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Tres razones para no celebrar el 10 de agosto

10 de agosto de 2025

La primera: porque fue un hecho provinciano. El 10 de agosto de 1809 es un acontecimiento que enfrentó a la provincia de Quito con sus provincias vecinas en una breve guerra civil entre aquel día y el 24 de octubre de 1809. A lo sumo, podría ser el festejo de una provincia o región (la Sierra Centro-Norte), pero para las otras provincias (Guayaquil y Cuenca) que la guerrearon a Quito no tiene lógica que festejen lo que antes combatieron. 

La segunda: porque fue un fracaso. En esta guerra civil que enfrentó a Quito con sus provincias vecinas, Quito perdió muy pronto. El 24 de octubre del mismo 1809 se devolvió el poder a quien se lo habían usurpado. Por eso es que le dicen “grito”, porque no se consiguió nada. Tras una segunda Junta y después del fusilamiento de los últimos insurgentes quiteños en diciembre de 1812, Quito se fue a dormir: “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”, decía de los quiteños uno de los cronistas de Quito, Luciano Andrade Marín. Y la despertaron (la dieron despertando) en 1822.

La tercera: porque no fue de independencia. Se ha querido posicionar como una lucha contra el Reino de España lo que realmente fue una lucha contra la Francia de Napoleón Bonaparte en defensa del Reino de España. En definitiva, fue una revuelta por la autonomía: lo que las élites quiteñas quisieron fue el autogobierno del territorio de su audiencia, con Quito a la cabeza. Esto fue lo que no aceptaron las provincias vecinas (Guayaquil y Cuenca, además Popayán) y por eso la guerrearon y la vencieron.

Corolario: Se festeja como el día de la independencia del Ecuador, un hecho que no es ni nacional, ni exitoso, ni tan siquiera independentista. Si uno se detiene a pensarlo, es realmente muy estúpido. Ya es hora de dejar de creer en fábulas custodiadas por el sopor y el torpor de la muy quiteña Academia Nacional de Historia.

Historia de tres ciudades

19 de julio de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 19 de julio de 2024.

La ciudad de Guayaquil fue la primera capital de provincia y cabeza de una Gobernación, de entre las tres ciudades de igual naturaleza cuyos territorios conformaron en 1830 el Estado del Ecuador, que declaró su independencia del Reino de España. Lo hizo de una manera inequívoca (en el acta del cabildo abierto aquel día se escribió que ese era el día “primero de su independencia”) y ocurrió el 9 de octubre de 1820. 

Con el tiempo, la provincia de Guayaquil tuvo una bandera, un gobierno de representantes populares, su Constitución con división de poderes. Tras el 9 de octubre, varios pueblos de sus alrededores siguieron su ejemplo y se declararon independientes: Samborondón, Daule, Baba, Jipijapa, etc. 

Lo específico de Guayaquil fue que desde aquel 9 de octubre de 1820 jamás dejó de ser una ciudad independiente, hasta su ocupación militar encabezada por Simón Bolívar en 1822, quien decidió el 13 de julio de ese año que debía cesar el experimento republicano de nuestra ciudad.

Otra capital de provincia y cabeza de una Gobernación, Cuenca, se independizó el 3 de noviembre de 1820. Su independencia, empero, fue breve pues tras la batalla de Verdeloma, el 20 de diciembre de 1820, Cuenca volvió al Reino. Pasó todo el año 1821, hasta que el 21 de febrero de 1822 las fuerzas independentistas entraron en Cuenca desde el Sur, lo que provocó la huida de las fuerzas realistas. Cuenca recuperó su independencia y luego decidió su anexión a Colombia.

La tercera ciudad capital de provincia y cabeza de una Gobernación era Quito. Su situación era diferente, pues el episodio autonomista de los años 1809-1812 la había dejado a Quito exhausta y desprovista de su élite política, asesinada en la masacre del 2 de agosto de 1810 y en la represión realista de los años subsiguientes, clausurada con los últimos fusilamientos tras la batalla de Ibarra del 1 de diciembre de 1812. 

Un cronista de Quito, Luciano Andrade Marín, describió la angustiosa situación de la ciudad tras su episodio autonomista. Según él, los quiteños “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”.

Y llegaron en su rescate. Las fuerzas independentistas que entraron en Cuenca en febrero, llegaron en mayo a las faldas del volcán Pichincha y el 24 trabaron una batalla para tomar el bastión realista situado a los pies del volcán. Triunfaron los independentistas, con el general Sucre a la cabeza, y Quito pasó a pertenecer a Colombia de inmediato (al día siguiente del triunfo en Pichincha el tricolor colombiano flameaba en el Panecillo). 

A diferencia del período 1809-1812, cuando Quito constituyó una Junta de Gobierno y se declaró una Capitanía General del Reino de España (el 9 de octubre de 1810) y, con ello, experimentó un gobierno autónomo por un tiempo, durante el período 1820-1822 Quito no conoció el goce de un gobierno autónomo: pasó del sometimiento a una monarquía europea (el Reino de España) al sometimiento a una república sudamericana (la República de Colombia).

Historia de tres ciudades: una que fue independiente, otra que lo fue a ratos y la restante que no lo fue. 

De la insurgencia a la república

24 de noviembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 24 de noviembre de 2023.

Para Quito, el tránsito de ser un territorio insurgente en 1809 para derivar a la integración a una república en 1835, fue muy accidentado. Empezó con una lucha por su autonomía en agosto de 1809. 

La revolución del 10 de agosto de 1809 en Quito se debe entender como una expresión del movimiento juntero iniciado en la Península en 1808 (Junta de Asturias, 25 de mayo) y como una reacción a las pérdidas de jurisdicción que había sufrido en años recientes el territorio del que Quito era capital. Es decir, agosto de 1809 fue la oportunidad de los quiteños para ganar autonomía y recuperar su autoridad. 

La revolución de Quito salió mal, porque tanto las provincias vecinas de Popayán, Cuenca y Guayaquil como el gobierno español la guerrearon. En 1810 ocurrió la matanza del 2 de agosto, en 1812 fusilaron a los últimos patriotas quiteños en Yahuarcocha. Y después de muertos, como lo reconoció un cronista de Quito, Luciano Andrade Marín, los quiteños “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara.”

Ese rescate ocurrió en 1822 pero fue sacarla a Quito de un yugo monárquico y europeo para someterla a un yugo republicano y sudamericano. Ella entonces pasó a llamarse “Departamento del Ecuador” y en conjunto con las provincias de Cuenca (Departamento del Azuay) y Guayaquil (Departamento que conservó su nombre) conformaron el Distrito del Sur de la República de Colombia entre 1822 y 1830. Ese Distrito fue gobernado como una tierra de ocupación, por militares y bajo estado de excepción.

De la secesión de este Distrito del Sur en 1830 surge el Estado del Ecuador. La secesión fue un trámite administrativo que derivó en la convocatoria a una Asamblea Constituyente que eligió a un venezolano como el primer presidente del Estado y dictó una Constitución que consideraba que el Ecuador era un Estado que se “une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre República de Colombia”. Esta propuesta de confederación fracasó, porque ninguno de los otros Estados le hizo caso al Ecuador. 

El gobierno del presidente venezolano derivó en 1834 a una guerra entre la Costa y la Sierra. La Costa (capital Guayaquil) tenía como su Jefe Supremo a Vicente Rocafuerte, mientras que la Sierra (capital Quito) lo tenía como su Jefe Supremo a José Félix Valdivieso. La batalla de Miñarica dirimió la guerra en enero de 1835. Triunfó la Costa y eso condujo a que Quito, como destaca el historiador quiteño Jorge Salvador Lara, cayera “en el absurdo de proclamar la muerte del estado ecuatoriano […]. En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito”. Mandaron un delegado a Bogotá, pero pasó la vergüenza de ser rechazado. 

Tras este devaneo, Quito fue aceptada de vuelta a la unión por las otras dos provincias. Vicente Rocafuerte convocó a una Asamblea Constitucional que dictó una Constitución que declaró por vez primera que el territorio del Ecuador era una república y eligió a Rocafuerte como su primer presidente.

Los dos 9 de Octubre

31 de octubre de 2019


En la protohistoria de la República del Ecuador hubo dos 9 de Octubre. Este escrito es un breve relato sobre el primero de ellos, el que ocurrió en Quito en 1810, y que, en un twist raro de la historia, enlaza con el clásico de 1820.

La historia va así: desde que el Rey Felipe II la creó en 1563 hasta la independencia de España a inicios del siglo XIX, y con la sola excepción de los años entre 1717 y 1723 en que la suprimió y volvió a erigir el Rey Felipe V, la Audiencia de Quito administró justicia en un amplio territorio que incluyó a Guayaquil y a Cuenca. Fue la de Quito una Audiencia subordinada, por lo que la última palabra de sus pleitos estaba reservada a una autoridad residente en otra Audiencia mayor.

Durante años, las apelaciones fueron a la Audiencia de Lima, mientras Quito formó parte del Virreinato del Perú. Con la creación del Virreinato de la Nueva Granada en 1739, Quito se convirtió en una Audiencia subordinada a la Audiencia de Santafé (actual Bogotá), que era la capital del nuevo Virreinato.

Quito nunca se quiso independizar del Reino de España en 1809, eso es una fábula que se inventó años después para darle lustre a las trafasías de algunos monárquicos. Pero en 1808 había empezado una “eclosión juntera” con el ejemplo de la Junta de Asturias del 25 de mayo de 1808. La idea cundió en América: en Montevideo se creó una Junta Gubernativa en septiembre del mismo año, y en Quito ocurrió en 1809, aunque fue pronto aplacada (un gran resumen de lo ocurrido en: ‘Los orígenes de la Revolución de Quito en 1809”, de Jaime O. Rodríguez).

Después de la masacre del 2 de agosto de 1810 en el que tropas peruanas solicitadas por Guayaquil pasaron por las armas al 1% de la población de la franciscana ciudad y de la llegada de Carlos Montúfar como Comisionado Regio en septiembre de 1810, en Quito se creó una segunda Junta de Gobierno, que es la que viene a cuento en esta historia. Dicha Junta se reconoció sometida únicamente al Consejo de Regencia de España e Indias, una institución afincada en Cádiz, representante para ella de la resistencia española frente a la invasión francesa.

Mientras tanto, en Santa Fe se había formado una Junta de Gobierno en julio de 1810 y el 2 de agosto de ese año había invitado a Quito a que forme su propia Junta, subordinada a la de Santa Fe. Pero Quito se negó en redondo a esta pretensión de subordinación y así fue que el 9 de octubre de 1810 su Junta de Gobierno proclamó a Quito como otra Capitanía General del Reino de España, a la usanza de Chile y Venezuela y Guatemala. (Un gran resumen de los hechos en: ‘Quito en 1810: la búsqueda de un nuevo proyecto político’, de Federica Morelli.)

Ese día, el 9 de Octubre de 1810, San Francisco de Quito reclamó con esta figura una plena autonomía administrativa, un auto-gobierno sin rendirle cuentas a nadie en América. El detalle es que nadie estuvo de acuerdo, ni en España ni en América, con esta pretensión autonomista de las autoridades de Quito.

Para hacer corta la historia larga, todos resistieron su pretensión y las tropas de España se ensañaron con los quiteños (¡de nuevo!). En los primeros días de diciembre de 1812, todo concluyó con el fusilamiento de unos últimos “insurgentes”, tenidos como tales por quienes vinieron a pacificar estos pagos afectados por el “aquí mando yo”. Y tras esta derrota de 1812, como lo reconoció uno de los cronistas de la ciudad, Luciano Andrade Marín, los quiteños “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara.”§

Pasaron casi diez años, hasta mayo de 1822, en que unas tropas originadas en el otro 9 de Octubre, el de 1820, aunadas a tropas colombianas, peruanas y rioplatenses, y tras derrotar en el volcán Pichincha a las tropas españolas, rescataron a Quito de su triste condición.

§ Andrade Marín, Luciano, ‘El Ilustre Ayuntamiento quiteño de 1820 y la gloriosa revolución de Guayaquil’, en: Muñoz de Leoro, Mercedes (comp.), ‘Memorias históricas de la biblioteca municipal González Suárez’, Editorial Abya-Yala, Quito, 2003, p. 75. 

25 de mayo de 1822

25 de mayo de 2019


Un día como hoy, 25 de mayo, del año 1.822 y a las 2 PM, se arrió de manera definitiva la bandera española del Panecillo, la que había ondeado en el suelo quiteño desde 1.534 (casi 288 años). En su lugar, se izó el tricolor colombiano.

La “liberación” de Quito del Reino de España no fue obra de quiteños. Como lo ha dicho claramente Luciano Andrade Marín: “[los quiteños] quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”*.

Y llegaron de afuera a rescatarlos: los hacedores de la Batalla del Pichincha, en su grandísima mayoría, no fueron quiteños. La mayoría de las tropas no lo eran, como tampoco lo fueron los firmantes del Acta que independizó a Quito de España (ellos fueron un neogranadino –Morales- y un altoperuano –Santacruz), que tampoco lucharon para darle la “independencia” a Quito (es decir, su auto-gobierno) sino para someterla a un nuevo régimen político que ya estaba diseñado desde la Constitución de Cúcuta, en cuyo diseño Quito no tuvo ni arte ni parte.

El 25 de mayo de 1822 marcó el inicio de un Quito colombiano por casi ocho años, hasta que en mayo de 1830 se fundó un independiente y disfuncional “Estado del Ecuador”.

* Andrade Marín, Luciano, ‘El Ilustre Ayuntamiento quiteño de 1820 y la gloriosa revolución de Guayaquil’, en: Muñoz de Leoro, Mercedes (comp.), ‘Memorias históricas de la biblioteca municipal González Suárez’, Editorial Abya-Yala, Quito, 2003, p. 75.

El 10 de agosto de 1809: La celebración de una mentira

25 de diciembre de 2018


En rigor, los hechos derivados del cambio de la administración en Quito sucedido el 10 de agosto de 1809 fueron mucho más una guerra civil en una Audiencia española de América que una lucha por la independencia de España en el seno de dicha Audiencia.

De hecho, esto último sí que nunca lo fue: los hechos del 10 de agosto no buscaron independizar a la provincia de Quito del Reino de España (si algo, los hacedores del 10 de agosto quisieron que Quito sea el suelo donde no resuenen “más que los tiernos y sagrados nombres de Dios, el rey y la patria”, siendo el rey, “su señor natural don Fernando VII” –eran sus fans) ni se hicieron tampoco por la Audiencia de Quito como tal. El 10 de agosto se hizo para que se reconozca la autoridad de una de las provincias constitutivas de la Audiencia de Quito, la provincia de Quito propiamente dicha, por sobre las provincias vecinas de Popayán, Guayaquil y Cuenca, que también formaban parte de esta Audiencia. 

Y en el reconocimiento de su autoridad les fue como la verga.

De ahí que haya sido una guerra civil.

Desde 1812 hasta 1822, Quito es española casi sin vacilación. Luciano Andrade Marín, bibliotecario de la Biblioteca Municipal de Quito, describió este período en el que los quiteños, tras sus esfuerzos del 10 de agosto clausurados con la Batalla de Ibarra de 1 de diciembre de 1812, “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”*. Lapidario, el Luciano.

La batalla en las faldas del volcán Pichincha del 24 de mayo de 1822 es la entrada de las tropas libertadoras (de Colombia y del Perú, representadas en la firma del Acta de la Batalla del Pichincha por un neogranadino, el coronel Antonio Morales y Galavís, y por un altoperuano, Andrés de Santa Cruz y Calahumana, respectivamente) a la ciudad de Quito, ciudad considerada un bastión realista. Es una liberación de Quito sin muchos quiteños en ella y ninguno en un puesto de mando relevante. Es decir, a Quito la dieron liberando.

Y no fue este 24 de mayo para independizar a Quito tampoco: fue para anexionarlo a la que resultó una efímera República de Colombia. La Audiencia de Quito siempre tuvo un lugar reservado (aunque secundario y periférico) en el diseño institucional de la familia bolivariana, desde la aprobación de la Constitución de Cúcuta de 1821 (a la que, por cierto, no asistió ningún representante quiteño). El día después de la Batalla del Pichincha, el 25 de mayo, cuando se arrió la bandera española en Quito, la bandera que la reemplazó fue un tricolor colombiano.

El sueño bolivariano se hizo añicos finalmente en 1830, año en cuyo diciembre Bolívar se petateó en las cercanías de la caribeña Santa Marta, en cuyas playas jugarían años después Vives con el Pibe. Ese año 1830 el militar venezolano Juan José Flores autorizó, como Jefe del Distrito del Sur, el desmembramiento de esa porción de Colombia para crear un nuevo Estado independiente llamado “Estado del Ecuador en la República de Colombia”, el que todavía (de manera nominal) declaraba su pertenencia a la república colombiana aunque tenía un pleno auto-gobierno (era una nación tímida, este naciente Ecuador, casi diríase acomplejada por su pobreza y atraso). Recién en 1835, tras la segunda Convención Constitucional celebrada en Ambato, los ecuatorianos pasamos a ser una “República del Ecuador”, a secas. En esta movida de secesión de Colombia, el antiguo territorio de la Audiencia de Quito perdió sus dominios al norte del Río Carchi, tras la derrota en la Guerra contra Colombia de 1832 y la firma del Tratado de Pasto. Un inicio de país muy como la guaisa.

Este Estado del Ecuador que fundó el militar venezolano Flores en 1830 se compuso de las mismas tres provincias (Quito, Guayaquil y Cuenca) que se enfrentaron en la guerra civil de 1809. Pero en este nuevo contexto histórico, la provincia de Quito ya no buscó imponerse, ni tomar la batuta del nuevo orden administrativo. No tenía las fuerzas para ello.

El nombre y el diseño institucional del naciente país así lo demostraron: Quito resignó la primacía de su nombre y “Ecuador” fue un nombre escogido por otros para no ponerle Quito a un Estado con una identidad común débil (tanto en aquel entonces, como ahora). Los tres Departamentos de Quito, Guayaquil y Cuenca que decidieron unirse y confederarse para formar este nuevo Estado tuvieron desde su fundación, en 1830, cada una de estas entidades (primero como Departamentos, después como provincias) la misma cantidad de representantes en el foro político en común (Congreso Nacional) sin relación con el número de habitantes de cada territorio. Esta anomalía de diseño que tanto perjudicó a la provincia de Quito se mantuvo hasta la Constitución de 1861, en tiempos de la primera presidencia del guayaquileño Gabriel García Moreno. Caso raro, los primeros años del Ecuador no fueron impulsados por su capital administrativa, muy débil para otra cosa que dejarse hacer**.

En lo que va a esta historia, este rol pasivo que tuvo Quito en la lucha por la independencia del dominio de un reino europeo era indigno para la capital de un nuevo país americano, así que nuestros historiadores, muy patriotas ellos, le han inventado un rol mucho más digno romantizando el 10 de agosto de 1809, diciendo que su devoción por el rey Fernando VII era una “máscara”. Es decir que estos “patriotas” de Quito buscaron la independencia, pero lo hicieron de una forma taimada. Así, a lo que ya en los hechos resulta muy indigno de heroísmo, estos historiadores le han añadido una dosis tremenda de hipocresía. Sin duda, es una revuelta aserranada.

Y es que eso es lo que fue el 10 de agosto de 1809: la revuelta de una provincia serrana que era parte del territorio de la Audiencia de Quito (la provincia de “Quito”, propiamente dicha) para persuadir a sus provincias vecinas de todos los puntos cardinales a someterse a un nuevo orden administrativo dentro de la Monarquía Española con Quito en la cúspide de este nuevo diseño… y el miserable y rotundo fracaso que Quito cosechó cuando trató de convencer a estas provincias vecinas con semejante propuesta, mismo que se lo ha disfrazado de heroísmo por historiadores que tuvieron que inventar una nación, aunque sea asentados en mitos y fábulas, en mentiras piadosas.

Así, a día de hoy, como fecha nacional, el 10 de agosto de 1809 es la celebración por el país del fracaso de la lucha política de una de nuestras provincias constitutivas (Quito), que fue aplastada de manera rotunda y sin contemplaciones por las otras dos provincias constitutivas de nuestro territorio (Guayaquil y Cuenca).

Cada 10 de agosto es, en resumidas cuentas, la recordación de un fracaso y la celebración de una mentira.

* Andrade Marín, Luciano, ‘El Ilustre Ayuntamiento quiteño de 1820 y la gloriosa revolución de Guayaquil’, en: Muñoz de Leoro, Mercedes (comp.), ‘Memorias históricas de la biblioteca municipal González Suárez’, Editorial Abya-Yala, Quito, 2003, p. 75.  
** Una evidencia de la preeminencia de Guayaquil en los primeros años de la República es el número de Presidentes de origen guayaquileño en este período de representación paritaria en el Congreso Nacional (1830-1861), que “era una clara ventaja para Guayaquil y el Austro, menos poblados que Quito” (Ayala Mora, Enrique, ‘Evolución constitucional del Ecuador’, p. 28). El número de Presidentes constitucionales originarios de Guayaquil fue de cinco (Vicente Rocafuerte, Vicente Ramón Roca, Diego Noboa, Francisco Robles, Gabriel García Moreno) y, además, se debe sumar a José María Urbina, que aunque nacido en Píllaro, hizo toda su vida política en Guayaquil, ciudad donde murió. En ese mismo período, hubo un único Presidente nacido en Quito, Manuel de Ascázubi, en un gobierno encargado que cumplió un rol de transición entre dos Presidentes guayaquileños (Roca y Noboa), que es el mismo rol que está desempeñando el inepto de Moreno por estos días.