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El proyecto centralizador

3 de abril de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 3 de abril de 2026.

Juan José Flores fue el primer presidente del Ecuador. En su tercer mandato presidencial, designado por una asamblea constitucional servil a él, debió gobernar entre 1843 y 1851. Aquella asamblea aprobó la Constitución de 1843 y sometió a los municipios a un órgano extraño (un “concejo provincial”), dependiente del gobierno central. 

Eso duró poco. En marzo de 1845, una revolución originada en Guayaquil, capitaneada por José Joaquín Olmedo, logró la expulsión del presidente Flores y su camarilla. Se derogó la Constitución de 1843 y se acabó este sometimiento a los municipios.

Mucha agua corrió desde entonces bajo el puente del subdesarrollo. Por décadas, el gobierno central tuvo demasiada injerencia en la gestión de los municipios y en la aprobación de sus ordenanzas, pero eso cambió con la entrada en vigor del Código Orgánico de Ordenamiento Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD) el 2010. Desde entonces, los municipios obtuvieron la garantía de su autonomía política, administrativa y financiera para la gestión de su territorio y la aprobación de sus ordenanzas.  

Hasta ahora. Con el gobierno de Noboa regresó un proyecto centralizador del Estado. De manera similar a 1843, el gobierno central somete a los municipios a controles exagerados y los coloca al servicio de los deseos y desvaríos de la Presidencia de la República. 

La ley reformatoria del COOTAD, aprobada el 20 de febrero por la Asamblea Nacional y diseñada para restar recursos a los municipios, impone gravosos controles del Ministerio de Economía y Finanzas sobre su gasto. So pena de pérdida económica, ellos sólo pueden gastar en ciertos ítems del Clasificador Presupuestario elaborado por ese ministerio, que se refiere a obras físicas e inversiones a largo plazo. Es la pérdida de la autonomía financiera. 

Este lunes se aprobaron las reformas a la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial, Uso y Gestión del Suelo (LOOTUGS) para introducir la desnaturalización de un órgano de control (la Superintendencia de Ordenamiento Territorial) y la potestad de la Presidencia de la República para determinar el desarrollo urbano de los municipios vía la figura del Proyecto Estratégico Nacional de Construcción de Vivienda. Desde un escritorio en Quito se determinará el crecimiento de territorios que no se conoce. Es la pérdida de las autonomías política y administrativa. 

En la ley reformatoria a la LOOTUGS es claro que su enfoque principal es la preeminencia del interés particular por sobre el interés general (evidente por la eliminación del “carácter público” del derecho a edificar y por la redacción tan atropellada de los “derechos adquiridos”). 

Es fácil anticipar que la reforma no busca el desarrollo integral de los territorios del Ecuador. Cui bono? (¿quién gana?), se preguntaba en los pasillos de Roma. La preeminencia del interés particular debería dar una respuesta elocuente a esta pregunta hasta para el más despistado.   

Este proyecto centralizador y perverso del Estado únicamente puede ser detenido por la Corte Constitucional, cuando conozca de esta colección de desvaríos y vulneraciones de derechos que son la esencia de las leyes aprobadas por una servil, rastrera Asamblea Nacional. 

Los romanos y el mar

19 de julio de 2019


Hay una particularidad en la historia de Roma: fue un pueblo conquistador de origen mediterráneo, nunca un pueblo marino.

La consciencia mediterránea del pueblo romano tenía trasunto lingüístico. En un libro de Álvaro D’Ors, de 1954, el hijo del Eugeni aquel de la frase genial, destacó el hecho de que los griegos eran realmente los amantes del mar, mientras que los romanos lo desdeñaban: “El despego por el mar se denota también por el género de las palabras que sirven para designar en latín aquel elemento: el neutro. Mare, aequor, salum, altum, fretum, pelagus […] son todas ellas palabras de género neutro” (“De la guerra y de la paz”, p. 53).

Dictadura moderna

24 de mayo de 2019


El momento que distanció la letra de la “voluntad popular” de la práctica del “Consejo Transitorio” fue cuando su Pleno se inventó eso de las “facultades extraordinarias”*. Allí irrumpió la dictadura, es decir, una constante actuación por fuera de la Constitución y de la Ley sin ninguna consecuencia jurídica.

Para avalar esta dictadura, la Corte Constitucional expidió por unanimidad un dictamen (el No 2-19-IC/19, del 7 de mayo de 2019) según el cual lo hecho por el Consejo Transitorio goza de un régimen especial. A diferencia de TODO otro órgano del poder público, que debe someter TODOS sus actos a la Constitución y la Ley, el Consejo Transitorio goza de trato singular: la Corte Constitucional lo ha investido del sui géneris estatus de órgano para-constitucional, con atribuciones y competencias “extraordinarias, únicas e irrepetibles, ejercibles únicamente por este órgano dentro de esta etapa limitada, en razón de los fines de la transición” (Párr. 40), al que no le resultan “aplicables las reglas constantes en el artículo 208 núm. 10, 11, 12 y artículo 209 de la Constitución” (Párr. 72) y que, además, constituye una excepción a la clásica regla de que “las administraciones públicas y entidades estatales tienen la atribución de revisar sus decisiones, bajo los criterios de control de legitimidad y de oportunidad, mérito o conveniencia” (Párr. 79). Es la sanción legal de una dictadura moderna: una auténtica locura.

Pero que, de alguna manera, no resulta sorprendente. Tiene una clara explicación en el auto-interés de la Corte Constitucional, pues por blindarlo al Consejo Transitorio de una revisión futura de sus actos, se blindan a sí mismos. Su interés de fondo es escamotear del debate público el “pecado original” de su designación espuria.

Esa es la razón potable por la que nuestra Corte Constitucional ha revestido a este órgano transitorio auto-prorrogado en sus funciones de los poderes que son característicos de una dictadura romana: la atribución consolidada de poderes extraordinarios en una persona o grupo de personas, a fin de enfrentar una crisis (en el caso ecuatoriano “crisis” equivale a “transición”, que realmente quiere decir “desplazamiento del correísmo”). Lo usual en Roma era que se ejerza su poder por un tiempo limitado, como es el caso del actual Consejo Transitorio. Y aunque típicamente los dictadores, tanto en la Roma antigua como en el Ecuador, fueron militares, también los hubo civiles§. En el caso nuestro, se dice en tiempo presente: los hay y están auto-prorrogados hasta el sol de este día.

Más de dos mil años han pasado desde los tiempos de Roma: ayer como hoy, repetimos los mismos vicios.

* Fun fact: Los abusos de unas “facultades extraordinarias” precipitaron una crisis en el primer Gobierno republicano del Ecuador, el del venezolano Juan José Flores (1830-1834), la que provocó el asesinato de los periodistas de ‘El Quiteño Libre’ en Quito y condujo a la Presidencia de la República a un caudillo de Guayaquil, Vicente Rocafuerte, a la sazón nuestro primer Presidente de origen ecuatoriano (v. Van Aken, Mark, ‘El Rey de la Noche. Juan José Flores y el Ecuador 1824-1864’ [1995], pp. 169-177). El Estado del Ecuador es una institución ideal para repetir las mismas estupideces desde su fundación en septiembre de 1830 hasta la actualidad (i.e., por casi dos siglos) casi sin introducir una variante que la rescate de sus miserias (si introduce un matiz, usualmente es una contribución humorística producto de un caso de estupidez agravada).
Para ponerlo en una viñeta: si el Pleno de nuestra Corte Constitucional se consolidara en el cuerpo de un Andrés Páez borracho en un bar de Quito (lo que Páez llama “cotidianidad”), contándole acerca de este sombrío expediente al tipo que le “socializa” los tragos en la barra, tendría después del décimo cuarto whisky que descargar su conciencia espetándole al pobre tipo, como si de la confesión de un crimen en legítima defensa se tratara: “¿Y qué quería usted que haga? Mi vida dependía de ello. Hip”. Después, obvio, guacareo y papelón.
§ Cfr. Beard, Mary, ‘SPQR. A history of ancient Rome’ [2015], p. 245. Para el caso del Ecuador, un ejemplo reciente de dictadura civil, más allá de la actual, fue la del mamarracho de J. M. Velasco Ibarra (1970-1972), constante tonto útil de la oligarquía.

Moloch

4 de abril de 2019


“No se contentaba Moloch con que se le ofrecieran como víctimas becerros y toros magníficos”, advierte el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano sobre esta deidad del pueblo cartaginés, un pueblo considerado “profundamente religioso”.

Se lee en la voz Cartago de este diccionario (Tomo IV, pp. 323-327) que cuando “Agatocles llegó a las puertas de Cartago, los vencidos atribuyeron sus desgracias a la cólera de Moloch”, pues lo habían timado: en vez de sacrificar las madres de las familias nobles a sus hijos (“sin verter una lágrima ni exhalar un suspiro”, como coloreaba este diccionario) compraron a unos niños de extranjeros para su reemplazo en el sacrificio.

 La adaptación de Moloch a la mitología de los romanos es Saturno, que también devora a sus hijos –aquí dibujado por Goya (1746-1828).

Este monstruo/deidad cartaginés nunca se quedó sin su ración de niños para el regocijo de su torcida alma, pero cuando Agatocles de Siracusa llegó a las puertas de Cartago, la trampa de las madres cartaginesas se hizo evidente y Moloch no se conformó con poco:

“Para aplacar al dios se le sacrificaron 200 niños pertenecientes a las familias más distinguidas. Además 300 hembras que se consideraron culpables de la sustitución pecaminosa, se ofrecieron como víctimas expiatorias”.   

El método de sacrificio de los niños en la Cartago del 309 antes de Cristo incluía un horno de bronce. Moloch tenía una estatua de ese material, cuyos brazos abiertos llegaban “hasta el suelo y los niños que en ellos se depositaban caían en un horno ardiendo”. Eran elevados desde las manos de Moloch hasta su boca, para lanzarlos dentro de él directo al fuego. Pero en otra versión, recogida en la película italiana Cabiria, de 1914, los niños se iban derechito a la panza ardiente de Moloch: 

Así, cada feligresía cartaginesa quemaba los niños a su manera.

Tras la tercera Guerra Púnica concluida el año 146 antes de Cristo, Roma borró del mapa a Cartago. La efectividad de Moloch para resistir a la arremetida de los romanos comandados por Escipión Emiliano entre los años 149-146 a. C. fue nula: de la gran Cartago no quedó ni su idioma (el púnico), ni rastros de su alguna vez floreciente cultura, que por cientos de años había dominado el Mediterráneo hasta la emergencia de Roma, que se encargó de destruirla.

Moloch, su dios, brutal e inútil, como cualquier otro.

Credo

19 de enero de 2017

Homo sum, humani nihil a me alienum puto (el que lee).