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¡Ay, 60 años!

11 de diciembre de 2008

Ayer. Hoy son sesenta años y un día de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de saldo ambiguo. Al amparo de Cioran y de los gnósticos tiendo a considerar sin tomármelo muy en serio (obvio porque no soy creyente; si lo fuera, sí que tendría que pensármelo) que dios es, ora omnipotente y malvado, ora bondadoso pero chapucero: sólo esas patéticas alternativas divinas podrían explicar, desde la metafísica, este desastre de mundo en el que vivimos y del que la DUDH no ha podido salvarnos. Pero la DUDH mérito sí que tiene: fue, hace sesenta años y un día, el punto de partida de la comunidad internacional para codificar el derecho internacional de los derechos humanos, para reivindicar un discurso y orientar una práctica que, a pesar de sus notorias deficiencias e insuficiencias, no poco ha contribuido para evitar y corregir muchas injusticias. La DUDH es, me gusta pensármelo con estas palabras de Nadime Gordimer, “el documento esencial, la piedra fundamental, el credo de la humanidad que recoge todos los otros credos que orientan el comportamiento humano”.

El artículo 1 de la DUDH no parece difícil de comprender y practicar. Dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Sin embargo uno mira alrededor… Pero bue, no cabe que dejemos de imaginarnos un posible mundo mejor: lo digo al amparo de Lennon (otro aniversario reciente, just three days ago) quien soñaba con un mundo sin codicia, ni países, ni religión, malas ideas que tanto han contribuido para que nos dañemos los unos a los otros. Libertad, igualdad, fraternidad: todavía mucho por hacer. A seguirla, para que como sugería Camus, al menos abandonemos el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos.

Libertad de no asociarnos

26 de enero de 2008

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La libertad de asociación protege, no solo el derecho de una persona a formar asociaciones y pertenecer a ellas, sino también el derecho de una persona a que no se la obligue a asociarse a entidad alguna. Así lo reconoce el artículo 20, inciso segundo, de la Declaración Universal de Derechos Humanos (“Nadie puede ser obligado a pertenecer a una asociación”); así la demanda de inconstitucionalidad que el Presidente de la República presentó contra la obligatoriedad de asociarnos a cámaras, colegios y demás pretende que lo reconozca y declare el Tribunal Constitucional. Me interesa, en esta columna, ensayar una refutación a los posibles argumentos de quienes se oponen a esta interpretación del derecho a la libertad de asociación.

La libertad de asociación (como todo derecho humano) no es absoluta y admite restricciones. Esas restricciones deben tener un sólido fundamento. Para el caso de las colegiaciones obligatorias este sólido fundamento se halla en la presunta necesidad de su existencia en procura de asegurar el “orden público” en una sociedad democrática. Se supone que este “orden público”, en el caso concreto, se materializa en el registro de los títulos profesionales y los tribunales de ética.

Lo primero: el registro de los títulos profesionales garantiza que no ejerzan la actividad quienes no estén habilitados para ello (por ejemplo, empíricos y extranjeros). Nada que objetarle a que se conserve un registro de los afiliados; sí a que ese registro necesariamente lo lleven cámaras, colegios y demás porque esa actividad muy bien puede realizarla una entidad relacionada con la profesión u oficio que pertenezca al Gobierno central o seccional. Lo segundo: el tribunal de ética es oportuno para el control de las actividades de los afiliados. Sí, pero no es la única ni necesaria manera de ejercer control porque a todo aquel que se sienta agraviado por los actos de un afiliado en razón de su profesión u oficio le asiste el derecho de presentar sus reclamos en sede civil o penal. Así, ni el registro de los títulos profesionales, ni los tribunales de ética son necesarios para asegurar el orden público en una sociedad democrática: en consecuencia, no son argumentos válidos para justificar la restricción del derecho a la libertad de asociación que comporta toda obligatoriedad de asociación.

Quiero no omitir una escueta referencia a otros (insustanciales) argumentos: uno se refiere a la justificación de la obligatoriedad de asociarnos en función de los beneficios que esta asociación le proporciona a sus miembros; otro, al grave daño que la eliminación de la obligatoriedad de asociarse le causará a cámaras, colegios y demás. El primero tiene su respuesta en el hecho cierto de que le corresponde a toda persona, en ejercicio de su derecho a la libertad de asociación, decidir si se acoge o no a estos beneficios (porque como no existe un interés público en juego, opera la misma lógica que anima la voluntad de una persona para pertenecer a un club privado). El segundo nos revela la lógica perversa tras la obligatoriedad de asociarnos: que la entidad vive a costa del afiliado y no a favor del afiliado. Porque es evidente que el respeto a la libertad de los individuos de asociarse solo causará grave daño a las entidades cuyos miembros, en posición de elegir, elegirían no pertenecer a ellas y porque es evidente que si la asociación a una entidad es tan beneficiosa la persona optará por asociarse: así, al respeto a la libertad de asociación solamente los mediocres le temen (porque pierden). En realidad, refutados los posibles argumentos, para el pleno ejercicio de nuestra libertad de no asociarnos, nos sobran los motivos.