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Constantino y las malas mañas

18 de noviembre de 2020

El emperador Constantino (272?-337), el Edicto de Milán mediante, convirtió a la que fuera una secta perseguida del imperio romano en una religión de una legitimidad igual a la religión oficial de Roma. El historiador Paul Johnson advierte en su ‘Historia del cristianismo’* que ‘[e]s posible que Constantino, un hombre vano y supersticioso, abrazara el cristianismo porque eso convenía a sus intereses personales y a su megalomanía cada vez más acentuada’ (p. 97). De hecho, Constantino se sentía, él mismo, ‘un agente importante del proceso de salvación, tan vital por lo menos como los apóstoles’ (p. 98)**.

 

Johnson describe a un joven Constantino: ‘Era alto y atlético, con la apostura del soldado y los rasgos muy acentuados, las cejas espesas y el mentón fuerte’. Se conserva la cabeza de una escultura suya, realizada entre el 312 y 315:

 


Pero es la descripción del carácter de este emperador, hecha por Johnson, la que realmente impresiona: ‘muy pronto hubo relatos sobre su carácter violento y su crueldad cuando le dominaba la cólera. Fue muy criticado porque condenaba a los prisioneros de guerra a librar combates mortales con bestias salvajes en Tréveris y Colmar, y por las masacres colectivas en África del Norte. No sentía respeto por la vida humana y como emperador ejecutó a su hijo mayor, a su segunda esposa, al marido de su hija favorita y a «muchos otros», sobre la base de acusaciones dudosas’ (p. 97). Es decir, un auténtico jueputa.

 

El Edicto de Milán dictado por Constantino fue el primer paso para transformar a la Iglesia cristiana ‘de un cuerpo doliente y perseguido que rogaba tolerancia, a un ente coercitivo’ (p. 108). Un ente que, para imponerse allí donde pudo, actuó casi invariablemente de una forma brutal***, a la usanza del primero que los legitimó, el emperador Constantino.  

 

* Johnson, Paul, ‘Historia del cristianismo’, Ediciones B, Barcelona, 2004, en particular, el Capítulo II ‘De los mártires a los inquisidores (250-400)’, pp. 95-170.

** La tumba de Constantino se colocó en la nueva Iglesia de los Apóstoles de Constantinopla que él mandó a construir, en el centro, ‘con monumentos a los seis apóstoles de cada lado, de modo que Constantino era el decimotercero y el principal’ (p. 98). Hoy de esta iglesia no queda vestigio y en su solar se ha erigido la Mezquita del Conquistador.

*** El pagano Celso advirtió muy temprano que, para el pensamiento cristiano, ‘la sabiduría del mundo es perversa’ y ‘la estupidez es cosa buena’ (p. 103). Con un pensamiento así, la brutalidad es su lógico sub-producto.

Pacífico no pacífico

4 de abril de 2020


En los años de mi vida, más allá de las aguas de otros océanos (el Atlántico y el Índico) he visto y disfrutado de las aguas del Pacífico. Mi familia tiene una propiedad desde la que se observa la punta Santa Elena, uno de los sitios más salientes del Pacífico Sur y límite Norte del golfo de Guayaquil. El sitio ha conservado el nombre de la madre del emperador romano Constantino, aquel que puso fin a la persecución del cristianismo con el edicto de Milán del 313. Después de esto, ya los perseguidores serían los cristianos. Y la sub-especie castellana sería una de las más feroces.

El caso es que en Europa desconocían de la existencia del océano Pacífico hasta que el extremeño Vasco Núñez de Balboa y su muchachada lo pudo observar por primera vez en 1513. Recuerdo que en la escuela nos enseñaban que sus palabras, cuando lo descubrió (sumergido en aguas ahora panameñas), fueron: “Oh, mar, qué pacíficas son tus aguas”, en un diálogo con el mar que prefigura a nuestro capo-cómico Alvarito.

Prefigurando a Alvarito. (Nuestro capo-cómico no necesita armadura).

Y dentro de la ancha geografía del océano Pacífico, fue recién en 1527 que uno de los invasores europeos avistó la punta que ahora lleva el nombre de Santa Elena (o Helena, como se escribía endenantes), puesto que el día que la avistó, el 18 de agosto, constaba la tal santa en el santoral, y por ello, ahí está su nombre recogido en el accidente geográfico, en el nombre de la provincia y aún en su capital. Santa Elena rocks.

El invasor que le puso nombre a esta punta fue otro extremeño, Francisco Pizarro. Antes, Pizarro había estado en Panamá y allí lo conoció a su paisano Vasco Núñez de Balboa (años después, su apellido sería moneda), a quien él tuvo el gusto de meterlo preso por disposición del Gobernador Pedro Arias Dávila. Al autor de “Oh, mar…” se lo condenó a muerte y se lo ejecutó enseguida (eran tiempos de justicia sumaria, el rey andaba muy lejos). Se optó por su decapitación, que se llevó a cabo el 15 de enero de 1519.

Después de Panamá, Pizarro se dirigió al Sur, nombró a la punta Santa Elena y a otros tantos lugares, creó ciudades y ocupó y dominó unos territorios inmensos en la América del Sur, todo en nombre de su rey lejano. Pero como a muchos otros, a Pizarro lo mataron. En su caso, fueron los partidarios de Diego de Almagro (entre otras lindezas, fundador en una quincena de agosto de 1534 de la ciudad y villa que devendrían en Guayaquil y Quito) quienes entraron a su casa en la recién fundada Lima (established since 1535) para, a cargamontón, darle chicharrón. Y cumplieron los muchachos almagristas: ello ocurrió el 26 de junio de 1541. Lo mataron a Pizarro (se dice que le atravesaron una espada en la garganta) para vengar la muerte de Almagro, la que se había llevado a cabo en la Plaza de Armas de Cuzco por la vía del estrangulamiento por torniquete, el 8 de julio de 1538.

En resumidas cuentas, la invasión de América por las hordas castellanas fue una matanza, pero lo fue en dos vías: se liquidó a mucha de la población indígena (menos de lo que se piensa por la violencia –lo que es lógico, pues ellos querían explotarlos- y mucha más por las enfermedades para las que los indígenas no tenían inmunidad, como la viruela, la sarampión y otras –los COVID-19 antes del COVID-19), pero también se mataron entre los mismos invasores para acumular más poder y mayor gloria entre los sobrevivientes.

Es así que en este muy breve repaso sobre el océano Pacífico y uno de sus accidentes geográficos, nos encontramos con que al descubridor europeo del océano lo decapitaron y al que le puso el nombre Santa Elena a la punta le cayeron a espadazos, por haberlo, a su vez, estrangulado a Diego de Almagro…

Lo dicho, aquello fue una matanza.