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Fundación Malecón 2000 discrimina

26 de noviembre de 2008

Cuando me lo comentaron, casi juzgué inverosímil este hecho (sino fuera por la prevención que formuló Einstein de que sólo existen dos cosas infinitas en el mundo: el infinito y la estupidez humana). Pero después de leer el documento que le concede verosimilitud, constaté cuanta razón lleva Einstein. Júzguenlo ustedes cuando lo lean. Aquí mis observaciones:

1) La denegación de la autorización es absurda. La funcionaria B. de Valero niega la solicitud de la comunidad GLBTT de realizar una I Exposición y Concurso de Pintura de la Comunidad GLBTT en las instalaciones del Malecón Simón Bolívar porque la Fundación Malecón 2000 ha recibido 61 denuncias de padres y madres de familia (hay que reconocerle a la funcionaria que es una abanderada del lenguaje de género) “de que miembros de su comunidad han sido sorprendidos in-fraganti practicando sexo oral en los baños públicos del Malecón”. La funcionaria nunca se toma la molestia de explicar, suponiendo que las denuncias existan y sean ciertas, cómo esas denuncias que se refieren a la práctica de actos sexuales se relacionan con la solicitud de la comunidad GLBTT a realizar una exposición y concurso de pintura. En realidad, la funcionaria no podría explicarlo porque no existe relación alguna: se trata de una torpe y vulgar excusa, la atroz cara visible de sus prejuicios, y en la medida en lo que lo firma como Asesora Legal, de los prejuicios de la institución (Fundación Malecón 2000) a la que ella representa. (De hecho, si asumimos con coherencia la excusa de B. de Valero, la existencia de actos inmorales en los baños públicos del malecón que realicen parejas heterosexuales –que seguro los hay, no me dirán ahora que sólo las parejas gay se aplican petes- impediría la realización de toda actividad cultural que organicen los heterosexuales: al carajo, entonces, con el FAAL, el show de títeres y, en definitiva, toda actividad cultural en general. Esta consecuencia revela el tamaño del absurdo de la torpe y vulgar excusa de B. de Valero).

2) La comunicación es cínica. Sólo así puede entenderse que afirme que respeta el “derecho a la no discriminación” y el derecho a tener una “preferencia sexual” (en realidad, “orientación”) para, acto seguido, negar la solicitud sobre una base absurda y discriminatoria. Si B. de Valero se tomara en serio los derechos que afirma respetar, la solicitud se admitiría sin problema alguno.

Este documento revela el tamaño de los prejuicios de la persona que lo suscribe y de la entidad a la que representa. Muy mal, la asesora legal B. de Valero, muy mal, Fundación Malecón 2000.
P.S.- Para ampliar la carta y juzgarla, hacer click en ella.

Matrimonio en campo abierto

19 de noviembre de 2008

Una idea común de la grey católica, evangélica y de otro personal de similar ralea es, dicho sea con palabras del cabecilla de la misma y de otras tantas ideas retrógradas, monseñor Arregui, que los homosexuales pueden llamar a su unión “de cualquier forma, menos matrimonio”. Esta idea suele hallar amparo en la idea tradicional que se tiene y se divulga sobre la institución matrimonial. Esta idea no solo que constituye, en esencia y de manera evidente, la falacia de apelación a la tradición (argumentum ad antiquitatem) sino que, para mayor inri, se erige sobre premisas falsas: el matrimonio no fue siempre, ni mucho menos, aquella sacra y ritual institución en los términos ramplones en que suele ensalzarlo esta grey.

De la larga y compleja historia de esta institución (en esencia) mercantil que llamamos matrimonio tenemos la erudita narración de Stephanie Coontz en Marriage, a history. From obedience to intimacy or how love conquered marriage (el libro se puede, o se podía conseguir, en Mr Books y en Librimundi, traducido al español). El libro resulta interesante, en particular, como herramienta útil para desasnar a tanto papanatas que pretende fundamentar una discriminación actual en una historia que no conoce, y su amplia generosidad en detalles, matices y enfoques ilustran, sin asomo de aburrimiento (sensación a la que los matrimonios son muy propensos) el objeto de su estudio. Así, Coontz nos cuenta (Pág. 145-147) la historia del ingenioso obispo parisién Pedro Lombardo, quien argumentó que si la consumación de la relación sexual era necesaria para que un matrimonio se considere válido, María y José no habrían estado legalmente casados; a partir de esta premisa, el buen Pedrito argumenta que un intercambio de promesas dichas en tiempo presente “hacía que un matrimonio fuera legal y sacramentalmente vinculante aun en el caso de que la pareja no mantuviera relaciones sexuales”. Coontz constata que las opiniones de Lombardo “llegaron a ser la enseñanza oficial de la Iglesia”, y afirma, tajante: “la doctrina de Lombardo se redujo a lo siguiente […] Si una joven decía, utilizando el tiempo presente: ‘Te acepto como esposo’ y el muchacho respondía ‘te acepto como esposa’, quedaban casados, con o sin testigos, amonestaciones, bendiciones o cualquier otra cosa, así dijeran las palabras en una capilla, una cocina, un campo abierto o un granero, hubieran tenido o no relaciones sexuales, o hubieran convivido o no bajo el mismo techo. […] El principio básico del matrimonio cristiano era que el consentimiento de las dos partes creaba un vínculo indestructible [por lo que] en la Europa medieval era más fácil casarse sin el permiso de los padres y los superiores en el orden social de lo que había sido antes o de lo que aún era en la mayoría de los reinos o imperios contemporáneos”.

Omito cualquier referencia (aunque mucho podría decirse al respecto como contribución a este debate) a la institución matrimonial como vínculo comercial, cual es su auténtica naturaleza (no poco podría decirse también de su función como opresora de la mujer). Me interesa destacar, para efectos de este post, que resulta difícil argumentar el respeto a la tradición de un acto cuya historia lo revela tan prosaico que podía ejecutárselo a campo abierto o en un granero y en el que el detalle importante era el consentimiento de los involucrados. Si yo fuera homosexual, no tendría (como no lo tengo en mi condición de heterosexual) ningún interés en la institución del matrimonio; pero entiendo muy bien que algunos homosexuales se sientan discriminados porque otras parejas si participan de una institución de la que ellos no pueden participar, más todavía, si los “argumentos” para esa discriminación se reducen a la etimología de la palabra matrimonio* y a una apelación a la tradición que, vista en su contexto histórico y (más todavía) analizada a la luz de las circunstancias actuales, carece de toda validez.

* Vuelta a monseñor Arregui, luz de luces en estos tópicos: “matrimonio viene de madre, matrimonio es dos seres que se unen para traer vida. Matrimonio es fecundidad y esto descalifica a la unión de homosexuales”. Si nos tomamos en serio esta necedad, tenemos buenas noticias para los ociosos: la palabra trabajo “deriva del latín vulgar trepaliare ‘torturar’ de tripalium ‘cierto instrumento de tortura’” (Gómez de Silva, Guido, Breve diccionario etimológico de la lengua española, Pág. 686). La prohibición de la tortura tiene rango constitucional y aval del derecho internacional (en condición de jus cogens). Tonces, chau camello. ¿Ridículo, no?

P.S.- Como nunca falta alguien que sobra (Charly dixit) me permito aclarar que, con todos los antecedentes antes expresados, hago expresa referencia al derecho de los miembros de la comunidad GLBTT a exigirle al Estado que elimine en el matrimonio civil la prohibición para que los miembros de esa comunidad puedan ejecutar ese acto civil. No sugiero en ningún momento que se le deba imponer a ninguna iglesia la obligación de reconocer, en su seno, los matrimonios de parejas homosexuales: una imposición de esa índole sería ilegítima, tanto como lo es (por supuesto) que los miembros de las iglesias pretendan imponernos sus creencias a quienes no participamos de ellas.

Premios 'Arco Iris'

3 de febrero de 2007

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Publicado en diario El universo el 3 de febrero de 2007.

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El 27 de mayo del 2006 escribí en este Diario una columna de opinión intitulada ‘¿Por qué no marchan?’, en la que afirmé que no existe base jurídica alguna para impedir la marcha de la comunidad Glbtt que las autoridades locales prohíben desde el 2002. El propósito de esa columna era doble: el primero, incentivar a los directamente aludidos, esto es, los miembros de la comunidad Glbtt, a que tomen plena conciencia de que les asisten derechos (a la no discriminación, a la libertad de reunión, a la libertad de expresión y a la manifestación pública, consagrados todos ellos en la Constitución, las leyes y los tratados internacionales) y que actúen en consecuencia a estos y los ejerzan para que, entre otras cosas, realicen una marcha cada 28 de junio, día en que se conmemora a escala mundial el día del orgullo gay; el segundo, dirigido a las autoridades de la ciudad, en particular, al Municipio de Guayaquil, que prohíbe desde el año 2002 la marcha de la comunidad Glbtt, para que tomen plena conciencia de que carecen de derecho alguno a prohibir un acto legítimo y legal de un grupo de su sociedad y para que actúen en consecuencia con el lema que le proponen a Guayaquil, el famoso ‘Más Ciudad’, porque tal como expresé al final de ‘¿Por qué no marchan?’, solo existe “Más Ciudad” “en la medida en que exista también ‘Más Ciudadanía’. Y el sentido de este término, en los tiempos que corren, no es otro sino la tolerancia a los diferentes y la inclusión de los excluidos. En el caso concreto, el respeto y soporte a la decisión de la comunidad Glbtt de marchar este 28 de junio”.

Cuando se asume la responsabilidad de escribir (una responsabilidad, que como nos recordaba el recién fallecido Ryszard Kapuscinski, no es solo profesional sino también ciudadana, porque “la mayoría de la gente en el mundo vive en muy duras condiciones –en el caso de la comunidad Glbtt, de exclusión– y si no las compartimos no tenemos derecho a escribir”) una columna de opinión, no pueden preverse las consecuencias de las ideas que se exponen al público. En el caso de ‘¿Por qué no marchan?’ yo intuí que serviría para que la comunidad Glbtt discuta acerca de sus derechos pero nunca que me honrarían con una nominación a los Premios Arco Iris “por su editorial ‘¿Por qué no marchan?’ alusivo al mundial del orgullo gay, donde promociona la igualdad del derecho y la visibilidad de toda la comunidad” (www.premiosarcoiris.org), ni mucho menos que en el contexto de la categoría “Prensa” sería declarado el vencedor. Por cierto, otros personajes públicos con visiones favorables a la comunidad Glbtt, como Janeth Hinostroza, Yolanda Torres y Marián Sabaté fueron vencedores en sus respectivas categorías, mientras otros como Pascual Eugenio del Cioppo (que es una lástima que haya malogrado su vocación de Domingo Savio por la política), Maritere, Francisco Pinoargoti y Maricontreras lo fueron en el contexto de las visiones desfavorables hacia la comunidad Glbtt.

Por razones de fuerza mayor no pude asistir a la séptima entrega de los Premios Arco Iris que se realizó este lunes 29 de enero en la sede del Honorable Cuerpo Consular; no pude dirigirles unas palabras a las personas de ese foro por este premio que no me esperaba. Que sirva entonces esta columna en reemplazo de las palabras de agradecimiento que no pude pronunciar en aquella ocasión y como muestra sincera de mi respeto y solidaridad hacia la comunidad Glbtt y al ejercicio de sus derechos.