Metrovía: el tamaño de su mediocridad

20 de agosto de 2017


A fines del 2015, un usuario describió lo que se vive en la Metrovía:

Esto, cuando el pasaje costaba todavía 25 centavos. Subió el precio, pero su servicio sigue igual de malo.

El servicio de la Metrovía sigue siendo igual de mediocre a lo descrito por este usuario. Y se pone peor.

A efectos de formarnos criterio, abandonemos por un momento el conformismo (que cuenta en Jazmín con una de sus más altas exponentes) imperante en los habitantes de Guayaquil para calificar a la Metrovía (1), para entrar a compararla con los demás sistemas de Bus Rapid Transit (BRT) del mundo. El Bus Rapid Transit Standard califica en oro, plata y bronce el desempeño de los BRT a nivel mundial. Y en este contexto, la muy mediocre Metrovía de Guayaquil nunca ha dejado de ser lo más bajo en esta escala: “bronce”.

Antes de que algún acomplejado diga que el “oro” es el patrimonio de los BRT europeos, que se sepa que nada más en la vecina Colombia, el Transmilenio de Bogotá y el Metroplús de Medellín reciben “oro” por sus sistemas BRT. La diferencia entre estos BRT colombianos y el BRT de Guayaquil (alías, “la Metrovía”) está en una mejor administración de los recursos, sujeta a una inteligente planificación.  

Porque en Guayaquil, la planificación fracasó. Piénsese en el siguiente dato: el día que se inauguró la Metrovía, 29 de julio de 2006, el alcalde de Guayaquil anunció que las primeras tres troncales de este sistema BRT iban a estar listas para el año 2008. Resultó una mentira colosal: recién en febrero del 2013 entraron a funcionar las tres troncales que entonces se ofrecieron.


Y se pone incluso peor: en la que fue su planificación, la Alcaldía de Guayaquil pretendía que para el año 2020 la Metrovía iba a contar con un total de siete troncales. Con casi diez años de retraso, todavía está en la lucha por empezar la cuarta. Y de las otras tres, mejor olvídense (2).

Tal es el tamaño de su mediocridad.

(1) En mi opinión, el guayaquileño tiene anestesiado el sentido crítico sobre lo que sucede en su ciudad: ‘Guayaquil y la crítica’.
(2) En una entrevista radial, le preguntaron a Nebot por las siete troncales de la Metrovía. Dijo que las otras tres troncales “son muy chiquitas”. JAJAJA (¡cómo vende humo este pibe!).

Así, cualquiera

19 de agosto de 2017


El siguiente episodio de enero refleja muy bien la forma cómo la Alcaldía de Guayaquil sobrevive a su propia incompetencia.

*

En la que fue su segunda entrevista radial de los miércoles este año 2017, el alcalde Jaime Nebot debía ofrecer una explicación por la caída de la cruz de la Catedral, en razón de que el Municipio de Guayaquil debió haber autorizado y controlado esta intervención (tal es su obligación legal: Resolución No 0004-CNC-2015, Arts. 9-14). La restauración de la Catedral fue realizada de forma pública (hubo cierre de calles, sobrevuelo de helicópteros, notas de prensa) pero el Municipio fue incapaz de ejercer sus obligaciones legales. La consecuencia de ello fue el aparatoso fracaso de la restauración.

El alcalde Nebot escogió a una comparsa ideal para la transmisión de sus ideas: radio Sucre, de propiedad del exconcejal del PSC Vicente Arroba Ditto. Él le formuló una primera pregunta al alcalde, que concluyó con las siguientes palabras: “Los padrecitos dicen que el Municipio tenía que realizar ese trabajo”. En este punto, Nebot empieza a REÍRSE y sus dos entrevistadores lo secundan en la risotada. En medio de estas risas, es que Nebot empezó su respuesta. Fue cualquiera. Véanlo ustedes mismos:


Arroba Ditto y el otro fulano sentado a su lado no estaban allí para hacer periodismo, eso de ninguna manera. Su función era la de ser meras comparsas de cualquier cosa que el alcalde Jaime Nebot quiera decir, sin jamás incomodarlo ni cuestionarlo.

A un periodismo como aquel no se le ocurrirá jamás preguntarle al alcalde Nebot cosas como, por ejemplo: ¿Por qué si el Municipio de Guayaquil está obligado a la rectoría, planificación, regulación y control y gestión del patrimonio cultural y arquitectónico en su jurisdicción, no actúa en concordancia con sus obligaciones legales? ¿Por qué no dicta las ordenanzas a las que lo obliga la ley? ¿Por qué no crea la institución de control que debe crear para controlar la gestión de lo patrimonial en el cantón?

En vista de los últimos sucesos, estas preguntas se hacen cada vez más urgentes.

*

Porque tengámoslo claro: es este tipo de periodismo servil al poder político e irresponsable frente a los ciudadanos, como el practicado por radio Sucre en esta entrevista que reseño, el que permite que el patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad se destruya.

Y es por este tipo de mal periodismo, generalizado en Guayaquil, que la Alcaldía de nuestra ciudad, aunque irresponsable, queda siempre impune. Así, cualquiera.

Bonil y Guayaquil

Para alguien tan crítico como el caricaturista Bonil (a quien muchas veces he celebrado por su ingenio) resulta realmente asombroso su silencio sobre lo que pasa en Guayaquil.

Es llamativo, en particular, porque Bonil dibuja para un periódico de Guayaquil. La ciudad registra numerosos problemas (tantas cosas por dibujar) pero sobre estos Bonil jamás se ha pronunciado. Ni un pinche trazo. Su sentido crítico se anula cuando de Guayaquil se trata.

My educated guess: Bonil no tiene un pelo de tonto y sabe que las cosas en Guayaquil no funcionan tan bien como lo dice la propaganda oficial, pero el diario en que él publica (diario El Universo) tiene el estatus de fan enamorada de la Alcaldía de Guayaquil. Supongo, entonces, que esto es lo que encorseta su sentido crítico, al punto de anularlo.

Lo que es una verdadera lástima, porque la Alcaldía de Guayaquil y sus torpezas son una fuente inagotable de humor.  

El laicismo de Alfonso Reece

17 de agosto de 2017


Unos días atrás, Alfonso Reece Dousdebés expuso en una columna de opinión de diario El Universo su postura liberal, de la que hice un contrapunto. Esta vez, expuso en su columna su postura sobre el laicismo.

Reece defiende en su artículo la idea de un Estado que, de manera general, debe abstenerse de intervenir en materia de libertad de religión. Es necesario apuntar que, en estricto rigor, Reece no suscribe todo tipo de abstención estatal, pues entiende que el Estado debe intervenir para impedir los casos de una “manifestación hostil contra una religión”.

*

Coincido con Reece en que el Estado tiene que intervenir, pero creo que el rol del Estado debe ser distinto a intervenir para silenciar un discurso, por muy “hostil contra una religión” que pueda parecer (1). Creo, como Owen Fiss, que la razón del Estado para intervenir “no es tanto el interés de los individuos por expresarse, sino el interés de la audiencia –la ciudadanía- por escuchar un debate pleno y abierto de los asuntos de importancia pública” (2).

Reece puede considerar que la obra del colectivo boliviano Mujeres creando “Milagroso altar blasfemo” es un bodrio. Es una apreciación irrelevante: de gustibus non est dispuntandum. Lo clave es comprender si el colectivo Mujeres creando está hablando en su obra de “asuntos de importancia pública”. 

Un análisis de esta obra se publicó en Cartón Piedra, escrito por José Miguel Cabrera. Si lo leen, verán que los temas abordados en la obra “Milagroso altar blasfemo” merecen considerarse como “de importancia pública” pues como lo explica Cabrera, el discurso de este colectivo es “a favor de la igualdad, en contra de los femicidios o del aborto clandestino y en defensa del derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos” (3).

Un Estado comprometido con la libertad de expresión debe fomentar este tipo de debates, pues su actuación debe basarse en la idea de que “la protección del discurso público –que asegure que el público escuche todo lo que debe escuchar- es un fin permisible del Estado” (4).

*

En resumidas cuentas: las ideas de Alfonso Reece sobre el liberalismo y el laicismo producen un “efecto silenciador” para la libertad de expresión. Eso es precisamente lo que Owen Fiss se propone evitar con su idea de la “protección del discurso público”, pues la expresión de ideas sobre asuntos de importancia pública debe prevalecer (salvo los casos de discursos de odio) por sobre la sensibilidad ofendida de los creyentes de una religión.

Por supuesto, se debe ser muy cuidadoso en cómo se construye este rol estatal de intervención del Estado para la “protección del discurso público”. Pero una cosa es segura: esta intervención es, sin duda, mejor alternativa que tener un Estado con un rol silenciador como el que propone Reece en estos dos artículos.

(1) Con la obvia excepción de los discursos de odio.

Washington Herrera (Naipe Centralista)

14 de agosto de 2017



La definición de “economista estatista” del Naipe Centralista, con foto. A pesar de su redacción deficiente, la frase “Cuando cayo [sic] el muro de Berlin [sic], lloro [sic] amargamente y nunca se repuso”, es joya.

Cuidado con el patrimonio

13 de agosto de 2017


La Alcaldía de Guayaquil publicó el 11 de agosto de 2017 un comunicado que tituló: “La verdad sobre el cuidado de los bienes patrimoniales en Guayaquil”. Es esto:


Vamos punto por punto.

Punto 1: ¿En serio tenían que empezar con una falacia “tu quoque”? Este es un inicio poco auspicioso, además de ruin.

Punto 2: Dicen no haber recibido ni un dólar para la preservación de bienes patrimoniales. Con esta lógica, si no le “dan” plata desde Quito, la Alcaldía de Guayaquil no va a invertir recursos propios para cuidar el patrimonio de la ciudad.

Punto 3: Empieza mal esta enumeración cuando inicia con “La Catedral de Guayaquil”, que es un vivo ejemplo de su incompetencia para el cuidado del patrimonio. Por lo demás, el resultado es una mezcla de peras con manzanas pues confunde las obligaciones de cuidado patrimonial con las obras públicas en general.

Punto 4: Pedirle a la Alcaldía de Guayaquil que “invierta” dineros públicos en el cuidado del patrimonio es insensato: como no es una tarea “jugosa” para los gremios inmobiliario y de la construcción, esto no convoca su interés (lo “jugoso” es su demolición). Pero la Alcaldía de Guayaquil es tan irresponsable que, teniendo desde el 3 de junio de 2015 la obligación de dictar “las ordenanzas o reglamentos que protejan el patrimonio cultural local para su preservación, mantenimiento y difusión” (Art. 12, núm. 2), todavía no lo hace.

Esto, a pesar de haber un concejo de alzamanos a disposición.

Punto 5: A la Alcaldía de Guayaquil parece estorbarle “La Casa del Cacao”. Su propósito es demolerla, aprovechar algunas cosas (“como chapas y rejas”) y construir algo nuevo. Se caga en nuestro patrimonio arquitectónico.

El Instituto Nacional de Patrimonio Cultural ha impedido que la Alcaldía de Guayaquil tire abajo la casa. A pesar de ser un inmueble de su propiedad y a pesar de tener una específica obligación legal (“Adoptar medidas precautelatorias para la protección del patrimonio cultural local”, Art. 13 núm. 3), la Alcaldía de Guayaquil no piensa hacer nada con este inmueble, salvo verlo caerse para responsabilizar de ello al INPC. Que se joda el patrimonio, que se joda un eventual ciudadano al que le caiga la casa o fragmentos de ella encima, que se joda el INPC.

La Alcaldía de Guayaquil pasa de todo. Este es su pueblo.

Punto 6: Su afán justiciero es notable. Ojalá empiecen por aclarar lo que parece un auto- atentado a un bien patrimonial para apurar su demolición. Porque, aún dados todos estos antecedentes, eso sería ya demasiado canalla.

Una rara ruptura. Publicado en Facebook, por Paola Martínez.

*

Después de leer este comunicado, la “verdad” se ha revelado diáfana: en Guayaquil hay que tener mucho cuidado con el patrimonio. Lo administra su Alcaldía, tamaña irresponsable.

El liberalismo de Alfonso Reece

11 de agosto de 2017

El artículo de Alfonso Reece Dousdebés publicado unos días atrás en diario El Universo titulado “Blasfemia barata” es interesante porque ilustra bien la postura liberal de su autor. Y ofrece la oportunidad de un contrapunto.

1) La postura de Reece

Reece es un liberal que defiende el derecho a la libertad de expresión con gran vehemencia. Es una persona consciente que “el derecho a la libertad implica el derecho a escuchar lo que no queremos oír”, como aseguraba el inglés George Orwell. En esto, estoy totalmente de acuerdo con él.

Sin embargo, el liberalismo de Reece se corta en el rol del Estado frente a la libertad de expresión. Su postura liberal entiende que el rol del Estado frente a la libertad de expresión es un rol de abstención. Se indigna del uso de sus impuestos para obras como la del Centro Cultural Metropolitano: “Si esto se hubiese desplegado en una galería privada, allá cada cual con su mal gusto, pero no en un edificio público”.

2) El contrapunto

El liberalismo puede tener una postura distinta frente a la libertad de expresión. A diferencia de Reece, creo en un activo rol del Estado frente al ejercicio de la libertad de expresión en su comunidad y creo que tiene la obligación de fomentarla (1).

Por ejemplo, a contramano de otros agnósticos/ateos, estoy de acuerdo con que el Estado apoye (bajo ciertas condiciones) actividades religiosas, como por ejemplo la procesión del Cristo de Consuelo. Por supuesto, el espectro de acción del Estado para fomentar la libertad de expresión es mucho más amplio que las actividades de carácter religioso, e incluye polémicas exhibiciones de arte (sí, como aquella exhibida en el Centro Cultural Metropolitano de Quito).

Por supuesto, resulta irrelevante que a Alfonso Reece no le guste la obra exhibida en el Centro Cultural Metropolitano. Llama a esta obra de “calidad ínfima, manifestaciones feas, sin gracia, con un chambón y gratuito afán de provocación”. Pero no es el arte que no le agrada a Reece el que debe prohibirse (él no ha sugerido esto, su artículo es mucho más inteligente), es el arte que cuestiona ideas en nuestra sociedad aquel que debe permitirse y fomentarse.

La obra del colectivo “Mujeres creando” en el Centro Cultural Metropolitano de Quito es polémica: hace alusiones a la iglesia católica, pues “recrea nuevas vírgenes que representan los abusos de la Iglesia Católica (pedofilia o corrupción) y de los Estados que atentan contra los cuerpos de las mujeres al penalizar el aborto”. No son alusiones gratuitas: son problemas contemporáneos abordados de manara crítica. Es decir, para lo que sirve el arte.

Así, con las debidas restricciones de tiempo, modo y espacio, una obra como ésta no viola de ninguna manera la libertad de expresión. En el marco de una sociedad democrática y abierta, con las restricciones de forma antedichas, la obra del colectivo “Mujeres creando” es parte de la libertad de expresión que las instituciones públicas pueden financiar con mis impuestos y con los del señor Reece (mal que a él le pese).

3) Conclusión: por una mejor defensa del pluralismo

En mi opinión, el liberalismo se defiende mejor cuando se lucha por la pluralidad de ideas en la esfera pública. Si eso requiere que el Estado ecuatoriano apoye ideas y obras que no gustan a una porción de su comunidad (en este caso, a la influyente porción católica), pues ese es el precio de vivir en democracia. 

(1) Una argumentación inteligente en este sentido: ‘El efecto silenciador de lalibertad de expresión’.

10 de agosto: "post hoc, ergo propter hoc".

10 de agosto de 2017

La historia de la independencia del Ecuador del Reino de España suele ser narrada como una gran falacia “post hoc, ergo propter hoc”, que asume que dado que un acontecimiento sucedió después de otro, este segundo acontecimiento es consecuencia del primero. La falacia es muy simple: como el Ecuador se independizó del Reino de España en 1822, los acontecimientos de 1809-1812 fueron su necesario antecedente. Un “primer grito de independencia”, como le suelen decir sin razón.

Ambos episodios, lo sucedido en Quito y alrededores entre 1809 y 1812 y lo sucedido a raíz de la revuelta de octubre de 1820 hasta la batalla del Pichincha en mayo de 1822, responden a lógicas distintas.

En 1820 era claro que se buscaba la independencia del Reino de España. El contexto estaba maduro para ello. El Escudo de Armas de la “Provincia Libre de Guayaquil” no dejó lugar a dudas de esta intención:


Ni tampoco las dejaba el Reglamento Provisorio de Gobierno adoptado el 11 de noviembre de 1820 por la Junta Electoral de Guayaquil presidida por el poeta José Joaquín de Olmedo:

Art. 1.- La Provincia de Guayaquil es libre e independiente…
Art. 2.- La Provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur”.

En 1809, la independencia del Reino de España era el ideario de una minoría que nunca prosperó. Los documentos adoptados por la primera junta (de 1809) y por la segunda junta (de 1812) fueron explícitos en su voluntad de pertenecer a la Monarquía Española.

En el Manifiesto del Pueblo de Quito del 10 de agosto de 1809 se dice de este pueblo de Quito que:

“Juró por su Rey y Señor a Fernando VII…”.

Un pueblo que juramenta su sumisión a un Rey no puede nunca reclamar una ruptura con su reino. No hay lógica en ello.

En la Constitución del Estado de Quito del 15 de febrero de 1812 se pone peor:

Art. 5.- En prueba de su antiguo amor, y fidelidad constante a las personas de sus pasados Reyes; protesta este Estado que reconoce y reconoce por su Monarca al señor don Fernando Séptimo, siempre que libre de la dominación francesa y seguro de cualquier influjo de amistad, o parentesco con el Tirano de la Europa [N. del A.: Napoleón] pueda reinar, sin perjuicio de esta Constitución”.

El ideario “autonomista” de los criollos de Quito es evidente en este artículo.

En el caso de la independencia de Guayaquil en 1820, las condiciones eran favorables para adoptar una ruptura total con el Reino de España. En el caso de los hechos del 10 de agosto de 1809, las ideas de una independencia del Reino de España eran una excentricidad. La idea que prevaleció en los aristócratas criollos de Quito (mayoría y beneficiarios directos de esta movida agostina) fue la de hacer una junta “autonomista” de criollos, que reemplace en el gobierno a las autoridades españolas mientras retorne a reinar el Rey de España Fernando VII El Deseado, preso de los franceses.

Así, son dos acontecimientos muy distintos: una revuelta independentista iniciada en la provincia de Guayaquil en 1820 y una revuelta autonomista fracasada en la provincia de Quito entre los años 1809 y 1812. 

Por el extendido uso de la falacia “post hoc, ergo propter hoc” en la construcción romántica de nuestra historia (la prevaleciente todavía: así de pobres somos) se trata de vincular el episodio de 1809 con el episodio de 1820, cuando se parecen tanto como el culo a las témporas.

Un cuento para bobos

9 de agosto de 2017

La Alcaldía de Guayaquil adquirió el “Castillo José Martínez de Espronceda” el año 2010. Entonces, la Alcaldía tenía grandes expectativas para este inmueble patrimonial, situado en la esquina NE de la intersección de las calles Eloy Alfaro y Venezuela, barrio del Astillero. Se pensaba convertir a este edificio patrimonial en una biblioteca pública. Y era una gran idea.

Sin embargo, la Alcaldía de Guayaquil no hizo nada. En siete años, ha dejado languidecer el castillo que compró, que se convirtió en una guarida para vagabundos, en un sitio para consumir alcohol y drogas, y en un motel express de los amores furtivos de una escuela nocturna de los alrededores. Hasta que en este año 2017 la Alcaldía de Guayaquil, finalmente, intervino.

Fuente

Olvídense, en todo caso, de la biblioteca pública y el archivo que estaba anunciados para este inmueble y que todavía pregona su Departamento de Turismo en su página web. Ahora el “Castillo José Martínez de Espronceda” no será un espacio para la cultura, pues allí “funcionarán dependencias municipales”.

¿Qué pasó? Algo así:

- Jaime Nebot: “Quiero que allí hagan una biblioteca”.
- Ingeniero random: “Pero Alcalde, esa alternativa es muy costosa”.
- Jaime Nebot: “Entonces no quiero que hagan una biblioteca”.

Como el plan se había anunciado (y se lo sigue anunciado, a pesar de haber disposición en contrario) sin ninguna pinche planificación, era muy normal que después se encuentren dificultades y se lo abandone.

Así, la noticia positiva de la recuperación de este inmueble tal como la publicó El Universo (‘Municipio de Guayaquil suscribe contrato para la inauguración del castillo Espronceda’) evidencia la forma cómo se cuentan las cosas en Guayaquil: se vende como un progreso, lo que apenas es una respuesta tardía y mala a un viejo problema. Tardía, pues la Alcaldía ha tardado siete años en empezar a recuperar un edificio patrimonial; mala, porque pasó de ser una biblioteca pública (tan necesaria) a convertirse en oficinas para la burocracia municipal.

Pero es así cómo se construye la idea de renovación de Guayaquil durante las alcaldías del PSC: con los convenientes olvidos de sus previas negligencias. La idea que queda flotando es que en Guayaquil sí se ha hecho algo, aunque ese “algo” se lo haya hecho tarde y mal.

Porque lo importante, al final, es seguir viviendo en delusión, es decir, en una Guayaquil que resulta tan eficaz como irreal.

Conclusión: El relato socialcristiano de Guayaquil es un cuento para bobos.

La lucha por el patrimonio


Hace un par de días, la periodista Blanca Moncada publicó un artículo en diario Expreso que tituló: “Coimas, cerveza, chuzos y orina”. En esa nota, denunciaba sustancialmente lo siguiente: a las 10 PM la protección pública (municipal) se retiraba del sector del cerro Santa Ana y dejaba su protección en manos de la seguridad privada. Entonces, a partir de las 10 PM, la seguridad privada (que ha sido corrupta: “Solo pasan a determinada hora y cobran”) tranza con algunos individuos para permitirles vender productos (“encebollado, jugos y hasta marihuana”) por fuera de la ley. La conclusión viene de una autoridad municipal: “Si los guardias hicieran su trabajo y no fueran corruptos, no habría informales allí” (1).

La Alcaldía de Guayaquil acusó recibo. Ayer publicó lo siguiente:

 

Lo que demuestra que si se la mosquea lo suficiente, la Alcaldía de Guayaquil reacciona. Miren lo que logró un artículo de prensa (2).

De importancia igual o mayor que el cuidado del cerro Santa Ana es cuidar los edificios patrimoniales del cantón Guayaquil. Esta obligación le corresponde a la Alcaldía de Guayaquil, pues desde el 3 de junio de 2015 esa es una de sus competencias.

Pero la Alcaldía de Guayaquil se ha probado no competente para asumir esta competencia. El caso de la caída de la cruz de la Catedral, a principios de año, fue un ejemplo de ello. La caída de una columna del edificio patrimonial de “La Casa del Cacao”, el día de ayer, es una voz de alerta sobre el estado deplorable de la conservación patrimonial a cargo de la Alcaldía.

Este desplome en “La Casa del Cacao” debería motivar una reacción en los guayaquileños a quienes sí nos preocupa el patrimonio de nuestra ciudad. Este artículo es un grano de arena que apunta a ese propósito. Hacen falta más opiniones, más plantones, más exigencias concretas a una Alcaldía que está en deuda, en este tema patrimonial y en tantos otros. Hay que exigirle las rectificaciones inmediatas de todas las maneras posibles y como lo dice la Alcaldía en su comunicado, “siempre conforme a la ley”.

Pero hay que hacerlo. Porque está demostrado que la Alcaldía de Guayaquil cuando se la mosquea lo suficiente, sí reacciona. Lo que hay que lograr, es que esta vez su respuesta sea para bien: para preocuparla e involucrarla en la conservación de nuestro patrimonio común.

(1) Lo dijo el vocero de la Policía Metropolitana, Roberto Viteri. Los guardias corruptos que permiten la venta de encebollado, cerveza y marihuana (trilogía muy, muy guayaca) en el cerro Santa Ana son los guardias contratados por la Fundación Siglo XXI para cuidarla. Con la Alcaldía, si no hace agua por un lado, la hace por el otro.
(2) Por supuesto, una reacción represiva está en el “ADN socialcristiano”. Si roban en el parque Centenario, ha llegado la hora de subir las rejas. En su lógica ochentera, esto es lo correcto (lo asombroso es que lo hagan pasar por un modelo de desarrollo).

Carrusel y Televistazo

8 de agosto de 2017


Me gusta trabajar de madrugada y escuchar la radio. Las noticias en radio Carrusel empiezan unos minutos antes de las seis de la mañana. Hoy, lo primero que reportaron fue el accidente de un tráiler en la bajada del paso a desnivel que empieza en la avenida Joaquín Orrantia (la del Mall del Sol) y termina en la avenida de las Américas.

Radio Carrusel queda en la avenida de las Américas, muy cerca de donde ocurrió el accidente. Los participantes del programa se mofaban de la ausencia de la Agencia de Tránsito Municipal (ATM) en el lugar de los hechos. Uno decía que si a alguien se le ocurría llamar a un ATM para que venga a ayudarte a esa hora de la madrugada, él te respondería “no, déjame dormir un ratito”.

Ya para la tarde, una y pico, en Televistazo, parte de la noticia sobre este mismo hecho fue la presencia de los agentes de la ATM en el sitio del accidente.

Dos versiones distintas de un mismo hecho sobre la actuación de la ATM: uno en el lugar de los hechos, el otro para mantener la delusión en el público general.

Aves y república

Se puede decir que mientras ha habido aves en nuestro Escudo de Armas, ha habido (formalmente) república en el Ecuador. Tanto la representación de las aves en el Escudo como el atributo de república para este territorio provienen de un mismo año y de una misma convención: la celebrada en la ciudad de Ambato el año 1835 (1).

Entre 1830 y 1835 hubo un Escudo de Armas que esencialmente reprodujo aquel de la Gran Colombia (adoptado en el Congreso de Cúcuta de 1821), cuyo diseño se lo atribuye a José Fernández-Salvador, el presidente de nuestra primera convención constituyente, celebrada en Riobamba entre el 14 de agosto y el 28 de septiembre del año 1830 (2). Esta convención dio origen al Ecuador como un Estado independiente, mas no como república. Este último atributo le correspondía a Colombia porque Ecuador era, apenas, el “Estado del Ecuador en la República de Colombia”.

El Escudo de Armas entre 1830 y 1835. Nunca más volvería a no tener aves, desde lo decidido en Ambato.

Llegó 1835 y la segunda convención en Ambato. Desde entonces se colocaron dos aves en nuestro Escudo (en su descripción se aclara que eran “águilas”, no cóndores: esta ave de rapiña se enseñoreó en nuestro Escudo a partir de 1843) y se adoptó, por vez primera, el nombre de “República del Ecuador”.  

(1) Esta convención escogió al primer Presidente Constitucional nacido en el territorio del Ecuador, Vicente Rocafuerte.

Nuestra independencia del Reino de España en contexto

7 de agosto de 2017

Una de las cosas que me provoca mayor sospecha sobre las narrativas tradicionales del proceso de independencia de los territorios que terminaron por componer el Ecuador en 1830 es esa manía de entenderlos como procesos “endógenos”, ideas geniales que se le ocurrieron a gente siempre genial, tiro La Vanguardia Es Así. Tal es el caso con la mentira histórica del 10 de agosto de 1809 (1), magnificado a mayor gloria nacionalista. Siempre a manera de un relato pobre, de un cuento para bobos.

La realidad, por supuesto, fue mucho menos idílica, pero sobre todo, mucho más articulada con el contexto americano y europeo (2). En el caso del 10 de agosto de 1809 es necesario comprender esa fecha histórica…

“…desde la trilogía europea-peninsular-americana. Es más, desde la perspectiva temporal circunscrita al ciclo de las revoluciones liberales y burguesas que afectó a Europa y América desde 1775 a 1871. Sólo desde esta dimensión amplia, hispana, global y dialéctica, podremos entender satisfactoriamente los cambios que van se van a producir desde estos años” (3).

Un análisis de este tipo conduciría a considerar a la primera Junta de Quito como una junta “autonomista” y dentro de la Monarquía Española, jamás “independentista”. Las primeras juntas independentistas aparecieron a partir de 1810, “fecha que marca, verdaderamente, la cesura” (4).

(1) “Grito de independencia”, mis polainas.
(2) Por “menos idílica”, entiéndase que los criollos no dudaron en sacar tajada de su autonomismo: “Los protagonistas del proceso fueron poderosos latifundistas, para cuyo manejo político la burocracia española era un impedimento. Una vez instalados en el mando, suprimieron las contribuciones de los blancos, manteniendo las de los indios, e hicieron desaparecer la constancia de las cuantiosas deudas que habían contraído con la Corona por compra de tierras. Los notables criollos fueron los usufructuarios de la libertad”, v. ‘Resumen de historia del Ecuador’.
(3) Chust, Manuel, ‘Un bienio trascendental: 1808-1810’, en: Manuel Chust (coord.), ‘La eclosión juntera en el mundo hispano’, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2007, p. 12. 
(4) Ibíd., p. 24. En el Manifiesto del Pueblo de Quito del 10 de 1809, Quito “juró por su Rey y Señor a Fernando VII, conservar pura la Religión de sus Padres, defender, y procurar la felicidad de la Patria, y derramar toda su sangre por tan sagrados y dignos motivos”. El Marqués de Selva Alegre, presidente de esta junta, explicó sus motivos: “el pueblo de esta Capital, fiel a Dios, a la patria y al Rey, […]  ha creado otra [junta] igualmente suprema e Interina […] mientras S.M. recupera la Península o viene a imperar en América”, cit. en Rodríguez O., Jaime E., ‘El Reino de Quito, 1808-1810’, en: Ibíd., p. 180. Clarito está el caso de la franciscana ciudad: érase una ciudad a la espera de su querido Rey. Por contraste, véase cómo se escribe una declaración de independencia: ‘Quito, 1809-1812’.
 

Damián Medina

6 de agosto de 2017

En un misal de mi abuela encontré un recuerdo de la primera comunión de un tío suyo, Damián Medina Vallejo. Este Damián era hijo de otro Damián Medina, hijo a su vez de otro Damián Medina, nacido en Ciudad de Panamá el año 1825, cuando Panamá (el “Departamento del Itsmo”) y Guayaquil (el Departamento de Guayaquil”) pertenecieron ambas a la efímera Gran Colombia (1819-1830).


El detalle pintoresco de este recuerdo de primera comunión es que se celebró el domingo 6 de agosto de 1911 (un día tal como hoy, hace 106 años) en la “capilla del colegio CRISTÓBAL COLÓN”. Y dado que el Cristóbal entró a funcionar el 28 de mayo de 1911, apenas 70 días antes de esta ceremonia celebrada en su capilla, creo que es un recuerdo de la primera vez que se celebró una Primera Comunión en el Cristóbal Colón*.

* Imposible confirmarlo en los archivos de la institución porque solo conservan datos de las primeras comuniones desde 1999 (88 años más tarde).

Paren de venir / ya váyanse

4 de agosto de 2017


Durante la Alcaldía socialcristiana de León Febres-Cordero, en 1994, el grupo argentino “The Sacados” puso una canción de moda:

 
Guayaquil es una ciudad tan noventera que el estribillo de esa canción de 1994 podría bien caracterizar a su escena musical actual de “celebridades” (hoy, año dosmilfuckingdiecisiete).

Por supuesto, la caracterizaría por razones distintas.

Paren de venir… todas esas “celebridades” que han venido al menos desde los años noventa (incluso desde los ochentas y setentas) y que han resultado imparables: siguen viniendo, no paran de venir a quemar sus últimos cartuchos en el puerto de Guayaquil. Si son salseros, vienen con financiamiento municipal a todas y cada una de las fiestas populares de los 25 de julio y 9 de octubre; para todo el resto de “geronto-celebridades”, la única explicación para su permanencia de varias décadas en cartelera es que no hay ilusiones ni presupuesto para proponer algo distinto a esta ciudad.

En general, se ha jugado sobre seguro: en la escena musical se ha apostado a lo que ha funcionado antes, porque las posibilidades para innovar son escasas y los impuestos (los del Municipio y el destinado a la Junta de Beneficencia de Guayaquil, específico para espectáculos públicos) son altos.

Por eso Guayaquil es una ciudad atascada en sus años noventa y tiene una Alcaldía marca PSC en plena sintonía con ese mood (established since 1992). Aquí se vende como moderno lo que ya pasó de moda, tanto en oferta musical como en administración de la ciudad. Y la gente lo sigue consumiendo, sin chistar ni cuestionarlo. Si acaso, lamentándose en voz baja.

Es por todos estos años de incesante noventerismo que se justifica el lema no oficial de Guayaquil durante su período socialcristiano: “Esto es lo que hay”. Es lo que hay en la “Capital Tropical del Conformismo” en que unos cuantos avivatos han convertido a Guayaquil.