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¡Mueran los tres pesos!

23 de agosto de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 23 de agosto de 2024.

Esta es la conclusión del libro de Mark van Aken, ‘El rey de la noche’, sobre Juan José Flores: “Con la perspectiva que da el tiempo, nos es relativamente fácil diagnosticar los males que sufría el Ecuador: rivalidades regionales, atraso económico, corrupción e injusticia social. (…) No podemos atribuir a Juan José Flores el mérito de haber encontrado una solución a los problemas del Ecuador, pero, teniendo en cuenta las enormes dificultades del empeño, no asombra su fracaso”.  

Un testimonio de estas “enormes dificultades” es la reforma fiscal que intentó Flores en su tercera presidencia (también lo intentó en su primera presidencia y también sin éxito). En 1843, Flores se sentía fuerte: había sido nombrado Presidente de la República en marzo por una Asamblea Constitucional de adictos suyos, que le elaboró una Constitución a su medida, con un período presidencial de ocho años. Flores pensaba gobernar hasta 1851.

Apenas iniciado su período, el presidente Flores planteó una reforma fiscal que fue aprobada por la legislatura y que consistió en crear una contribución general de tres pesos y medio que la debía pagar todo hombre adulto, so pena de su reclutamiento en el ejército en caso de negarse a ello. 

Desde su nacimiento en 1830, el Ecuador arrastraba un permanente déficit económico y esta contribución de los ecuatorianos era una forma de tratar de equilibrar la balanza y de cumplir con los pagos atrasados. En rigor, la reforma no era otra cosa que la extensión a la población blanca y mestiza del Ecuador del impuesto que era pagado por los indígenas desde los tiempos de la conquista, llamado ‘contribución personal de indígenas’. Según Mark van Aken, “el programa de contribuciones que Flores proponía era equilibrado y humanitario, especialmente en lo que afectaba al sobrecargado indígena”. 

Pero en una sociedad pigmentocrática (es decir, una que clasifica las personas según su color de la piel y las trata en consecuencia), esta extensión a la población blanca y mestiza del cobro de una contribución que se estimaba propia de los indígenas, se consideró como una degradación que igualaba a los blancos y a los mestizos con los oprimidos indígenas. Y entonces se la resistió bravamente a esta contribución por los blancos y mestizos de clase baja, principalmente en las poblaciones de la Sierra (más sensibles a esta igualación, por tener una mayor población indígena), al grito de “¡mueran los tres pesos!”.

El gobierno de Flores reprimió a los rebeldes y mató a unos cuarenta de ellos. Los rebeldes mataron a algún terrateniente (Adolfo Klínger, en Cayambe) y saquearon varias haciendas. Finalmente, Flores debió recular y desistir de la extensión de la contribución a los blancos y mestizos, quedando únicamente el impuesto de siempre para los oprimidos indígenas. (Y así se mantuvo hasta 1857).   

Al final de este viaje racista y violento, el Ecuador estaba peor que cuando se aprobó la reforma fiscal: no sólo ella había fracasado, sino que el erario nacional se encontraba más debilitado que antes por el costo de aplacar la rebelión.

En un país así constituido, no resulta entonces nada extraño que el presidente Flores haya fracasado. Le hubiera pasado a cualquiera.

El país racial

23 de septiembre de 2018


Ecuador comparte con los otros países de América latina el conformar una región muy desigual. En parte, porque en América latina sus élites económicas pagan unos impuestos bajísimos.

¿Cómo llegamos a esta situación? Respuesta corta: Así empezamos, así nació el Estado impuesto por la conquista. Por esa conquista fue que unos inmigrantes de allende el Océano sometieron a los aborígenes americanos. (Es decir, los nuevos europeos contra los viejos asiáticos que llevaban miles de años por acá.) Por su superioridad tecnológica, los europeos vencieron. Arrasaron con las instituciones y las ciudades de sus conquistados, les impusieron su religión de Cristoloco y sus leyes, los explotaron. En esta porción lejana de los dominios americanos de un reino europeo, a inicios del siglo XVI se creó una administración racial, con unas pocas familias en la cúspide (los nacidos en España, o sus descendientes directos) y con miles de ellas que, por cuestión de su raza, estaban sometidas a tratamientos injustos y humillantes. Los perdedores de la conquista, los explotados.

Así, la administración española en América se dividió en dos repúblicas: la “República de los Blancos” y la “República de los Indios”.

Cuando se hizo la independencia, no se la hizo por una idea de Patria, se la hizo por una idea de grupo: en beneficio de la porción de blancos americanos con derecho a la participación política (los de la “República de los Blancos”). Si ellos habían gobernado siempre, ¿a cuenta de qué iban a dejar de hacerlo? La independencia, en todo caso, representó una oportunidad para acumular poder, por la exclusión de los españoles del gobierno, pero dentro de una estructura política racial heredada del gobierno español. Cero innovación.

En rigor, la “revolución” de la independencia fue un triunfo conservador. Los que siempre habían participado en el poder, lucharon para tenerlo todo para sí. Y lo obtuvieron, pero su lucha no benefició a casi nadie como no sea a ellos mismos. Y el resto que se joda, que los folle un pez.

La República del Ecuador fue un ejemplo de ese conservadurismo. Cuando la dejaron a la élite política ecuatoriana organizarse de una manera independiente tras la desmembración de la República de Colombia, el Ecuador adoptó una Constitución que entró en vigor un día como hoy hace 188 años, el 23 de septiembre de 1830. En esta primera Constitución, la élite política ecuatoriana impuso un sistema electoral censitario, por el que una minoría tenía derecho a participar de las elecciones y un grupúsculo podía legítimamente aspirar a las altas esferas del poder. En todo caso, los nombres de los actores principales de la política fueron casi los mismos cuando fuimos parte de una Monarquía y cuando pasamos a ser una República (o parte de otra, como cuando colombianos), con la salvedad de los funcionarios españoles que se volvieron a la Península. En ese sentido, la República independiente sancionada con la Constitución del 23 de septiembre de 1830, en cuanto a sistema electoral y composición de la administración pública se refiere, fue un triunfo racial. Más torta para los blancos americanos. 

Así, la independencia del Reino de España no fue un movimiento de liberación colectiva, fue un movimiento para asegurar los privilegios de las élites locales. Y esa ha sido su política desde entonces, en un Estado casi siempre capturado por ellas: como son los herederos de una situación de desigualdad y explotación, la han perpetuado con el diseño de una carga impositiva que demuestra que la situación ha cambiado de forma, pero no de sustancia. Ya la Constitución de 1830 sancionó la condición de República desigual con unas elecciones censitarias, donde era la posesión de riqueza la que permitía la participación política: el saldo fue que en elecciones participaba entre el 3% y 4% de la población.

En todo esto hay una constante: desde que se organizó la administración pública en los tiempos de la conquista, los que menos tienen son los que más pagan, usualmente por padecer un Estado ineficiente y obeso, que más los maltrata que los favorece. La misma queja puede escucharse hoy, que se la escuchaba ya cuando éramos parte de la Monarquía Católica.

El origen de nuestra desigualdad está en ese país racial heredado de una lejana conquista de un reino europeo, que apenas ha moderado sus formas. Y cuya independencia de ese reino europeo, lejos de desafiarla, la confirmó con creces.

Las disculpas de Hockey

31 de agosto de 2014

Publicado en diario El Telégrafo el 31 de agosto del 2014.


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“Los más pobres, o no tienen carros, o en todo caso no conducen lejos” dijo el Federal Treasurer (el equivalente ecuatoriano sería el Ministro de Finanzas) de Australia, Joe Hockey, el miércoles 13 de agosto durante una entrevista radial en la cual, con estas ideas como premisas, intentó persuadir a su audiencia que el impuesto al consumo de los combustibles en la propuesta de presupuesto hecha por su gobierno era un impuesto “progresivo” (o sea, uno que requiere más dinero de quienes más recursos tienen). Por esa razón, no entendía la falta de apoyo político a dicha propuesta por parte de partidos que suelen apoyar los impuestos progresivos, como los laboristas y los Verdes.

El Treasurer Hockey forma parte de un gobierno de coalición Liberal-National liderado por el Primer Ministro Tony Abbott, perteneciente a las filas del partido Liberal. Una de las propuestas de Tony Abbott durante su campaña fue la recomposición del presupuesto. En mayo, el gobierno de Abbott presentó su propuesta de presupuesto al Parlamento, cuya idea de fondo es que el gobierno de Abbott heredó un desastre financiero del gobierno de Julia Gillard (gobernante del Partido Labor, opositor al Liberal, durante los años 2010-2013) y que debe procurarse la austeridad en los gastos gubernamentales para asegurar a Australia un futuro mejor. El camino para ese futuro de prosperidad es la reorientación de los gastos en el marco de una política económica conservadora. Una reorientación en la que, según ha expresado el Treasurer Joe Hockey, todos los australianos “deben hacer su contribución”.

Dos académicos de la escuela Crawford de políticas públicas de la Universidad Nacional de Australia, Peter Whiteford y Daniel Nethery, sometieron a escrutinio el contenido de esta “contribución” y concluyeron que “el impacto presupuestario no solo que no se lo reparte de manera proporcional, sino que será mayor para las personas en edad de trabajar, en los más bajos niveles de ingreso”. En pocas palabras, que la propuesta de presupuesto del gobierno de Abbott resulta más perjudicial para los más pobres de Australia. Según Whiteford y Nethery, tal es el contenido de esa “contribución”.

Con este antecedente se pueden entender mejor las críticas contra Hockey manifestadas en los medios de comunicación, en los que se le tildó de ofensivo y alejado de la realidad. El líder opositor Bill Shorten lo instó a “regresar del planeta Hockey al planeta Tierra”. En las editoriales de los periódicos, en los programas de comentarios políticos en radio y TV, en las redes sociales: en todas partes, Hockey encendió la polémica y recibió incontables muestras de rechazo. Pero no dio su brazo a torcer. El jueves, su oficina publicó un comunicado de prensa para explicar que, en lo esencial, lo dicho por el jefe era cierto y que el 20% más rico del país paga por combustible tres veces más que el 20% más pobre.

Es necesario someter a escrutinio la frase original de Joe Hockey. Su frase sugiere dos cosas: una, que los pobres no tienen carro; otra, que si sucede que los pobres tienen carro, no conducen lejos. Las dos opiniones de Hockey son deleznables. Sobre la primera: en su comunicado de prensa, la oficina de Hockey estima que más del 30% de los pobres no tienen carro y utiliza datos del censo del año 2011 para sustentar esta idea. Pero un estudio específico del instituto australiano de estadísticas (Australian Bureau of Statistics, ABS)  sobre esta materia, gráficamente titulado “Car Nation”, ofrece resultados distintos. Según este estudio, solo el 15% de los más pobres no tienen carro. El porqué de esta diferencia se explica en la forma de cálculo de los datos. Para el cálculo de la oficina de Hockey se añadió a la categoría “No tener carro” a aquellos que no marcaron nada, bajo el supuesto de que los que así respondieron “era muy probable que no tengan carro”. Esta conveniente asunción explica la diferencia de 15 puntos porcentuales con el estudio de la ABS, que omite el sesgo político de la oficina del Treasurer y hace su cálculo sobre la única certeza disponible: la de quienes marcaron “No” en esa pregunta del censo del 2011.

Sobre la segunda idea, la de que los pobres “no conducen lejos”, un estudio elaborado por el profesor Graham Currie del Instituto de Estudios del Transporte de la Universidad Monash destaca que las personas de escasos recursos, por vivir lejos de sus lugares de trabajo, suelen viajar mayores distancias en sus carros comparadas con las personas adineradas. Aplicado a la ciudad de Melbourne, por ejemplo, se encontró que esa diferencia era de 10 kilómetros diarios (16.4 para los pobres que viven en la periferia vs. 6.4 para los residentes del área central, en su mayoría personas de mayores recursos). La necesidad de conducir enormes distancias es incluso mayor en el campo del que es el país con la sexta mayor extensión territorial del mundo.

Así, las dos premisas originales de Hockey se derrumban. La primera afirmación, porque con las cifras corregidas, ya no se sostiene; la segunda, porque es contradictoria con lo que sucede en la realidad. Las premisas de Hockey para su afirmación de que el impuesto al consumo de los combustibles era “progresivo” resultaron muy débiles y, en el peor de los casos, falsas. El impuesto resultó regresivo, lo opuesto a cómo Hockey lo quiso presentar a la opinión pública. De hecho, a juzgar por los resultados del estudio de Whiteford y de Nethery, tan regresivo como regresiva resulta la propuesta de presupuesto del gobierno de Abbott en general.

A todo esto, el Primer Ministro australiano, Tony Abbott, se encontraba fuera del país. Cuando el viernes 15 por la mañana regresó a Australia, los periodistas le preguntaron sus impresiones sobre lo dicho por el Federal Treasurer de su gobierno. El Primer Ministro contestó: ”De plano, yo no diría eso”, al tiempo de confirmar su irrestricto respaldo a Hockey. Sutil bajada de línea de la máxima autoridad política de Australia a su hombre de confianza a cargo de las finanzas. 

En la tarde de ese viernes, Joe Hockey pidió disculpas. Fue elocuente: "Realmente, genuinamente pido disculpas porque haya cualquier sugestión, cualquier sugestión del todo, de que a mí o al gobierno no nos importan los más desaventajados en la comunidad. Pido disculpas por esa interpretación. Pido disculpas por esas palabras".

Dos días y un regaño le duró la necedad.