apenas siete años y unos meses” (2). Con otros seis años de estabilidad, el promedio ha mejorado un poco, pues llega a los ocho años por Constitución.

Ha mejorado desde los tiempos de Malo, sí, pero mal siempre nos ha ido. Hemos pasado de un promedio de tres a ocho años de duración por Constitución, pero podemos aspirar, de acuerdo con Ayala Mora, a tener “cierto récord, o al menos una mención especial, por la perenne inestabilidad de los gobiernos, que se ha manifestado en toda nuestra historia” (3).

Que yo sepa, en el número total de Constituciones no tenemos rival en el mundo mundial. Bolivia sería nuestra única coteja, y tiene 17, tres menos que nuestro desastre institucional.

(1) Arízaga Vega, Rafael, ‘Las constituyentes’, Editorial Fraga, Quito, 1998, p. 17. Es una mala idea hecha tradición.
(2) Ayala Mora, Enrique, ‘Evolución constitucional del Ecuador. Rasgos históricos’, Corporación Editora Nacional, Quito, 2018 [Serie Estudios Jurídicos, Vol. 43], pp. 13-14.
(3)Evolución…’, p. 14. Ayala Mora calculó 154 años de “vigencia constitucional” hasta 2012. Seis años y pico después, serían 160 años, divididos para 20 constituciones: a 8 años por documento.