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Defensa apasionada del reino español

25 de septiembre de 2026

            Publicada en diario Expreso el viernes 25 de septiembre de 2026.

José Mejía Lequerica, nacido en Quito en 1775 (otros dicen que en 1777), fue diputado a las Cortes de Cádiz, que fue la reunión de los representantes del Reino de España provenientes de Europa, América y Asia para la elaboración de una Constitución liberal, que se aprobó el 19 de marzo de 1812. Mejía era un representante del Virreinato de Nueva Granada.

En las Cortes, Mejía fue conocido por su elocuencia (el Mirabeau americano, le decían). En la sesión del 12 de octubre de 1811, el Ministro de Gracia y Justicia presentó un informe acerca del “Estado de América”, donde denunció a Quito como rebelde. Por esos días, Mejía era oficial del Ministerio de Gracia y Justicia, pero decidió responder porque se sintió muy ofendido. La razón: porque “se halla injuriada altamente la provincia que tengo el honor de representar”, debido a que “se la llama todavía rebelde, acaso por falta de noticias”. Y ofreció la presentación en la siguiente sesión de “cartas oficiales de esa Junta que se llama revoltosa, y allí se verán datos positivos de la fidelidad que es característica de aquellos españoles americanos”. 

En la sesión del 13 de octubre, Mejía leyó estos documentos que había ofrecido y dedujo de ellos que “la junta de Quito no se instaló sino en fuerza de las circunstancias (…) reconociendo al gobierno supremo de España y protestando que se sometía a sus órdenes, para lo cual le dio inmediatamente parte de su erección”. Prosigue: “¿y esta ciudad merece el nombre de rebelde? ¿Será justo llamarla revolucionaria?”. Y concluye, dirigiéndose a quien presidía las Cortes, “se sirva estar seguro de la fidelidad de Quito, que en lealtad a nuestro legítimo rey y constante adhesión a la santa causa que sostenemos, no cede a ninguna de las provincias más distinguidas del nuevo y antiguo mundo.” En su defensa apasionada del reino español, recordemos que el Ministro de Guerra y Justicia de la Junta de Quito, Rodríguez de Quiroga, retó a Napoleón a que cruce los mares, porque en Quito le esperaba “un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”.

Unos días después, el 1 de noviembre de 1811, el Ministerio de Gracia y Justicia volvió a la carga en respuesta a la opinión de “un diputado tan distinguido por sus luces como el señor Mejía (…) movido, sin duda, por un celo laudable por el honor de su país natal”. En resumen: “Lo peor es que la tranquilidad está turbada o casi ha desaparecido en Quito”. 

Podía haber alboroto, pero jamás una falta de fidelidad. En su nueva réplica, Mejía distingue las dos posturas: “si el benemérito Ministro tiene motivos de sospechar de la Junta de Quito, yo los tengo, señor, de confiar”. Y advirtiendo que los hechos de rebeldía que se le imputan a Quito se han realizado “a 3.000 leguas de distancia”, Mejía explicita la diferencia entre unos y otros argumentos: “No hay más diferencia sino que yo hablo de personas que conozco personalmente; y por la naturaleza de la cuestión no dudo que todos desearán que esta vez acierte más bien el oficial que su jefe”.

En su defensa apasionada del reino español, el oficial Mejía venció a su jefe: aclaró que Quito no fue ni rebelde ni revolucionaria, fue siempre leal a su reino español. Quito, semper fidelis.

Leer la proclama del 16 de agosto

20 de agosto de 2026

El 16 de agosto de 1809, el Ministro de Gracia y Justicia de la Junta Suprema de Gobierno de Quito, el altoperuano (hoy se diría: boliviano) Manuel Rodríguez de Quiroga, sacó a la luz una proclama que dirigió a los pueblos de la América, a efectos de comunicar con precisión el objeto que persiguió la transformación política ocurrida en Quito el 10 de agosto de 1809. Este documento es elocuente y, en su recta intención, diáfano. Lo copia íntegro a continuación. Empieza así, muy pío y muy monárquico:

“La sacrosanta ley de Jesucristo y el imperio de Fernando VII perseguido y desterrado de la península, han fijado su augusta mansión en Quito. Bajo el Ecuador han erigido un baluarte inexpugnable contra las infernales empresas de la opresión y la herejía. En este dichoso suelo, donde en dulce unión hay confraternidad, tienen ya su trono la paz y la justicia: no resuenan más que los tiernos y sagrados nombres de Dios, el rey y la patria”.

Y también, muy exagerado: ¿Quito, augusta mansión? ¿Quito, trono de la paz y la justicia? De verdad, son preciosos e inexplicables objetos, como se verá a continuación: 

“¿Quién será tan vil y tan infame que no exhale el último aliento de la vida, derrame toda la sangre que corre en sus venas y muera cubierto de gloria por tan preciosos e inexplicables objetos? Si hay alguno, levante la voz, y la execración general será su castigo: no es hombre, deje la sociedad y vaya a vivir con las fieras.” 

Ya el segundo párrafo amenaza la expulsión de la comunidad a quien no comulgue con sus ideales de Dios, el rey y la patria, que es el Reino de España, no vaya a creer algún despistado que se refiera a alguna de sus porciones americanas. El siguiente párrafo ya es simplemente inexplicable:

“En este fértil clima, en esta tierra regada antes de lágrimas y sembrada de aflicción y dolores, se halla ya concentrada la felicidad pública.”

Si la tierra de Quito está “sembrada de aflicción y dolores”, entonces, ¿cómo diantres es que se concentra en ella la felicidad pública? Eso no tiene sentido. El siguiente párrafo lo tiene, pero siempre que aceptemos la condición de extremadamente pía y extremadamente monárquica de la Quito de 1809: 

“Dios en su santa Iglesia y el Rey en el sabio gobierno que le representa, son los solos dueños que exigen nuestro debido homenaje y respeto. El primero manda que nos amemos como hermanos, y el segundo anhela por hacernos felices en la sociedad en que vivimos.” 

Y ahora sí, alábate pato:

“Lo seremos, paisanos y hermanos nuestros, pues la equidad y la justicia presiden nuestros consejos. Lejos ya los temores de un yugo opresor que nos amenazaba el sanguinario tirano de Europa. Lejos los recelos de las funestas consecuencias que traen consigo la anarquía y las sangrientas empresas de la ambición que acecha la ocasión oportuna de coger su presa. El orden reina, se ha precavido el riesgo y se han echado por el voto uniforme del pueblo los inmóviles fundamentos de la seguridad pública. Las leyes reasumen su antiguo imperio; la razón afianza su dignidad y su poder irresistibles; y los augustos derechos del hombre ya no quedan expuestos al consejo de las pasiones ni al imperioso mandato del poder arbitrario. En una palabra, desapareció el despotismo y ha bajado de los cielos a ocupar su lugar la justicia.” 

Un total delirio, tomando en cuenta que es Quito. Quito en 1809, pero en cualquier momento igual, siempre igual. Como dice el escritor quiteño Javier Vásconez: “Toda ciudad podía ser el vagón de un tren que te lleva a algún punto donde se concentra el delirio desconocido que no te ofreció la ciudad anterior, pero Quito no lleva a ninguna parte, siempre está en el mismo sitio para devorarte”. Y es mentira: allí nunca bajó la justicia, no conoce estos pagos. 

El delirio continúa:

“A la sombra de los laureles de la paz, tranquilo el ciudadano dormirá en los brazos del gobierno que vela por su conservación civil y política. Al despertarse alabará la luz que le alumbra y bendecirá a la Providencia que le da de comer aquel día, cuando fueron tantos los que pasó en la necesidad y en la miseria. Tales son las bendiciones y felicidades de un gobierno nacional.”

La seguridad social de la época era “la Providencia”. Hay que ser bien jueputa.

Lo que sigue es la manifestación del desprecio de Quito a la Francia napoleónica y la amenaza de enfrentarla armado de “religión” (?).

“¿Quién será capaz de censurar sus providencias y caminos? Que el enemigo devastador de la Europa cubra de sangre sus injustas conquistas, que llene de cadáveres y destrozos humanos los campos del antiguo mundo, que lleve la muerte y las furias delante de sus legiones infernales para saciar su ambición y extender los términos del odioso imperio que ha establecido: tranquilo y sosegado, Quito insulta y desprecia su poder usurpado. Que pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía.”

JAJAJAJAJAJA. Cuando releo este parte, siempre me río. 

Y este casi guion de Monty Python concluye con las siguientes palabras que son una solemne declaración de su devoción “por Dios, por el Rey y la patria” (patria que es el Reino de España, como ya ha quedado muy claro):

“¿Quién será capaz de resistir a estas armas? Pueblos del continente americano, favoreced nuestros santos designios, reunid vuestros esfuerzos al espíritu que nos inspira y nos inflama. Seamos unos, seamos felices y dichosos, y conspiremos unánimemente al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y la patria. Esta es nuestra divisa, esta será también la gloriosa herencia que dejemos a nuestra posteridad.”

La posteridad malinterpretó la divisa de los revolucionarios de 1809 y convirtió a una lucha retórica contra los franceses (en realidad, un intento de independizarse del yugo santafesino) en una lucha por la independencia del Reino de España.

Esta lectura íntegra del documento demuestra cuán pío y monárquico fue el Quito de 1809 que instituyó una Junta de Gobierno con una “Alteza Serenísima” a la cabeza. 

El 24 de octubre

24 de octubre de 2025

Tal día como hoy del año 1809, en San Francisco de Quito, los revolucionarios de agosto concluyeron su experimento de autogobierno dentro del Reino de España y volvieron a reconocer la plena autoridad del Conde Ruiz de Castilla. La revolución que se hizo en Quito para sostener “la pureza de la Religión, los Derechos del Rey, los de la Patria” (así se lee en el acta que se levantó el 10 de agosto) duró apenas setenta y seis días. 

La mejor explicación de su corta duración es que no fue una revolución que se hizo por las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán, sino que fue una revolución que se hizo contra las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán. No se luchó contra el Reino de España por la libertad, se luchó (al menos hipotéticamente) contra los franceses en ardorosa defensa del Reino de España. Por esta lucha contra los franceses fue que justificó los sucesos de agosto el ministro revolucionario Rodríguez de Quiroga, en los siguientes términos: “Puesto que Quito era uno de los reinos del monarca tenía tanto derecho como Asturias para establecer una junta de gobierno”.

A imitación de Asturias, en San Francisco de Quito se estableció una Junta de Gobierno para administrar el territorio de la provincia de Quito. Esta Junta de Quito rompió con años de dependencia de uno u otro Virreinato para la administración de su territorio. Pero esta Junta de Quito también quiso administrar los territorios de las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán. 

Para atraer a estas provincias vecinas, la Junta de Quito mandó unas legaciones diplomáticas a sus territorios. A Popayán se envió a Antonio Tejada y Manuel Zambrano. Tejada declinó su participación y, a Zambrano, las autoridades de Popayán primero le dieron largas y luego le impidieron la entrada a la provincia.

La Junta de Quito envió a la provincia de Guayaquil a Jacinto Sánchez de Orellana y José Fernández-Salvador. Le mandaron una carta al Gobernador de la provincia, Bartolomé Cucalón, que les respondió que a lo único que se comprometía, era a tratarlos “sin impropiedad”. Con tan exiguas garantías, Sánchez de Orellana desistió de seguir el camino a Guayaquil; Fernández-Salvador sí lo siguió, pero para convertirse en un delator. 

A Salvador Murgueitio y Pedro Calisto, enviados por la Junta de Gobierno a la provincia de Cuenca, las autoridades de la provincia no les autorizaron el ingreso y ellos de ninguna manera estaban para insistir: ambos traicionaron a la revolución a la que servían y empeñaron sus esfuerzos contra ella, Murgueitio en Riobamba y Calisto en toda la provincia. 

También intentó la Junta de Quito imponerse por las armas y no le fue mejor. A mediados de octubre de 1809, tras haber ingresado sin autorización las tropas de Quito a la provincia de Popayán, las tropas quiteñas y payanesas trabaron combate en las batallas de Funes (también conocida como “batalla de la tarabita de México”), Sapuyés y Cumbal. En todas perdieron los quiteños.  

Tras estas derrotas, llegó el 24 de octubre de 1809, que fue el día en que los revolucionarios capitularon ante la autoridad real y volvieron a la sujeción de un Virreinato, como había sido por siglos en esta parte de los Andes. 

Una defensa del antiguo régimen

8 de agosto de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 8 de agosto de 2025.

El 10 de agosto de 1809 se constituyó la Junta Suprema de Quito, como se indicó en el acta suscrita ese día, con el objeto de gobernar de forma interina “a nombre, y como representante de nuestro legítimo soberano, el señor Don Fernando Séptimo”. Y se tomaron muy en serio su relación con el rey español: “La Junta como representante del Monarca, tendrá el tratamiento de Majestad: su presidente de Alteza Serenísima, y sus vocales el de Excelencia, menos el Secretario Particular, a quien se le dará el de Señoría”. Era la concreción de una jerarquía de antiguo régimen.

Para el historiador Antonio Annino, el proceso de las independencias en América es “un proceso global que empieza con la irrupción de la modernidad en una monarquía de antiguo régimen, y va a desembocar en la desintegración de ese conjunto político en múltiples Estados soberanos, uno de los cuales será la misma España”. A la luz de esta idea, el 10 de agosto de 1809 constituye un acto de resistencia del antiguo régimen frente a la irrupción de la Francia napoleónica en la España peninsular. 

Esto se entiende mejor con la lectura de la “¨Proclama a los pueblos de América” del 16 de agosto de 1809, escrita por el Ministro de Gracia y Justicia de la Junta Suprema, Manuel Rodríguez de Quiroga. En este documento se afirmó que, en Quito, “donde en dulce unión hay confraternidad, tienen ya su trono la paz y la justicia: no resuenan más que los tiernos y sagrados nombres de Dios, el rey y la patria”. Allí se singularizó el enemigo que la América española debía combatir, que no era otro que “el sanguinario tirano de Europa” (Napoleón Bonaparte), de quien la proclama decía, en tono altivo: “Quito insulta y desprecia su poder usurpado. Que pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”. 

Esta proclama concluyó con una petición a los pueblos de América, a fin de conspirar “unánimemente al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y la patria. Esta es nuestra divisa, esta será también la gloriosa herencia que dejemos a nuestra posteridad”. En este discurso de Rodríguez de Quiroga, es claro que el concepto de “patria” hace referencia al Reino de España.

La posteridad, sin embargo, no ha reconocido esta voluntad de defensa del antiguo régimen del episodio autonomista que se abrió el 10 de agosto de 1809 y concluyó el 24 de octubre del mismo año. Reconoce exactamente lo opuesto: de una defensa del Reino de España, el episodio se ha convertido en un ataque al Reino de España, hasta el extremo de considerarlo el punto de partida del proceso de independencia. Ni el acta del 10, ni la proclama del 16, autorizan esta interpretación. 

Esta conversión del episodio del 10 de agosto en parte del proceso de independencia es un hecho posterior y se enmarca, en palabras de Antonio Annino, en el “exitoso paradigma de unas ‘naciones’ oprimidas que se liberaron de una ‘tiranía’ de una metrópoli colonialista”. Este paradigma fue fruto de “los imaginarios liberales del siglo XIX y de los nacionalistas del XX” que produjeron las convenientes historias patrias u oficiales de los países de la América hispana. Y el Ecuador, por supuesto, no fue una excepción. 

Fanáticos de Fernando VII

17 de mayo de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 17 de mayo de 2024.

Según algunos, la revolución del 10 de agosto de 1809 fue una “máscara” porque, detrás de las alabanzas al rey español Fernando VII, se escondía un ardiente deseo de independencia. Según esta teoría, de manera taimada le estaban jurando sumisión a un rey, únicamente para mejor clavarle un puñal. 

Pero los quiteños de 1809 no fueron unos taimados. Ellos tuvieron claro sus objetivos: el primero, obtener la autonomía para administrar su territorio. Quito quería que la asciendan a Capitanía General (como en Sudamérica eran Venezuela y Chile) para superar su estado de sumisión al Virreinato de Santa Fe, siendo como era Quito una Audiencia subordinada a lo que en Santa Fe (hoy Bogotá) se decida en segunda instancia, lo que era apelable en España ante el Consejo de Indias y, en última instancia, ante el rey. Quito era la parte más baja de esta escala, un juzgado de primera instancia. 

El segundo objetivo era la recuperación de su grandeza de antaño. En el último cuarto del siglo XVIII e inicios del XIX, a Quito le quitaron: primero, la jurisdicción eclesiástica sobre Guayaquil, Portoviejo, Loja, Zaruma y Alausí por la creación de un obispado en Cuenca (1779); segundo, Esmeraldas, Tumaco y La Tola, que pasaron a la administración de Popayán (1793); tercero, Mainas, que pasó a ser administrada desde España (1802); cuarto, Guayaquil, que pasó a la administración de Lima (1803). Le quitaron por todos los puntos cardinales.

Entonces, el 10 de agosto de 1809 fue la oportunidad de los quiteños para satisfacer estos dos objetivos. Ellos crearon una Junta de Gobierno y nombraron autoridades, pero jamás buscaron la independencia pues lo que realmente querían era tener autonomía y estar en pie de igualdad con las potencias de la región. Quito no quería que su coteja sea Charcas (otra Audiencia subordinada); ella aspiraba a que lo sean Lima, Santa Fe y Buenos Aires (Virreinatos), y Chile y Venezuela (Capitanías Generales). 

Para obtener estos objetivos, Quito decidió convertirse en la más ardiente defensora del rey español y cambiar el modelo administrativo en la jurisdicción de su Audiencia. Lo primero, porque la España peninsular estaba tomada por el ejército francés. Entonces, al rey Fernando VII (a quien se lo llamaba “rey legítimo y señor natural”) el Ministro de Justicia Rodríguez de Quiroga lo invitó, en abierta proclama, a que fije en Quito “su augusta mansión”. 

En cambio, al emperador de los franceses, Napoleón, a quien se lo llamaba “el Tirano de Europa”, Rodríguez de Quiroga lo emplazó a que “pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”.

Lo segundo, el cambio de modelo administrativo, provocó su caída. La Junta de Gobierno de Quito quiso someter bajo su administración a tres gobernaciones: Cuenca, Guayaquil y Popayán. Las tres ignoraron las demandas de Quito y enviaron tropas para someter su experimento de insubordinación y autonomía. Lo consiguieron.

El 24 de octubre de 1809, fracasado su experimento, los quiteños devolvieron el poder a quien se lo habían usurpado. Y fueron unos fracasados, unos ilusos, acaso unos necios, pero nunca taimados. 

Ellos realmente querían caerle en gracia a su rey.

De la insurgencia a la república

24 de noviembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 24 de noviembre de 2023.

Para Quito, el tránsito de ser un territorio insurgente en 1809 para derivar a la integración a una república en 1835, fue muy accidentado. Empezó con una lucha por su autonomía en agosto de 1809. 

La revolución del 10 de agosto de 1809 en Quito se debe entender como una expresión del movimiento juntero iniciado en la Península en 1808 (Junta de Asturias, 25 de mayo) y como una reacción a las pérdidas de jurisdicción que había sufrido en años recientes el territorio del que Quito era capital. Es decir, agosto de 1809 fue la oportunidad de los quiteños para ganar autonomía y recuperar su autoridad. 

La revolución de Quito salió mal, porque tanto las provincias vecinas de Popayán, Cuenca y Guayaquil como el gobierno español la guerrearon. En 1810 ocurrió la matanza del 2 de agosto, en 1812 fusilaron a los últimos patriotas quiteños en Yahuarcocha. Y después de muertos, como lo reconoció un cronista de Quito, Luciano Andrade Marín, los quiteños “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara.”

Ese rescate ocurrió en 1822 pero fue sacarla a Quito de un yugo monárquico y europeo para someterla a un yugo republicano y sudamericano. Ella entonces pasó a llamarse “Departamento del Ecuador” y en conjunto con las provincias de Cuenca (Departamento del Azuay) y Guayaquil (Departamento que conservó su nombre) conformaron el Distrito del Sur de la República de Colombia entre 1822 y 1830. Ese Distrito fue gobernado como una tierra de ocupación, por militares y bajo estado de excepción.

De la secesión de este Distrito del Sur en 1830 surge el Estado del Ecuador. La secesión fue un trámite administrativo que derivó en la convocatoria a una Asamblea Constituyente que eligió a un venezolano como el primer presidente del Estado y dictó una Constitución que consideraba que el Ecuador era un Estado que se “une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre República de Colombia”. Esta propuesta de confederación fracasó, porque ninguno de los otros Estados le hizo caso al Ecuador. 

El gobierno del presidente venezolano derivó en 1834 a una guerra entre la Costa y la Sierra. La Costa (capital Guayaquil) tenía como su Jefe Supremo a Vicente Rocafuerte, mientras que la Sierra (capital Quito) lo tenía como su Jefe Supremo a José Félix Valdivieso. La batalla de Miñarica dirimió la guerra en enero de 1835. Triunfó la Costa y eso condujo a que Quito, como destaca el historiador quiteño Jorge Salvador Lara, cayera “en el absurdo de proclamar la muerte del estado ecuatoriano […]. En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito”. Mandaron un delegado a Bogotá, pero pasó la vergüenza de ser rechazado. 

Tras este devaneo, Quito fue aceptada de vuelta a la unión por las otras dos provincias. Vicente Rocafuerte convocó a una Asamblea Constitucional que dictó una Constitución que declaró por vez primera que el territorio del Ecuador era una república y eligió a Rocafuerte como su primer presidente.