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La odisea de Revelles

1 de septiembre de 2019


El martes 2 agosto del año 1994 cuatro extranjeros cayeron presos por la Policía Anti-Narcóticos en el barrio La Mariscal, en Quito. Dos eran colombianos, uno español, y otro, francés o español. A tres de ellos los detuvieron en Amazonas y Robles; al restante, en Veintimilla y Páez (a unas cuadras de donde quedaba el mítico Gato).

Su suerte fue distinta. Uno de los colombianos, Jorge Herrera, se fugó de la cárcel el 15 de diciembre de 1994; el francés o español Emmanuel Cano lo siguió el 12 de mayo de 1995. El otro colombiano, Luis Alfonso Jaramillo, salió libre el 4 de agosto de 1997, mientras el español Eusebio Revelles, recién logró salir el 4 de diciembre de 1998. La siguiente tabla ilustra estos hechos:

Nombre
Inicio
Fin
Tiempo
Razón
Jorge Herrera
2 de agosto de 1994
15 de diciembre de 1994
135 días
Fuga
Emmanuel Cano
2 de agosto de 1994
12 de mayo de 1995
283 días
Fuga
Luis Alfonso Jaramillo
2 de agosto de 1994
4 de agosto de 1997
1.098 días
Cumplimiento de sentencia
Eusebio Revelles
2 de agosto de 1994
4 de diciembre de 1998
1.585 días
Cumplimiento de sentencia

¿Cuál es la lección de esta tabla? Si alguna: desconfía del Estado.

La explicación es sencilla: el que más rápido se fugó (el colombiano Herrera) pasó el menor tiempo en la cárcel. El otro que también fugó (Cano), fue el segundo que pasó menos tiempo en la cárcel. Y es aquí cuando se pone interesante. La diferencia en el tiempo de cárcel entre Jaramillo y Revelles, se debió a que Jaramillo confió menos en el Estado.

El hecho es que a los dos que se fugaron (Herrera y Cano) les suspendieron la causa y desde que se fugaron, jamás volvieron a la cárcel. Hasta ahora no se sabe nada de ellos, simplemente que huyeron de las garras del Estado. Pero a los dos que no tuvieron la suerte de fugarse, un juez les dictó un “auto de llamamiento a juicio” el 14 de junio de 1996 (ya cuando llevaban casi dos años presos), el que Revelles decidió apelar, pero Jaramillo no. Esto fue lo que jodió a Revelles.

Porque pasó el tiempo y Jaramillo, que no había apelado, recibió sentencia y, por el tiempo que ya llevaba preso, salió libre el 4 de agosto de 1997. Esta sentencia no lo pudo beneficiar a Revelles, porque confió en una alternativa que le ofrecía el sistema penal (la apelación del auto) pero el hecho cierto fue que su apelación se resolvió recién en noviembre de 1997, cuando ya Jaramillo gozaba de libertad. Y para colmo, catorce meses después de presentada, su apelación fue rechazada.

Entramos al año 1998 y el español Revelles, de los cuatro detenidos el martes 2 de agosto de 1994, era el único que seguía preso. El 1 de abril de ese año, el Tribunal Segundo de lo Penal de Pichincha lo condenó a 6 años de prisión como cómplice del delito de tráfico de cocaína. La sentencia se la confirmó el 24 de noviembre, pero por unas rebajas concedidas por la Dirección Nacional de Rehabilitación Social, Revelles salió libre a los pocos días, el 4 de diciembre de 1998, casi 500 días después de Jaramillo. Debe haber lamentado el día que presentó la apelación que le hizo perder un año y medio de vida en la cárcel.

La lección de esta historia parecería ser clara: desconfía del sistema penal del Estado, y si puedes, huye (porque huyendo te va mejor).

Pero lo que no lamentó Revelles es que su caso se lo haya presentado el 31 de octubre de 1994 a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por la Directora de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (CEDHU), Elsie Monge, porque finalmente el suyo y el de los otros tres detenidos en agosto de 1994, se convirtió en el Caso Herrera Espinoza y otros vs. Ecuador, resuelto por la Corte Interamericana de Derechos Humanos un día como hoy, 1 de septiembre, pero del año 2016. En la sentencia se condenó al Estado ecuatoriano por la detención abusiva de los cuatro extranjeros el 2 de agosto de 1994, por su tortura durante la investigación policial, por la prisión preventiva arbitraria a la que fueron sometidos y por la omisión estatal de conducirlos de forma inmediata ante juez o autoridad competente.

Con relación a Revelles, la Corte condenó al Estado ecuatoriano por no haberle dado a él razones para su detención y por la falta de efectividad de un hábeas corpus que él interpuso cuando quedó ya como el último de los detenidos, además de por la duración excesiva de la prisión preventiva y del proceso en su contra (un total de 4 años y 3 meses) y por algunas violaciones concreta a sus garantías judiciales. La ventaja de Eusebio Revelles fue ser la única de las víctimas que se presentó en el proceso llevado ante la Corte IDH, pues de Herrera, Cano y Jaramillo, no se tiene noticia.

La Corte Interamericana sentenció al Estado ecuatoriano el 1 de septiembre de 2016 a pagar en equidad 10.000 dólares a los ausentes Herrera, Cano y Jaramillo, en el plazo de un año; como nunca los encontraron, esos 30.000 dólares se acreditaron, por orden de la Corte IDH, al Fondo de Asistencia Legal de Víctimas de la Corte Interamericana. Por las violaciones adicionales demostradas en su proceso, la Corte IDH sentenció al Estado ecuatoriano a pagar 80.000 dólares a Eusebio Revelles, más otros 10.000 dólares en razón de costas y gastos.

Pero a pesar de ganar, estoy seguro que si le dieran a escoger a Revelles entre otro curso de su vida desde el 1 de agosto de 1994 que prescinda de la cárcel o este dinero compensatorio después de pasar la experiencia de 4 años y 3 meses de cárcel en el Ecuador, él escogería, sin dudarlo, lo primero.

La calle Ulpiano Páez ("El Gato")

27 de septiembre de 2016

Sé de Ulpiano Páez Egüez (Guanujo 1854-Quito, 1912) porque fue un militar del liberalismo alfarista (vencedor en la batalla de Gatazo del 14 y 15 de agosto de 1895 que consolidó el triunfo de la Revolución Liberal –Alfaro entró en Quito el 4 septiembre) pero principalmente porque lo recuerda una calle de Quito que desemboca en la avenida Patria, avenida que bordea el perímetro del parque El Ejido donde el pueblo de Quito incineró a Eloy Alfaro y a su amigo Ulpiano Páez en la llamada “Hoguera Bárbara” del 28 de enero de 1912. Es una calle en busca del lugar de su muerte (1).

En este tránsito al sitio donde redujeron a material de cenicero a los líderes liberales, sobre su lado izquierdo y casi a la altura de la calle 18 de septiembre, asienta sus reales la “Cevichería Portoviejo”, un establecimiento de comida manaba al que tranquilamente le debo el 25% de mi felicidad en la ciudad capital.


"Freddy, El Gato, el único único Gato". Ídolo.
 
Que el nombre de un militar de Guanujo quede asociado al recuerdo de un exquisito ceviche estilo Jipijapa es una sabrosa paradoja del destino (2).

(1) En la obra “Quito. Significado y ubicación de sus calles (a comienzos del siglo XXI”, Ángel Dávalos señala que esta calle se sitúa en el sector de “La Mariscal”, entre Luis Cordero y Patria (p. 144). Ulpiano Páez también es el nombre de una calle en Guayaquil, situada en la ciudadela Ferroviaria, entre el Malecón Eloy Alfaro y la calle 5 de junio, v. Compte Andrade, Florencio, 'Nomenclatura de las calles de Guayaquil. Diccionario analítico (L-Z), M. I. Municipalidad de Guayaquil, Guayaquil, 2008, p. 98-99. Allí está situado entre su amigo Eloy y un día de gloria para la causa liberal que defendió, pero que yo sepa, no hay picanterías en esa calle. Sobre la batalla de Gatazo, v. 'Gatazo: el sitio donde se cambió la historia del Ecuador', Diario El telégrafo, 15 de agosto de 2013.
(2) Random: este video del Gobierno Autónomo Descentralizado de Guaranda que muestra los encantos de Guanujo: la nada ("tierra fértil, de gente amable").

Felinas reflexiones

18 de enero de 2009

La entrada “El Gato” provocó muchos e interesantes comentarios. Me impresiona cómo a partir de poco más de tres mil caracteres (incluidos espacios) se desarrollaron 37 páginas de ideas: disensos, acuerdos, premisas y conclusiones, pistas para continuar el debate. Trataré de resumir (con perdón) esas ideas en los siguientes términos:

El llamado “Proceso de Regeneración Urbana” que impone el Municipio local puede y debe mejorarse: la discusión estriba en qué sentidos puede hacerse esa mejora y qué procedimientos nos conducen a la misma. Se tiene la intuición de que profundizar el modelo actual que el Municipio local impone no nos conducirá a esa mejora. En realidad, si se lo analiza en detalle, al modelo del Municipio local pueden formulársele no escasas críticas: por impedir la apropiación ciudadana del espacio público, por practicar mecanismos de exclusión social (al amparo de un imaginario de tintes racistas, hagámonos cargo), por cometer violaciones a las libertades individuales (en particular mediante la aplicación de un estrecho canon moral en las llamadas “zonas regeneradas” por parte de guardias con escasa instrucción), por provocar una ciudadanía con vocación de turista de su propia urbe (que tiene miedo a la libertad de asumirse como cabal ciudadano de la misma).

De todas esas críticas, el Municipio local nunca acusa recibo (la frase de Nebot, dicha cuando el asunto de los informales, es elocuente al respecto: “Yo digo, y si quieren, ustedes escuchan”). A pesar de que el Municipio local ostenta un discurso débil (el Alcalde nunca se ha molestado en definir los dos puntales de su discurso -la libertad y la autonomía- y evoca vagas ideas de trabajo y de progreso para salir al paso de toda crítica que se le formule) y que quienes defienden su gestión suelen esgrimir argumentos huecos, como el falso dilema entre el caos roldosista y el orden socialcristiano (en el discurso, el roldosismo opera como “terrorismo del ornato”) o el que deba defenderse el modelo local por oposición al Gobierno central, el modelo goza de una alta aceptación. El que, en general, la prensa calle y sea “generosa” con el Municipio local se relaciona con esa alta aceptación.

Ante este escenario, se destacó la importancia de implementar un modelo que promueva la inclusión social, el autogobierno colectivo y el respeto a las libertades individuales (mínimos de una sociedad democrática). Se relevaron ciertas ideas al respecto: iniciativas de presupuesto participativo y de silla vacía, implementación de legislación de cabildo abierto (la legislación colombiana es interesante a este respecto), discusión del estatus de las Zonas Regeneradas para que se imponga en éstas el mínimo posible de restricciones y sólo siempre que éstas sean estrictamente necesarias y racionales, mejor legislación en materia de derechos individuales (como el derecho de reunión, por ejemplo).

Decía Paz de la poesía que “no es un decir: es un hacer”. Yo creo otro tanto de la crítica, a partir de la cual mucho se puede construir. Hagámosle.

El Gato

11 de enero de 2009

“Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar las intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”. Así concluye el reportaje “Guayaquil: La Regenerada” que sobre esta urbe tropical publicó Leila Guerriero en el diario La Nación de Argentina el domingo 2 de diciembre de 2007.

El reportaje de Guerriero es excelente (puede consultárselo, aquí): contiene una precisa descripción del llamado “proceso de regeneración urbana”, una entrevista al Alcalde Nebot y unas referencias a algunos de los críticos del llamado “proceso de regeneración urbana” (Xavier Andrade, Ramón Sonnenholzner, Tina Zerega). Entre los críticos, Xavier Andrade señala que “el simulacro es la clave de la regeneración urbana” y que “no se construye ciudadanía. Se construyen visitantes”; Ramón Sonnenholzner acentúa “que se ha sobredimensionado el logro estético y se ha olvidado el desarrollo humano, sanitario”. Tina Zerega, por su parte, sintoniza con esas críticas: “Los ciudadanos hemos convertido la ciudad en una vitrina a la que hay que observar, pero de la que no podemos apropiarnos”. La entrevista al Alcalde Nebot tampoco tiene pérdida: su énfasis en la pocilga anterior, el acento en el turismo actual (que incluye, por supuesto, a quienes habitamos en esta ciudad) y el que Guerriero lo haya pillado en una mentira porque Nebot afirma que las puertas que dividen la parte regenerada de Las Peñas de aquella que no lo está “nunca están cerradas” cuando en el curso del reportaje Guerriero comprueba, vía la explicación de un guardia privado, que las puertas sí se cierran durante un lapso de la noche. La razón que ofrece el guardia para mantenerlas cerradas es tan simple como elocuente: “Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada”.

Pero la parte de este reportaje que no deja de impresionarme por su capacidad para sintetizar el significado del llamado “proceso de regeneración urbana” es la viñeta de El Gato. Que la plaza Victoria (ícono de la ciudad) ganó una reja, que el cemento y las palmeras, que el parque está desolado: ése es el espacio público (o lo que queda del mismo). Que El Gato vende un servicio, que oculta su oficio cuando la policía se le acerca, que este hecho lo convierte en “un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”: esa es la exclusión social. Que a pocos le interesa escucharla, que mejor brillan los oropeles: esa es la triste realidad.

P.S.- Dos fragmentos de la Sixtina Guayaca, de la que se habla en el reportaje de Guerriero ("me lo regalaron"). Arriba, el Alcalde Nebot le entrega un papiro que reza Más Ciudad a un efebo semidesnudo y una mozuela en pelota ostenta sus tetas. Abajo, Febres (no lo culpo) observa con sospecha esta escena de corte homoerótico y sensual.