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¿Por qué no soy religioso?

18 de noviembre de 2011

Publicado en GkillCity el 18 de noviembre de 2011.

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Este artículo es un recuento de las tres principales razones por las cuales no soy una persona “religiosa”. O, puesto de otra manera, un recuento de las tres principales razones por las cuales me convertí en una persona cuyas creencias provienen de razones comprobables de forma empírica. El concepto de “religión”, en este artículo, se refiere a la religión mayoritaria de la sociedad en la que vivo, en la que fui criado y por la que fui bautizado: la religión de la iglesia Católica, Apostólica y Romana.

La primera razón: el desprecio a la inteligencia.

La Biblia empieza con la creación de la Tierra y la historia de la primera pareja que la habita (Adán y Eva) que viven en el jardín del Edén. Dios le advirtió a Adán: “Puedes comer todo lo que quieras de los árboles del jardín, pero no comerás del árbol de la Ciencia del bien y del mal. El día que comas de él, ten la seguridad de que morirás” (Gn. 2, 16-17). Una serpiente desmiente a Dios y le dice a Eva: “No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es” (Gn. 3, 4-5). Eva comió de ese árbol “que era tan excelente para alcanzar el conocimiento” (Gn. 3, 6) y le dio de comer a Adán. De resultas, se dieron cuenta que estaban desnudos y sintieron vergüenza: se hicieron unos taparrabos con hojas de higuera y se escondieron. Dios, “que se paseaba por el jardín, a la hora de la brisa de la tarde” (Gn. 3, 8) se enteró del asunto y los sentenció: a la mujer la condenó en los siguientes términos: “Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos y darás a luz a tus hijos con dolor. Siempre te hará falta un hombre, y él te dominará” (Gn. 3, 16); al hombre, en estos: “Por haber escuchado a tu mujer y haber comido del árbol del que Yo te había prohibido comer, maldita será la tierra por tu causa. Con fatiga sacarás de ella el alimento por todos los días de tu vida” (Gn. 3, 17). Acto seguido, los expulsó del jardín del Edén.

Este texto bíblico es una fábula (no hay quien la tome en serio como “reconstrucción histórica de hechos”) de cuyo texto se desprende que si Adán y Eva decidían, por sí mismos, desafiar la prohibición de Dios de comer “del árbol de la Ciencia del bien y del mal” es porque habrían optado por el conocimiento frente a la obediencia. Pero no lo hicieron porque ni Adán ni Eva abrigaron por sí la intención de desafiar la prohibición de Dios: lo hicieron a instancias del Diablo representado en esta fábula por la serpiente. Del texto se desprende también que Dios les ha mentido a Adán y Eva con el cuento de que morirán si comen del árbol prohibido. La serpiente dice la verdad cuando lo desmiente a Dios y le dice a Eva “que no morirán” y además le dice que, de comer de dicho árbol, los dos serían “como dioses” y conocerían “lo que es bueno y lo que no lo es”. Adán y Eva comieron y pagaron las consecuencias: Dios, que “paseaba por el jardín” se enteró y los castigó de manera severa, con dolores y cargas difíciles de soportar: tales fueron las terribles consecuencias de querer saber.

La fábula es terrible. Dios les miente a Adán y Eva sobre las consecuencias de comer del “árbol de la Ciencia del bien y del mal” y luego, por haberse atrevido a desafiar su mentira, los castiga de manera severa: a Dios se lo asocia con el “bien”. El Diablo dice la verdad y propone el saber: lo desmiente a Dios y persuade a Eva de que ella y Adán sean “como dioses” y que conozcan por sí mismos “lo que es bueno y lo que no lo es”: al Diablo se lo asocia con el “mal”.  El mensaje es todo lo contrario del sapere aude inscrito por Kant en este texto y es clarísimo: el conocimiento (el pensar por cuenta propia, que es la base para procurarlo) es malo (¡no en vano es el Diablo el que lo promueve!) y desafiarlo solo le hace daño al hombre (de ahí que Adán y Eva, tras comer el fruto, sientan vergüenza y miedo –Gn. 3, 7 y 3, 10) y comporta castigo divino y maldición eterna. De refilón, el texto sirve para justificar la inferioridad de la mujer en el pensamiento católico: “te hará falta un hombre, y él te dominará”. En pocas palabras, el kit completo.

No habría mayor problema si esta fábula para enseñar el desprecio al conocimiento y la conveniencia de obedecer se redujera a una de las posibles interpretaciones de este relato. Lo grave es que este desprecio al conocimiento se tradujo en hechos: baste recordar, por ejemplo, el “Índice de libros prohibidos” (“Index librorum prohibitorum”) impuesto en 1559 por la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, que prohibió toda la filosofía relevante “desde Montaigne hasta Sartre, pasando por Pascal, Descartes, Kant, Malebranche, Spinoza, Locke, Hume, Berkeley, Rousseau, Bergson y tantos otros –sin mencionar a los materialistas, socialistas y freudianos- […]. La Biblia, con el pretexto de contenerlo todo, impide el acceso a lo que no contiene. Durante siglos, el daño fue considerable” (Michael Onfray, Tratado de ateología, Pág. 95).  Como dato curioso, Onfray cuenta que en el año de 1924 ingresaron al Índice los nombres de “Pierre Larousse, culpable del Grand Dictionnaire universel (!), Henri Bergson, André Gide, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre” y que ese mismo año Adolf Hitler publicó Mi lucha: dicho autor, sin embargo, nunca se incluyó en el Índice (Ibíd., Pág. 193). O puede recordarse su aversión a la ciencia de la mano de su proceso contra Galileo (¡recién “rehabilitado” en 1992!) o su repulsa de los ideales de libertad e igualdad postulados por la revolución francesa, de manifiesto en la breve encíclica Quod Aliquantum publicada en 1791, de autoría del Papa Pío VI:
 
“Este derecho monstruoso [de pensar, hablar y escribir e incluso de imprimir cualquier cosa que uno desee en materias religiosas] la Asamblea [francesa] lo reclama, sin embargo, como resultado de la igualdad y libertad natural de los hombres.
[…]
Después de haber creado al hombre en un lugar de delicias, ¿acaso Dios no lo amenaza de muerte si come de la fruta del árbol del bien y del mal? Con esta primera prohibición, ¿no le estableció Él límites a su libertad? […] Y a pesar de dejar al hombre libre voluntad de escoger entre el bien y el mal, ¿no le proporciona Dios los preceptos y mandamientos que lo salvarían ‘si él los observa’?
[…]
El hombre debe usar su razón antes que todo para reconocer a su Soberano Creador, en honrarlo y admirarlo, y someter su persona en todo a Él. Por lo tanto, desde su niñez, el hombre debe ser sumiso a quienes le son superiores en edad, debe regirse por sus instrucciones y sus enseñanzas, ordenar su vida de acuerdo a las leyes de la razón, de la sociedad y de la religión. Esta exaltación de la igualdad y la libertad, por lo tanto, son para él, desde el momento en que nace, no más que sueños imaginarios y palabras sin sentido”.
 
La prohibición de acceder al conocimiento por sí mismo, el rechazo de los avances científicos que no se corresponden con su doctrina, la oposición a los ideales que desafían su autoridad, ejemplificados con los hechos descritos, no son extraños a la historia de la iglesia. Dicho lo cual, no sostengo que no haya existido ningún aporte de dicha institución a la historia intelectual de la humanidad. Pero sí que sostengo que, más allá de algún aporte, sus fábulas teóricas y sus prácticas concretas revelan una clara orientación de dicha iglesia para “administrar el conocimiento” y esperar obediencia de sus creyentes. Cuando una religión organizada se propone pensar por ti los aspectos fundamentales de tu vida y esperar tu obediencia a lo que sus jerarcas decidan es porque desprecia tu capacidad para resolver los aspectos fundamentales de tu propia vida por ti mismo: desprecia, en definitiva, tu inteligencia. Por cierto, que una persona se resigne a no pensar por sí mismo es, sin dudarlo, una opción legítima. Simplemente, no es la mía.

La segunda razón: el rechazo al cuerpo.-

La Biblia contiene numerosas prohibiciones referidas a actos (o imposiciones, como en el caso de la circuncisión) relacionados con el propio cuerpo. En el Antiguo Testamento, en el Levítico (capítulo 15) se enumeran las prohibiciones de Yavé en materia de “impurezas” sexuales; en el Nuevo Testamento, la prédica del apóstol San Pablo es la mejor evidencia del rechazo al cuerpo como doctrina de la iglesia. Así, dicho apóstol recomienda a sus fieles que “[h]uyan de las relaciones sexuales prohibidas [porque] el que tiene esas relaciones sexuales peca contra su propio cuerpo. ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que están en ustedes? Ya no se pertenecen a sí mismos” (1 Cor. 6, 18-19) y les recuerda que Cristo “cambiará nuestro cuerpo miserable usando esa fuerza con la que puede someter a sí el universo, y lo hará semejante a su propio cuerpo, del que irradia su gloria” (Fil. 3, 21).

Tal es el telón de fondo. Las disposiciones modernas de rechazo al cuerpo elaboradas por la iglesia se desarrollan en la Carta de los agentes sanitarios elaborada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Agentes Sanitarios (aprobada y confirmada íntegramente por la Congregación para la Doctrina de la Fe, sucesora de la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición). En dicha carta se contienen disposiciones que son expresamente contrarias a algunos postulados liberales básicos tales como la legalización de las drogas (Párr. 94), el aborto (Párr. 139) y la eutanasia (Párr. 150). Para peor, existe una práctica religiosa a la que se suele endosarle (desde la perspectiva de un católico) el atributo de ser “paradigma de bondad”, en la cual se estima que la no intervención para paliar el sufrimiento corporal de un moribundo es un don de Dios: en palabras de esa “facilitadora de la muerte” (como la llamó Martín Caparrós) que fue la Madre Teresa de Calcuta: “hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo. El mundo gana con su sufrimiento”. This is sick.

El rechazo al cuerpo tiene, además, consecuencias específicas para la situación de la mujer en el pensamiento católico. Como se ha visto, en el libro de Génesis se coloca a la mujer bajo el dominio del hombre; el apóstol San Pablo, en la primera carta a los Corintios, considera que la mujer soltera y la virgen deben preocuparse “de ser santas en su cuerpo y en su espíritu” (1 Cor, 7, 34) y ordena a la mujer casada que “no se separe de su marido”  (1 Cor, 7, 10)  porque “está ligada a su marido mientras éste vive” (1 Cor, 7, 39). En realidad, al pensamiento católico le interesa la mujer en cuanto esté sujeta a cumplir el propósito de la procreación (porque Dios dijo: “Sean fecundos y multiplíquense” –Gn. 1, 28) y sometida al imperio de lo masculino (las leyes civiles de este país, con disposiciones tales como la prohibición a las mujeres de administrar sus bienes por sí mismas o la obligación de seguir al marido adonde éste decida residir, constituían hasta hace poco fiel reflejo de esta consideración de inferioridad). Este propósito de la procreación, tal como lo entiende la iglesia, le provoca aversiones: contra el matrimonio o la unión homosexual (cuya condena, por este motivo y por considerarla “contraria a la recta razón” (?) -Párr. 6-, le corresponde a la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el documento Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones de personas homosexuales) y contra el uso de los anticonceptivos, postura que (a guisa de ejemplo) defendió en un reciente viaje a África Benedicto XVI.

La postura de la iglesia Católica, Apostólica y Romana es contraria a postulados básicos de la autonomía individual en materia de actos sobre el propio cuerpo. Es, por supuesto, legítimo defender la postura de la iglesia. Yo me he situado, con razones (como varios enlaces de este artículo lo prueban) en una orilla opuesta a dicha postura.

La tercera razón: la propensión a la violencia.-

La Biblia es un libro violento.  En Los pésimos ejemplos de Dios, Pepe Rodríguez desmenuza el contenido de dicho texto (que es “palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo”, según el Catecismo de la Iglesia Católica, Párr. 81) y relata la existencia de “versículos que relatan conductas y hechos violentos negativos y absolutamente opuestos a cualquier cultura religiosa, perpetrados por Dios y su pueblo” que se relacionan con “matar/dar muerte violenta” en el número de 1106 (la forma favorita de matar es la lapidación, con 90 casos), que se relacionan con “relatos de guerra” en el número de 964, que se relacionan con “exterminios masivos” en el número de 515 (la expresión “no dejar sobrevivientes” consta en 233 casos), que se relacionan con “armamentos de guerra” en el número de 509, que se relacionan con “expolio de bienes ajenos” en el número de 128, que se relacionan con “esclavos (sometimiento y/o compraventa”), en el número de 144, que se relacionan con “sentimientos y hechos violentos contra el prójimo” en el número de 787 y que se relacionan con violencia contra las mujeres, en el número de 96. En total, existen al menos, según Rodríguez, unos 4339 versículos, “una cantidad de texto enorme, equivalente a algo más de la mitad del Nuevo Testamento- que, asumiendo la forma de leyes divinas y/o sucesos promovidos y/o protagonizados por el mismísimo Dios, resultan totalmente rechazables por su contenido, sentido y ejemplo de conducta dejado a la posteridad” (Rodríguez, Pág. 30-31).

El propio Cristo, a quien se supone modelo de virtudes, también es persona violenta, que profiere maldiciones contra los fariseos y los escribas hipócritas (Lc. 11, 42-52), que condena al infierno a quienes no creen en él (Lc. 10, 15 y 12, 10), que anuncia la ruina de Jerusalén y la destrucción del templo (Mc. 13), que declara que quien no está con él está contra él (Lc. 11, 23) y que enseña que no ha venido a traer la paz, sino la espada (Mt. 10, 34).  Creo, como Bertrand Russell en ¿Por qué no soy cristiano?, que “ninguna persona profundamente humana pued[e] creer en el castigo eterno” (Pág. 34) y que “ninguna persona un poco misericordiosa siembr[a] en el mundo miedos y terrores” (Pág. 35) como los que se describen en estos versículos de los evangelios.  Ni qué decir, como lo destaca Russell, de los puercos de Gadar (Mc. 5, 1-14), “donde ciertamente no fue compasivo para con los puercos el meter diablos en sus cuerpos y precipitarlos colina abajo hasta el mar. Hay que recordar que Él era omnipotente, y pudo hacer fácilmente que los demonios se fueran; pero eligió meterlos en los cuerpos de los cerdos” (Pág. 36), o de la historia de la higuera que Cristo maldijo (“Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti” le dijo a una higuera que no producía frutos (?) –Mc. 11, 14) que es “muy curiosa, porque aquélla no era temporada de higos, y en realidad no se podía culpar al árbol” (Pág. 36). En cualquier barrio de este mundo, a estas dos historias se las consideraría “maldad gratuita”. Ni Cristo se libera de cometer ruindades.

Ni Dios ni Cristo podrían considerarse, en consecuencia, como no propensos a la violencia. No se diga, entonces, de las barbaridades que a lo largo de los siglos han cometido sus intérpretes (por fiel interpretación, ignorancia o mala fe) como supo ponerlo de relieve José Saramago en este conciso artículo. Visto lo visto no es difícil querer situarse, entonces, lo más lejos posible de semejantes predicadores.

Estas son, expuestas en breve, mis tres principales razones. Todas están documentadas (principalmente, en fuentes religiosas) y todas y cada de las afirmaciones de este escrito pueden discutirse: no son dogmas de fe. Pero por lo pronto, para mí, constituyen razones suficientes para ejercer mi libertad de solicitarle, de manera tan comedida como bien fundada (en su motivación y en el derecho que la ampara) a la iglesia Católica, Apostólica y Romana que elimine mis datos de sus registros, que no me cuente entre “los suyos”, porque no lo soy. Porque, en definitiva, una institución que desprecia a la inteligencia, rechaza el cuerpo y propende a la violencia, es una institución a la que no tengo interés de pertenecer.

Estas son mis razones para firmar esta Solicitud al Arzobispado que se postula en esta edición de la página.

El término "matrimonio"

14 de diciembre de 2008

El 27 de diciembre de 2007 el Presidente uruguayo Tabaré Vásquez promulgó una ley que regula las uniones concubinarias de distinto e igual sexo. Uruguay fue el primer país de América latina en legalizar la relación de parejas homosexuales con alcance nacional (al tiempo de la promulgación de esta ley en Uruguay, la unión de parejas homosexuales era legal en Ciudad de México y Coahuila, en México; Río Grande do Sul, en Brasil; Buenos Aires, Villa Carlos Paz y provincia de Río Negro, en Argentina; en Colombia, la Corte Constitucional les reconoció varios derechos a las parejas homosexuales). Ecuador legalizó la unión de homosexuales en el artículo 68 de la Constitución Política actual y reservó la palabra matrimonio para la unión de parejas heterosexuales*.

En una entrada de su excelente bitácora Escribir para qué (titulada "Los guardianes de las palabras") Leila Macor escribe que los conservadores derrotados “comienzan a entender que la homosexualidad no es una enfermedad y hasta aceptan que los gays necesitan ampararse en la ley. Pero aún defienden lo poco que les queda: la propiedad de la palabra. El derecho a nombrar los cimientos de su dignidad con los términos que consideran que les son propios. Aceptan las uniones legales entre homosexuales, ¡pero que no se les llame matrimonio!”. Esta acertada descripción de Leila Macor permite continuar el análisis que se postuló en una entrada anterior de esta bitácora ("Matrimonio en campo abierto"). Quiero insistir, eso sí, en que la institución del matrimonio no es lo importante (porque como decía el enorme Groucho Marx: “El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución” –siempre he sido, valga decirlo, marxista de la tendencia grouchiana): lo mismo puede una pareja homosexual o heterosexual, si lo desea, vivir dentro o fuera de la institución matrimonial: eso no afecta lo esencial (que siempre es invisible a los ojos, Principito dixit). Pero lo que sí es reprochable en una sociedad democrática que postula en su Constitución Política sólidos principios de no discriminación (como lo es la ecuatoriana con todos los juguetes al menos desde la Constitución de 1998) es la sanción legal de una discriminación verbal “argumentando un supuesto título de propiedad que le confieren la religión y la tradición”, como afirma Leila Macor, quien concluye su entrada con los siguientes cabales términos: “Las palabras son peligrosas: crean realidades, no se debe despreciar su poder. Por eso esta nueva clase de "conservadores derrotados” son posesivos con los adjetivos y sustantivos con que se definieron hasta ahora: porque intuyen que cuando pierdan la batalla de la palabra, habrán perdido la guerra para siempre”. Ojalá la pierdan, porque su credo es discriminar: un credo despreciable.

* Curiosamente, como bien lo argumentó un comentarista (Fernando Abel) en la entrada "Matrimonio en campo abierto", la Constitución Política de 1998 no prohibía el matrimonio homosexual. Se podría argumentar en contra de esta hipótesis que no fue esa la intención de los redactores del texto constitucional y que el Código Civil establecía que el matrimonio era la unión de hombre y mujer, etc. (Azul formuló la primera prevención, DoctorObservador -hoy Observador a secas- la segunda). Lo del Código es insustancial (se puede desarrollar una ley posterior que derogue esos artículos o una interpretación constitucional podría declararlos inconstitucionales por considerarlos discriminatorios) y lo de la intención de los redactores no se sostiene porque los principios que sustentaban a la Constitución Política de 1998 permitían una interpretación en sentido contrario. Así, el artículo 17 garantizaba “a todos sus habitantes, sin discriminación alguna, el libre y eficaz ejercicio y goce de los derechos humanos”, el artículo 18 inciso 2 obligaba a que en materia de derechos “se est[e] a la interpretación que más favorezca su efectiva vigencia”, el artículo 23 numeral 3 garantizaba el derecho a la igualdad ante la ley en términos de “todas las personas serán consideradas iguales y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin discriminación en razón de […] orientación sexual” (artículo 23, numeral 3) y el artículo 37 in fine definía el matrimonio como fundado solamente “en el libre consentimiento de los contrayentes y en la igualdad de derechos, obligaciones y capacidad legal de los cónyuges”. Dicho lo cual, solo bastaba que atento a esas normas constitucionales el Tribunal Constitucional actúe en consecuencia. Pero los católicos y otros miembros de confesiones retardatarias podían descansar tranquilos: ese tipo de interpretación constitucional era y es rara avis en estos pagos (pobre Ecuador, tan cerca de Colombia y tan lejos de su interpretación constitucional): de veras, nuestra jurisprudencia constitucional es, en términos generales, hoy como siempre, vergonzosa.



















P.S.- Yisuscrais contraataca, en solidaridá.

Errático Arregui

24 de mayo de 2008

Nota: Una versión reducida de este artículo se publicó en El Universo con el título "Crítica a un prejuicio"

En mi columna del 1 de diciembre de 2007 (“Razones para la unión homosexual”) mencioné el curioso apoyo que el arzobispo de Guayaquil, Antonio Arregui, otorgó a la unión de parejas homosexuales cuando declaró (la cita es textual) en la edición de Diario Expreso del 5 de noviembre de 2007 que el membrete “matrimonio” era lo que realmente lo incomodaba: “Que arreglen con alguna fórmula legal el problema de la convivencia, la unión libre, por ejemplo, pero no cabe que se institucionalice con el sacramento matrimonial”. La propuesta que la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (que el propio Antonio Arregui preside) remitió a la Asamblea Constituyente confirmó este apoyo: “la unión estable de una pareja, sin que importe su sexo u opción sexual, generará los derechos u obligaciones que reconozca la ley” dice clara y textualmente. Podría afirmarse, sin faltar a la verdad, que la postura que defiende el arzobispo Antonio Arregui, tanto en lo personal como en lo institucional, es inequívoca.

Y sin embargo Arregui, en actitud errática y reprochable, se desdijo de sus opiniones en una entrevista que publicó Diario El Universo el 4 de mayo de 2007: declaró que la redacción de la propuesta de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana era “un poco desafortunada” y afirmó que la interpretación que se hizo de ella era una “penosa confusión”; se despachó con frases como que la homosexualidad es “antinatural” y “aberrante” y expresó frontal su homofobia; finalmente, comparó el acto homosexual con la comisión de un delito. Estas opiniones del arzobispo Arregui merecen reproche, por la grave carga de ignorancia y de prejuicios que comportan. Procedo a criticarla:

1) Toda persona tiene derecho de profesar y divulgar su religión, pero ninguna (sí, ninguna, ni siquiera los solemnes creyentes en la religión de la mayoría) puede arrogarse el derecho, en una sociedad democrática, de pretender imponerle los dogmas de su religión a otras personas, ni tampoco de participar, en un debate público serio y robusto, con argumentos que se funden en esos dogmas y en los prejuicios de su fe. Toda persona tiene, por supuesto, el derecho de expresar sus argumentos (aunque sean, como en este caso, débiles) pero, en un debate público serio y robusto, este tipo de argumentos que consideran a la homosexualidad “antinatural” o “aberrante” no merecen crédito ninguno y tienen que ceder ante las conclusiones de la ciencia. La homosexualidad, para decirlo en breve y con referencia a autoridades como la Asociación Americana de Psiquiatría y la Organización Mundial de la Salud (entre otras y que, en este punto, entiéndaselo bien y pésele a quien le pese, son mucho mejores referencias que la Biblia o cualquier otro texto sagrado) no es ninguna enfermedad ni ninguna desviación sino, simple y llanamente, una orientación sexual, para todos los efectos tan natural como puede serlo la orientación sexual heterosexual.

2) La comparación del acto homosexual con la comisión de un delito es una torpeza mayúscula: no debe resultar difícil comprender que en el caso de un delito existe un daño que se le causa a otra persona, mientras que en el caso de la relación homosexual no existe daño a otra persona sino simplemente el consenso de dos personas en capacidad de dar su consentimiento.

3) La homofobia (o sea, en palabras del diccionario, “aversión obsesiva hacia las personas homosexuales”), a diferencia de la homosexualidad, sí suele requerir tratamiento. Le recomiendo, arzobispo Arregui, una visita a su psicólogo de confianza.

Finalmente: el reconocimiento de la unión de hecho de los homosexuales, visto sin prejuicios, constituye un importante avance en la creación de una sociedad más incluyente y democrática.

Razones para la unión homosexual

1 de diciembre de 2007

Mi argumento de esta columna apela a la filosofía liberal; quien mejor la formula es el ex Magistrado de la Corte Constitucional de Colombia Carlos Gaviria Díaz. Él nos enseña que “lo que cada persona puede hacer es reclamar del Estado un ámbito de libertad que le permita vivir su vida moral plena, pero no exigirle que imponga a todos como deber jurídico lo que una persona vive como obligación moral” cuyo lógico corolario es la evidente constatación de que “hay comportamientos que solo al individuo atañen y sobre los cuales cada persona es dueña de decidir”. Con fundamento en tales antecedentes se construyen sólidos argumentos para admitir, en el seno de una sociedad democrática y en nombre de las libertades individuales, la unión de parejas homosexuales. (Sugiero la consulta, para ilustrarse con la lucidez de su filosofía liberal, del libro Sentencias. Herejías Constitucionales, de autoría de Carlos Gaviria Díaz.)

Desde una postura conservadora puede contraargumentarse que la homosexualidad es inmoral y atenta contra la religión dominante (Católica, Apostólica y Romana) y otras confesiones. Varias personas, desde su fe y su moral, repudian la homosexualidad. La tolerancia (valor fundamental de toda sociedad democrática) obliga a respetar esta particular creencia. Pero cabe argumentar en contrario de esa postura que lo que una sociedad democrática no puede permitirse es mezclar el ámbito privado de las creencias personales con el ámbito de las políticas públicas: el derecho a profesar una religión es distinto a la pretensión de convertir esa religión en una política pública (recuérdese a Gaviria: no puede exigírsele al Estado que imponga a todos como deber jurídico lo que una persona –en este caso, desde su moral religiosa- vive como su obligación moral). Una sociedad democrática tampoco puede permitirse un único concepto de moralidad: como sugiere el filósofo checo Ernst Tugendhat “un concepto de la moralidad que no deja abierta la posibilidad de concepciones variadas de lo moral tiene que parecernos hoy inaceptable”.

Muy bueno para el argumento liberal es contar con curiosos apoyos (matiz verbal mediante): el Arzobispo de Guayaquil, Antonio Arregui, en una entrevista que realizó Rubén Darío Buitrón y que se publicó en Diario Expreso el lunes 5 de noviembre declaró que a la unión de parejas homosexuales la pueden llamar “de cualquier forma, menos matrimonio”, y recalcó: “Que arreglen con alguna fórmula legal el problema de la convivencia, la unión libre, por ejemplo, pero no cabe que se institucionalice con el sacramento matrimonial”. Por esa misma fecha, en una entrevista televisiva que María Josefa Coronel realizó al Presidente de la República éste sostuvo un criterio análogo: que se regule la convivencia de la pareja homosexual, sin llamarla matrimonio.

No creo que exista problema, porque el membrete de la unión homosexual es irrelevante: lo importante es garantizar que no se les discrimine el acceso a los beneficios propios de una convivencia en pareja. Por lo demás, satisface saber que las más altas autoridades eclesiásticas y civiles concuerdan en la posibilidad de regularlas y adhieren a una tendencia de respeto e inclusión de enorme predicamento: hoy, en territorios de distintas latitudes (Canadá, España, Holanda, Bélgica, Sudáfrica, y puede sumarse una decena más) y también en clave regional y cercana (la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde 2002 y la provincia argentina de Río Negro; la Ciudad de México D.F. desde 2006 y el Estado mexicano de Coahuila) se reconoce la unión de parejas homosexuales. Ecuador tiene la ocasión, en este proceso constituyente, de hacerse cargo de este reclamo que se formula desde la no discriminación y el respeto a la libertad de los otros y desde la filosofía liberal más ilustrada.