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Los orígenes: Guayaquil se aleja de Quito

19 de enero de 2021


Guayaquil y Quito son ciudades fundadas el mismo año, en una misma agitada quincena de agosto de 1534 en la que parecía que se iban a enfrentar dos facciones de españoles, una comandada por Pedro de Alvarado y otra por Diego de Almagro. Una negociación resolvió el asunto sin efusión de sangre (v. ‘Quito: la ciudad que no se fundó en diciembre’).

 

El resultado de esa quincena fue que el 28 de agosto de 1534 se fundó la villa de San Francisco con el expreso propósito de trasladarla 30 leguas al Norte para ocupar un destruido pueblo de indios, de nombre Quito. La villa, efectivamente, se la trasladó a dicho territorio que los españoles ocuparon el 6 de diciembre de 1534. La ciudad de Santiago, fundada unos días antes, el 15 de agosto de 1534, iba a ser el puerto para la ciudad de Quito y con ese propósito se la trasladó a la Costa. Su primer asentamiento en este nuevo emplazamiento data de 1535.

 

Como la ciudad iba a ser un puerto para Quito, siempre se ubicó en el margen oriental del río Babahoyo, del lado del río que no se cruzaba cuando se venía desde Quito, un área de más fácil acceso para los quiteños. La ciudad que se destruyó en 1536, 1537, 1542 y 1543 por los americanos del sector, siempre se la volvió a fundar sobre ese margen oriental. Pero su último traslado, en 1547, no ocurrió por los ataques de los habitantes originarios, ni implicó moverse a otro lado del mismo margen oriental. El traslado ocurrió por una lucha de facciones entre los europeos, e implicó el traslado de la ciudad al margen opuesto a Quito, cruzando el río.

 

El caso es que entre los españoles había algunos que apoyaban al rey, pero otros que apoyaban a Gonzalo Pizarro. Los gonzalistas habían triunfado sobre Blasco Nuñez, a quien el rey Carlos I de España había nombrado en 1543 como primer Virrey de Lima y primer Presidente de la Audiencia de Lima con el propósito de aplicar las Leyes Nuevas dictadas el año anterior y con las que se pretendía moderar los abusos que los conquistadores y sus herederos cometían en perjuicio de los indígenas. Gonzalo Pizarro y su gente no consentían esta moderación. En la batalla de Iñaquito, el 18 de enero de 1546, el ejército formado por Blasco Nuñez fue vencido y él fue degollado en el campo de batalla.

 

Entonces el rey Carlos I de España nombró a un clérigo, obispo de Palencia y miembro de la Inquisición, Pedro de la Gasca, para pacificar estos territorios sublevados. En este nuevo contexto, finalmente los apoyos cambiaron y en la batalla de Jaquijaguana, el 9 de abril de 1548, el ejército de Pizarro fue derrotado por el ejército de La Gasca. Ni siquiera hubo una lucha, pues tan grande era la superioridad del ejército de La Gasca que lo que ocurrió fue un desbande. Enseguida, Pizarro encontró la muerte.

 

En el contexto de esta lucha entre La Gasca y Pizarro, debe entenderse lo ocurrido en Guayaquil un año antes de la batalla de Jaquijaguana, el 6 de abril de 1547. Pizarro había nombrado como Teniente del Gobernador en Guayaquil al portugués Manuel de Estacio. Por su parte, Francisco de Olmos, aunque pariente de los Pizarro, se había pasado al bando realista. Se dice que Olmos y otros ocho realistas, terminaron por coserlo a puñaladas a Estacio, después de sacarlo a conversar al fresco de la incipiente ciudad. También mataron a otros dos gonzalistas, Alonso de Gutiérrez y un tal capitán Marmolejo. No fue muy sutil, pero sí un modo efectivo de acabar con el gonzalismo en un Guayaquil que era un territorio ocupado por apenas 30 ó 40 españoles.

 

Estas muertes son las que ocasionaron el traslado de Guayaquil al lado opuesto de Quito, pues se temía que desde esa ciudad (Quito es ciudad desde el año 1541, ojo al dato) el Teniente de Gobernador nombrado por Pizarro, Pedro de Puelles, envíe una partida para ajustar cuentas por las muertes de Estacio, Gutiérrez y Marmolejo. Avivados por ese temor, se construyeron unas embarcaciones y los guayaquileños se movieron con sus tereques al Cerrito Verde, fuera del alcance de la posible reacción quiteña. Dicha reacción iba a pasar, pero antes de que ocurra Pedro de Puelles fue asesinado por otros españoles (se supone que comprometidos con La Gasca), el 29 de mayo de 1547. La reacción se pasmó (1).

 

Cuando las cosas se decantaron para el realismo, no había ninguna razón para que la ciudad de Santiago de Guayaquil se mantenga en el Cerrito Verde, del lado opuesto a la ciudad de Quito, de la que debía ser su puerto. El cabildo de Quito protestó en 1549 a la Audiencia de Lima: ‘Pedir que por quanto la cibdad de Santiago se pobló de próximo en el paso de Guaynacaba e para ir a venir se ha de ir con balsas y por ser puerto desta cibdad le viene daño…’. Pero ya nada cambió (2). Guayaquil creció mucho, pero ya lo hizo siempre del lado del río opuesto a Quito, cosa que únicamente se resolvió de manera definitiva con la construcción del llamado ‘Puente de la Unidad Nacional’, inaugurado en 1970, es decir, 423 años después de originados los hechos que separaron a las dos ciudades.

 

La capital y su puerto, separados desde el inicio y por varios siglos. En términos de desarrollo económico, esto sólo podía salir mal.

 

(1) Un excelente relato de este crimen y sus consecuencias se lo encuentra en el tomo primero de la gran obra de Julio Estrada Ycaza La lucha de Guayaquil por el Estado de Quito, publicada en Guayaquil el año 1984 por el Archivo Histórico del Guayas, en dos tomos. La única cita de este texto corresponde a las páginas 14-15 del tomo citado.

(2) Quito luego buscó otros puertos menos lejanos, pero toda empresa que emprendió, conoció únicamente el fracaso, v. ‘Esmeraldas no way’.

La lucha por el patrimonio

9 de agosto de 2017


Hace un par de días, la periodista Blanca Moncada publicó un artículo en diario Expreso que tituló: “Coimas, cerveza, chuzos y orina”. En esa nota, denunciaba sustancialmente lo siguiente: a las 10 PM la protección pública (municipal) se retiraba del sector del cerro Santa Ana y dejaba su protección en manos de la seguridad privada. Entonces, a partir de las 10 PM, la seguridad privada (que ha sido corrupta: “Solo pasan a determinada hora y cobran”) tranza con algunos individuos para permitirles vender productos (“encebollado, jugos y hasta marihuana”) por fuera de la ley. La conclusión viene de una autoridad municipal: “Si los guardias hicieran su trabajo y no fueran corruptos, no habría informales allí” (1).

La Alcaldía de Guayaquil acusó recibo. Ayer publicó lo siguiente:

 

Lo que demuestra que si se la mosquea lo suficiente, la Alcaldía de Guayaquil reacciona. Miren lo que logró un artículo de prensa (2).

De importancia igual o mayor que el cuidado del cerro Santa Ana es cuidar los edificios patrimoniales del cantón Guayaquil. Esta obligación le corresponde a la Alcaldía de Guayaquil, pues desde el 3 de junio de 2015 esa es una de sus competencias.

Pero la Alcaldía de Guayaquil se ha probado no competente para asumir esta competencia. El caso de la caída de la cruz de la Catedral, a principios de año, fue un ejemplo de ello. La caída de una columna del edificio patrimonial de “La Casa del Cacao”, el día de ayer, es una voz de alerta sobre el estado deplorable de la conservación patrimonial a cargo de la Alcaldía.

Este desplome en “La Casa del Cacao” debería motivar una reacción en los guayaquileños a quienes sí nos preocupa el patrimonio de nuestra ciudad. Este artículo es un grano de arena que apunta a ese propósito. Hacen falta más opiniones, más plantones, más exigencias concretas a una Alcaldía que está en deuda, en este tema patrimonial y en tantos otros. Hay que exigirle las rectificaciones inmediatas de todas las maneras posibles y como lo dice la Alcaldía en su comunicado, “siempre conforme a la ley”.

Pero hay que hacerlo. Porque está demostrado que la Alcaldía de Guayaquil cuando se la mosquea lo suficiente, sí reacciona. Lo que hay que lograr, es que esta vez su respuesta sea para bien: para preocuparla e involucrarla en la conservación de nuestro patrimonio común.

(1) Lo dijo el vocero de la Policía Metropolitana, Roberto Viteri. Los guardias corruptos que permiten la venta de encebollado, cerveza y marihuana (trilogía muy, muy guayaca) en el cerro Santa Ana son los guardias contratados por la Fundación Siglo XXI para cuidarla. Con la Alcaldía, si no hace agua por un lado, la hace por el otro.
(2) Por supuesto, una reacción represiva está en el “ADN socialcristiano”. Si roban en el parque Centenario, ha llegado la hora de subir las rejas. En su lógica ochentera, esto es lo correcto (lo asombroso es que lo hagan pasar por un modelo de desarrollo).

El otro lado del portón

28 de enero de 2016

En la inauguración de una exposición (‘Quito: Jardín de Quindes’) en marzo de 2012, el alcalde Jaime Nebot recordó lo siguiente: 
 
“ese cerro Santa Ana que era un basurero, que era una ruina, que era un local abandonado, peligroso, fue convertido por [la Alcaldía de Guayaquil]. Y voy a pedir que me disculpen, yo soy un hombre sencillo, pero no peco de ser de aquellos que practican la falsa modestia: el faro lo hice yo, la capilla la hice yo, la regeneración la hice yo, el rescate de la Numa Pompilio Llona la hice yo, el rescate de la Plaza Colón la hice yo, la restauración del templo la hice yo, y la Plaza […] León Febres-Cordero también la hice yo…” (1). 
Las cosas que dice él que hizo solito, esas son precisamente el problema (además de tener el alcalde más ego que Charly García).

*

La escritora argentina Leila Guerriero recorrió Guayaquil, entrevistó a su alcalde y publicó el resultado de su investigación en el diario La Nación. Su artículo sirve para ilustrar en tres actos la mentira del desarrollo en una Guayaquil fragmentada (2).

En un primer acto, Leila Guerriero visitó las escalinatas del cerro Santa Ana. Allí conversó con algunos de sus habitantes y sostuvo el siguiente diálogo con un guardia de seguridad:
 
“- No pasen que los van a robar –dice la mujer.

La mujer se llama Elizabeth, y su casa está a metros de un portón de rejas. El portón está abierto, pero queda claro que divide alguna cosa, porque ahí, del otro lado, las casas no son color pastel, y por las calles corren líquidos viscosos y los cielos están raídos por jirones de alambre y ropa tendida. De esta lado del portón, en cambio –del lado regenerado de las cosas-, la gente no puede tender ropa, ni dejar mascotas sueltas, ni salir con el torso desnudo. […]

Hay otros portones por el cerro. Esos sí: cerrados con cadena y candado y a los que, se supone, nadie debería –ni tiene por qué- acercarse.

La voz del guardia llega despacio, por detrás.

- Qué está buscando.

- ¿Esto lo cierran todo el día?

- No. A las tres de la mañana se cierra, y se abre a las seis. Pero siempre hay un guardia por si alguien tiene que salir. […]

- ¿Pero el candado…?

- Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada.

El guardia se llama Leonardo, tiene modos suaves y se ve convenido de ser una fuerza del bien”. 
En el segundo acto de su obra Guerriero entrevista al alcalde Nebot. Le pregunta sobre el cerro Santa Ana y lo pilla en una mentira (que es evidente para todo lector en capacidad de asociar una idea con otra) sobre esa regeneración de la que tanto se enorgullece.
 
“- ¿Por qué tienen puertas con rejas y candados en el cerro Santa Ana?

- Si las vamos ampliando cada vez más. Pero las puertas son transitables. Para todo el mundo.

- ¿Para qué las pusieron?

- Para demarcar. Le dimos una forma estética a demarcar. Nunca están cerradas. El turista puede ir al callejón y ver que termina allí, pero no es que el que está al otro lado no puede pasar.

- No las cierran con candados…

- Con nada”.
El tercer acto de su obra es la imagen de El Gato (3). Esa imagen condensa lo que de engaño y de fragmentación tiene el ‘modelo de desarrollo’ socialcristiano (del que el regenerado cerro Santa Ana es un síntoma).
 
“Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria [pero podría ser también el cerro Santa Ana, N. del A.]. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar sus intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”.
El modelo socialcristianismo, a pesar del engañoso oropel atrapa-bobos, es lo que hay del otro lado de esa plaza enrejada, del otro lado de ese portón que “demarca” (el término es del alcalde) la mentira que vende la Alcaldía y que la prensa privada distribuye, cómplice y eficazmente.

(1) 'Nebot: "Aquí no hay otro pirata cultural que no sea el director de Patrimonio Cultural en esta ciudad"', Blog oficial de la Muy Ilustre Municipalidad de Guayaquil, 30 de marzo de 2012.
(2) Leila Guerriero, 'Guayaquil: la regenerada', Diario La Nación (Argentina), 2 de diciembre de 2007.
(3) 'El Gato', Xavier Flores Aguirre, 11 de enero de 2009.