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Olmedo, el Padre de la Patria

20 de febrero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 20 de febrero de 2026.

En el Ecuador, José Joaquín Olmedo debe ser considerado el Padre de la Patria. Ningún otro nativo del territorio ecuatoriano ha cosechado tantos méritos en su vida pública como para hacerse acreedor a ese título. A Olmedo, el título le corresponde en exclusiva.

En su natal Guayaquil, Olmedo fue el primer Jefe Político tras la independencia del Reino de España en octubre de 1820. Por un Colegio Electoral que en la ciudad de Guayaquil reunió a 57 representantes de los pueblos de la provincia de Guayaquil (toda la Costa, menos Esmeraldas), Olmedo fue elegido Presidente de la Junta Superior de Gobierno que condujo los destinos de la provincia desde noviembre de 1820 hasta que la provincia fue anexada a la República de Colombia en julio-agosto de 1822. 

Para el Ecuador, José Joaquín Olmedo fue el 9 de octubre el primer gobernante civil de un jirón independiente y republicano de su territorio, y entre noviembre de 1820 y julio de 1822 fue la máxima autoridad del primer gobierno independiente y republicano surgido en su territorio, elegido por los representantes de los pueblos. Como la cabeza de este efímero Estado, entre 1820 y 1822, Olmedo luchó por la libertad de los otros territorios con los que, desde 1830, la provincia de Guayaquil integró el Estado del Ecuador.

Cuando se integró el Estado del Ecuador y se lo postuló como una parte “confederada” a la República de Colombia, Olmedo fue el Vicepresidente del Congreso Constituyente que se reunió en Riobamba en agosto-septiembre de 1830 y decidió la creación del nuevo Estado. Y cuando, tras una guerra civil, se reunió una Asamblea Constitucional entre junio y agosto de 1835 en Ambato, Olmedo fue su Presidente. En Ambato se decidió que ese Estado “confederado” a Colombia de 1830 pasaba a ser una República por sí misma. 

En 1830, dada su vasta experiencia previa (Cádiz, Guayaquil, Lima), Olmedo fue parte de la comisión de redacción de la Constitución. En 1835, dirigió la Asamblea Constitucional. Es decir, fundó al Ecuador como Estado en 1830 y lo forjó como República en 1835. 

En 1845, Olmedo fue el Presidente del Gobierno Provisorio surgido en marzo por una revolución originada en Guayaquil, que expulsó a los militares extranjeros que habían impuesto su ley en el Estado del Ecuador desde 1830. Olmedo prevaleció, porque los militares extranjeros empezaron su dominio cuando los cesaron a Olmedo y al resto de integrantes de la Junta Superior de Gobierno de Guayaquil en julio de 1822. Casi un cuarto de siglo después, Olmedo fue la cabeza del Gobierno que expulsó a los militares extranjeros para instaurar, por primera vez, un gobierno de ecuatorianos. 

Olmedo es el único en haber sido la máxima autoridad en dos Estados (Ecuador en 1845 y Guayaquil entre 1820 y 1822), pero más importante, Olmedo es la persona que funde estos dos episodios: como cabeza del gobierno de Guayaquil fue el primer gobernante de un territorio independiente del Reino de España y como cabeza del gobierno del Ecuador fue el primer gobernante independiente de los militares extranjeros, que se instalaron en los tiempos de la independencia del Reino de España. 

Así, Olmedo es la cabeza de dos independencias: el verdadero Padre de la Patria.  

No fue El Libertador

7 de noviembre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 7 de noviembre de 2025.

En octubre de 1820, Santiago de Guayaquil fue la primera ciudad del territorio del actual Ecuador en independizarse del Reino de España. La ciudad, capital de una extensa provincia y cabeza de una gobernación española, se independizó por sí misma, en una sola jornada y su gesta libertaria encendió en toda la provincia la llama de la libertad. La provincia nunca dejó de ser un territorio independiente hasta su anexión en julio de 1822 a otra entidad republicana (Colombia) por Simón Bolívar.  

Una vez que se independizó el territorio de la provincia, los representantes de veintisiete de sus pueblos (Baba, Babahoyo, Balao, Canoa, Caracol, Colonche, Chanduy, Charapotó, Chone, Chongón, Daule, El Estero, El Morro, Guayaquil, Jipijapa, Machala, Montecristi, Palenque, Pichota, Pimocha, Puná, Punta de Santa Elena, Puebloviejo, Samborondón, Santa Lucía, Ventanas y Yaguachi) se reunieron en Guayaquil para decidir su destino. 

Entre el miércoles 8 y el sábado 11 de noviembre de 1820, un total de cincuenta y siete representantes decidieron el régimen político para la administración del territorio. Optaron por un régimen republicano, materializado en el artículo 1 del reglamento aprobado el 11 de noviembre como un gobierno “electivo” y presidido por una Junta de Gobierno compuesta por hijos de Guayaquil, con José Joaquín Olmedo a la cabeza. La representación de la provincia decidió en noviembre de 1820 el tránsito de la soberanía divina a la soberanía popular, como le corresponde a una república. 

El artículo 2 del reglamento del 11 de noviembre declaró a la provincia “en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur”. Para cumplir este propósito, la Junta de Gobierno había decretado el 19 de junio de 1822: “Por ningún pretexto existirá en el territorio de la Provincia fuerza alguna armada de los Estados amigos, al abrirse las sesiones del Colegio Electoral; ni en la bahía permanecerá buque alguno de guerra, amigo o neutral, aunque esté simplemente armado”. Para la junta era importante que los representantes se puedan reunir en libertad.

Guayaquil no debió su independencia a las fuerzas de Bolívar en octubre de 1820 y el gobierno de la provincia deseaba elegir su destino de forma libre y razonada en julio de 1822. Para decidir “en entera libertad”, el Colegio Electoral había sido convocado para el 28 de julio. Pero Bolívar tenía otros planes para Guayaquil y no contemplaban su libertad sino su anexión.

De manera contraria a la ley del suelo, Bolívar invadió con una fuerza armada el territorio de Guayaquil el 11 de julio de 1822 y ordenó el cese de la administración de la Junta de Gobierno el 13 de julio, asumiendo para sí la administración de la provincia, a la que en seguida procedió a anexar a la República de Colombia de la que él era presidente.

Cuando holló el suelo de los guayaquileños, Bolívar también holló sus derechos. Aquí no libertó, pues ocurrió lo contrario: aquí Bolívar ocupó y coartó la libertad de decisión de una comunidad republicana y autogobernada desde octubre de 1820. 

Simón Bolívar fue el Libertador en muchas partes (incluso en Cuenca y Quito), pero no lo fue en Guayaquil. 

Contra Bolívar

13 de diciembre de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 13 de diciembre de 2024.

Lo mandatorio, lo habitual, lo cómodo: idolatrar a Bolívar. Lo raro es contar la historia de lo que hizo en Guayaquil. Éramos una república independiente y Bolívar acabó con ello.

El pueblo de Guayaquil alcanzó su independencia del Reino de España en una sola jornada, el 9 de octubre de 1820. La parte militar se ejecutó en la madrugada, la parte civil se resolvió en la mañana. El acta de aquel glorioso día reconoció al 9 de octubre de 1820 como el día “primero de su independencia”. Se nombró como primer Jefe Político de esta ciudad a un poeta que había sido diputado a las Cortes de Cádiz, el ilustre guayaquileño José Joaquín Olmedo, que entonces contaba 40 años.

El 8 de noviembre de 1820 se reunió un Colegio Electoral al que asistieron 57 representantes, venidos de 27 pueblos de la provincia de Guayaquil, a fin de dictar un cuerpo jurídico (al que llamaron “Reglamento Provisorio de Gobierno”) que desde el día en que fue aprobado, el 11 de noviembre de 1820, reguló el autogobierno de la Provincia Libre de Guayaquil. 

Este instrumento, al que José Joaquín Olmedo llamó “Constitución provisoria”, decía en su artículo 2 que la provincia de Guayaquil “se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur”.  

En Guayaquil se había fijado la fecha para la decisión sobre su futuro. La reunión de un nuevo Colegio Electoral se iba a realizar el 28 de julio de 1822. Aquel día, los representantes de la provincia se iban a pronunciar acerca de su unión a una “grande asociación” (o también: mantener la provincia autónoma, como le corresponde a una decisión tomada con “entera libertad”), como lo autorizaba el artículo 2 del Reglamento Provisorio.

Pero unos días antes de esa fecha llegó a Guayaquil el presidente de Colombia, el general Simón Bolívar (por vez primera; vendría tres veces más, en 1823, 1826 y 1829) acompañado de 1.300 soldados. Fue el 11 de julio. Dos días después, el presidente Bolívar, a través de su secretario, José Gabriel Pérez, le mandó a decir a la Junta de Gobierno presidida por Olmedo que su trabajo había concluido, que él era ahora quien estaba al mando. Por sus pistolas.

Todos los integrantes de la Junta de Gobierno, y otras 200 personas, abandonaron Guayaquil rumbo al Perú. Bolívar se entrevistó en Guayaquil con el general José de San Martín el 26 y 27 de julio, cuando Guayaquil ya era colombiana (a San Martín lo recibió un arco en el muelle que decía “Bienvenido a Colombia”). El 28 de julio de 1822 se terminó por reunir el Colegio Electoral, pero estaba muy claro que no iba a reunirse para desairar al hombre que estaba al mando de la ciudad (era imposible olvidar que lo acompañaban 1.300 soldados). Tres días después, el Colegio Electoral se pronunció por la anexión de Guayaquil a la República de Colombia.

Guayaquil, como la república independiente que fue por 642 días, tenía un gobierno propio y la posibilidad de decidir si quería (o no) unirse a una “grande asociación”. Pero llegó Bolívar acompañado de sus soldados y decidió por los guayaquileños. Se impuso por la fuerza, manu militari, como un vil dictador.

Como guayaquileño, es motivo suficiente para repudiarlo.

Los reveses de 1809

6 de diciembre de 2024

 A Quito en su (falso) día de fundación

En una de las acepciones (la cuarta) del diccionario de la Real Academia Española, el término “revés” se asocia con el fracaso. Siendo así, es fácil reconocer a la revolución de agosto de 1809 como un revés. Esto, porque la revolución de 1809 se hizo por la autonomía de Quito, para convertir el territorio de su audiencia en uno que se autogobierne (desde una perspectiva administrativa, dejando de ser Quito la cabeza de una audiencia subordinada para pasar a ser la cabeza de una capitanía general, a la usanza de Caracas o Santiago de Chile). Y Quito no lo consiguió.

Con su experimento agostino de autogobierno, Quito, capital de la provincia homónima, buscó imponer una primacía administrativa sobre sus provincias vecinas, a la sazón, Popayán, Guayaquil y Cuenca. Por la fuerza, en seguida todas estas provincias vecinas rechazaron la propuesta de una Quito primus inter pares. 

La revolución de Quito fracasó pronto. El 24 de octubre de 1809 se le devolvió el poder a quien se lo había usurpado. Pero las peores consecuencias ocurrieron después. Las tropas que llegaron y se establecieron en Quito por petición del gobernador de la provincia de Guayaquil (venidas desde la lejana Lima), actuaron de manera brutal el 2 de agosto de 1810 y mataron a la mayoría de cabecillas de la revolución.

Todo mal: total rechazo a su propuesta, muerte de los héroes, y para peor, ni siquiera se buscó la independencia (que es por lo que se recuerda -o debo decir: se quiere recordar- este episodio). 

La primera acepción del Diccionario de la Academia Española del término “revés” es “parte opuesta de algo”. Y esto ha sido más difícil de verlo, pero lo opuesto a la revolución de Quito de 1809 es la revolución de Guayaquil de 1820.

Esto, porque por oposición a lo ocurrido en 1809, la revolución de octubre de 1820 sí fue independentista y republicana. No buscó un cambio de jerarquía dentro de la monarquía, como se hizo en Quito, pues dejó aclarado en el acta del 9 de octubre que Guayaquil había “declarado la independencia, por el voto general del pueblo”. Y pasó que la ruptura con el régimen monárquico implicó asumir un régimen republicano, lo que se refrendó en el Reglamento Provisorio de Gobierno, aprobado por un Colegio Electoral el 11 de noviembre de 1820. 

Además, un dato importante: la revolución de Guayaquil fue exitosa. A diferencia de Cuenca, que volvió a caer en manos de los españoles (ni hablar de Quito, que fue enteramente española estos años), durante el proceso de independencia entre 1820 y 1822 Guayaquil se mantuvo independiente. Y Guayaquil no propuso imponer una primacía; por el contrario, se propuso la liberación de las provincias vecinas.

“Cuando nos propusimos ser libres”, se puede leer en la proclama del 9 de junio de 1822 dirigida a los conciudadanos de Guayaquil, “no podíamos dejar gemir en la opresión a los pueblos que nos rodeaban”. Así fue que Guayaquil empeñó recursos y personas para satisfacer el noble propósito de liberar a otros en desgracia. Y como se puede leer en esta proclama de junio de 1822 suscrita por Olmedo, Ximena y Roca, integrantes de la Junta de Gobierno de Guayaquil: “Quito es ya libre: vuestros votos están cumplidos”.

Generosa, Guayaquil.  

El 8 de noviembre

8 de noviembre de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 8 de noviembre de 2024.

El 26 de octubre de 1821 la Junta de Gobierno de Guayaquil, compuesta por José Joaquín Olmedo, Rafael Ximena y Francisco María Roca, emitió un decreto por el que ordenó que, en la provincia de Guayaquil, se celebren todos los 8 de noviembre. En el decreto de la Junta de Gobierno se explicitaba una clara razón.

“Después de proclamada nuestra independencia no podíamos llamarnos libres”, indicaba este decreto de 1821, hasta que “pudo reunirse la representación de la Provincia, que es el más precioso de los derechos sociales, y el privilegio más noble de los pueblos libres. Este memorable día fue el 8 de Noviembre de 1820”.

Así, para la Junta de Gobierno presidida por Olmedo, el 8 de noviembre era el día de la libertad porque fue en ese día de 1820 que se reunieron en un Colegio Electoral, en la ciudad de Guayaquil, cincuenta y siete representantes de veintisiete pueblos de la provincia de Guayaquil, que era un territorio de alrededor de 50.000 kilómetros cuadrados y 70.000 habitantes.  

En el decreto de 1821 se recuerda que aquel 8 de noviembre que se reunió la representación de la provincia en el Colegio Electoral, “por primera vez pronunció libremente su voluntad el pueblo de Guayaquil, y puso los cimientos de su voluntad política”.

Los cimientos de la voluntad política puestos por este órgano representativo, reunido entre el miércoles 8 y el sábado 11 de noviembre de 1820, fueron el nombramiento de Olmedo, Ximena y Roca para integrar la Junta de Gobierno y la aprobación del Reglamento Provisorio de Gobierno para la administración de la Provincia Libre de Guayaquil. 

El Reglamento Provisorio de Gobierno estableció en su artículo primero que la provincia “es libre e independiente” y que “su gobierno es electivo”. Es decir, rompió con el gobierno monárquico que había imperado por siglos para instaurar un gobierno republicano, pues la soberanía empezó a residir en el pueblo (de allí el carácter electivo de sus gobernantes) y se estableció una división de los poderes del Estado.   

Esta división de los poderes tomó la siguiente forma: el poder ejecutivo debía conformarse por “tres individuos elegidos por los Electores de los Pueblos” con atribuciones para resolver “en todo lo gubernativo y económico de la administración pública” (Arts. 4 y 5). Estos tres individuos fueron Olmedo, Ximena y Roca. 

Se estableció una “representación provincial”, como lo fue el Colegio Electoral que dictó el Reglamento Provisorio, que “se convocará por el Gobierno cada dos años en el mes de octubre, o antes si la necesidad lo exigiese” (Art. 19). Y también un poder judicial, para administrar “justicia en lo civil y criminal”, compuesto por jueces de primera y de segunda instancia (Arts. 11 al 13). 

Asimismo, se creó una milicia para liberar los otros territorios de la Audiencia de Quito (Arts. 8 al 10).

El decreto de 1821 ordenaba que todo 8 de noviembre sea “celebrado en la Capital y en todos los pueblos de la provincia” con “una misa de acción de gracias al Ser Supremo”, con “salva general, repique, e iluminación”, y con esta inscripción en la Sala Capitular, escrita en grandes caracteres: “Guayaquil independiente en 9 de octubre : Guayaquil libre el 8 de noviembre de 1820”. 

La celeste y blanco

6 de octubre de 2023

Este 9 de octubre conmemoramos el aniversario del día en que Guayaquil se independizó de España, siendo la primera ciudad que se declaró independiente de las que conformaron el Ecuador en 1830 (pues el 10 de agosto de 1809 en Quito no fue independentista, fue autonomista; no trató de romper con España, fue un reacomodo en ella). 

El 9 de octubre de 1820, tras una revuelta que duró una madrugada y su amanecer, las autoridades reunidas en el Cabildo de Guayaquil firmaron un acta que de forma inequívoca expresó que se había “declarado la independencia, por el voto general del pueblo”. La bandera que representó este momento fue de colores celeste y blanco. 

En seguida, el 8 de noviembre se reunió un Colegio Electoral compuesto por 57 representantes de la provincia de Guayaquil. Tras tres días de sesiones ellos dictaron un “Reglamento Provisorio de Gobierno”, en el que se afirmó que la provincia de Guayaquil se encontraba en “entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga” en la América del Sur. Para Olmedo, este 8 de noviembre que se reunieron los 57 representantes fue el día de la libertad de Guayaquil. Ese día flameó, de seguro, la celeste y blanco.

Pero Bolívar la mandó a arriar, cuando en julio de 1822 entró a Guayaquil acompañado de un ejército de “bravos colombianos” para sumarla manu militari como el extremo Sur de la República de Colombia. Durante 1822 y 1830, Quito, Cuenca y la violentada Guayaquil fueron colombianos. Se los llamó “Distrito del Sur” y, de manera casi invariable, fueron gobernados como un territorio de ocupación militar (con estado de excepción y hombre de armas al mando).

Cuando en 1830 ese Distrito del Sur se separó de Colombia, se abandonó la sujeción a un centro colombiano (Bogotá) pero no se ganó una plena autonomía. Bolívar lo entendió bien, cuando escribió que los ecuatorianos “todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también”. Y Bolívar también vio claramente que aquella dominación extranjera sobre el Ecuador iba a ser temporal: “esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país’. Y así ocurrió.

Como lo hizo el polemista Roberto Leví Castillo, bien se podría hablar de unos años de “ocupación grancolombiana” del Ecuador entre 1822 y 1845. Ello tiene sentido, dado que tantos extranjeros gobernaron: un venezolano fue su Presidente como por diez años, hubo una pléyade de ministros de todas partes, y lo más importante, tuvieron los extranjeros el control, tanto por su alto mando como por su elemental composición, del Ejército. (En un país paupérrimo, allí estaba la plata.)

A esta “ocupación grancolombiana” la quebró la revolución del 6 de marzo de 1845, capitaneada en lo militar por el general guayaquileño Antonio Elizalde y dirigida en lo civil por un triunvirato compuesto por los guayaquileños Olmedo, Noboa y Roca. Como se dice en su Acta, la revolución marcista se hizo para vindicar “el honor y dignidad de este país, humillado por algunos años bajo el yugo extraño de un poder absoluto”.

Y aquel día de verdadera autonomía para el Ecuador, volvió a ondear la libertaria bandera celeste y blanco.

Escobedo, corrupto y traidor

27 de mayo de 2022

 

            Publicado en diario Expreso el 27 de mayo de 2022.

 

Se puede decir que la guayaquileña calle Escobedo recuerda a un tipo que, siendo el capitán de una compañía de un batallón realista, aceptó un pago para apoyar una revolución contra la Monarquía tras la cual se convirtió en el Jefe Militar de Guayaquil y, en tal condición, abusó de sus facultades y de los recursos públicos hasta que fue expulsado de la ciudad por corrupto y por traidor. Así las cosas, la calle Escobedo resulta un homenaje que Guayaquil le rinde a la corrupción y la traición.

 

El militar peruano Gregorio Escobedo había sido un defensor de la Monarquía hasta antes de la revolución de octubre, pero un pago oportuno lo persuadió de apoyar a los revolucionarios. Triunfante la casi incruenta revolución el 9 de octubre de 1820, el militar Escobedo fue ascendido a coronel y ocupó el cargo de Jefe Militar de la ciudad. El Cabildo lo escogió Presidente de la Junta de Gobierno y Jefe Civil de Guayaquil a José Joaquín de Olmedo, pero él renunció a los seis días por la conducta que había demostrado el Jefe Militar. Tras su renuncia, el Cabildo lo escogió a Escobedo en reemplazo de Olmedo. Por unos días de octubre y noviembre de 1820, Escobedo reunió en sí la jefatura militar y civil de Guayaquil.

 

José Joaquín de Olmedo denunció la conducta del peruano Escobedo al general José de San Martín, que entonces se encontraba en el Perú. En carta del 22 de noviembre de 1820, Olmedo le explicó la conducta abusiva y corrupta de Escobedo en Guayaquil, pues desde el primer día Escobedo metió presos ‘a todos los europeos sin distinción, y encerrándolos en un pontón estrecho, se echó sobre sus bienes, los cuales no entraron en los fondos públicos. Más de ochenta europeos fueron remitidos al Chocó, y sus propiedades ocupadas han desaparecido’. Por el desvío de los recursos públicos que hizo Escobedo, le decía Olmedo a San Martín: ‘La escasez de nuestro erario merece el nombre de verdadera miseria…’.

 

Olmedo también le denunció al general San Martín que era Escobedo un traidor a la causa de los americanos, por haber ‘conspirado contra este país [Guayaquil], preparando la fuerza armada para atacar la Representación de la Provincia. […] Se decía que no era el amor de la Patria ni de la Independencia el que había hecho tomar una parte activa en la transformación de este país, y sí sólo la sed de atesorar, la ambición de mando, y el ansia de salir del estado miserable a que le había reducido su conducta anterior’. Esta era una alusión velada de Olmedo a la participación de Escobedo en la revolución motivado por un incentivo puramente material.

 

Olmedo no se dejó y actuó. Él logró que se convoque a un Colegio Electoral de los representantes de la provincia de Guayaquil (una jurisdicción costera que abarcaba de Manabí a El Oro y que contaba con 57 representantes) el que, reunido del 8 al 11 de noviembre de 1820, adoptó el Reglamento Provisorio de Guayaquil y creó una Segunda Junta de Gobierno que reemplazó a Escobedo por Olmedo como Presidente de la Junta de Gobierno. Escobedo fue inmediatamente apresado y exiliado a Chile. Nunca más volvió a pisar Guayaquil.

 

Nacido en Arequipa el 9 de mayo de 1795, Gregorio Escobedo encontró la muerte en Cusco, el año 1836.

Contra Escobedo

20 de noviembre de 2020


El militar peruano Gregorio Escobedo había sido un defensor de la Monarquía Católica hasta antes del 9 de octubre, pero la fortuna de la familia Roca enturbió sus (muchas o pocas) convicciones realistas. Arreglado él, y triunfante la revolución del 9 de octubre, Escobedo buscó un puesto en el emergente gobierno republicano, el que le fue concedido: desde el día uno de la independencia, ocupó el cargo de Jefe Militar de la ciudad. Y tras la renuncia de José Joaquín de Olmedo, a los seis días de haber sido él designado Jefe Civil de Guayaquil, el Cabildo lo nombró a Escobedo el Presidente de la primera Junta Superior de Gobierno que tuvo Guayaquil, que también integraron Vicente Espantoso y Rafael Ximena. Así, por algunos días de octubre y noviembre de 1820, Gregorio Escobedo resumió en sí la jefatura militar y civil de Guayaquil. Y, tipo corrupto como era, lo aprovechó en beneficio personal. 

 

En una carta que J. J. Olmedo le dirigió al general José de San Martín fechada el 22 de noviembre de 1820, Olmedo indicó la situación provocada por el corrupto Escobedo, pues ‘habiendo preso, desde el primer día, a todos los europeos sin distinción, y encerrándolos en un pontón estrecho, se echó sobre sus bienes, los cuales no entraron en los fondos públicos. Más de ochenta europeos fueron remitidos al Chocó, y sus propiedades ocupadas han desaparecido’. Y que por la ‘mala versación que ha hecho de los caudales públicos el mismo Escobedo, nos tiene en los mayores apuros [] La escasez de nuestro erario merece el nombre de verdadera miseria…’.*

 

Y en esa misma carta, J. J. Olmedo le explicó a San Martín que el militar peruano Gregorio Escobedo era, para peor, un traidor a la causa de los americanos:

 

La principal acusación consistía en haber Escobedo conspirado contra este país, preparando la fuerza armada para atacar la Representación de la Provincia. [] Se decía que no era el amor de la Patria ni de la Independencia el que había hecho tomar una parte activa en la transformación de este país, y sí sólo la sed de atesorar, la ambición de mando, y el ansia de salir del estado miserable a que le había reducido su conducta anterior. […] En mi concepto, el crimen mayor de un Americano es hacer odiosa la causa de la Patria, y dar ocasión a que los enemigos, los tibios y los indiferentes, levanten el grito contra nosotros, infamen nuestra conducta, declamen contra este general movimiento de América, y atribuyan a la Causa los excesos de los hijos desnaturalizados. No está libre de esta nota el Comandante Escobedo…’.

 

Cuando el 8 de noviembre de 1820 se formó la Segunda Junta de Gobierno de Guayaquil, presidida por Yei Yei Olmedo, el peruano Escobedo fue preso y exiliado a Chile. Él ya nunca más volvió a Guayaquil, pero perdura todavía en ella su memoria: este canalla tiene una calle (va desde la catedral hasta la calle Loja) en el centro de la ciudad.**

 

* Carta al general San Martín, fechada el 22 de noviembre de 1820, en: ‘José Joaquín de Olmedo. Epistolario’, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Editorial J. M. Cajica Jr., Puebla, 1960, pp. 335-338. Todas las citas corresponden a ella.

** En resumidas cuentas, la calle Escobedo recuerda a un tipo que, siendo el capitán de una compañía del batallón Granaderos de Reserva, fue sobornado para apoyar una revolución y luego se sirvió de ella (es decir, abusó de sus recursos) hasta que fue expulsado de la ciudad. Es un homenaje que Guayaquil le rinde a la corrupción y a la traición.

Guayaquil y el modelo que tocó fin

10 de abril de 2020


Publicado en Revista Común el 10 de abril de 2020.

Este 2020 la ciudad de Guayaquil conmemora los 200 años de su independencia del Reino de España. La madrugada del 9 de Octubre de 1820, un grupo de guayaquileños y algunos extranjeros asaltaron los cuarteles de las tropas españolas y apresaron al Gobernador. La asonada inició a las dos de la mañana y concluyó, con éxito, al alba. Según el recuerdo de uno de los extranjeros que participó en ella, el luisianés José de Villamil: “Al aparecer el Sol en todo su brillo por sobre la cordillera, Cordero vino a mí corriendo, y obligándome, sin mucha ceremonia, a dar media vuelta, me dijo: mire Ud. al Sol del Sud de Colombia. ‘A Ud. en gran medida lo debemos’, le dije. Nos abrazamos con ojos húmedos”. 

El Cordero al que alude Villamil en su relato, publicado en Lima en 1867 y titulado ‘Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la provincia de Guayaquil, desde 1813 hasta 1824 inclusive’, es el venezolano León de Febres-Cordero, el verdadero héroe de la revolución del 9 de Octubre. El orgullo de Guayaquil se debe a que una vez que se independizó del Reino de España y pasó a ser una provincia libre y republicana, nunca más volvió a caer en las manos de la Monarquía Católica. En esto se diferenció de Cuenca y de Quito, las otras capitales de las provincias que, junto con la provincia de Guayaquil, terminaron por conformar el Estado del Ecuador en 1830. Cuenca se independizó el 3 de noviembre de 1820, pero fue recapturada por los españoles. A Quito, en cambio, hubo que entrar a liberarla del dominio español, liberación que sucedió tras la batalla del Pichincha, ocurrida el 24 de mayo de 1822 en las faldas del volcán de ese nombre. En la ficción que Guayaquil ha construido sobre su gesta libertaria, la acción de los soldados guayaquileños es decisiva para liberar a la pobre y sometida Quito ese 1822.

La creación de ficciones es la clave para comprender a esta Guayaquil en los tiempos del coronavirus, porque lo ocurrido en esta ciudad a inicios del año 2020 se reconduce a que su ficción fundamental ha explotado, voló por los aires, se convirtió en confeti. Esta ficción es el llamado modelo “exitoso” de desarrollo. Un alcalde que administró esta ciudad por casi veinte años, Jaime Nebot, hizo popular dicha ficción. Era su estribillo.

El problema es que era un simple estribillo, que tenía escasa relación con la realidad. Ahora ya lo sabemos, muy dolorosamente ya lo aprendimos: a una auténtica ciudad “exitosa” no se le muere su gente en las calles.

*

El daño del COVID-19 en Guayaquil ha llamado la atención en el mundo. Por estos días, los titulares son elocuentes: ‘Coronavirus en Ecuador: el drama de Guayaquil, que tiene más muertos por covid-19 que países enteros y lucha a contrarreloj para darles un entierro digno’ (BBC, 1 de abril), ‘Cadáveres en las aceras: ciudad de Ecuador es una horrible advertencia del coronavirus en la región’ (El Nuevo Herald, 2 de abril), o ‘Bodies lie in the streets of Guayaquil, Ecuador, emerging epicenter of the coronavirus in Latin America’ (Washington Post, 3 de abril). Las noticias que recorren el mundo son desgarradoras: se trata de una ciudad desbordada, sin la capacidad sanitaria ni funeraria para tratar a los enfermos ni enterrar a sus muertos. A las imágenes de los cadáveres apiñados en los pisos de los hospitales, unos sobre otros, o de los cadáveres dispersos en las calles de la ciudad (algunos en ataúdes y otros tirados a la maldita sea), ya no se les puede añadir nada. Se hace un nudo en la garganta, ganas de llorar.

Guayaquil parece una zona de guerra, pero de una guerra que se está perdiendo. 

Y esto ocurre porque el “éxito” del modelo de Guayaquil está en otra parte. Su verdadero éxito está en las ganancias del sector de la construcción. (El autor del estribillo, Jaime Nebot, provenía él mismo de ese sector). El año 2013 un informe de expertos de la Corporación Andina de Fomento (CAF) sobre las inundaciones en Guayaquil, elaborado a petición de la Alcaldía de Nebot, arrojó como resultado que el crecimiento horizontal de la ciudad aumenta en seis veces los costos de su construcción, comparados con una estrategia integral propia de “ciudades verdes, inclusivas y sustentables”, estrategia para la que, según estos expertos, “Guayaquil ofrece condiciones inmejorables”. Pero que cueste más, nomás: precisamente, es que de eso se trata.

Así, por este modelo que beneficia a unos pocos, Guayaquil ha crecido como una mancha gris, repleta de cemento y de adoquines. (El adoquín es el objeto fetiche del modelo “exitoso” de desarrollo”.) El informe de la CAF del año 2013 describe muy bien el crecimiento de la ciudad durante estos años de aplicación del modelo: “lotes pequeños para las viviendas, aceras y accesos estrechos, limitadas áreas verdes, y en general una clara tendencia hacia la impermeabilización del suelo urbano”. En este informe se señala, asimismo, la falta de una intervención integral de la alcaldía: “Se observa que el abastecimiento de agua es el primer servicio que se atiende, seguido de alcantarillado sanitario y, finalmente, siguiendo un enfoque tradicional ligado a la instalación exclusivamente de obras de conducción, se atiende al drenaje pluvial”. Este “enfoque tradicional” es el que previene que Guayaquil se convierta en una ciudad “verde, inclusiva y sustentable” (porque ello no le conviene -$$$- a los que instalan “obras de conducción”).

Así también, en este informe de la CAF se advierte de la existencia de un aprovechamiento político de la pobreza en los barrios populares, a diferencia de lo que ocurre en los sectores regularizados de clase media: “Paradójicamente, como en otras ciudades de la región, la expansión de la ciudad irregular ocurre en forma cuasi organizada, generalmente por emprendedores que invaden propiedades privadas –con o sin acuerdo del propietario de la tierra- y con ello activan un mercado sumergido de la tierra urbana que se inicia con la ocupación ilegal de lotes sin servicios básicos de aguas, alcantarillado y drenaje. En algunos países es frecuente que políticos utilicen estos mismos mecanismos que promueven la ocupación informal de la tierra para obtener réditos electorales”. Los expertos de la CAF escogieron sus palabras, porque este informe se lo entregaron en sus manos al alcalde Nebot, pero la obtención de estos “réditos electorales” también ocurre en Guayaquil.

Por la impermeabilización del suelo urbano, el llamado “efecto de isla de calor” eleva la temperatura de Guayaquil en unos 4 ó 5 grados centígrados. Por su crecimiento horizontal, Guayaquil es una ciudad que tiene un tráfico intenso, y mientras más se construye en ella, más intenso se torna. Una ciudad calurosa y traficada, con escasas áreas verdes, sin una atención integral de los servicios básicos y, en el caso de los barrios populares, con un aprovechamiento político de sus necesidades y, en consecuencia, con una satisfacción de ellas a cuentagotas. Si resumimos el modelo “exitoso” en una sola frase, ella sería: “para la mayoría, los servicios llegan tarde, pero para los más pobres, llegarán tarde y mal”.

Así, para un observador imparcial, el hecho de vivir en una ciudad de estas características le haría abrigar unas instantáneas dudas sobre si él está viviendo en una ciudad que merezca el rótulo de “exitosa”. No le ocurre así al guayaquileño: de manera generalizada, el hecho de vivir en una ciudad de esas características no es asociado por él a una mala gestión municipal. Todo lo contrario: la administración del alcalde Nebot, aquel promotor incansable de su estribillo, fue ratificada varias veces en las urnas. Elegido el año 2000, Jaime Nebot fue reelegido en el 2004, 2009 y 2014. Nunca obtuvo menos de la mitad de los votos y siempre obtuvo la mayoría en el concejo municipal. El 2019, el pueblo de Guayaquil eligió a quien Nebot había designado como su sucesora, Cynthia Viteri.

Para explicar el porqué de esta rareza (una ciudad mal hecha, cuya administración cuenta con el aplauso de sus habitantes) se debe acudir a la historia. Hacia el año 1992, Guayaquil había sido devastada por las malas administraciones municipales. En 1984, Guayaquil eligió a Abdalá Bucaram como alcalde, y en 1988, la eligió a Elsa, hermana de Abdalá. Ninguno de los Bucaram terminó su período, y ni ellos ni sus sucesores hicieron un buen trabajo. El saldo de estos ocho años de bucaramato fue asociar la alcaldía de Guayaquil con la ineficacia y la corrupción. El recuerdo que se conserva de este Guayaquil de los Bucaram es el de unas calles llenas de basura y una alcaldía repleta de “pipones” (funcionarios que cobraban un sueldo sin hacer ninguna tarea). Frente a este escenario de terror, en 1992 presentó su candidatura a la alcaldía un expresidente (1984-1988), quien era, además, homónimo del héroe venezolano de tiempos de nuestra independencia de España (descendiente de uno de sus primos): León Febres-Cordero, rico empresario que decía tener, por mejor amigo, a su pistola.

Febres-Cordero se lanzó a la alcaldía de Guayaquil por el Partido Social Cristiano (PSC) ese 1992, y arrasó: obtuvo el 65% de los votos. En un mérito que se le debe reconocer a Febres-Cordero, él empezó un rescate administrativo de la alcaldía: eliminó a los “pipones” y procuró imponer orden en la ciudad, fiel a su estilo, a veces con mano dura. En todo caso, fue él quien inició los 28 años de dominio del PSC que se han vivido en Guayaquil desde 1992: ocho años los gobernó él, entre 1992 y 2000; diecinueve Nebot, entre 2000 y 2019; uno todavía no ha cumplido su sucesora, Cynthia Viteri. Pero este primer año de Viteri, por lo visto, bien podría ser el principio del fin de este dominio.

El porqué se asocia el “éxito” a la administración del PSC en Guayaquil requiere algunas explicaciones. Una primera es que, durante demasiados años, las alcaldías socialcristianas construyeron su imagen por contraste a las alcaldías de los Bucaram de los años ochenta y de principios de los noventa. El recuerdo de estas alcaldías era tan espantoso (los Bucaram tuvieron casi toda la prensa de Guayaquil en su contra) que la actuación del PSC en el rescate de la ciudad adquirió un estatus de cruzada cívica. Así, todo aquel que se oponía a lo que hacían los alcaldes del PSC en Guayaquil, era considerado como persona contraria a los intereses de la ciudad, un sectario, un aliado de los Bucaram y su aciago recuerdo. Este recurso les funcionó durante toda la administración de Febres-Cordero y la mayor parte de la de Nebot.

Por supuesto, esta aureola de cruzada cívica es importante en el plano simbólico, pero es insuficiente por sí misma: el poder real está en otras partes. El dominio socialcristiano en Guayaquil se ha asentado en mecanismos tales como la cooptación de varios órganos para-municipales (de la Junta Cívica a las distintas autoridades de tránsito), en la creación de un entramado de “fundaciones” encargadas de las obras y de los servicios (de las obras de “regeneración urbana” en el centro a la prestación de los servicios de salud) y en el establecimiento de un sistema de participación de los ciudadanos sometido a un control vertical, con el alcalde en la cúspide. La opacidad en los procedimientos, el silenciamiento de las voces críticas y la discrecionalidad en las decisiones del alcalde son los objetivos de estos mecanismos de control.

Una explicación última, pero imprescindible, es la alianza entre las alcaldías socialcristianas y los medios de comunicación de masas. Esto es particularmente cierto durante el período de Jaime Nebot (Febres-Cordero era mucho más confrontativo con la prensa.) El PSC es un partido de derechas, y a diferencia de los populistas Bucaram, el PSC recibe todo el apoyo del periodismo burgués de Guayaquil, en particular, de la televisora Ecuavisa y del diario El Universo (Ecuarrisa y El Perverso, para los amigos), así como de numerosas radios, todas en el rol de pagos de la alcaldía. Al PSC en Guayaquil, su alianza con los medios de comunicación le lavaba la cara todos los días. De los errores o de las deficiencias de su gestión, nunca se hablaba.

Este es el cóctel de razones por las que en Guayaquil existe un “éxito” que realmente no existe. Pero hemos llegado, justo este 2020, a un episodio de la historia en que esta ficción se ha vuelto insostenible. Los titulares, las noticias, las imágenes de lo que ha ocurrido en Guayaquil por la pandemia del COVID-19 son incontestables. Se ha mostrado la ciudad tal cual es, y el COVID-19 nos obliga a hablar de lo que antes se había callado. Porque, de súbito, en Guayaquil apareció el horror. Y este horror exige respuestas.

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¿Por qué es Guayaquil la ciudad epicentro del coronavirus en América latina, según dice el Washington Post? ¿Por qué nos pasa esto a nosotros? La respuesta no puede ser episódica, tiene que ser estructural: esto ocurre por la forma cómo hemos construido (o permitido que se construya) Guayaquil, gracias a este modelo “exitoso” impuesto por el PSC. Por los efectos de dicho modelo, es que el horror ha aparecido y nos ha golpeado de la manera en que lo ha hecho.

Porque hay algunos defensores del modelo “exitoso” (¡todavía existen!) que sostienen una postura “episódica” en el marco de esta catástrofe, esto es, atribuyéndole la responsabilidad de este triste episodio al viejo y confiable centralismo, en pocas palabras, que la culpa no es del gobierno seccional de Guayaquil, sino del gobierno nacional del Ecuador. Pero aceptar esto es buscar desentenderse de las cifras que construyó el modelo de desarrollo del PSC: esos “lotes pequeños” que describieron los expertos de la CAF en su informe del año 2013 se reconducen a que en Guayaquil el 20.70% de los hogares vivan en hacinamiento, mientras que esa cifra en Quito es del 8.25% y en Cuenca, del 9.61%. La forma en que se ha construido la ciudad (resumida, líneas arriba, como: “para la mayoría, los servicios llegan tarde, pero para los más pobres, llegarán tarde y mal”) tiene su correlato en una situación de pobreza generalizada: en Guayaquil el 41.45% de sus hogares tiene, al menos, una necesidad básica no satisfecha, lo que en Quito es el 22.17% y en Cuenca, el 19.69%. En el hacinamiento y la pobreza están dos claves para comprender el daño que ha causado el COVID-19 en Guayaquil.

Parece innegable que aquel que quiera descargar las culpas del daño hecho a Guayaquil por las alcaldías del PSC en el gobierno nacional, o es tonto, o se hace mucho el tonto. Porque es querer sostener una ficción de “éxito”, contra toda evidencia. Incluida la evidencia de los muertos por esta pandemia.

Pero Guayaquil es una ciudad que ha malvivido de ficciones. En la redacción de su historia independentista, que viene a cuento por la celebración del bicentenario este 2020, todavía en Guayaquil se mantiene la ficción de que su lucha por independizar a las provincias de Cuenca y de Quito sólo conoció el heroísmo hasta la liberación de esta última. Así se lo relata, por ejemplo, en los libros de historia financiados durante la alcaldía de Guayaquil de Jaime Nebot como “Historia de Guayaquil”, publicado el año 2008.

Porque en los hechos, la historia es muy diferente a cómo la han escrito en ese libro. Muy a vuelo de pájaro: en los tiempos de la independencia, en Guayaquil hubo traidores, como el Jefe Militar Gregorio Escobedo, y hubo persecuciones, como la que se emprendió en contra del militar venezolano Febres-Cordero porque a pesar de ser él (como lo reconoció Villamil) el “alma de la revolución”, debido a la derrota de las tropas guayaquileñas en la batalla de Huachi en noviembre de 1820 se lo sometió a juicio y a vejaciones, por las que él abandonó la provincia decepcionado por el trato dispensado (luego volvería, pero se iría definitivamente a Venezuela en 1833).

También hubo la defección de uno de los dos batallones que componían las tropas de Guayaquil, el que actuó en contra de su independencia en la llamada “Contrarrevolución de las lanchas” ocurrida el 17 de julio de 1821, y más adelante (en 1826, cuando éramos parte de Colombia), la proclamación de la dictadura de Simón Bolívar por el concejo municipal. Pero en el libro que editó la alcaldía el año 2008 para contarnos una historia de Guayaquil a su medida (hay que ver lo laudatorios que se ponen sus autores cuando les llega el momento de hablar de las alcaldías de Febres-Cordero y Nebot, es el clímax) todos estos hechos son omitidos o distorsionados, en aras de sostener su ficción súper-heroica. El bicentenario debería ser una ocasión para repensar y reescribir todos estos hechos, con una investigación rigurosa y a fondo.

Pero mucho más grave que los desvaríos de nuestra historia, como digo, es el haber permitido que se mantenga la ficción del modelo “exitoso” de desarrollo. En Guayaquil hemos sostenido, con aplausos, un modelo que nos ha hecho mucho daño. Hemos hecho del que era un fresco puerto tropical surcado por brazos de mar (como una “Ámsterdam del Pacífico”, la lisonjeaba Bolívar) un sitio caluroso, traficado, con escasas áreas verdes y una prestación deficiente de los servicios básicos, propensa a las inundaciones (Guayaquil, según un estudio de la revista Nature Change publicado el año 2013, es la cuarta ciudad en el mundo con el estimado más alto de pérdidas económicas anuales por inundaciones causadas por la elevación del nivel del mar, de entre 136 ciudades costeras sometidas a análisis –y casi nada se ha hecho al respecto), pero por sobre todo, una ciudad que se ha construido en beneficio de los sectores regularizados de su clase media y en perjuicio de una enorme masa de desposeídos, que viven en situación de hacinamiento y de pobreza, sobreviviendo al día, es decir, librados a la maldita sea, como ciudadanos de segunda clase en su propia ciudad. Esto es lo de fondo en Guayaquil: esta es la desigualdad cruel que está causando tantos muertos en los tiempos del coronavirus.

En Guayaquil, la ficción de su “éxito” ha tocado fin. El conteo de sus muertos, todavía no. Y, lamentablemente, en una ciudad tan mal hecha (he concluido este artículo la tarde del 8 de abril), no estamos ni cerca.