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Libertad de expresión, en serio

29 de marzo de 2009

Es lugar común la crítica de los medios de comunicación social al Gobierno central en materia de libertad de expresión.  El supuesto de ese lugar común es que el Gobierno central abusa de la libertad de expresión y que son los medios de comunicación social quienes la defienden, porque son esos medios de comunicación social quienes representan la voz crítica (que suele, además, autocalificarse de "libre e independiente") contra los abusos del Gobierno.

No desconozco los no escasos desatinos del Gobierno en materia de libertad de expresión.  Pero esa crítica que se le formula es parcial e insuficiente: no se hace cargo de (al contrario, suele evadir o encubrir) las críticas que desde una idea de libertad de expresión que defienda un "debate público robusto" pueden hacerse.

El "debate público robusto" implica, al menos, dos circunstancias a propiciarse: la primera, la necesidad de que todos los miembros de la comunidad tengan la posiblidad de expresar sus puntos de vista, y la segunda, el que esos puntos de vista que se expresan puedan confrontarse unos con otros, en un proceso de deliberación colectiva.  Los medios de comunicación social (de manera más incosciente que consciente, tal es su escaso nivel de autocrítica) defienden, no el "debate público robusto", sino el "libre mercado de las ideas", una postura teórica que supone que el Estado es el gran enemigo de la libertad de expresión y que la mejor política en materia de libertad de expresión es la ausencia de toda política.  Yo sostengo que la crítica al Estado es correcta, pero parcial e insuficiente porque tomarse en serio el derecho a la libertad de expresión (al amparo de la idea de "debate público robusto") implica también criticar esa postura de "libre mercado de ideas", en la medida que, como argumenta Roberto Gargarella, de esa postura "se presupone una noción discutible de pluralidad de ideas, que parece asimilar a la misma con la pluralidad de propietarios (de periódicos, de TV, etc.).  Se nos dice que abatiendo al Estado monopólico abrimos las puertas a la libertad de expresión.  Pero lo cierto es que resulta perfectamente concebible una situación donde existan múltiples propietarios y "una sola voz" en juego.  O, más habitualmente todavía, puede darse una situación en donde existan varios propietarios y algunas voces o temas sistemáticamente excluidos.

¿Les suena conocido?  Ustedes como yo podemos imaginarnos no pocas voces o temas cuyo sesgo crítico es notorio (salvo para quienes por ignorancia no puedan o por conveniencia no quieran verlo) o voces o temas que de plano se excluyen (porque no calzan en el guion a seguir) de la información y opinión que difunden los medios de comunicación.  El alto valor de la libertad de expresión se disminuye cuando se lo pone, en buena medida, al servicio de los intereses de unos cuantos propietarios.

Así, no pocos medios de comunicación social son hijos bastardos del poeta Neruda (permítaseme tomarlo a broma): les gusta callar porque están como ausentes.  Eso sí, valga aclararlo: sólo cuando les conviene.