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El porqué del adoquín, cabeza de adoquín

2 de mayo de 2021

El adoquín es un símbolo de la regeneración urbana de Guayaquil.

 

¿Por qué tanto adoquín? Si en vez del adoquín, dada la situación geográfica de Guayaquil, se hubiera adoptado un modelo de desarrollo sustentable, la ciudad no sólo habría gastado mucho menos (se calcula que 6 ó 7 veces) sino que habría enfrentado mucho mejor los riesgos asociados a las inundaciones futuras (v. ‘Guayaquil y el modelo que tocó fin’ y ‘Un único consejo para Cynthia’). Así, el adoquín, hecho de un material que impermeabiliza el suelo, es una alternativa ilógica.

 

El caso es que sólo es ‘ilógica’ desde la perspectiva del desarrollo sustentable, pero ese tipo de desarrollo nunca ha sido un propósito que importe en el crecimiento urbano de Guayaquil. En Guayaquil, importa el negocio. Es un caso hardcore de Capitalismo de Amigos.

 

Y por eso el adoquín cobra sentido, desde la perspectiva del billete. Nota bene: El negocio no está tanto en la instalación de la obra, como en su mantenimiento. Años y años de mantenimiento y de reemplazo de piezas, son millones y millones para la gallada. Se podría hacer mejor si se buscara una alternativa sustentable, como la recomendada en el informe de la CAF (v. ‘Comerse el amague definitivo (o ‘Proyecto de Ciudad Sub-Acuática por Inercia’)’), pero para eso se necesita una administración distinta a la del PSC.

 

Porque si esta podredumbre está en la esencia de la administración del abogado Nebot, en la administración de la doctora Viteri ha saltado la pus. Las cuentas alegres de la limpieza de los sectores adoquinados (otra forma de decir ‘regenerados’) se han multiplicado. Es que ahí está el billete, pero es que ahora se les nota la angurria por acumularlo (‘Municipio de Guayaquil paga USD 19,7 millones en ‘trapear la ciudad’’).

 

Y ese es el porqué del adoquín, guayaquileño cabeza de adoquín. No es un tema estético, es simplemente económico. El juego es sencillo y lleva décadas ejecutándose: ganan unos pocos el grueso del billete y la que pierde es la ciudad.

De precisas definiciones

10 de febrero de 2010

En un artículo titulado Homosocialidad, disciplina y venganza, publicado en el libro Masculinidades y equidad de género, a finales de los noventa, el brother X. Andrade ofrece esta definición del celebérrimo y muy guayaco Trópico Seco (aquel que va con todo) en la tercera nota al pie:

“Marca comercial del anisado preferido en el barrio por razones económicas y, supuestamente, de salud física. De precio módico que puede ser cubierto grupalmente mediante cuotas individuales, es considerado menos dañino para la salud por ser un licor blanco consumible en estado puro. Se lo adquiere en cuartos, o sea en pequeñas que son compartidas mediante la circulación de la tapa plástica que ha sido diseñada para servir como exacta unidad de medida, equivalente a un trago individual que debe ser consumido al instante. Generalmente, ésta circula hacia la derecha de quien la distribuye, que es normalmente quien ha comprado recientemente la botella, aunque puede haber un servidor oficial designado por el grupo para toda la noche. Nociones de contaminación asociadas al acto de compartir la tapa son eliminadas apelando al carácter antiséptico del alcohol. Trópico parece haber suplantado en la última década al aguardiente Cristal, conocido como “el whisky de los ecuatorianos”, el preferido durante mis campañas etnográficos de fines de los ochenta y principios de los noventa, en buena parte por la mala fama adquirida por éste después de varias muertes por intoxicación, e igualmente por la necesidad de mezclarlo con cola para aminorar su sabor, lo cual a su vez añade costo por unidad”.

Por cierto, Trópico Seco (tal parece que ahora Secco) ha vuelto y lo ha hecho, como es su costumbre, con todo (¡?) y se ha despachado un par de comerciales que quieren relanzarlo (siguiendo el modus operandi de Vanguardia) al mercado. Ahora, el segundo comercial (ninguno de los comerciales los he visto sino en TuTubo) sugiere que se ingiera el Tóxico en vaso, como si fuera un trago regular… Pero es tapita o nada.




Ahora, pasando a otro tema (pero aprovechando el anterior para preguntarle un ¿pa’ cuándo un frasco?) en una reciente entrada de su bitácora José M. León se despachó con esta definición del ciudadano de Guayaquil en tiempos de la así llamada “regeneración urbana”:

“Las áreas regeneradas han creado -vía ordenanza municipal- el estereotipo del ciudadano. Es un heterosexual, reenviador de cadenas de mails, repetidor incesante de clichés sociales dignos de un estudio antropológico, tiene novia pero no ha dejado a sus amiguitas de ocasión, se las pica de francote y trabajador (detalle por el cual desdeña a los artistas, filósofos, científicos y académicos) y en las últimas elecciones votó por Nebot y, para darle contra a Correa y ser buen guayaquileño, por Lucio –lo cual revela su evidente y preocupante falta de memoria-. Por supuesto, viste correctamente y ya ha aprendido que el perro no puede ir al malecón a pasear. Todo lo que se salga de ese molde se ha instaurado en el imaginario popular como una amenaza”.

En un hipotético abecedario guayaquilensis, la voz “trópico seco” debería incorporar esa joyita del X., tanto como la voz “ciudadano regenerado” (o algún otro nombre propicio para identificar ese adefesio emocional) de José M. León.

Felinas reflexiones

18 de enero de 2009

La entrada “El Gato” provocó muchos e interesantes comentarios. Me impresiona cómo a partir de poco más de tres mil caracteres (incluidos espacios) se desarrollaron 37 páginas de ideas: disensos, acuerdos, premisas y conclusiones, pistas para continuar el debate. Trataré de resumir (con perdón) esas ideas en los siguientes términos:

El llamado “Proceso de Regeneración Urbana” que impone el Municipio local puede y debe mejorarse: la discusión estriba en qué sentidos puede hacerse esa mejora y qué procedimientos nos conducen a la misma. Se tiene la intuición de que profundizar el modelo actual que el Municipio local impone no nos conducirá a esa mejora. En realidad, si se lo analiza en detalle, al modelo del Municipio local pueden formulársele no escasas críticas: por impedir la apropiación ciudadana del espacio público, por practicar mecanismos de exclusión social (al amparo de un imaginario de tintes racistas, hagámonos cargo), por cometer violaciones a las libertades individuales (en particular mediante la aplicación de un estrecho canon moral en las llamadas “zonas regeneradas” por parte de guardias con escasa instrucción), por provocar una ciudadanía con vocación de turista de su propia urbe (que tiene miedo a la libertad de asumirse como cabal ciudadano de la misma).

De todas esas críticas, el Municipio local nunca acusa recibo (la frase de Nebot, dicha cuando el asunto de los informales, es elocuente al respecto: “Yo digo, y si quieren, ustedes escuchan”). A pesar de que el Municipio local ostenta un discurso débil (el Alcalde nunca se ha molestado en definir los dos puntales de su discurso -la libertad y la autonomía- y evoca vagas ideas de trabajo y de progreso para salir al paso de toda crítica que se le formule) y que quienes defienden su gestión suelen esgrimir argumentos huecos, como el falso dilema entre el caos roldosista y el orden socialcristiano (en el discurso, el roldosismo opera como “terrorismo del ornato”) o el que deba defenderse el modelo local por oposición al Gobierno central, el modelo goza de una alta aceptación. El que, en general, la prensa calle y sea “generosa” con el Municipio local se relaciona con esa alta aceptación.

Ante este escenario, se destacó la importancia de implementar un modelo que promueva la inclusión social, el autogobierno colectivo y el respeto a las libertades individuales (mínimos de una sociedad democrática). Se relevaron ciertas ideas al respecto: iniciativas de presupuesto participativo y de silla vacía, implementación de legislación de cabildo abierto (la legislación colombiana es interesante a este respecto), discusión del estatus de las Zonas Regeneradas para que se imponga en éstas el mínimo posible de restricciones y sólo siempre que éstas sean estrictamente necesarias y racionales, mejor legislación en materia de derechos individuales (como el derecho de reunión, por ejemplo).

Decía Paz de la poesía que “no es un decir: es un hacer”. Yo creo otro tanto de la crítica, a partir de la cual mucho se puede construir. Hagámosle.

El Gato

11 de enero de 2009

“Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar las intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”. Así concluye el reportaje “Guayaquil: La Regenerada” que sobre esta urbe tropical publicó Leila Guerriero en el diario La Nación de Argentina el domingo 2 de diciembre de 2007.

El reportaje de Guerriero es excelente (puede consultárselo, aquí): contiene una precisa descripción del llamado “proceso de regeneración urbana”, una entrevista al Alcalde Nebot y unas referencias a algunos de los críticos del llamado “proceso de regeneración urbana” (Xavier Andrade, Ramón Sonnenholzner, Tina Zerega). Entre los críticos, Xavier Andrade señala que “el simulacro es la clave de la regeneración urbana” y que “no se construye ciudadanía. Se construyen visitantes”; Ramón Sonnenholzner acentúa “que se ha sobredimensionado el logro estético y se ha olvidado el desarrollo humano, sanitario”. Tina Zerega, por su parte, sintoniza con esas críticas: “Los ciudadanos hemos convertido la ciudad en una vitrina a la que hay que observar, pero de la que no podemos apropiarnos”. La entrevista al Alcalde Nebot tampoco tiene pérdida: su énfasis en la pocilga anterior, el acento en el turismo actual (que incluye, por supuesto, a quienes habitamos en esta ciudad) y el que Guerriero lo haya pillado en una mentira porque Nebot afirma que las puertas que dividen la parte regenerada de Las Peñas de aquella que no lo está “nunca están cerradas” cuando en el curso del reportaje Guerriero comprueba, vía la explicación de un guardia privado, que las puertas sí se cierran durante un lapso de la noche. La razón que ofrece el guardia para mantenerlas cerradas es tan simple como elocuente: “Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada”.

Pero la parte de este reportaje que no deja de impresionarme por su capacidad para sintetizar el significado del llamado “proceso de regeneración urbana” es la viñeta de El Gato. Que la plaza Victoria (ícono de la ciudad) ganó una reja, que el cemento y las palmeras, que el parque está desolado: ése es el espacio público (o lo que queda del mismo). Que El Gato vende un servicio, que oculta su oficio cuando la policía se le acerca, que este hecho lo convierte en “un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”: esa es la exclusión social. Que a pocos le interesa escucharla, que mejor brillan los oropeles: esa es la triste realidad.

P.S.- Dos fragmentos de la Sixtina Guayaca, de la que se habla en el reportaje de Guerriero ("me lo regalaron"). Arriba, el Alcalde Nebot le entrega un papiro que reza Más Ciudad a un efebo semidesnudo y una mozuela en pelota ostenta sus tetas. Abajo, Febres (no lo culpo) observa con sospecha esta escena de corte homoerótico y sensual.























Derecho de admisión

17 de mayo de 2008

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El argentino Pablo Slonimsqui acaso no lo sepa pero su libro Derecho de Admisión. La igualdad y el principio de no-discriminación como reglas de interpretación para su ejercicio razonable, leído en el contexto de Guayaquil, comporta graves críticas a las políticas públicas que en “Zona Regenerada” cometen sus autoridades (léase, el Municipio local) y sus adláteres (léase, algunas de sus fundaciones). El derecho de admisión, en palabras de Slonimsqui, es “la facultad que tienen tanto el Estado como los particulares para limitar o restringir el acceso o la permanencia de las personas a un determinado lugar, servicio, prestación, actividad o status jurídico”. Esta facultad de restricción, por supuesto, tiene lógicos límites: 1) para aceptar la legitimidad de una medida que restrinja el derecho de admisión y permanencia “deberá cumplirse un estándar probatorio más elevado que el de la mera racionalidad, acreditando que el mismo es estrictamente necesario para el cumplimiento de un fin legítimo”; 2) la constatación de que el Municipio tiene la facultad discrecional de restringir el derecho de admisión y permanencia “de manera alguna puede constituir un justificativo de su conducta arbitraria, puesto que es precisamente la razonabilidad con que se ejercen tales facultades el principio que otorga validez a los actos de los órganos del Estado”.

En Guayaquil, en la llamada “Zona Regenerada” se restringe el derecho de admisión y permanencia de, entre otros, vendedores informales, mendigos, homosexuales (a quienes, por citar un ejemplo, no se les permite realizar la marcha del Orgullo Gay). Las supuestas razones que se ofrecen para la restricción de este derecho son la aparente defensa de conceptos tan vagos e imprecisos como “orden público” o “moral pública”. Pues vale decirlo con énfasis: la referencia a tales conceptos sólo puede validar la aplicación de una restricción al derecho de admisión y permanencia siempre que se pruebe con suficiencia que no existe ninguna otra medida menos lesiva para cumplir con los fines que esa restricción se propone. En el caso del Municipio local, este análisis ni siquiera se ha intentado.

En la práctica, quienes ejecutan las políticas públicas del Municipio local en esta materia (esto es, Policía Metropolitana y guardianías privadas que contratan las Fundaciones, usualmente armadas de pistolas, escasas ideas y un silbato) criminalizan los actos de quienes son excluidos, los privan de sus bienes e incluso de su libertad. Cabe recordarle a las autoridades locales que, aún en el supuesto no consentido de que los actos que combaten constituyeran una infracción, deberían tener la decencia de pensar la frase del filósofo inglés Thomas Hill Green (1836-1882), profesor del Balliol College de Oxford, quien escribió que “antes de penar a alguien por la comisión de un delito, deberíamos asegurarnos de que esa persona tuvo la posibilidad equitativa de no cometerlo”. La obligación de una autoridad lealmente interesada en la construcción de una sociedad democrática e inclusiva es detenerse a pensar si cuando aplica la ley no la está utilizando para mantener la situación de postergación (de pobreza, de discriminación) que empuja a los postergados a desafiarla. La obligación, insisto, de una autoridad democrática (pero, ¿es que cabe alguna duda?) es buscar, con genuino interés, la alternativa que menos discrimine y promover el diálogo plural y la inclusión. Es evidente que todo esto, al Municipio local, ni le ha interesado ni le interesa.

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Tales serían las preocupaciones propias de una autoridad democrática. Que el Municipio local ejerce autoridad, no cabe duda alguna; el atributo “democrática”, ese, ese es el que le falla.

Guayaires

13 de octubre de 2007

Hace varios años, todavía en sus tiempos de ficticia economía boyante, recorrí por vez primera las calles de Buenos Aires. Me fascinó: su vida cultural y nocturna, su arquitectura, el mate, el culto de la amistad, su comida (¡aguanten los asaditos!), su bebida (los tintos, el amargo fernet), sus minas (con su imposible dosis de histeria), su tango, su rock y la inefable sensación de participar de un delirio colectivo teñido de afanes, exilios, fracasos, y revestido (sea dicho con palabras de Joaquín Sabina, el más porteño de los gallegos) del “tango añil de la melancolía”. Hice entonces dos juramentos: el primero, siempre volver (que lo cumplo con fervor cívico y periodicidad anual) y el segundo, que cuando mi situación económica lo permita, le compraré un departamento a mi madre, sea en Palermo o en Recoleta. Sé bien que ahora este juramento toma estado público.

Ya entonces me impresionó mucho constatar que quienes de mi ciudad tienen la posibilidad de viajar al exterior prefieran una ciudad tan desangelada como lo es Miami y no prefieran (por las razones que tanto me fascinan a mí y por tantas otras) esta delirante metrópoli austral. Una serie de hechos (la dominación cultural de los EE.UU., la dependencia económica de nuestro país, la frecuencia de los vuelos) podrían intentar una justificación de esta preferencia; mucho menos justificable es el intento de convertir a Guayaquil en su pobre simulacro: de hecho, el llamado proceso de “Regeneración Urbana” crea unos pocos retazos de esa simulación, en los cuales la noción de “espacio público” es una cosa que administran otros, con un silbato y muy pocas ideas. He escuchado, con una mezcla ambigua de risa y de horror, que a esta vana pretensión algunos la denominan guayami.

A pesar de la anterior constatación y del título de esta columna, no intentaré la vana pretensión de su antípoda, esto es, de convertir a Guayaquil en un sucedáneo de Buenos Aires, en Guayaires: esa es, por supuesto, una notoria imposibilidad. Fui yo mismo, además, quien reivindicó en un artículo reciente ("Citámbulos", del 8 de setiembre de 2007) el que aprendamos a “asombrarnos de los detalles que singularizan (a despecho de las intenciones de convertirla en “genérica”) a nuestra ciudad, que la tornan única y que le conceden, en real definitiva, su entrañable y extraña belleza”. Pero sí quiero en esta columna enfatizar que mirar hacia este puerto (“junto al río inmóvil”, como dijera Borges) es útil para aprender a disfrutar de nuestra ciudad, de manera distinta y más intensa. El espacio de esta columna es diminuto para decirlo, pero valga admirar de Buenos Aires la apropiación de los espacios públicos que hacen sus ciudadanos y las iniciativas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (por ejemplo, la exquisita “Noche de los Museos”, en la que gustoso participé el sábado pasado) para promover diversas actividades culturales y ciudadanas. Solo son botones de muestra, que bien podríamos imitar: el énfasis que quiero transmitir, en definitiva, es la necesidad de propiciar en Guayaquil la búsqueda, creación y exhibición de sus matices y de sus riquezas culturales, la apropiación de los espacios públicos por parte de nosotros, sus ciudadanos, y la discusión pública de las políticas de las autoridades que nos administran. Son unas cuantas reflexiones (que espero contribuyan a una necesaria discusión) que remito desde un café de esta fascinante ciudad.

Citámbulos

8 de septiembre de 2007

Toda ciudad solía construirse antaño a partir de necesidades colectivas o simbólicas; hoy, no es extraño que se la construya desde la imposición de la rentabilidad y el lucro que las convierte en acumulaciones de individuos cuyo casi único vínculo es el consumismo. Los ideólogos de este tipo de ciudad tienen como aliado al arquitecto holandés Rem Koolhaas, quien en su célebre obra S, M, X, XL acuñó el concepto de “ciudad genérica”. Rubén Gallo perfila las ciudades genéricas como los “espacios urbanos indistinguibles entre sí, sitios inertes en donde las fuerzas de la modernización terminarán por suprimir toda diferencia cultural y arquitectónica. El aeropuerto, nos dice Koolhaas, es el modelo de toda ciudad genérica: todos los aeropuertos del mundo son idénticos –tienen las mismas tiendas, la misma organización, los mismos espacios fríos e impersonales– y poco o nada reflejan de la cultura local. Llegará el día en que todas las ciudades del mundo serán como los aeropuertos: espacios genéricos”. El propio Koolhaas declaró que la ciudad genérica es “igual de emocionante –o de aburrida– que un estudio de Hollywood; se puede crear una nueva identidad cada semana” y que “la tranquilidad de la ciudad genérica es el resultado de la total evacuación del espacio público; es como si hubiera sonado una alarma de incendio”. En efecto, en el tránsito de convertirse en ciudad genérica, la ciudad en cuestión pierde su personalidad propia y su arquitectura se torna una permanente forma de control.

El proceso de Regeneración Urbana presenta atributos de ciudad genérica: la imposición continua de una disciplina sobre los usos públicos (de sentarse, circular, besarse, vestirse, de “reservarse el derecho de admisión”) y de regulaciones inconsultas (la estética que se impone, la eliminación de bancas, la implementación de disfuncionales áreas verdes) promueven un uso del espacio público sujeto a controles extremos (propicios a la comisión de violaciones a los derechos civiles de los ciudadanos) y la conversión de estos en turistas (entiéndase: consumidores) de su propia ciudad. Que la rentabilidad y el lucro son el supuesto norte de los guayaquileños lo explicita un archiconocido cofrade del partido político cuya relación con el proceso de Regeneración Urbana es íntima, el señor Miguel "Cleclé" Orellana, quien en su libro fotográfico Santiago de Guayaquil. Una Ciudad Abierta, nos presenta dos fotos aéreas de La Puntilla y Samborondón con el siguiente decidor pie de página: “Metas geográficas y personales de quienes viven en una ciudad abierta”. Así de simple.

Pero Guayaquil y las ciudades de América Latina en general, se resisten a estas imposiciones. Expongo este argumento mediante la obra Citámbulos. Guía de Asombros de Ciudad de México. El Transcurrir de lo Insólito, que se halla justo en las antípodas del libro de Orellana: esta “guía para perderse en Ciudad de México” (Citámbulos: ambulantes de ciudad) ofrece 121 retratos de la vida contemporánea de esa delirante metrópoli que constituyen irónicas resistencias contra la homogeneización del espacio público y una “invitación a abandonar el sillón de lectura, deambular por la ciudad y convertirse en citámbulo, dejando que los viejos bostezos y muecas de desesperación se transformen en refrescantes bocanadas de asombro” (háganme ustedes el favor de favorecerse con unos ejemplos de su ciberpágina y transpórtelos en feliz uso de su imaginación a Guayaquil: es posible y exquisito.) Ante las vastas imposiciones (arbitrarias muchas) en los espacios públicos de Guayaquil y las burdas simplificaciones que se hacen de sus ciudadanos, aprendamos nosotros a asombrarnos de los detalles que singularizan (a despecho de las intenciones de convertirla en “genérica”) a nuestra ciudad, que la tornan única y que le conceden, en real definitiva, su entrañable y extraña belleza.

Guayaquil: miradas críticas

17 de febrero de 2007

El dossier del número 27 de la revista Íconos se titula 'Guayaquil: miradas críticas sobre espacio urbano y esfera pública' y se dedica, por primera vez, al estudio de esta ciudad. En su introducción, el editor Xavier Andrade enfatiza que la necesidad de un estudio de esta índole se debe a que la "colisión entre la cobertura noticiosa, el análisis cotidiano de los intelectuales públicos locales y la propia propaganda municipal han promovido un ambiente mayormente favorable, cuando no abiertamente celebratorio [de la Regeneración Urbana]. Precisamente, uno de los efectos sociológicos de la misma ha sido la homogeneización de la esfera pública" y que, en este sentido, los artículos del dossier contribuyen a la promoción de "una discusión necesaria a la hora de restaurar la idea nada nostálgica de que una ciudad es posible solamente en la medida en que promueve, protege y fomenta activamente un conglomerado portador de opiniones diversas". Somos autores de los artículos Xavier Andrade, Rodolfo Kronfle, Tina Zerega y yo.

El artículo de Andrade critica el curso de Ciudadanía del programa municipal Aprendamos porque entiende que este "constituye un mecanismo para promover una ideología de participación ciudadana cuya principal agenda es despolitizar a los sujetos mediante el disciplinamiento de su mirada sobre la ciudad en términos de acción, conflicto y cambio claramente delimitados alrededor de la persona, la familia y el barrio", con lo cual se convierte en una invitación a que asumamos un rol pasivo ante el poder local.

Los artículos de Kronfle y de Zerega expresan ideas en torno a la ciudad desde el arte. El artículo de Kronfle analiza la relación del campo artístico con el proceso de Regeneración Urbana de la ciudad de Guayaquil. En sus propias palabras, el "innegable impacto positivo que ha tenido [la Regeneración Urbana] en la ciudad no está exento de que se señalen algunos aspectos problemáticos que conllevan estos procesos y las dinámicas que de ellos derivan" y que el campo artístico, lejos de "plantearse como una oposición tozuda a los aspectos provechosos de la regeneración, ha dado señales de querer establecer un espacio para el ejercicio ciudadano crítico afincado en la reflexión". El artículo de Zerega, por su parte, presenta un estudio sobre las postales de Guayaquil que se produjeron entre 1970 y 2004 que "da cuenta del impacto de la regeneración urbana en el imaginario visual urbano actual" y "evidencia cómo la mirada se centra en espacios regenerados que materializan intenciones de control social e idealizaciones urbanas y raciales, así como un rechazo a lo popular".

Finalmente, mi artículo estudia la detención de tres personas por participar en la protesta pacífica que se realizó el 14 de agosto del 2006 en contra del funcionamiento de la Metrovía y la contrasta con teorías contemporáneas de derechos humanos en materia de libertad de expresión. Mi intención es demostrar el carácter autoritario de los funcionarios locales y "la necesidad de crear espacios que respeten y propicien el debate crítico entre las autoridades y la sociedad civil sobre políticas públicas". Los artículos constituyen una propuesta de diálogo con otros miembros de la sociedad, sus autoridades y élites, para el propósito de propiciar un debate crítico en torno a las políticas públicas.

¿Más ciudad?

22 de julio de 2006


Publicado en diario El universo el 22 de julio de 2006.

*

El miércoles 5 de julio se publicó en las Cartas al Director de este Diario una comunicación de Nelson Acosta Dávila, profesor de la Universidad Católica de esta ciudad, en la que refiere que días atrás estacionó su vehículo en el área asignada para tal propósito dentro del Parque Lineal, frente a la mencionada universidad, y que después del dictado de sus clases y de vuelta en el parqueadero, encontró que a los seis vehículos que allí se estacionaron les habían ponchado la llanta delantera izquierda.

La insolente respuesta de la autoridad a cargo ante este hecho fue decir que él solo “cumplía órdenes”.

Cabe destacar, por cierto, que no existe ninguna prohibición expresa acerca del estacionamiento de vehículos dentro del Parque Lineal. No se conoce tampoco de ninguna ordenanza que establezca una prohibición a este respecto ni de alguna otra que prescriba siquiera una sanción análoga a la “ponchada” de una llanta. La orden que se cumplió en este caso fue meramente verbal, esto es, pura y simplemente arbitraria.

Este hecho que describo no constituye, sin embargo, un suceso aislado, Su puesta en práctica forma parte de la continua imposición de una disciplina sobre los usos públicos que se aplica en Guayaquil bajo el amparo del llamado proceso de “Regeneración Urbana” que se manifiesta en una serie de prohibiciones (entre varias otras, de ingreso a áreas públicas –el lugar X “se reserva el derecho de admisión”-, de besarse, sentarse, circular o comportarse de una manera distinta a la ordenada, de vestimenta para el caso de los taxistas –fallida esta última-, de acceso a los desposeídos –vagos y mendigos- y de los vendedores informales a las áreas regeneradas que se traduce en una “limpieza sociológica” del sector y en abusos varios de las autoridades que en general se impone, la eliminación de las bancas en la zona regenerad, la implantación de disfuncionales áreas verdes, etc.) que conducen, en esencia, a una arquitectura urbana que propicia la conversión del ciudadano en turista de su propia ciudad y a un uso del espacio público sujeto a un vigilancia extrema que favorece la comisión de violaciones a las libertades civiles de las personas en nombre de una idea sesgada (o como en ejemplo que abre esta columna, arbitraria) del orden y la seguridad. (Una aproximación muy lúcida a este fenómeno puede encontrarse en los artículos del antropólogo Xavier Andrade en la sección Tubo de ensayos de la ciberpágina “Experimentos Culturales”*.

La instauración de esta política pública de continuas prohibiciones y de apropiación privada de los espacios públicos no es materia de discusión en una ciudad en la que el discurso de las autoridades se acepta casi sin crítica alguna por parte de sus habitantes. Ese aparente consenso, lejos de proveer de una legitimación para estas acciones, sirve para probarnos la autosatisfacción o apatía de las élites y la clase media (beneficiarias directas de las mismas) y el silenciamiento de los excluidos del proceso de “Regeneración Urbana” que, a despecho de aquello que lógicamente implica su lema Más Ciudad, tiene como triste consecuencia la generación de una mínima ciudadanía. Dos preguntas que bien merecen una discusión surgen, precisamente, a partir de este lema: Más Ciudad, sí, pero, ¿para quiénes?, y sobre todo, ciudadanos, ¿a qué precio?

* Hoy, “La Selecta”.