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"Esto no es bambi"

8 de julio de 2016


A veces pienso que en una cuenta larga (longue dureé, que dirían los de uno de los países finalistas de la Eurocopa [1]) sería beneficioso que el próximo gobierno sea de derechas. Las ideas de emprendimiento y de libertades, usualmente suenan mucho mejor en la retórica electoral que lo que termina por cristalizarse en las políticas públicas que las pondrían en práctica, atravesadas (nuestra derecha ha sido tradicionalmente traviesa –la izquierda, también) por intereses de todo tipo y por corruptelas mayores o menores. Habría que subestimar demasiado a los votantes (o suponerlos que viven primitivamente, como ‘Percebes o lechugas o taburetes’ al decir de Javier Marías [2]) para suponer que no serían capaces de poner en perspectiva la historia política reciente.

Más allá del péndulo político, creo que el contraste produciría una ciudadanía más crítica, que tanta falta hace.

Y por supuesto, está la opción de que la derecha en el poder esté a la altura de su discurso en las elecciones (3) 

(1) Daniel Little, ‘Longue dureé’, understandingsociety.com [blog], 9 de mayo de 2009.
(2) “Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina-, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo”, en: Javier Marías, ‘Percebes o lechugas o taburetes’, Diario El país (España), 27 de marzo de 2015.
(3) ‘Esto no es bambi’, YouTube, 12 de abril de 2009 [Última visita, 8 de julio de 2016].

Solidaridad

2 de febrero de 2012


Creo que el fútbol debería ser lo que significó para Juan Vicente Lezcano jugarlo en el Peñarol sesentero de Spencer: “el mejor equipo que integré en mi vida, tenía un vestuario bárbaro, un compañerismo… Todos luchaban para todos, a un mismo ritmo”. Según Lezcano, un equipo solidario, cuyo técnico Roque Gastón Máspoli (arquero uruguayo del Maracanazo y DT del Barcelona campeón ’87) “mantenía la alegría en el vestuario”. El fútbol es un deporte en el que un equipo compite contra otro para marcar más goles: para marcarlos (y para evitar que se los marquen) es necesaria la cooperación. Esa cooperación había en Peñarol. Lezcano contó en la entrevista a diario El Universo, “un ejemplo: Julio César Abbadie era el puntero derecho, pero lo hizo triunfar a Pablo Forlán, el marcador de punta, porque lo dejaba subir hasta el fondo y le cubría las espaldas. Hoy uno ve que Sergio Ramos en el Real Madrid sube y nadie lo releva, por ahí viene un contraataque por su punta y pum, gol. ¿A quién culpa la gente...? A Sergio Ramos. Eso es porque no hay solidaridad”.

 
La lógica acumulativa del shopping suele contrariar a la solidaridad. Ilustre ejemplo de esto es la versión 2004 del equipo al que aludió Lezcano, el Madrid. El Real Madrid de Ronaldo, Raúl, Zidane, Beckman y Figo. En un artículo para Soho, Juan Villoro escribió que para esta versión del Real Madrid “Florentino Pérez había decidido abrir un restaurante con más chefs que meseros”. El equipo parecía el seguro ganador de tres torneos en esa temporada (hecho hasta ese entonces nunca antes alcanzado) pero se descalabró: estaba en la final de la Copa del Rey, acababa de eliminarlo al Bayern Munich en la Champions y tenía 8 puntos de ventaja en la Liga y, de repente, el Zaragoza le arrebató 3-2 la final de la Copa del Rey, el Mónaco lo eliminó de la Champions y el Osasuna lo zamarreó 0 a 3 en el Bernabéu para marcar su declive en una Liga que terminó por ganar el Valencia del “payasito” Aymar. “La caída de las más poderosa de las escuadras comprueba de qué material está hecho el heroísmo” sentenció Villoro en Soho. Según él, “los astros rara vez desempeñan funciones de sacrificio y el fútbol también depende de marcajes subordinados, despejes de urgencia, zancadillas salvadoras”. La frase es certera, a condición que esos astros sean de los que juegan para sí mismos, for the profit. Porque la frase no es cierta para otros astros, v.g., los de la cosecha de la Masía.

 
La española es una liga ficticia donde 18 equipos más acompañan al Barça y al Real Madrid en su definición del título. El Madrid tiene la tradición de apuntar siempre alto, pero desde el llamado Galacticidio, esto es, la derrota 3-2 contra el Zaragoza en la Copa del Rey 2004 antes mencionada, concreta más bien poco. (Según el escritor Javier Marías, madridista confeso, el que Mourinho sea DT del Madrid empeora la situación del club: “un entrenador omnipotente, omnipresente y malasangre, un quejica que acusa a otros siempre, un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, soporífero en sus declaraciones, nada inteligente, mal ganador y mal perdedor”, un individuo “al que el Madrid le trae sin cuidado, que no tiene reparo en traicionar su centenaria tradición y en arrojar sobre él una mancha que se hará difícil borrar”.) En la otra orilla, se encuentran los astros de la cosecha de la Masía, el Barça de Guardiola en el que se priorizan los canteranos y que ha ganado la liga ficticia en sus últimas tres ediciones y, más importante, ha ganado casi todo lo que se ha propuesto en España, Europa y el mundo (lo que incluye un sextete el 2009) en estos últimos cuatro años, de forma exquisita y de manera incluso humillante para su clásico rival, valga de ejemplo este 5-0. Lo ha hecho con un fútbol inteligente y preciso de toque y rotación en el que cooperan solidariamente todos sus integrantes (con pases, desplazamientos, marcajes, despejes y zancadillas) lo que maximiza las posibilidades de colaboración entre ellos, con resultados vistosos y efectivos, por momentos incluso sinfónicos. Muchos consideran a este Barcelona el mejor equipo de la historia. Yo me cuento entre ellos.

El físico nuclear Edward Jiménez en el artículo “Juegos cuánticos: su majestad el fútbol, un juego cooperativo correlacionado” publicado en la Biblioteca del Fútbol Ecuatoriano Tomo III, analiza el fútbol desde la perspectiva de la computación cuántica. La correlación de estrategias que estudia dicha disciplina se detallan en ocho páginas de fórmulas matemáticas ininteligibles para todo aquel que haya maldecido al Baldor, que concluyen que a mayor cooperación “los resultados que requieren trabajo en equipo se facilitan o son más probables” y que en “un juego cooperativo el aparecimiento de individualidades siempre dará resultados inferiores o iguales al trabajo en equipo” (Lionel Messi es prueba viva de esto, con sus distintos niveles de juego en el Barça y en la selección argentina). El juego de toque y rotación de este Barça es la puesta en escena de las fórmulas descritas por Edward Jiménez en la gramática de la computación cuántica, salvo que expresándose en la cancha de manera mucho más hermosa. El juego del Barça, en lo que tiene de colectivo y solidario, es también una apuesta contracultural (como explica el “Loco” Bielsa) en tiempos en que suele exaltarse al individuo y al mercado. Que una lección de buen fútbol para todos los tiempos provenga, no de un equipo ensamblado al gusto casi omnipotente de un magnate sino de un equipo cuya estrategia macro ha sido la creación de un tejido social en los canteranos de la Masía que sobreviva el complicado tránsito de los años jugando ese mismo estilo de fútbol bien jugado, es un hermoso detalle de esta época.

Fuente: Pablo Cozzaglio.

La sofisticada computación cuántica del físico nuclear Jiménez es otra forma de expresar lo que el recio back Lezcano sabía intuitivamente, sin fórmulas, en su sesentero vestuario del Peñarol: que el compañerismo, la solidaridad y el conocimiento mutuo entre las personas que integran un equipo (esas cosas que te da el vestuario y la convivencia, no la billetera) es la base para su cooperación efectiva y sus triunfos. El equipo que practica esos atributos juega con el material con el que está hecho el heroísmo, según Villoro. Que se juegue para conseguirlo y se lo demuestre en la cancha, que su recuerdo se convierta en memoria colectiva para celebrarlo hasta el día de la muerte. Ese, no otro, es el rezo de todo hincha por ateo que sea, antes de empezar un campeonato.

La recuperación semanal de la infancia

18 de septiembre de 2008


Todos los miércoles mi abuela recibe a una porción de sus nietos para almorzar. Los miércoles es fecha precisa: suele coincidir con partidos de fútbol; más precisa todavía: suele coincidir con los partidos de la Champions League. Los primos almorzamos, tenemos nuestra breve y risueña sobremesa, y nos vamos pa’ arriba al cuarto a ver el fut.

En esos felices años ochenta de mi niñez el fútbol, salvo la Copa Libertadores, la final de la Intercontinental y algún partido de alguna liga europea (en el que jugaban clásicos como la Migajita Littbarski y el Poroto Hassler) o argentina, era asunto local. Muchas de mis emociones de niñez se originaron en la tribuna del Modelo: hubo no pocas lágrimas de derrota; hubo muchas alegrías de victoria. Javier Marías afirma que el fútbol es “la recuperación semanal de la infancia” y es certero. Ahora que la mayoría de mis emociones provienen de torneos como la Champions u otros campeonatos y ligas internacionales (porque hay que hacerse cargo: la belleza de este fútbol, su calidad y técnica, son muy superiores a las que ofrece el torneo local) mi único anhelo es que las emociones que me provoquen me permitan recuperar esos instantes de mi infancia vestida de amarillo y agarrado a los tubos de la tribuna de El Coloso de las Américas.

Varias son las cosas que conspiran para este abandono del torneo local (que, por supuesto, nunca es total porque, pésenos lo que nos pese, en sus canchas se juega no la calidad sino el sentimiento y la fidelidad a una memoria compartida) y que propician esta mirada hacia lo extranjero: como escribí antes, la principal razón es la superior belleza, la mejor calidad y técnica; quiero no omitir, sin embargo, otras razones como la trinca y la mala índole de los jugadores, lo patética y corrupta de la dirigencia y lo prejuiciosos, necios y torpes (cuya torpeza incluye sus vastas y bastas incorrecciones gramaticales) que son los periodistas. Excepciones, por supuesto, las hay; y también el fútbol que hoy admiro, no me llamo a engaño, comparte (en mayor o menor medida) estos tres tristes atributos. Su sensible ventaja sobre el fútbol local es que no tengo ocasión de percibirlo porque me reservo a disfrutar sus 90 minutos de juego. O, justo es decirlo, casi no la tengo: porque ESPN, canal que transmite la Champions, no se salva del periodismo berreta: tiene a este plenipotenciario de los lugares comunes, este paladín cordobés de la languidez verbal y la pobreza de ideas, Mario Alberto Kempes. Este sujeto desespera a la peña y la reacción normal de un espectador sensato es reírse para no llorar. ¡Piedad, pinche Matador: ya cabréate!

En todo caso, hoy la Champions mostró la ostensible diferencia con el fútbol local en el partido en el que el actual campeón, el Manchester United, enfrentó al Villarreal en Old Trafford. No hay, para mí, opción para no irle al Villarreal: no tanto por la obvia afinidad de colores sino porque toma como himno de su club el Yellow Submarine. Un equipo que tiene este detalle goza de toda mi solidaridad y gana mi fidelidad a su causa. Hoy el Villarreal jugó un partido notable y elaboró una jugada colectiva (con pase magistral de Santi Cazorla) que terminó con un taquito del Guille Franco al poste: estuvo a punto de convertirse en uno de los goles más hermosos que yo haya visto en los últimos tiempos y me emocioné como niño con esta jugada. Al final el 0-0 fue un marcador austero para un partido que derrochó tanta dinamia y belleza.

Lo dicho, empezó la Champions. La recuperación semanal de mi infancia ya tengo quien me la sirva.