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Libertad, justicia y creatividad

16 de agosto de 2009


Corría el año 1985 cuando en Argentina, el dirigente de la Unión Cívica Radical Raúl Eduardo Baglini, postuló el que pasó a conocerse como el “teorema Baglini”, el que puede resumirse en el siguiente enunciado: “cuanto más lejos se está del poder, más irresponsables son los enunciados políticos; cuanto más cerca, más sensatos y razonables se vuelven”.

Por supuesto, el “teorema Baglini” admite varias lecturas. Yo sugiero reconducirlo a los conceptos que expuso Max Weber en su célebre conferencia de 1919 “La política como vocación”, donde Weber discutió sobre la “ética de los principios” y la “ética de la responsabilidad”. Ese volverse más sensato y más racional en cuanto más cerca se está (o cuando se ejerce) el poder podría entendérselo como una consecuencia de esa “ética de la responsabilidad” que postuló Weber. Sin embargo, esa regla general admite excepciones. Así, hay políticos, como el Presidente Correa, que imbuidos de una “ética de la convicción” no actúan, en muchas ocasiones, con la sensatez y la racionalidad sobre la que teoriza Raúl Baglini, aconseja Max Weber y suelen recomendar las circunstancias.

Hay otros políticos, en cambio, que elaboran ideas que pueden parecernos sensatas y racionales, pero que terminan por revelarnos su escaso concepto de la democracia. Así sucede con el eslogan publicitario de la M. I. Municipalidad de Guayaquil HH“Libertad para decidir, justicia para recibir y creatividad para progresar”, el que ha sido repetido en varias ocasiones, tanto en discursos oficiales como en entrevistas, por el Alcalde Nebot. Uno podría empezar por discutir de ese eslogan el enunciado de “libertad para decidir” que postula el Municipio local. Empezar a discutirlo, por ejemplo, sobre el hecho cierto de que esa libertad para decidir niega, en las ordenanzas del cantón Guayaquil, la libertad de la ciudadanía (sobre cuyos recursos y administración se decide) para participar en las decisiones del Municipio local. Podría continuar, de inmediato, por discutir el enunciado de “justicia para recibir” y considerarlo una reducción absurda de la justicia a la sola faceta de recibir. Absurda, porque la tradicional definición de justicia es la “constante voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Pero el Municipio de Guayaquil sólo considera justo lo que recibe (¡?) con lo cual, todo lo que da, podría hacerlo de manera arbitraria o injusta. Esto suena pésimo, pero si lo miramos bien, es coherente con su enunciado sobre la libertad: porque el que decidan unos pocos sin tomar en consideración los intereses de los demás multiplica las posibilidades de esa arbitrariedad e injusticia.

Finalmente, podría discutirse la llamada “creatividad para progresar”. Diré en breve que si el parámetro para medir esa creatividad son las palmeritas y adoquines, esa creatividad es casi inexistente. Pero la creatividad no es un valor para el sistema democrático, con lo cual su discusión no es tan relevante. Lo que sí resulta de veras preocupante es el contenido de los valores libertad y justicia, que nos revelan (a despecho de la sensatez y la racionalidad que se supone de los enunciados de quienes ejercen el poder) el escaso concepto que de la democracia tiene el Municipio local.