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El lamento de Crespo Toral

14 de abril de 2017

En un artículo publicado el año 1902 sobre la cuestión limítrofe con el Perú, Crespo Toral hace un recuento de los grandes fracasos del Ecuador:

“En Ecuador, desde 1830, viene arrastrando los desastres de una luctuosa historia. Sobre un territorio conmovido por odios de regionalismo; en medio de la vieja oposición de razas; con el más soberbio militarismo como protagonista; con las comparsas de caracteres versátiles o menguados; la fiebre de ensayos constitucionales de todos los días; siendo los gobiernos civiles rápidos destellos –ensueños de fugitivo bienestar- echados abajo con la punta de la espada; con paréntesis de grandeza, señalada principalmente por el genio único de García Moreno; la República preparada o improvisada por el General Flores, que supeditó al desagraciado Lamar en su empresa; ni en el terreno de la diplomacia, ni en el de la imposición o justicia armadas, se ha podido mantener, para el objeto de sacar, limpia y esplendorosa, la herencia de Quito, la de 1809. La reseña de nuestro pleito con el Perú traduce las desventuras de toda nuestra historia. Unidos, honrados y caballeros, pudimos echar en la balanza –junto con la justicia- el hierro y tal vez el oro, que valen mucho cuando se vindica el derecho; y fuimos y somos todavía… un pueblo pobre, sin vínculos de nacionalidad…
Por la ruindad de nuestro patriotismo, es por lo que el Perú pretende dejarnos en peor situación que en vísperas de Tarqui. No heredamos la gloria: ¿la sangre de los hijos del Sur se fue en balde, por las aguas del Tarqui, hacia el distante mar Atlántico…? ¿Quizá el océano del olvido?” (1).

Lapidario.

El poeta curunado. Fuente: 'Obras completas, t. XI'.

Y para peor: no aprendimos hasta 1942, cuando perdimos la mitad de nuestro territorio con el Protocolo de Río de Janeiro y llegamos a ser menos de lo que éramos “en vísperas de Tarqui”. En aquella ocasión, el Embajador de Brasil, Osvaldo Aranha, nos conminó a portarnos serios: “Aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos”.

En eso de “aprender a ser país”, pues todavía seguimos en el intento. Y con más pena que gloria.

(1) ‘Pleito secular: el estado del asunto’ [1902], en: Crespo Toral, Remigio, ‘Obras completas, t. XI [Pleito secular]’, Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinoza Pólit, Quito, 1992, p. 36.

Hecatombe

25 de agosto de 2005


Publicado en diario El universo el 25 de agosto de 2005.

*

Juan Pablo Toral expone una obra en el Salón de Julio que se compone de cien vacas, idénticas unas a otras, uniformes, grises, y alineadas de manera secuencial. En el arete de cada una de ellas consta, a manera de sello e identificación, una cifra, que representa una fecha. Algunas de ellas nos son familiares: el 29-01-1942, por ejemplo, que fue el día que se firmó el Protocolo de Río de Janeiro (y también el día que el canciller de Brasil, Oswaldo Aranha, le espetó al canciller ecuatoriano Tobar Donoso la certera frase: “Aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos” -aún seguimos en la fase de aprendizaje-), el 28-01-1912, el día del aciago asesinato de Alfaro, o el 08-03-1999, el día en que se declaró el infame “feriado bancario” y se inició, formalmente, el desastre de la banca nacional. Otras fechas puede que no convoquen los hechos a la memoria pero no dejan de ser manchas para la historia del país: constan allí los tratados de límites y despojos, las batallas perdidas, las guerras civiles, los golpes de Estado, las humillaciones y los abusos. Las muertes de Manuel Maldonado, de Juan Borja y de Santiago Viola ordenadas por el dictador García Moreno, el asesinato de Monseñor Checa y Barba en el momento que consagraba el cáliz, los crímenes de Estado de Milton Reyes, de Abdón Calderón, de Nahím Isaías y de los hermanos Restrepo. La muerte de Vicente Salazar, el primero de los jubilados en fallecer por causa de su dignidad, y tantas otras historias, que suman en total cien, que pueblan los libros o tienen un carácter mínimo, pero que, en todo caso y según insana costumbre, tienden a naufragar en un mar de olvido. La obra obtuvo Mención de Honor en el Salón de Julio y se titula, justamente, Hecatombe.

Es así, pues hecatombe, además de evocar la idea de desgracia o catástrofe, significa en la acepción etimológica que recoge el Diccionario de la Real Academia “sacrificio de cien reses vacunas u otras víctimas, que hacían los antiguos a sus dioses”. De esa definición se apropia Juan Pablo Toral para articular, de manera lúcida, la rememoración (incluso el rescate) en clave visual de cien fechas que son aciagas para la historia del Ecuador, con la intención de que sirvan al propósito de una necesaria catarsis social, producto de su análisis y su discusión, de su afán de no olvidarlas (pues como dijo Montalvo “ignorar los tiempos pasados es no ser aptos para los venideros”) para, eventualmente, superarlas. Esto, por supuesto, es una utopía. Pero es también, al mismo tiempo, un proceso necesario en aras de la expiación de los sentimientos de inseguridad y de derrota, del complejo de inferioridad de la mayoría de los ecuatorianos: en otras palabras, es una invitación a reflejarnos en el espejo roto de nuestra identidad. Y todo ello, con el afán de sacar algunas conclusiones sobre nosotros mismos que nos ayuden a conocernos y a enfrentar (sí, a enfrentar: la vida en sociedad tiene mucha más relación con la lucha que con la danza) de mejor manera la cotidianidad de la convulsionada sociedad en que vivimos. La propuesta que se deriva de Hecatombe, entonces, es conocer la historia para no condenarnos a su repetición y, en consecuencia, propiciar la exhumación de los hechos que la constituyen, pues solo quienes tienen el valor de asumir ese compromiso pueden asumir la fuerza necesaria para intentar el cambio de la realidad. Esa hecatombe, ese sacrificio de la historia, debe ser nuestra tarea ciudadana en aras de que su otro significado, el coloquial y común, no sea el vocablo que termine por mejor definir el devenir de nuestra vida como República.