Cuando era chico, en casa de mi abuela escuché
a uno de mis parientes contar un chiste sobre ecuatorianos. Iba más o menos
así: Dios (o el Barbas, o Joe Pesci con un bate, as you like it) había dotado al territorio del Ecuador con tantas
bondades y maravillas, que el resto de la gente, indignada, le inquirió a Dios
que qué onda con premiarlo tanto a este territorio. Dios calmó a los
indignados: ‘tranqui, muchachos, que allí
voy a poner a los ecuatorianos’. Así, poner a los ecuatorianos compensaba
el exceso de bondades: el entendido es que el colectivo ‘ecuatorianos’ es un vergajo, o un gajo de a verga, como ustedes lo
prefieran.
Desafortunado como es, creo que el Ecuador ha
llegado tarde a un gobierno formal de la derecha. Primero Correa retrasó el
fenómeno el 2013, para vivir los cuatro peores años de su gobierno (v. ‘Timing
(‘nunca falta un período que sobra’)), y luego una vez más lo retrasó en el
2017, para vivir los peores cuatro años de la historia del país, gracias al
desgobierno de un pelele escogido por Correa pero que se convirtió en el pelele
de la derecha contraria a Correa. Ocho años de sobra (1).
Llegó el 2021 y la derecha ganó pero no es que
sea muy querida. En primera vuelta, el voto fue de manera mayoritaria a opciones
identificadas con la izquierda. En la segunda vuelta, el voto popular para
Lasso fue incluso menor a la votación que obtuvo en la segunda vuelta del 2017,
cuando perdió frente a Moreno. Su gran fortaleza en esta ocasión fue tener el
escenario institucional a su favor y pelear contra un candidato que,
nuevamente, era más un símbolo que un ente [v. ‘Lasso con suerte’]. Y lo
logró: se merece su oportunidad para participar del Estado como un botín, es su
turno para rapiñar. Porque yo no me hago ilusiones: esta vez no será distinto.
Porque el Ecuador es un país tan desafortunado,
que no es una cuestión de tendencias políticas, es cuestión de la perversa
relación que el colectivo ‘ecuatorianos’
ha establecido con el Estado, sea que gane la derecha o la izquierda, o el
populismo, o lo que sea (Moreno como lo que sea). Rapiñar, rapiñar, rapiñar, y
una vez más, rapiñar, tal es su mantra. Nos merecemos al cóndor de nuestro
escudo: es un ave de rapiña, nuestro símbolo.
Y tal parece que Dios así lo ha querido, porque
visto lo visto casi no se ha hecho otra cosa en casi 200 años de malvivir en
los límites del territorio donde Dios desparramó tantas bondades y maravillas (2). O así decía el chiste, en un país
que es un chiste.
Uno muy malo.
(1) Si
Correa se retiraba el 2013, se retiraba con una legitimidad que inhabilitaba a
la derecha la persecución en su contra. Y en esta ucronía, Moreno ya no existe,
porque el 2017 volvía Correa a ser Presidente, en tobogán y con un daiquirí con
sombrilla en la mano. ¡Ah, las ucronías, suelen ser tan felices! (v. ‘Ucronía de un Quito español’)
(2) Meh,
Dios nuay, todo es culpa nuestra.
Este es el primer artículo de este blog, del año 2005: ‘A nosotros, los culpables’. Sustancialmente, nada ha cambiado.
En un post anterior he contado
la historia del “señor Vinelli, héroe local” (1). En nuestra Guayaquil, fue él quien desafió la convención
imperante en su tiempo (en una sociedad conservadora y católica) según la cual
los que se bañaban en Viernes Santo se convertían en pescados. El “señor
Vinelli” (la fuente de esta historia, el libro ‘Rielando en un mar de
recuerdos’, de Carlos Saona, no precisa otro detalle para identificarlo como no
sea su sociedad con un señor de apellido Pérsico) era la viva prueba de que esa
creencia era absurda, pues cada Viernes Santo “iba y venía a pié todo ese largo
camino” en lo que constituía un acto de valentía, según lo reseña Saona:
“No es esto lo
más admirable, sino su valor para
desafiar la creencia general de que las personas que se bañaban en viernes
santo se convertían en pescado” (2).
Tan admirable como el valor de Vinelli, es el hecho de que alguna vez
las aguas del estero Salado eran consideradas “medicinales”. En la historia de
Vinelli, ese “héroe local”, la motivación para desafiar a la convención
católica de la conversión en pescados (que de chico la escuché de boca de mi
abuela, por cierto) era tomar su “baño medicinal”. El escritor Jorge Martillo
Monserrate rememoró en las páginas de El universo cómo los ciduadanos de
Guayaquil se relacionaban con su brazo de mar:
“Sus aguas
eran tan limpias que algunos tomaban baños medicinales. Las sesiones curativas
consistían en siete baños, sin faltar un solo día. El tratamiento se iniciaba
en las mañanas cuando el Salado estaba en pleamar” (3).
Que a principios del siglo
pasado, las aguas del estero hayan sido no sólo de uso recreativo (como lo fue
para mis abuelos, de hecho) sino incluso “medicinal” es algo impensable para
generaciones de guayaquileños que se han acostumbrado a la contaminación del
estero Salado, al hecho de que la mayoría de guayaquileños tenemos una relación
de asco con los esteros de la ciudad por su alto nivel de contaminación y su
hediondez. La permisividad para pasar de un estero de carácter “medicinal” a
uno putrefacto dice mucho de la sociedad de Guayaquil como dócil y
desarticulada, incapaz de resistir y preservar los recursos naturales de su
ciudad frente al afán irresponsable de lucro de algunas industrias
contaminantes y empresas constructoras, así como frente a la incapacidad,
desidia o complicidad (según el momento histórico) de las autoridades
municipales, que en los últimos cincuenta años han permitido su contaminación al punto tal de convertir a los esteros en
lo contrario de lo que eran: de baños medicinales a riesgos para la
salud.
El guayaco, que en materia
política está acostumbrado a muy poco (ajeno como está a experiencias de excelencia)
no supone merecer más que esta podredumbre. En otras partes del mundo, estos
niveles de contaminación llaman la atención. Por ejemplo, en un artículo del
periódico inglés The Guardian:
Fuente: Twitter de Frederika Whitehead.
En el artículo ‘Ecuadorians tired of waiting for a cleanup of Guayaquil’s filthy waters’ ['Ecuatorianos cansados de esperar por la limpieza de las sucias aguas de Guayaquil'], de
Frederika Whitehead, se señala una cuestión que aunque resulta evidente, la
mayoría de los guayaquileños no se ha detenido a pensar: los servicios de agua
potable y alcantarillado (de responsabilidad de Interagua desde el año 2001) no
son provistos a una porción significativa de la población. En la nota de prensa
publicada en el periódico inglés, la compañía Interagua explicó su modus
operandi: “Los que no tienen títulos legales no tienen derecho a recibir los
servicios” (4). El alcalde ha sido
enfático en este punto y lo ha hecho ver, en una sesión del Concejo Municipal,
como una decisión que él ha tomado por cuenta propia:
“Yo he
tomado la decisión de que aquí no vamos a legalizar un terreno ni vamos a poner
una volqueta de cascajo ni un metro cuadrado de asfalto ni un metro de tubería
de alcantarillado de agua potable más allá de la Sergio Toral” (5).
Esto quiere decir que
cientos de miles de personas, por decisión expresa del alcalde, son privadas de
recibir servicios y obras públicas. Su marginación es un vivo ejemplo de
“desigualdad estructural” que el socialcristianismo no sólo no revierte sino
que agrava con su legislación y sus políticas públicas. Esas personas, víctimas
de esta desigualdad estructural que ha “naturalizado” la sociedad guayaquileña,
son gentes abandonadas a su suerte por el “pecado” de vivir en la extrema
pobreza y por la ausencia de canales para hacer oír su voz (6).
El diario inglés The
Guardian informa que “las peores muestras [recogidas en el estero Salado]
tienen 100 veces más material fecal que el límite legal”. Desde el crecimiento
no planificado de la ciudad en los años cincuenta (maldición que parece no tener
fin) lo que antes eran “aguas limpias” de uso recreacional e incluso medicinal,
hoy son un líquido putrefacto y contaminante.
La fantasía del “sueño
guayaquileño” de tener una Alcaldía eficiente y una ciudad próspera omite, por
supuesto, toda referencia a que el brazo de mar de la ciudad (una
característica singular que, bien explotada, traería enormes réditos
turísticos), aún después de casi un cuarto de siglo de administración
socialcristiana, se mantiene pútrido y hediondo. Esto, a pesar de haber sido
su recuperación integral una de las promesas del alcalde Nebot cuando presidió las primeras Fiestas Julianas (7).
Porque de esto se trata el
“sueño guayaquileño” de las supuestas Alcaldía eficiente y ciudad próspera, que sólo existen como recursos retóricos, transmitidos por una prensa complaciente: de que, parafraseándolo al genial
George Carlin, “debes de estar dormido para creértelo” (8).
(7) La
fantasía se alimenta de relatos escritos por funcionarios incompetentes: ‘El estero de la fantasía’, Xavier Flores Aguirre, 6 de agosto de 2016;para la promesa del alcalde, v. ‘Promesas incumplidas (15 años después)’, Xavier Flores Aguirre, 25 de julio de 2016.
(8)
George Carlin – ‘El sueño americano’ [Extracto subtitulado del video ‘Life is worth
losing’ (2005)], You Tube; sobre la sociedad guayaquileña durmiente, v. 'Ciudad dormida', Xavier Flores Aguirre,
El discurso de discriminación legal por razón de la orientación sexual que
algunas personas defienden al día de hoy es similar al discurso de
discriminación legal por razón de la raza que justificó la vigencia de la
esclavitud en el siglo XIX. Su comparación, principalmente en relación a las
ideas de origen religioso que justifican su discriminación, demuestra esa
similitud.
Casi dos siglos después,
los mismos viejos prejuicios son utilizados para encarnar un nuevo objeto de
discriminación: antes contra los negros, ahora contra los homosexuales. En
ambos casos, con el propósito expreso de condenar a los discriminados a una
situación de privación de derechos.
A continuación, se exponen la similitud de las ideas utilizadas por unos y
por otros:
1) La interpretación de las Sagradas Escrituras
Sobre la esclavitud:
“El derecho de
explotación de esclavos está claramente establecido en las Sagradas Escrituras,
por precepto y ejemplo. […]Si la explotación
de esclavos habría sido un mal moral, no podría suponerse que los apóstoles
inspirados, que no temían a los rostros de los hombres y que estaban dispuestos
a sacrificar sus vidas por la causa de su Dios, la habrían tolerado ni por un
instante en la Iglesia Cristiana”.
“Jesús reconoció esta
institución (de la esclavitud) como una que era legal entre los hombres y
reguló sus deberes relativos. […] Afirmo entonces, en
primer lugar (y nadie lo niega) que Jesucristo no ha abolido la esclavitud por
un mandato prohibitivo; y en segundo lugar, afirmo, que no ha introducido
ningún nuevo principio moral que pueda emplearse para su destrucción”.
“La teología de la creación, presente en el libro del Génesis, suministra
el punto de vista fundamental para la comprensión adecuada de los problemas
puestos por la homosexualidad. […] Así el deterioro
debido al pecado continúa desarrollándose en la historia de los hombres de
Sodoma (cf. Génesis 19, 1-11). No puede haber duda acerca del juicio
moral expresado allí contra las relaciones homosexuales. En el Levítico 18,
22 y 20, 13, cuando se indican las condiciones necesarias para pertenecer al
pueblo elegido, el autor excluye del Pueblo de Dios a quienes tienen un
comportamiento homosexual. […] San Pablo encuentra
el ejemplo más claro de esta desavenencia precisamente en las relaciones
homosexuales (cf. Rom 1, 18-32). En fin, en continuidad perfecta con la
enseñanza bíblica, en el catálogo de aquellos que obran en forma contraria a la
sana doctrina, se mencionan explícitamente como pecadores los que efectúan
actos homosexuales (cf. 1 Tim 1, 10)”.
(Congregación para la Doctrina de la Fe, Atención
pastoral a las personas homosexuales. Párr. 6. Suscrita por el
Cardenal Joseph Ratzinger y aprobada por el Papa Juan Pablo II, año 1986)
“La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación
contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la
sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza
misma. […] En la Sagrada Escritura las
relaciones homosexuales ‘están condenadas como graves depravaciones... (cf.
Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). […] El mismo juicio
moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, y
ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica”
“De aquí nace también la
paz doméstica, es decir, la ordenada concordia entre el que manda y los que
obedecen en casa. Mandan los que cuidan, como el varón a la mujer, los padres a
los hijos, los amos a los criados. […]Esto es prescripción del orden natural. […]El yugo de la servidumbre se impuso con justicia
al pecador”. (San Agustín de Hipona, Ciudad de
Dios. c. 413-426)
“Las Oraculares Decisiones de Dios han declarado
positivamente que el tráfico de esclavos es intrínsecamente bueno y lícito [y
que tener esclavos] es perfectamente consonante con los principios de la Ley de
la Naturaleza, la dispensa mosaica y la Ley Cristiana”. (Raymond Harris, Scriptural
Researches on the Licitness of the Slave-Trade. Año 1788)
Sobre la homosexualidad y el matrimonio:
“No puede hablarse de matrimonio ni de familia en las uniones que puedan formar
personas homosexuales. Esas uniones o asociaciones son contrarias a la
naturaleza y, de suyo, estériles. No puede haber un 'matrimonio homosexual' ni
una 'familia homosexual'. La moral cristiana considera la práctica homosexual
como un grave desorden moral incompatible con la vida de fe, porque contrasta
con la ley natural y los mandamientos de la Ley de Dios”.
“El matrimonio es una institución natural. La libido, por la cual los dos
sexos complementarios se atraen, es común con los animales; pero la inclinación
a buscar un compañero/a estable para unirse en matrimonio y formar una familia
es de Ley Natural”
“La esclavitud, parece, es de gran antigüedad. Ha existido en el mundo,
de una forma u otra, desde los tiempos inmediatamente posteriores, o incluso
anteriores, al diluvio”.
“Se ha sostenido que la esclavitud no es
favorable a un espíritu republicano; pero toda la historia del mundo prueba que
esto está lejos de ser el caso. En las antiguas repúblicas de Grecia y Roma,
donde el espíritu de la libertad brilló con la máxima intensidad, los esclavos
eran más numerosos que los hombres libres. Aristóteles y los grandes hombres de
la antigüedad creían que la esclavitud era necesaria para mantener vivo el
espíritu de la libertad”.
“Existe una evidente
coherencia dentro de las Escrituras mismas sobre el comportamiento homosexual.
Por consiguiente la doctrina de la Iglesia sobre este punto no se basa
solamente en frases aisladas, de las que se puedan sacar discutibles
argumentaciones teológicas, sino más bien en el sólido fundamento de un
constante testimonio bíblico. […]La interpretación de la Escritura, para ser
correcta, debe estar en efectivo acuerdo con esta Tradición”.
La similitud en las ideas de origen religioso expresadas en las citas
anteriores es tal porque dichas ideas suelen construirse a partir de prejuicios.
Sostengo que ciertas creencias religiosas son prejuiciosas porque quienes las
profesan deciden conscientemente prescindir del análisis de los hechos. Para la
Iglesia Católica, cuyas autoridades y fieles son los principales promotores de
la discriminación legal contra los homosexuales en la actualidad, “los hechos
no constituyen un criterio que permita juzgar el valor moral de los actos
humanos” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
acerca de ciertas cuestiones de ética sexual. Párr. 9, 1975). La Iglesia
Católica para formular sus juicios morales (según se advierte en los cánones de
su Catecismo,
que es la exposición de los “contenidos esenciales y fundamentales de la
doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral”, canon 11) se sirve
de sus propios dichos (a los que llama “la Tradición” -canon 78) y de la
sagrada Escritura, que es “palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración
del Espíritu Santo” (canon 81). Los únicos intérpretes auténticos de estas
ideas morales inspiradas por la Tradición y la sagrada Escritura que prescinden
para su formación de los hechos son “los obispos en comunión con el Sucesor de
Pedro, el obispo de Roma” (canon 85). En resumidas cuentas, el Papa y sus
subalternos que estén de acuerdo con él (tomar en cuenta que desde 1870 es infalible)
son los pocos que determinan el contenido de las creencias morales de millones
de personas, las que deben “recibir con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les
dan de diferentes formas” (canon 87 –no pun intended).
Las creencias prejuiciosas, como no se conforman a partir de la pluralidad
de los hechos de la gente sino de las ideas abstractas discutidas por unos
cuantos escogidos, pueden resultar muy similares unas de otras, aunque se
refieran a cosas distintas y se pronuncien en tiempos diferentes. Esto, porque
son ideas-recipiente, prestas a rellenarse a conveniencia con los prejuicios de
cada época. La interpretación de ideas tan abstractas como la “palabra de Dios”
o el “orden natural” será, en estricto rigor, lo que el intérprete quiera que
sea. El intérprete católico no tiene siquiera que preocuparse porque los hechos
puedan contradecirlo porque tiene autorización para prescindir de ellos cuando
formula sus juicios morales. Por eso es que abstracciones tales como “ley
natural” y “orden natural” pueden acomodarse para justificar la esclavitud o la
homofobia, según corresponda. Es por eso que la “palabra de Dios” pudo interpretarse
a partir de la sagrada Escritura para apoyar en el siglo XIX a una institución
jurídica hoy obsoleta y puede interpretarse en nuestra época para apoyar la
homofobia y la discriminación legal.
Al día de hoy nadie se animaría a postular en serio, basado en idea ninguna
de “orden natural” ni en ninguna parte de la sagrada Escritura, lo que en otro
tiempo fue moneda común: un régimen de esclavitud legal de una raza. Pero hubo
un período durante el siglo XIX en el que dicha idea se discutió vigorosamente
en el debate público (en el ámbito local es recordado el discurso de Aguirre
Abad sobre la manumisión de los esclavos dirigido al Congreso de 1854) y la
sagrada Escritura y el “orden natural” tuvieron su parte en dicho debate. En
ese mismo siglo la esclavitud terminó por convertirse en económicamente
disfuncional, su abolición legal fue creciente y terminó por completarse cuando
se la abolió en el último territorio donde estaba vigente, Brasil, en 1888. Lo
que antes era el orden o la ley naturales (como quieran ustedes llamarlo) ya
para el Concilio Vaticano II se convertiría en una ofensa “contra la dignidad
humana” (Constitución Pastoral Gaudium
Spes. Párr. 27). Lo que San Agustín, Padre de la Iglesia, consideraba
propio del “orden natural” (en su Ciudad de
Dios) dejó, de repente, de serlo.
Esta transformación de ser en un momento parte de un orden natural y luego no
serlo más es evidencia de lo falaz de la apelación a la antigüedad presente en
ambos discursos discriminatorios (casos de falacia ad
antiquitatem). Así, tan poco relevante resultó que se rompa la
“tradicional” institución de la esclavitud legal, que después de abolírsela en
todo el mundo en 1888 hoy en la comunidad internacional la prohibición de la
esclavitud y de la discriminación racial es una obligación de derecho
internacional (p. ej., según la Corte Internacional de Justicia de La Haya en
el Barcelona Traction
Case. Párr. 34, 1970). Insisto: hoy nadie se animaría a postular en serio
la esclavitud legal, aquella institución tradicional de antaño, entonces
justificada por el “orden natural” y fundada en la sagrada Escritura.
Un derrotero similar puede esperarse de la actual discriminación por razón
de la orientación sexual. La Corte Interamericana de Derechos Humanos, de
manera reciente (el 24 febrero de este año) falló el Caso
Atala Riffo y niñas c. Chile en el que estableció como obligación del
Estado de acuerdo con la Convención Americana (de la que Ecuador es parte) el
que “ninguna norma, decisión o práctica de derecho interno, sea por parte de
autoridades estatales o por particulares, pueden disminuir o restringir, de
modo alguno, los derechos de un persona a partir de su orientación sexual”
(Párr. 91) y que “no son admisibles las consideraciones basadas en estereotipos
por la orientación sexual, es decir, pre-concepciones de los atributos,
conductas o características poseídas por las personas homosexuales o el impacto
que estos presuntamente puedan tener en las niñas y los niños” (Párr. 111).
Otras sentencias internacionales, las resoluciones de órganos políticos
internacionales, la jurisprudencia y las legislaciones favorables que se han
adoptado en numerosos países y regiones alrededor del mundo y los consistentes
estudios científicos que prueban lo injustificado de la discriminación por
razón de la orientación sexual (v. la intervención de Rodrigo
Uprimny como perito en el Caso Atala Raffo) conforman un escenario en el
que de manera creciente las creencias prejuiciosas de una fe tienen menor
relevancia para impedir que se amplíen los derechos de las personas. La Iglesia
Católica, por supuesto, está a contramano: dice que es válido discriminar a
personas homosexuales en temas de familia, de adopción y crianza de niños, de
contratación como docentes y de arrendamiento de propiedades (Congregación para
la Doctrina de la Fe, Algunas
consideraciones concernientes a la respuesta a propuestas legislativas sobre la
no discriminación de las personas homosexuales. Premisa, 1992) pues en su
opinión eso no constituye “discriminación injusta” (Catecismo,
canon 2358). Esto, porque en la doctrina de la Iglesia Católica se considera
que la homosexualidad es “objetivamente desordenada” (canon 2358) y porque los
actos homosexuales “en la Sagrada Escritura están condenados como graves
depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa
de Dios” (v. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
‘Persona humana’ sobre algunas cuestiones de ética sexual. Párr. 8, año
1975.) Esta opinión prejuiciosa (por ellos mismos admitida que se profesa
incluso contra evidencia proveniente de los hechos) es la que pretende condenar
a los homosexuales a una situación de privación de derechos. En tiempos de la
esclavitud, se ofrecía a los esclavos dispensarles un trato humano; en tiempos
de homofobia, de acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, se los
convierte a los homosexuales en merecedores de “compasión” (canon 2358). Así,
el círculo se cierra. Es como decirles: “nosotros te discriminamos, nosotros te
compadecemos”. Un caso de caridad a
conveniencia de su desprecio y de su discriminación.
Pero no es cuestión de compadecer a nadie, sino de reconocerle sus
derechos. Mi hipótesis es que la realidad vencerá a estas ideas abstractas
interpretadas por unos pocos dogmáticos para sostener la discriminación legal
contra aquellos a quienes desprecian. Al final, el respeto a los principios de
autonomía y de equidad propios de las sociedades democráticas terminará por
ganarle al deliberado propósito (formulado contra evidencia fáctica) de las
autoridades de la Iglesia Católica de provocar el sufrimiento en las personas
que no piensan como ellos. La Iglesia Católica terminará por adaptarse a los
nuevos tiempos, como al final del siglo XIX terminó por hacerlo con la esclavitud.
Tomando en cuenta que la legislación y las políticas públicas en las sociedades
democráticas deberían fundarse en la observación de los hechos y en una
discusión racional y no dogmática de los mismos, el que así sea parece bastante
razonable. O para decirlo en términos bíblicos: “a César lo que es de César, y
a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21).
Es un dato curioso que cuando más furibundas fueron las protestas de defensores
de la esclavitud en el siglo XIX, más cerca se estaba de que abolan las leyes
cuyo mantenimiento ellos defendían. Quienes hoy repiten las ideas-recipientes
de los esclavistas pero dirigidas a un distinto objeto de discrimen suelen
exponer sus ideas con similar lenguaje furibundo y ofensivo (a lo cual tienen derecho).
A guisa de ejemplo, el sacerdote Paulino Toral y el abogado Miguel Macías han
calificado a personas homosexuales y a defensoras de la “ideología de género”
como perversas, manipuladoras, corruptas, deshonestas, maquiavélicas,
inhumanas, desadaptadas sociales, anormales, repugnantes, aberrantes y “contra natura”.
Usualmente este tipo de ofensas, expresadas en esos términos, provienen de
personas que pertenecen o que dicen profesar una religión en la que “toda la
finalidad de la doctrina y de la enseñanza debe ser puesta en el amor que no
acaba” (canon 25).
Una idea de amor que,
visto lo visto, no acaba de pensarse ni a partir de los hechos (de la realidad
de que muchas personas practican otras formas de relacionarse que sus creencias
no quieren reconocer) ni del respeto a las decisiones autónomas de los otros en
un marco equitativo (tales los principios liberales que las sociedades
democráticas deben postular en esta materia: los de autonomía y equidad). Una
idea de amor, ésta de la iglesia católica, que unas pocas de sus autoridades
restringen de manera arbitraria, que produce sufrimiento e incurre en la mayor
de las contradicciones: dice hablar en nombre del amor cuando lo que hace es
promover el desprecio social y el discrimen legal a quienes no comparten sus
ideas sobre cómo amar, establecidas en los dogmas de sus autoridades. George
Carlin destacó esta contradicción con humor: “la religión ha convencido a
la gente de que existe un hombre invisible, que vive en el cielo, que mira todo
lo que haces, cada minuto de cada día. Y aquel hombre invisible tiene una lista
especial de 10 cosas que Él no quiere que tú hagas… Y si tú haces alguna de
esas 10 cosas, Él tiene un lugar especial, lleno de fuego, humo, cenizas,
tortura y angustia, donde Él te enviará a vivir y sufrir y quemarte y ahogarte
y gritar y llorar, por siempre jamás, hasta el final de los tiempos… ¡pero Él
te ama!”. Vean el video:
Si se rieron con Carlin, es probable que no ostenten la capacidad argumentativa
de un esclavista del siglo XIX. Es probable que respeten las libertades de los
demás, que es precisamente lo que negaban los esclavistas, que es a quienes
nuestros homófobos del siglo XXI terminan por parecerse tanto. Referido a otras
circunstancias de discriminación racial, mi primo @FDOFLORES escribió este tuit,
que fue el que me espoleó la redacción de este artículo: “Los homofóbicos de
hoy son los racistas de hace 60 años, así de estúpidos se verán en el futuro”.
La única precisión que yo le haría, y es para peor, es que el racismo y la
discriminación son bastante más viejos. Cosas de la Tradición, según dice la
Iglesia.