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El invierno de Campoverano

15 de marzo de 2025

La canciller Gabriela Sommerfeld no atina una. Ella organizó una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno en Cuenca (la vigésimo novena) y pensó que iba a tener una asistencia pobre, de apenas 11 jefes de Estado y de Gobierno. Esto ya estaba mal, porque se proyectaba la más baja asistencia a una cumbre iberoamericana desde su creación el año 1991. 

Pero fue mucho peor. No vino es nadie. Apenas un tocayo de ese garito llamado Andorra y el decorativo rey español. Pero de América, nadie. Total ninguneo. Sommerfeld quedó para la risa.

Pero ahí sigue ella, gestionando (¿gestionando?) las relaciones diplomáticas, con su look de villana de caricatura. Y su sordera.

Hablemos de inutilidad, Sommerfeld. Mejor tómate un Aerogal rumbo al olvido.

Sobre la burocracia capitalina

10 de agosto de 2019


El autor

F. Hassaurek opinó sobre los serranos:

“No se espera que ellos cumplan una promesa que sería inconveniente mantenerla. A menudo se necesita tener buena fe, especialmente en asuntos de dinero. La gente no tiene buenas costumbres comerciales, especialmente en la Sierra, donde hay muy poco comercio. Es muy difícil convencerles de que hagan algo rápido y completamente concluido. Son gente llena de atrasos y dilaciones, al tiempo que son demasiado bienintencionados, agradables y corteses” (Cuatro años entre los ecuatorianos, pp. 124-5).

La descripción hecha por Friedrich Hassaurek, representante diplomático de los Estados Unidos de América, data de los años 1861-1865, pero se ajusta muy bien a la disposición mental del actual burócrata capitalino, salvedad hecha de esos ocasionales malhumorados que, no es que sean más eficaces que los que sí son corteses, sino que simplemente han perdido el grato hábito de la cortesía. 

Es decir, todo lo que puede ser valer verga como servidor público.

Idea de Brasil

2 de junio de 2019


Este mosaico, sito en la intersección de las guayaquileñas calles Brasil y Eloy Alfaro, recuerda una grave pérdida territorial: cuando nació a la vida como Estado independiente, en septiembre de 1.830, el Estado ecuatoriano limitaba con Colombia al Norte, Perú al Sur, Brasil al Este y el Océano Pacífico al Oeste. Arroyo del Río recordaba en un libro en el que buscó mitigar la responsabilidad por sus acciones durante los años ‘41 y ‘42, que “el único con el cual no hemos perdido territorio, lo repetimos, ha sido el último, quizás por ser ‘pacífico’”*. Chan.


Con el Brasil dejamos de tener frontera hace más de 100 años, cuando la firma del tratado “Muñoz Vernaza-Suárez” en Santa Fe de Bogotá el 15 de julio de 1.916, entre el representante ecuatoriano, el cuencano Alberto Muñoz Vernaza (1.860-1.941) y el representante colombiano, el antioqueño Marco Fidel Suárez (1.855-1.927), quien luego fuera Presidente de su país entre 1918 y 1921.

Culpas compartidas: el Congreso ecuatoriano ratificó este tratado “Muñoz Vernaza-Suárez” en septiembre de 1916, con el respaldo de la Junta Patriótica Nacional y de la Junta Consultiva de Relaciones Exteriores. Suscrito durante la Presidencia de Leonidas Plaza Gutiérrez, se lo canjeó en Bogotá el 26 de enero de 1917 ya durante la Presidencia de Alfredo Baquerizo Moreno. Por este tratado internacional, el Ecuador le cedió a Colombia unos buenos 186.600 kilómetros cuadrados de su territorio, a cambio de… nada. Luego, Colombia usó este nuevo y gratuito territorio en sus negociaciones con el Perú, de resultas de lo cual tras la firma del tratado “Salomón-Lozano” entre estos dos países el 24 de marzo de 1.922, terminó el Ecuador limitando al Sur, al Este, e incluso por el Norte con el Perú, en una frontera envolvente que reemplazó del todo a nuestra antigua vecindad con el Brasil. Un cuarto de siglo después, perderíamos otros buenos 278.000 kilómetros cuadrados tras la firma del Protocolo de Río de Janeiro en enero de 1942, que no es otra cosa sino el avance hacia el Oeste por el Perú de la frontera fijada en el tratado “Salomón-Lozano”.

Así las cosas, fuimos unos torpes demiurgos de nuestro propio desastre. O dicho de otra manera, más llana: en la geopolítica de la región, fuimos unos vulgares pelotudos.

La fantasía comienza aquí [1563].

La cesión territorial a Colombia [1916].

El reparto entre Colombia y Perú [1922].


Por cierto que resultan también chistosas, por su enorme dosis de randomness, las alusiones raciales hechas en este mosaico: “Un 11% de negros. Verdadera ‘democracia racial’, pues hay también indios. Eso podría ser autárquica” (?).

* Arroyo del Río, Carlos Alberto, ‘Por la pendiente del sacrificio’, Banco Central del Ecuador, Quito, 1999, p. 139. Los mapas son de esta obra.

Los orígenes: un Estado débil y derrotado

21 de mayo de 2019


En su origen, el Estado ecuatoriano fue un Estado muy débil, incapaz de afirmarse a sí mismo. Así lo sancionó su primera Constitución, cuyo artículo 2 declaraba sin pena: “El Estado del Ecuador se une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre República de Colombia” (?). Recién se afirmó como una “República del Ecuador” por sí misma en 1835, tras la Convención de Ambato.

En el reparto histórico de los Estados Sudamericanos, la historia del Ecuador es la de un actor secundario. Su momento más relevante en los tiempos de la independencia fue ser un espacio decisivo en la biografía de los dos libertadores sudamericanos, Simón Bolívar y José de San Martín, dado su fugaz encuentro y entrevista en Guayaquil. La Batalla del Pichincha es otro momento relevante, aunque no haya sido tanto para libertar a Quito como para incorporar su territorio al diseño que Simón Bolívar había dispuesto para los territorios al Sur de la República de Colombia en la Constitución de Cúcuta del año 1.821 (cuando Quito era aún una ciudad sólidamente española).

La secesión del “Estado del Ecuador” en 1.830 aprovechó un momento de debilidad de la República de Colombia. En 1.830, este enorme territorio de origen bolivariano de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados y con salida a los dos océanos se empezó a desintegrar: por el Atlántico, emergió de su “Distrito del Norte” y de la mano del general venezolano Páez, la que sería Venezuela, mientras que por el Pacífico apareció el nuevo “Estado del Ecuador” de la mano del general venezolano Flores, en lo que fue el “Distrito del Sur” de Colombia (efectivo entre 1822 y 1830), compuesto por las antiguas provincias de Quito, Guayaquil y Cuenca, las que durante el período colombiano de casi ocho años se empezaron a conocer como “Departamentos”, divididos en provincias (fue cuando se creó la provincia de Manabí para integrar el Departamento de Guayaquil).*

El Primer presidente del Ecuador, el general venezolano Juan José Flores, intentó que varias provincias que habían integrado la Audiencia de Quito cuando fuimos parte del Reino de España (y que después integraron el “Distrito del Centro” cuando la “Gran Colombia”) se integren al territorio de este naciente Estado del Ecuador. En 1.831, el primer Congreso del Ecuador contó con representantes nombrados por las provincias de Buenaventura, Pasto y Popayán, hoy sólidamente colombianas. Pero el intento del General Flores no pudo sostenerse en el tiempo.

Primero, al General Juan José Flores lo traicionaron los caudillos colombianos José María Obando y José Hilario López, quienes lo habían atraído a este conflicto. Después lo traicionó su propio ejército: el Batallón Quito, a cargo del Comandante ecuatoriano Ignacio Sáenz, se pasó con sus 200 soldados al bando colombiano. También otros batallones se le sublevaron, pues no habían sido debidamente pagados, como el caso del Batallón Flores en Latacunga.

En general, la situación ad portas de enfrentar una guerra era lamentable. Cuando el General Flores regresó al campo de batalla en Pasto, después de obtener en Guayaquil un empréstito de 30.000 pesos para sostener la guerra, advirtió que el éxito era imposible en condiciones tan adversas. El General tenía ya cuatro batallones perdidos, y eso que aún no empezaba a guerrear. Unas escaramuzas después, en octubre de 1.832, el General Flores se avino a un armisticio con el Gobierno colombiano.

La aventura expansionista ecuatoriana concluyó pronto y mal. El 8 de diciembre de 1.832 el Gobierno del Ecuador fue orillado a firmar con el Gobierno de Colombia el “Tratado de Paz, Amistad y Alianza entre la Nueva Granada y Ecuador” (conocido como “Tratado de Pasto”), por el que los ecuatorianos accedimos a perder para siempre todos los territorios al norte del Río Carchi, o lo que es lo mismo, perder toda el área de influencia de la antigua provincia de Quito al norte de dicho río, a cambio de que Colombia reconozca la existencia del Estado ecuatoriano como su frontera al Sur. Este “Tratado de Paz, Amistad y Alianza entre la Nueva Granada y Ecuador” fue ratificado por la Convención Nacional reunida en Ambato en 1835, la misma que aprobó nuestra segunda Constitución y que adoptó por primera vez el nombre “República del Ecuador” (a sabiendas de que Colombia –entonces “Nueva Granada”- ya no lo objetaría).

En pocas palabras, el Estado ecuatoriano nació (tímido y cuasi-colombiano) el año 1.830, se intentó expandir en ese año y el siguiente a fin de sumar a algunas provincias de su área de influencia de los tiempos de la Audiencia de Quito (de las que obtuvo incluso una representación legislativa para el primer Congreso ecuatoriano en 1.831), lo que generó los reclamos de su país vecino… Y, aunque haya intentado resistirlo, finalmente el vecino del Norte se bajó al Ecuador por la fuerza y obtuvo lo que le reclamaba: las provincias que formaron parte del “Distrito del Centro”, las que pasaron en adelante a formar parte de la nueva “República de Nueva Granada” (así llamada por su Constitución de 1.832, ya sin pertenecer a ella los antiguos Distritos del Norte y el Sur, esto es, ni Venezuela ni Ecuador).

El saldo de este trienio inicial para el Estado ecuatoriano es que el país resultó incapaz de sostener con las armas su pretensión de recomponer el área de influencia que tenía la provincia de Quito durante la época de su pertenencia a España.

Para la vecina Colombia, por su parte, fue hacer respetar sus leyes internas adoptadas durante los inicios de su período republicano. Ella se sintió afectada en su integridad territorial y se impuso por la fuerza, por lo que obligó al naciente Ecuador a renunciar a su aspiración de reconstituir su territorio de tiempos coloniales. Como destacó un historiador colombiano, por el “Tratado de Pasto” de 1.832 “no le concedió” al Ecuador “ninguno de los territorios por los cuales había movilizado importantes recursos militares y diplomáticos”**

Esta es una historia triste para el Ecuador, específicamente para su constitutiva provincia norteña de Quito: los gazapos militares que amagó en tiempos de la temprana República se saldaron con rotundos fracasos y pérdidas territoriales. 

* Los departamentos y sus subdivisiones fueron creados por la Ley de División Territorial colombiana de junio de 1824. Los Departamentos se dividían en Provincias, las que a su vez se subdividían en cantones. Del nuevo Departamento de Guayaquil se desgajó a la Provincia de Manabí por la citada Ley de 1824, provincia que sumada a la de Guayaquil fueron las dos que conformaron el Departamento. Por esa misma Ley, la Provincia de Guayaquil se subdividió en seis cantones: Guayaquil, Daule, Babahoyo, Baba, Punta de Santa Elena y Machala. Fueron esos mismos seis cantones los que estuvieron en el nacimiento del Estado ecuatoriano. La división territorial por Departamentos se mantuvo hasta nuestra séptima Constitución, adoptada el año 1.861 durante el primer período de Gobierno de Gabriel García Moreno.
** Citado en: Uribe Mosquera, Tomás, ‘Afirmación autoidentitaria y conflicto en la era republicana temprana’, p. 176.

El Embajador Bloomfield y la República del Ecuador

19 de mayo de 2019


El Gobierno del demócrata Jimmy Carter (Plains, 1.924), Presidente de los Estados Unidos de América entre 1.977 y 1.981, mantuvo como Embajador de su país en la República del Ecuador a Richard J. Bloomfield (1.927-2.011), designado durante el Gobierno del republicano Gerald Ford (1.913-2.006) el año 1.976. El 10 de enero de 1.978, el Embajador Bloomfield escribió un cable muy sabroso sobre la política de los Estados Unidos de América de cara al retorno del Ecuador a la democracia, que demuestra la pequeñez de nuestras élites políticas y económicas.

En ese cable del 10 de enero, Bloomfield informó a su país que, de cara al referéndum constitucional del 15 de enero de 1.978, los actores políticos ecuatorianos discutieron cuatro alternativas: la perpetuación del gobierno militar a través de un “auto-golpe”, la interposición de una Presidencia provisional, la convocatoria a una Asamblea Constituyente, o el uso de algún subterfugio para descalificar a Bucaram. La reacción de los Estados Unidos, decía Richard J. Bloomfield, debía motivarse según si la alternativa escogida avanzaba hacia la meta del “gobierno representativo”.

Richard J. Bloomfield, Embajador gringo entre 1.976 y 1.978

La razón de plantearse estas cuatro alternativas era por el temor compartido por todos los actores políticos (militares, élites económicas de Quito y Guayaquil, partidos políticos) frente a la posibilidad de que el retorno a la democracia conduzca a unas elecciones en las que el pueblo elija a Assad Bucaram, líder populista de Guayaquil. Como lo recuerda el Embajador Bloomfield, el golpe militar del año 1.972 se dio para evitar que se realicen unas elecciones en las que pudiera ganar Assad Bucaram. Esta posibilidad real de que, seis años después, se repita ese escenario de terror donde un rústico hijo de libaneses pueda llegar a gobernarlos por el voto popular, era algo que todos los que cortaban el bacalao en el país deseaban evitar. Los hermanaba una rotunda vocación anti-democrática contra Bucaram.

En el apartado “U.S. Policy”, Bloomfield indicó las posibles reacciones de los Estados Unidos de acuerdo con algunas alternativas descritas. En particular, los escenarios que denegaban la participación popular (como el auto-golpe y la Presidencia provisional) tendrían una posible reacción hostil y negativa de los Estados Unidos. Pero en el caso usar algún subterfugio para la descalificación de Bucaram, Bloomfield recomendaba a su país que mantenga una postura “neutral”.

Finalmente, los políticos ecuatorianos en 1.978, acaso cautelosos, optaron por la alternativa que cumplía el doble propósito de satisfacer sus intereses y de no causar problemas al Gobierno de los Estados Unidos de América: se impidió a Assad Bucaram la participación en las elecciones venideras con una cláusula legal claramente abusiva.

Luego pasó que Bucaram se murió el 5 de noviembre de 1.981 obra de un súbito yeyo al wacho, apenas unos meses después del oscuro deceso de su sobrino político Jaime Roldós, el Presidente de la República que Bucaram había apoyado en esas elecciones en las que a él se le impidió participar, muerto en un supuesto accidente de aviación en mayo de ese mismo año. Tras este par de ilustres finados cefepistas del 1.981 (annus horribilis para el CFP) se volvió a barajar el naipe político del país y en este nuevo reparto quedó un serrano bobo de la DP como Presidente para lo restante de ese período (1.981-1.984) para luego pasarle la posta al siguiente hombre fuerte de nuestra política, León Febres-Cordero (1.931-2.008), quien dominó la escena política hasta el advenimiento de Rafael Correa (1.963) en el año 2.006.

Pero esto que pasó después de las muertes de Jaime Roldós (1.940-1.981) y Assad Bucaram (1.916-1.981) en ese aciago año 1.981 ya no lo pudo prever el Embajador norteamericano Richard Bloomfield en su cable de enero de 1.978. Ni verlo tampoco, no por otra razón como por la fundamentalmente práctica de que el Gobierno del Presidente Jimmy Carter lo trasladó a ejercer como su Embajador en Portugal, ese mismo año 1978. Para marzo de aquel año, Bloomfield gozaba ya de los placeres de Lisboa.

Richard J. Bloomfield murió el 22 de noviembre de 2.011 en Belmont, Massachusetts, por complicaciones relacionadas con el Alzheimer. Contaba 84 años. A él, en el tránsito a este período “democrático” que los ecuatorianos vivimos desde el año 1.979, le cupo hacer una descripción precisa de las miserias de nuestra pequeña, miedosa y anti-democrática clase política.

¿Por qué el Presidente Durán-Ballén fue un desastre?

24 de octubre de 2018


Por las siguientes cuatro razones:

I. Fue un desastre en relaciones internacionales: Durán-Ballén tiró al traste los diálogos con el Perú para un arbitraje papal llevados a cabo por el Presidente Borja y “Twintza” fue comprada por 55.000 nuevos soles, según escritura pública registrada en el Perú.

II. Fue un desastre en su administración del Estado: surfeando la ola neoliberal, Durán-Ballén y el Congreso Nacional desregularizaron el sistema bancario. La factura la pagamos años después, con el feriado ídem. Mahuad fue un pobre ser que tenía medio cerebro en el freezer y ni puta idea de cómo resolver nada, pero fueron el Presidente Durán-Ballén y sus boys noventeros los auténticos arquitectos de ese desastre institucional y económico de gravísimas consecuencias sociales y políticas.

III. Fue un desastre en responsabilidad del Estado por violación de derechos humanos: el documental sobre la desaparición de los hermanos Restrepo, hecho por su hermana María Fernanda Restrepo, lo pintó de cuerpo entero.

IIII. Fue un desastre en el respeto a la libertad de expresión: el récord de la SIP en los informes que mantiene publicados en su página web es elocuente. En el informe sobre Ecuador de 1995, por ejemplo, la SIP denunció que el 29 de agosto “varios cronistas fueron agredidos por elementos de la guardia de Palacio, cuando intentaban recoger información. Miembros de la escolta presidencial, en medio de insultos, cercaron a los periodistas y los amenazaron con sus armas; varios fotógrafos y camarógrafos fueron golpeados y se amenazó con encerrarlos en los calabozos del Palacio”. Es una de las tantas y graves violaciones al derecho a la libertad de expresión registradas por la SIP que involucran actos violentos, tales como agresiones físicas y cierre de emisoras, o de corrupción grotesca, como la compra de voluntades de periodistas.

En suma, un tipo desastroso para el manejo de la cosa pública en nuestro país.

El habano representa la libertad de expresión durante su gobierno.

¿Por qué la buena prensa de la que goza Durán-Ballén, entonces?

En principio, a este veterano le convino la guerra con el Perú. Tuvo la ocasión de reciclar una frase acuñada en la URSS (“Ni un paso atrás”*) y tenía un aspecto cándido, que es con el que la mayoría de la gente lo asocia. Pero en lo de fondo, Durán-Ballén fue un Presidente conservador de derechas y nuestros medios de comunicación de alcance nacional son conservadores y de derechas… Entonces, cuando se refieren a él, suelen hacerlo de manera neutra o elogiosa**.

*Ni un paso atrás”, frase acuñada por Iósif Vissariónovich Dzhugashvili AKA “Stalin”. Como se ha visto en la razón primera, esto fue más demagogia que una solución efectiva a un problema constitutivo de nuestro país.
** Después de todo, son agradecidos: entre Sixto en la Presidencia y el PSC con la mayoría en el Congreso, se aprobó en 1995 la reforma a la Ley de Radiodifusión y Televisión (a esta Ley la reemplazó la Ley Orgánica de Comunicación expedida el año 2013) que favorecía el monopolio de los medios nacionales en los sectores donde penetre su frecuencia: “Los permisos de funcionamiento” de las radios o de las televisoras comunitarias “se concederán siempre que no interfieran con las frecuencias asignadas a otras estaciones”. Así, de este plumazo, los medios de comunicación de alcance nacional (Ecuavisa, Teleamazonas, y otros pocos pesos pesados del medio audiovisual) tenían una condición dominante: si llegaban a alcanzar un óptimo de alcance nacional en la penetración de sus frecuencias, su “competencia” comunitaria debía reducirse a cero. Esa es la derecha en el poder, pensando siempre en el Gran Capital.

Quito y el capitán de un buque inglés que nunca llegó

22 de septiembre de 2018


Cuando los sucesos del 10 de agosto de 1809, la Suprema Junta de Quito buscó el apoyo de una nación extranjera para sostener sus aspiraciones de autonomía. La elegida fue Gran Bretaña porque era una aliada natural, por ser una nación opositora de los franceses, y porque tenía una armada de muchos barcos que surcaban los mares del mundo.

Primero lo primero: la revolución del 10 de agosto de 1809 no fue hecha contra España: fue hecha por España, o mejor dicho, por la administración borbónica del Reino de España, a imitación de lo que había hecho la Junta de Asturias. Es decir, se hizo contra la ocupación de las tropas del emperador Napoleón del territorio peninsular español, en definitiva, una acción contra los franceses, por lo menos en sus formas. Porque fue una acción realmente contra las administraciones virreinales de Lima y de Santafé. Fue la oportunidad histórica de Quito para sobreponerse a siglos de subordinación administrativa y aspirar a una mayor autonomía dentro del régimen administrativo español y recuperar algunos de los territorios perdidos en los años recientes (así como ampliarse a otros). Una movida ambiciosa.

Quito tomó esta oportunidad, pero su plan fracasó miserablemente. Como se ha demostrado en el artículo ‘Revolución y diplomacia: el caso de la primera Junta de Quito (1809)’, las noticias del 10 de agosto en las provincias vecinas “lejos de desencadenar un movimiento continental, provocaron la alerta de las autoridades, que extremaron las medidas de vigilancia. En Lima y Santafé, virreyes y oidores no sólo frustraron cualquier ímpetu subversivo, sino que además dirigieron la máquina guerrera que puso fin a la Junta Suprema de Quito”*.

En el camino, sin embargo, la movida del 10 de agosto dejó para la historia un desesperado oficio del Presidente de la Suprema Junta de Quito, el Marqués de Selva Alegre, dirigido al “capitán de cualquier buque inglés”. Allí se puede leer lo siguiente:

“Enemigos eternos del infame devastador de la Europa, Bonaparte, hemos resuelto resistir hasta la muerte á su tiranía, como lo ha hecho la gloriosa e incomparable nación inglesa. En su virtud el pueblo de este Reino ha separado del mando de él a los españoles que lo regían, sospechados de secuaces declarados de aquel monstruo, y ha creado una Junta Suprema Gubernativa.
Por tanto, yo como su presidente y a nombre de la misma, pido a usted armas y municiones de guerra que necesitamos, principalmente fusiles y sables. Sírvase usted traernos a cualquiera de los puertos de Atacames o Tola, dos mil fusiles, con sus bayonetas y dos mil sables de munición, pues serán satisfechos a los precios corrientes.
Apetece íntimamente esta Suprema Junta la más estrecha unión y alianza con su inmortal nación y la franquicia de nuestro comercio con ella. Sírvase usted proporcionarnos estas ventajas, poniendo nuestra intención y deseos en noticia de los comandantes de sus islas del sur, a quienes suplicamos se dignen pasar la misma al gabinete de San James y al augusto Monarca de los Mares”**.

Era un intento realmente desesperado del Presidente de la Suprema Junta de Quito: de las montañas debía bajar un enviado de la Suprema Junta para llegar a un puerto de mar a buscar un buque de bandera inglesa, ponerse en contacto con su capitán, lograr que ese capitán se interese por la causa expuesta y decida entonces transmitirlo a un comandante, el que también tendría que interesarse en ella para que, recién entonces, se la pueda hacer de interés a las autoridades en Londres, que son las que en definitiva podrían intervenir a favor de las autoridades de Quito. Del oficio firmado en Quito por Merry Jungle hasta el escritorio de un funcionario londinense había un camino demasiado azaroso, que incluía un improbable buque, e improbables voluntades. Era un camino muy difícil de recorrer para “un gobierno frágil, inestable y acosado por la guerra”***, como era el de Quito por esos días.

Por supuesto, valió intentarlo, aunque fuera únicamente para que la efímera Junta Suprema de Quito coseche otro estrepitoso fracaso. Las tropas de Popayán impidieron que el enviado de la Suprema Junta llegue siquiera a buscar a los buques de bandera inglesa, pues tomaron los puertos y sus alrededores antes de su llegada (el 18 de septiembre, cuatro días después de firmado el documento). El oficio del Marqués de Selva Alegre nunca conoció el mar.

Esta es la historia del primer intento de Quito de confraternizar con una nación extranjera. Y es digno de un guion de Monty Python.

** Ibíd., p. 363.
*** Ibíd., p. 363.

Ecuador, República desde 1835

29 de mayo de 2017

Mapa de la Gran Colombia [1824]


Ecuador surgió como un desprendimiento de la Gran Colombia, aquel sueño de Simón Bolívar que se convirtió en pesadilla. Cuando Ecuador tomó la decisión de separarse de la Gran Colombia en 1830, lo hizo con cuenta. El naciente Estado se cuidó de no presumir de ser una República por sí mismo. La Asamblea que dictó la primera Constitución afirmó que Ecuador era una entidad independiente (el “Estado del Ecuador”), dentro de “la República de Colombia”.

Cuando Juan José Flores asumió la primera Presidencia del Estado, uno de sus primeros actos oficiales “fue enviar delegados a Bogotá y Caracas para indicar la buena voluntad del ‘Estado del Sur de Colombia’ (Ecuador) de participar en una nueva federación de la Gran Colombia bajo la égida de Bolívar” (1). La Constitución de 1830 supeditaba la existencia misma del Estado a una eventual federación, pues contenía un artículo “que derogaba automáticamente cualquier parte que entrara en conflicto con un posible futuro ‘pacto de unión y fraternidad’ con Colombia y Venezuela” (2).

En 1835, con el gobierno del primer presidente nacido en territorio ecuatoriano, el guayaquileño Vicente Rocafuerte (1783-1847), el Ecuador empezó a llamarse por fin “República del Ecuador”. Una nueva Asamblea Constitucional, reunida en Ambato, dictó ese 1835 una nueva Constitución en cuyo artículo 1 se afirma la existencia de “la República del Ecuador”. Y así se la llama desde entonces.

(1) Van Aken, Mark, ‘El rey de la noche’, Banco Central del Ecuador, Quito, 2005 [segunda edición], p. 86.
(2) Ibíd., p. 88. En opinión de Mark van Aken, esto le daba a la Constitución de 1830 el carácter de “provisional” y “minaba la autoridad y prestigio del nuevo gobierno quiteño”, lo que se “evidenciaba más con el uso del término ‘República’ aplicado sólo a Colombia, en tanto que al Ecuador se daba el título inferior de ‘Estado’”.

Vistazo se ha comido todos los amagues

30 de abril de 2017


La editora general de revista Vistazo, Patricia Estupiñán de Burbano, apareció en Wikileaks con una opinión que le manifestó al ‘Political Officer’ del Consulado de los Estados Unidos de América en Guayaquil sobre las obras de la Alcaldía en esta ciudad:

“La ciudad tiene muchos programas para los pobres, incluida la titulación de tierras invadidas, libros gratis a estudiantes de las escuelas públicas y la mejora de los servicios de salud” (1).

Nunca he visto (si lo hay, agradeceré que alguien me lo muestre) un estudio a profundidad de la revista Vistazo sobre la legislación y las políticas públicas de la Alcaldía de Guayaquil para la titulación de tierras, la educación o la salud. Me refiero no sólo a informar sobre estos hechos, sino a investigarlos en serio: ¿Quiénes son los beneficiarios y quiénes los excluidos? ¿Cuál es su contenido y sus resultados? ¿Se sostiene su discurso en los hechos? Me refiero, también, a compararlos con estándares internacionales: ¿Son estos hechos, en titulación de tierras, educación y salud, prácticas idóneas de conformidad con los estándares de organismos especializados a nivel internacional?

Estas serían unas preguntas básicas, pero no creo que ni Vistazo ni ningún periodista en Guayaquil las haya estudiado a fondo y difundido para su discusión en la esfera pública. Lo que sí llama la atención es la seguridad con la que la directora de la revista Vistazo elogia la gestión municipal ante un diplomático extranjero, para justificar su involucramiento en una marcha (un acto político) que convocó el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot.

Es evidente que el rol de la señora editora general y de la revista Vistazo debería ser muy distinto a este rol de cheerleader del poder local. Pero que sirva su ejemplo, al menos, como botón de muestra de cómo funciona la esfera pública en el Guayaquil socialcristiano.

(1) Greg Chapman, ‘Nebot outdraws Correa in competing marches’, Wikileaks, 31 de enero de 2008.

El lamento de Crespo Toral

14 de abril de 2017

En un artículo publicado el año 1902 sobre la cuestión limítrofe con el Perú, Crespo Toral hace un recuento de los grandes fracasos del Ecuador:

“En Ecuador, desde 1830, viene arrastrando los desastres de una luctuosa historia. Sobre un territorio conmovido por odios de regionalismo; en medio de la vieja oposición de razas; con el más soberbio militarismo como protagonista; con las comparsas de caracteres versátiles o menguados; la fiebre de ensayos constitucionales de todos los días; siendo los gobiernos civiles rápidos destellos –ensueños de fugitivo bienestar- echados abajo con la punta de la espada; con paréntesis de grandeza, señalada principalmente por el genio único de García Moreno; la República preparada o improvisada por el General Flores, que supeditó al desagraciado Lamar en su empresa; ni en el terreno de la diplomacia, ni en el de la imposición o justicia armadas, se ha podido mantener, para el objeto de sacar, limpia y esplendorosa, la herencia de Quito, la de 1809. La reseña de nuestro pleito con el Perú traduce las desventuras de toda nuestra historia. Unidos, honrados y caballeros, pudimos echar en la balanza –junto con la justicia- el hierro y tal vez el oro, que valen mucho cuando se vindica el derecho; y fuimos y somos todavía… un pueblo pobre, sin vínculos de nacionalidad…
Por la ruindad de nuestro patriotismo, es por lo que el Perú pretende dejarnos en peor situación que en vísperas de Tarqui. No heredamos la gloria: ¿la sangre de los hijos del Sur se fue en balde, por las aguas del Tarqui, hacia el distante mar Atlántico…? ¿Quizá el océano del olvido?” (1).

Lapidario.

El poeta curunado. Fuente: 'Obras completas, t. XI'.

Y para peor: no aprendimos hasta 1942, cuando perdimos la mitad de nuestro territorio con el Protocolo de Río de Janeiro y llegamos a ser menos de lo que éramos “en vísperas de Tarqui”. En aquella ocasión, el Embajador de Brasil, Osvaldo Aranha, nos conminó a portarnos serios: “Aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos”.

En eso de “aprender a ser país”, pues todavía seguimos en el intento. Y con más pena que gloria.

(1) ‘Pleito secular: el estado del asunto’ [1902], en: Crespo Toral, Remigio, ‘Obras completas, t. XI [Pleito secular]’, Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinoza Pólit, Quito, 1992, p. 36.

Más de Leo (on Colombia and Bill)

16 de marzo de 2009

El amigo Leonardo Reales me remitió este vídeo de una de sus presentaciones, en el que refiere la importancia regional que Colombia representa para los Estados Unidos y la afición pipitrílica de William J. Clinton (a quien la Cancillería de este país, con ocasión de él asumir la Presidencia de los Estados Unidos de América le envió una nota oficial a la que encabezaba un tan cordial como desatinado "Mr. Bill Clinton" -es que hay que ser muy tontos, eh...):

"Bluff" legal

17 de marzo de 2007

En las Cartas al Director que publicó este Diario el viernes 9 de febrero del 2007 aparece una que redactó el abogado guayaquileño Carlos Andretta Schumacher, en la que expuso con solvencia las razones de la falta de competencia del Estado ecuatoriano para demandar al Estado colombiano ante el Tribunal Internacional de Justicia (en adelante, TIJ) de La Haya. La recapitulo y comento: el TIJ es el órgano judicial principal de la Organización de las Naciones Unidas; Ecuador, como todo país miembro de esa organización (Carta de Naciones Unidas, art. 93) es parte en el Estatuto del TIJ. El artículo 36 del Estatuto establece los casos en razón de los cuales el TIJ tiene competencia para resolver un asunto que se someta a su conocimiento y solo son tres: 1) el sometimiento voluntario del asunto ante el TIJ por decisión de los Estados parte en el mismo; 2) la aplicación de una cláusula de jurisdicción (esto es, una cláusula que prevea la remisión de un asunto al TIJ) que conste en un tratado internacional que vincule a ambas partes; 3) la declaración unilateral de los Estados de la aceptación obligatoria de la competencia del TIJ.

La pretensa demanda ecuatoriana ante el TIJ no cumple con ninguno de los supuestos de competencia que refiere el mencionado artículo 36 del Estatuto. En el primer caso, se necesita que ambas partes en el asunto decidan someter el caso y es evidente que no contamos con la voluntad de Colombia para tal efecto; en el segundo caso, el único tratado que podría aplicarse para la remisión del caso al TIJ, esto es, el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas del 30 de abril de 1948, no puede invocárselo porque Ecuador no lo ha ratificado; en el tercer caso, de los 66 Estados que han realizado la declaración unilateral de aceptación obligatoria de la competencia del TIJ ninguno de ellos es Ecuador o Colombia. Como lógica consecuencia, la demanda no es posible en razón de la falta de competencia del TIJ para conocerla. La constatación del primer supuesto es un dato de la realidad; la información que verifica lo dicho en el segundo y tercer supuestos puede obtenerla cualquiera que tenga un mínimo de acuciosidad en las ciberpáginas del TIJ y de la Organización de los Estados Americanos. Queda salva la aparente posibilidad de iniciar un procedimiento ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que sirva para responsabilizar al Estado de Colombia por las violaciones de derechos humanos que suponen los mismos hechos que motivan la demanda ante el TIJ. En este sentido, los argumentos que expresé en la columna ‘Denunciemos a Colombia’, del 23 de diciembre del 2006, deben leerse a la luz del reciente Caso Interestatal No. 1/06, Nicaragua c. Costa Rica y propiciarse un detenido análisis sobre la pertinencia de su inicio. Un análisis que, sobra decirlo, no existe en relación con esta pretensa demanda ante el TIJ, que constituye un mero bluff legal que me recuerda la frase “mucho ruido y pocas nueces”, título, como bien se sabe, de una deliciosa comedia de William Shakespeare. Curiosa paradoja, porque este asunto que me ocupa no merece tanto la risa como sí una profunda reflexión acerca de la ligereza de los dichos de Cancillería con relación a nuestro impasse con la vecina Colombia.