Casi un club de Toby

13 de mayo de 2021

Es dato random pero dice mucho de nuestra cultura. En una comparación de las 22 academias de la lengua que los americanos rescatamos de los europeos (ese tosco montañés llamado ‘castellano’ y disfrazado como ‘español’), la academia ecuatoriana es la que menos mujeres ha incorporado a su nómina.

 

La tabla habla por sí misma:

 

Tabla. Número de mujeres y hombres en las academias de lengua española que en el mundo-mundial hay, con indicación del porcentaje de mujeres en relación con el número total de académicos

 

Academia

Mujeres

Hombres

Porcentaje

Española

9

35

20.45%

Colombiana

6

17

26.08%

Ecuatoriana

2

20

09.09%

Mexicana

10

26

27.78%

Salvadoreña

4

15

21.05%

Venezolana

7

16

30.43%

Chilena

8

23

25.81%

Guatemalteca

10

14

41.67%

Costarricense

8

11

42.11%

Filipina

6

18

25.00%

Panameña

3

13

18.75%

Cubana

11

13

45.83%

Paraguaya

7

18

28.00%

Boliviana

6

19

24.00%

Dominicana

3

25

12.00%

Nicaragüense

7

14

33.33%

Argentina

6

23

26.09%

Uruguaya

7

15

31.82%

Hondureña

9

21

30.00%

Puertorriqueña

8

17

32.00%

Norteamericana

12

33

26.67%

Ecuatoguineana

2

17

10.53%

Total

151

423

26.31%

Fuente: Asociación de academias de la lengua española.

 

Tremendo tufo a siglo xix y naftalina.

 

Y nótese que el otro país que sólo tiene dos mujeres en su academia es Guinea Ecuatorial, ratificando que nuestro nivel es africano. N.B.: Porcentualmente, el Ecuador es el peor de todos.

Disquisiciones sobre el nombre ‘Ecuador’

10 de mayo de 2021

Ecuador es un país con consciencia de su condición periférica, de allí esa frase típica en el país de que lo positivo que funciona en otras partes, ‘aquí no funciona’. Es muy cruel, porque supone una inutilidad especial.

 

Tal vez eso se explica porque el territorio en que se asienta el Estado del Ecuador ha tenido una historia muy triste. Se originó en una conquista brutal de un territorio muy periférico para España, pero poblado de indígenas para que los conquistadores los sometan de manera miserable e inmisericorde. Lo primero aseguraba su pobreza, pues situaba al territorio por fuera de las principales rutas de comercio; en particular, lejana quedó su capital, Quito (sobre esto, v. ‘Esmeraldas no way’). Lo segundo aseguró la desigualdad del Ecuador, pues determinó una explotación que subsistió sancionada legalmente hasta bien entrada la república (y que mentalmente sigue presente hasta la fecha, v. ‘Un negrero / La élite guayaquileña’). Un territorio periférico, pobre y desigual, que ha hecho muy poco para cambiar las bases estructurales impuestas en el tiempo de la conquista. El resultado, hoy, es que tenemos un territorio sin posibilidades serias de desarrollo. Y por eso es que lo positivo, ‘aquí no funciona’. Lo peor de esta frase, es que es fruto de años de experiencia.

 

En un país así, con una historia tan destartalada y tan sinónimo del fracaso, creo que escoger el nombre ‘Ecuador’ no fue una empresa complicada, cuando nació el Estado independiente en 1830.

 

Cuando el Distrito del Sur se separó de la República de Colombia en 1830, ello fue realmente una mudanza administrativa: el caribeño Juan José Flores, Prefecto colombiano, pasó a ser el Jefe ecuatoriano y primer Presidente del nuevo Estado. Eso sí, el ‘Ecuador’, sabiéndose pobre y periférico frente a Colombia (ambos horrorosamente desiguales), primero fue un efímero ‘Estado del Sur de Colombia’ (v. ‘Principio y fin del Estado del Sur’) y, a partir de septiembre de 1830, su nombre fue ‘Estado del Ecuador en la República de Colombia’ (v. ‘¡Japi verdei, Ecuador!’). La idea de este naciente Estado era ser un ente autónomo dentro de la grande asociación que forjó Simón Bolívar. Con esa aspiración nació el Estado del Ecuador en 1830.

 

Por supuesto, esa aspiración fue un rotundo fracaso. La idea fue rechazada por los otros dos Estados surgidos de la derrota de la Colombia bolivariana, Venezuela y la Nueva Granada (v. ‘1832: una de cal, única de arena’ y ‘Quito, la Nueva Granada y el invariable fracaso’). En 1835, finalmente, se fundó la República del Ecuador, cuyo primer Presidente fue el guayaquileño Vicente Rocafuerte.

 

‘Ecuador’, como nombre de territorio, es un nombre inventado por Simón Bolívar. Es ajeno a la historia del país y sin ninguna capacidad distintiva, porque el ecuador atraviesa muchos otros países del mundo*. A ninguno se le ocurrió esta pobreza de nombrarse como una línea imaginaria, pero fue la imposición del ‘genio’ del Libertador.

 

En 1830, se sabe que ‘Ecuador’ fue la solución de compromiso para no llamarse ‘Quito’, que era el nombre histórico de la región. ‘Ecuador’ fue el nombre escogido por Bolívar para reemplazar a Quito mientras la otrora provincia era uno de los tres departamentos que integraban el Distrito del Sur de Colombia, con Guayaquil y con Azuay, entre 1822 y 1830 (v. ‘El nombre que Bolívar dio a nuestro país’). Luego, ese último año se lo ascendió a nombre de un Estado: ello parecería un triunfo para Quito, pero en realidad es el triunfo del republicano Bolívar a sus expensas. La provincia de Quito, por decisión de una ley colombiana de 1824, había empezado a llamarse ‘Pichincha’, como el volcán donde ocurrió la batalla que sacó a Quito de España para colocarla en Colombia. Y ese nombre quedó. Así, del orgullo colonial de Quito como reino, audiencia, provincia y ciudad, el advenimiento de la república dejó al nombre ‘Quito’ únicamente como nombre de una ciudad. Todo por el ‘genio’ de Bolívar: él y sus megalomanías, la redujeron a Quito a su núcleo mínimo nominativo.

 

Por este antecedente y vistas las luchas históricas de 1809 y la situación de oposición de Guayaquil y Cuenca a Quito (‘Lo contrarrevolucionario en la ‘Revolución del 10 de agosto’ (becoming a weirdo)’ y ‘Las relaciones exteriores de Quito en 1809’), era obvio que Quito no se iba a llamar el nuevo Estado. ¿Cómo llamarlo, entonces? Mi hipótesis es que, para un país pobre y periférico, el término ‘Ecuador’ les recordó a los Padres Fundadores criollos un acontecimiento feliz en la historia de este territorio, como fue la visita de una misión científica de los franceses para medir la distancia equivalente a un grado de latitud en el ecuador terrestre.

 

El Ecuador es un país sin héroes porque los conquistadores fueron brutos, los conquistados fueron barridos, los independentistas fueron extranjeros y los locales fueron inútiles. Es un país tan disperso, que no existe algo distintivo nacional (salvo por la selección de fútbol y el encebollado**). Por no haber, no había ni hay cohesión social, es país del sálvese quien pueda (para el caso de Guayaquil, v. ‘Dworkin, Guayaquil, y asaltar el tía’). Escoger un nombre de algo concreto en un país así hecho era una tarea imposible, por eso resultó muy fácil escoger una abstracción, mérito de otros, mejores y civilizados: los franceses.   

 

El ‘Ecuador’ es una línea imaginaria: un nombre ajeno a la historia del país y sin ninguna capacidad distintiva, un invento de un venezolano exaltado, una solución de compromiso. Pero es el nombre que les recordó a los nacientes ecuatorianos un episodio feliz de su historia, cuando su territorio brilló para el mundo.

 

Por eso creo que escoger su nombre no fue ninguna empresa complicada, cuando nació el Estado en 1830. Negado ‘Quito’, no había nombres disponibles salvo por ese único acontecimiento feliz en la vida de este triste país.

 

* Otros dos americanos (Colombia y Brasil), dos asiáticos (Maldivas e Indonesia), uno de Oceanía (Kiribati) y siete de África (Santo Tomé y Príncipe, Gabón, Congo, Congo Democrático, Uganda, Kenia y Somalia).

** Yo le pondría ‘República Encebolladina’, pero sospecho que es atarnos mucho a un caldo de pescado. Aunque eso sí, la alternativa más honesta es ‘República de Galápagos’. Más honesto todavía, sería que su bandera sea una tortuga, patas arriba, y que cuando ondea, parecería que la tortuga mueve sus patitas inútilmente. Radicalmente honesto sería su lema: ‘No avanzamos’. Escrito en latín, para darle caché al fracaso.