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El Malecón y las dos caras de Guayaquil

18 de septiembre de 2018


Guayaquil tiene dos caras. Por una parte, la ciudad severa que controla el desorden (rostro cabreado). Por otra, la ciudad abierta que invita al turista (rostro sonriente). Ambas caras son incompatibles, casi esquizofrénicas.

La del control es la cara de la ciudad real, cotidiana (las cosas se hacen como las quiere El Patriarca), mientras que la otra cara tiene maquillaje, para pescar a los turistas. Aunque suele estar muy descorrido.

Hay un punto en Guayaquil donde intersectan estas dos caras. Es el Malecón, donde la ciudad severa impone a la Policía Metropolitana, los guardias privados, las rejas y el cerco eléctrico. La ciudad para el turista, por su parte, le ofrece al forastero ese mismo Malecón*, convenientemente protegido de malosos locales. El Malecón es la obra más relevante de reconversión del espacio público de la era socialcristiana en Guayaquil (1992 en adelante): es el espacio físico donde la represión al local y la oferta al extranjero confluyen.

A muchos turistas debe resultarles conmovedor observar la ineficacia de nuestro supuesto desarrollo social.

* World Travel Awards, una RR.PP. disfrazada de premiaciones, sostiene que Guayaquil “is best known for its gleaming riverside development”. Tampoco es que haya mucho más.

Ser de cera

17 de mayo de 2018


Recibí este comentario en mi artículo sobre “las ciclovías y el elefante”:

"Cuando te expresas de la siguiente manera:
'Y la verdad, no sé qué es peor: o los ciclistas que se han dejado, o el periodista que redactó ese adefesio' estás hablando por todos los usuarios de la bicicleta que nos transportamos usándola de manera urbana con o sin ciclovías; si te has tomado la libertad de expresar tu forma de pensar, no nos metas en el tacho a todos, pues por gente como tú que solo se mueve cuando ve que otros caminan es que estamos estancados, yo hago la diferencia, yo decidí moverme en bici sin importar la ruta, intereses políticos y menos sino tenemos ciclovías.
Cuando te ganes una cita con el alcalde o te tome en cuenta para escucharte, espero ver tu publicación y a ver si tú no eres de cera".

Mi respuesta:

1) Lo de “una cita con el alcalde”. ¡Guau! JAJAJA. Ya hace mucho que sé que esos son solo simulacros.


Fui, propuse de buena fe, todo fue al tacho de la basura.

Entiéndelo, “Anónimo”: en la Alcaldía se hace exclusivamente lo que quiere el Alcalde. Es un sistema vertical, donde “la ciudadanía” es ornamental (1). La reunión en la que estuviste, eso es apenas un lavado de imagen. No tiene nada que ver con políticas públicas favorables a la circulación de bicicletas (de hecho, en la reunión se habló de “restricciones”, in your face) pues si esa habría sido la intención la habrían puesto en práctica desde mucho antes. Por si no lo sabías, la obligación de impulsar las ciclovías está vigente desde el año 2001 (“Vietato Introdurre Biciclette”) y tiene rango constitucional desde el 2008, así que es casi tan vieja como Nebot en el poder en Guayaquil. Y el resultado, ha sido el mismo siempre: escaso y deficiente, una versión hipoactiva de la nulidad. Y eso no va a cambiar por tu “cita con el alcalde”. De ahí las risas, totalmente justificadas.

2) “Solo te mueves cuando otros se mueven”: Madre de Dios, tremendo pedo mental el tuyo. Este tema me ha interesado desde mucho antes, no porque hayan ido algunos ciclistas a una reunión en la Alcaldía. De hecho, su reunión es irrelevante en términos prácticos para el resto de ciclistas, no así para la propaganda municipal.

3) “No nos metas en el tacho a todos”: Si no quieres hacer la lucha para que no impongan restricciones a circular en bicicleta por el centro, que es lo que el Alcalde dijo en tu cara en esa reunión y que es una de las razones de mi escrito, ¿qué te puedo decir? Te merecerás estar sentado a la derecha del Alcalde, como un sonriente monigote de cera.

(1) La participación ciudadana en Guayaquil es tan ornamental y de mofa, que la ordenanza que la regula (la “Ordenanza que regula el sistema de participación ciudadana en el cantón Guayaquil”, Art. 13 letra c) ha dispuesto que haya un número fijo de “Representantes de la Sociedad”. Así, en una ciudad de dos millones y medio de habitantes, la más poblada del Ecuador, la Alcaldía de Guayaquil ha decidido que tan sólo 117 organizaciones nos representen a todos (incluso a todas las asociaciones de ciclistas, porque ninguna de ellas consta entre esos 117 privilegiados amiwis del Alcalde).

"Yo viví en el barrio Centenario y me fui"

24 de julio de 2017


Diario Expreso entrevistó al alcalde de Guayaquil por las fiestas de julio. En un momento de esta entrevista, el alcalde Jaime Nebot afirmó: “Yo viví en el barrio Centenario y me fui”. Esta afirmación lo condujo a una reflexión sobre el Barrio del Centenario:

“¿Pero el barrio está vacío o ahora vive otra gente? ¿O la única gente que importa es la que es como uno? La movilidad humana es el ‘leitmotiv’ de la gente. Cuando usted le dice a alguien pelucón, no se ofende. Pero pregúntele si quiere ser pobre: nadie quiere. Todos quieren ser ricos” (1).

Los otros días conversé con “don Carlos”, un antiguo residente del Barrio del Centenario (por más de 44 años) y quien se lamentaba de que “Jaime se haya ido del barrio”, porque ahora había quedado oscuro e inseguro. “Don Carlos” aseguraba que “Jaime” no es el único que ha abandonado este barrio; esa es la tónica general. La mayoría de los que él recuerda que vivían allí se han mudado (por lo general) a Samborondón, a las afueras de Guayaquil. El propio “Don Carlos”, a sus 82 años, está pensando en mudarse cerca de sus nietos. Esto es, mudarse también a Samborondón.

*

La explicación de porqué se abandona el Barrio del Centenario la ofrece (inadvertidamente) el mismo alcalde Nebot. En la entrevista, el periodista Andersson Boscán le pregunta si esa “movilidad” se ha dado de manera organizada. La respuesta de Nebot es como sigue:

“Se da como la gente quiere. Veo arquitectos que dicen que hay que controlar el desarrollo acelerado. ¿Cómo? Hay que acelerar el desarrollo, eso hay que hacer” (2).

En esta frase del alcalde Nebot está cifrada su idea de desarrollo urbano, compuesta de una mentira y de un error.

1) La mentira: El desarrollo “se da como la gente quiere”. La Alcaldía de Nebot es una institución que ha cooptado la participación de los ciudadanos en la gestión pública (3). En la práctica, el desarrollo urbano de Guayaquil no se da como su “gente” quiere. Se da como la Alcaldía lo quiere, en función de intereses concretos de grupos inmobiliarios y de la construcción (4). 

2) El error: “Hay que acelerar el desarrollo”. El problema es el tipo de desarrollo urbano sin control que se pretende acelerar. El modelo de desarrollo impulsado durante la Alcaldía de Nebot ha sido desastroso. Y nos va a dejar la cagada (5).

*

A Nebot probablemente ya no le importe lo que suceda con el Barrio del Centenario. Él cree que el barrio está bien y que ha habido “movilidad” para que haya ingresado al mismo gente que ya no es “como uno”. Pero quienes vivimos en el Barrio del Centenario sabemos que Nebot miente: el barrio se ha depauperado y en las noches se ha convertido en un lugar oscuro e inseguro, sin vida.

En un barrio con tanto potencial, esto es realmente imperdonable. El Barrio del Centenario podría potenciarse para ser como Barranco en Lima o Palermo en Buenos Aires… pero esa visión es una que nuestro Alcalde no tiene. Él piensa que todo está bien en el Barrio del Centenario y se marcha a vivir en una isla en los extramuros de la ciudad que administra. Dejó la cagada hecha y se fue.

Que es precisamente lo que hará con la ciudad, el año 2019.

(1) Andersson Boscán, 'Jaime Nebot: ‘El desarrollo no se controla, se acelera'', Diario Expreso, 23 de julio de 2017.
(2) Ibíd.
(3)Guayaquil, una ciudad sin ciudadanos’. En esta idea de la “gente como uno” se esconde la idea de desarrollo urbano del alcalde Nebot. La gente “como uno” se enclaustra en sus ciudadelas cerradas, mientras los barrios languidecen, v. ‘Guayaquil se desprende de la tradición de los barrios’.
(4) Algún día, cuando la “intelligentsia” guayaquileña se ponga a pensar de una manera crítica sobre la ciudad en que vive, toda esta trama de un cuarto de siglo de desarrollo urbano en el marco del “capitalismo de amigos” será ampliamente demostrada.

Guayaquil, la exagerada

13 de julio de 2017


En diciembre de 2015 sucedió una de las escasas movilizaciones de la ciudadanía de Guayaquil por una causa urbana. En esos días, la Alcaldía buscaba sacar del sector de la Atarazana 44 samanes de medio siglo. Muchos ciudadanos, uno de cuyos líderes fue Luis Alfonso Saltos, resistieron la medida. La Alcaldía, de todas maneras, se salió con la suya (1).

Hoy, diario Expreso publicó una noticia en la que el director de Áreas Verdes de la Alcaldía de Guayaquil, Abel Pesantes, señaló que para retirar esos 44 árboles de la Atarazana en diciembre de 2005, “se convocó a una asamblea, se mostraron los impactos ambientales y se comunicó que el proyecto iba a realizarse en la zona” (2).

Esto lo desmintió de manera terminante Luis Alfonso Saltos, en ese mismo artículo. De acuerdo con él, apenas se repartieron unos cuantos panfletos que contaban lo decidido: “Vamos a hacer esto. Punto” (3).

Hay un claro contraste entre lo dicho por Pesantes y lo que respondió Saltos.

La explicación es que la Alcaldía suele ser exagerada: así como puede considerar una gestión suficiente a repartir panfletos que cuentan lo-que-va-a-pasar, también denomina control ambiental a la contaminación de ríos y esteros y califica de regeneración a pintar las fachadas y adoquinar. Todo es grandilocuente en Guayaquil. La ciudad es una gran fantasía socialcristiana que se vende como Disneylandia, pero que funciona como el Play Land Park.

En todo caso, la buena noticia es que de esa movilización del 2015 quedó una norma. Está en el Código Orgánico del Ambiente, en su artículo 155 y es clara en obligar a los municipios del Ecuador a “consultar a los ciudadanos a quienes esta medida [la “remoción de árboles”] afecte”.

Es un artículo concluyente. Panfletos no more.

Si la ciudadanía se organiza, la Alcaldía de Guayaquil tiene que cumplirla. Cualquier persona con preocupaciones ambientales puede sentirse “afectado”.

Y si no se organiza, pues será lo de siempre. Como en Groundhog day (4).

(1)En la Atarazana reclaman por los árboles’, El telégrafo, 13 de diciembre de 2015; Juan Carlos Mestanza, ‘Guayacanes y algarrobos reemplazarán los 44 samanes de la Atarazana’, El comercio, 20 de diciembre de 2015.
(2) Blanca Moncada, ‘Prohibido mover árboles sin consultar a los vecinos’, Diario Expreso, 13 de julio de 2017. Según Pesantes: “No se puede no hacer una obra de este tipo si los vecinos no están de acuerdo”. Ajá.
(3) La pregunta de Luis Alfonso Saltos es pertinente: “¿Esa es la forma en que se genera la participación ciudadana en los proyectos que afectarán directamente la calidad de vida de un sector?”, v. Ibíd.
(4)Groundhog Day” se estrenó en 1993. El PSC ya estaba en poder de la ciudad.

Guayaquil, ¿ciudad para débiles?

16 de mayo de 2016


Encontré esta entrada que una viajera argentina escribió en su blog sobre Guayaquil. Su título es: ‘Guayaquil, ciudad para débiles’. Un fragmento de su cierre sirve de resumen de su contenido:
 
“Es todo una gran ficción, donde actúan los menos. Todo servido, todo cómodo. El confort es lo que busca este hombre que nada sabe de su alrededor. No sólo no sabe, sino que no le importa, y si puede pisa a quien un favor le pide. Autos, más autos, guardias de seguridad, estacionamientos, servicios de comida rápida y cajeros con sólo estirar el brazo sin salir del volante. Otro condominio y varias autopistas más. El avión se estaciona en el medio de la ciudad y de allí un taxi. La ley del menor esfuerzo está presente en todas las esquinas. Guayaquil, ciudad para débiles” (1). 
En un sentido coincido con la observación de Guayaquil como una ciudad débil: existe una marcada debilidad de carácter del guayaquileño, pues acepta con demasiada facilidad lo que hace o deja de hacer la autoridad que lo gobierna. Se siente cómodo y satisfecho con una obra pública ineficaz e irresponsable, lo que pone en evidencia una ciudad con una mayoría de personas conformistas e incapaces de utilizar su imaginación para pensar ideas por fuera de lo que reciben (pensar “fuera de la caja”, por así decirlo) porque simplemente lo dan por bueno sin chistar (2).

Y como la prensa de Guayaquil ha renunciado de entrada y de manera rotunda a mantener cualquier asomo de postura crítica frente a la administración de la Alcaldía de Guayaquil, no ha existido jamás incentivo ninguno para que despierte la sociedad civil de su letargo. Porque causas sobran, faltan los ciudadanos que masivamente las empoderen.

(1)Guayaquil: Ciudad para débiles’, Diario de Alpargatas, 28 de agosto de 2012. Eso de que Guayaquil es una ciudad “donde actúan los menos” coincide con esa ingeniosa (y tristemente cruel) observación en la película ‘Sin otoño, sin primavera’: “Guayaquil, una ciudad de 100.000 habitantes y más de un millón y medio de extras”.
(2) Se podrían pensar varias políticas orientadas en un sentido opuesto al que ha impuesto la Alcaldía de Guayaquil, por ejemplo, en materia de áreas verdes, de espacios públicos, de participación ciudadana, de políticas para los mercados, de incentivos para los emprendimientos económicos (de comerciantes autónomos y de todo tipo de iniciativa, desde la popular y solidaria a la industrial), a la prevención en la gestión de riesgos en materia de terremotos y de inundaciones… en fin, hay varios ángulos para criticar la gestión de la Alcaldía de Guayaquil. En este blog, bajo la etiqueta ‘Alcaldía de Guayaquil’ (en la barra derecha) se encuentran compiladas mis publicaciones de casi diez años de crítica fundamentada a la gestión de la Alcaldía de Guayaquil. Es necesario notar que ONU Hábitat, el organismo especializado de las Naciones Unidas en materia de ciudades (este año organiza su III Conferencia Mundial en Quito) ha señalado que las ciudades de América latina en el siglo XXI deben impulsar “un modelo centrado a la vez en el bienestar de las personas y su inclusión en la sociedad, un modelo que privilegie el empleo local, la diversidad social y cultural, la sostenibilidad ambiental y la reafirmación de los espacios públicos” (‘Estado de las ciudades de América latina y el Caribe 2012. Rumbo auna nueva transición urbana’, ONU Hábitat, 2012, p. XV). Esta es una descripción, a un mismo tiempo, de dos cosas: 1) La dirección de las políticas que las ciudades latinoamericanas deben implementar en este siglo XXI; 2) La dirección opuesta a esta recomendación de ONU Hábitat de las políticas que se han emprendido en Guayaquil durante los años de la administración de Jaime Nebot. Un estudio a profundidad de las políticas de la Alcaldía de Guayaquil durante su período de administración (2000- ) frente a los criterios de ONU Hábitat sobre lo que constituye una “Ciudad Próspera” sería una contribución clave para desentrañar la ficción de éxito que sostiene la Alcaldía de Guayaquil.

Ecuador, 1852

13 de septiembre de 2008

En 1852, a raíz de la derrota del caudillo Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros y en un lapso de solo dos semanas, Juan Bautista Alberdi escribió su célebre texto Bases, de probada influencia para la redacción de la Constitución argentina de 1853. En esta obra, Alberdi entiende que las libertades civiles se resuelven en libertades económicas a cuyo número pertenecen las “de adquirir, enajenar, trabajar, navegar, comerciar, transitar y ejercer toda industria” y desprecia las libertades políticas, a las que denomina “instrumento de inquietud y de ambición” e impropias “para pueblos que solo saben emplearlas en crear sus propios tiranos”.

Es curioso constatar que este ideario de Alberdi (acaso sin conocerlo) tiene plena vigencia en nuestra sociedad. Anticipo que no es difícil suponer un importante número de argumentos para criticar el proyecto de nueva Constitución (y justo es reconocer, asimismo, que varios columnistas han formulado lúcidos análisis al respecto). Sin embargo, una buen parte de los hacedores de opinión pública que lo critican se entretienen en referirnos cosas tales como que este no es devoto de la protección a las libertades económicas y que defiende en demasía esas libertades civiles y de participación que no corresponde defender o que no son útiles para el desarrollo.

Entrémosle a las libertades civiles. El proyecto de nueva Constitución ha exacerbado el conservadurismo de cierta oposición (abanderado, en buena medida, por las iglesias católica y evangélica) que sostiene que en la sociedad ecuatoriana no corresponde defender las libertades civiles que otras sociedades han adoptado (la mayoría de ellas del primer mundo el que, curiosamente, en materia de economía casi siempre es ejemplar pero en materia de moral casi nunca, y también de no pocos países de la región) como las libertades de la unión homosexual, de consumir sustancias estupefacientes y psicotrópicas y de abortar: en pocas palabras, una oposición reaccionaria.

En materia de participación: en tiempos de Alberdi (cuyo ideario participa del racismo), sus palabras en contra de la participación de los ciudadanos en la administración pública no eran extrañas. Hoy serían, simplemente, impresentables. Puede entonces que no sea accidental (porque sobre este hecho no pueden construirse esos enjundiosos discursos morales) que esta oposición eluda cualquier referencia a la participación de los ciudadanos en el proyecto de nueva Constitución: porque no lo pueden criticar en los términos de Alberdi pero tampoco pueden reconocérsele sus bondades, tiene la palabra el silencio.

Finalmente, en materia de libertades económicas: en los tiempos de Alberdi la Constitución postulaba un Estado liberal de derecho: los agentes económicos actuaban libremente y procuraban por sí mismos la protección de sus derechos. Este diseño institucional pertenece al siglo XIX y sus consecuencias son de sobra conocidas. En las sociedades contemporáneas, cuyos estados sociales de derecho garantizan derechos económicos y sociales a sus ciudadanos, se requiere la intervención del Estado para asegurarles a estos el cumplimiento de esos derechos que la propia Constitución garantiza. El ideario de las libertades económicas a ultranza padece alrededor de siglo y medio de retraso.

Que la ideología de una importante porción de la oposición se corresponda con el ideario de un libro que este mes de mayo cumplió 156 años debería llamarnos mucho la atención. Y si somos conscientes, incluso, debería entristecernos un poco.

1968

5 de enero de 2008

El primer disco de Joaquín Sabina data de 1978 y se llamó Inventario. Tenía diez canciones: la cuarta del Lado A del LP de añejo vinil se llamó 1968 y, como su título lo anuncia, nos habla de Sartre, Dylan, sexo, Vietnam, México, Che Guevara, Praga, París, claveles, Massiel, San Francisco, de Gaulle… Comienza tan certera la canción, “Aquel año Mayo / duró doce meses” y su coro nos remite directo a la euforia de esa época, “la poesía salió a la calle / reconocimos nuestros rostros /supimos que todo es posible / en 1968”, para cerrar con esta línea desencantada, “ya se secaron las flores de 1968”. Yo disiento. Y afirmo a continuación que la herencia de Mayo de 1968 vive todavía.

Para fundamentar mi disensión y mi afirmación, acudo a uno de los filósofos más lúcidos del siglo XX, Cornelius Castoriadis, quien sobre Mayo de 1968 reflexionó que su cacareado fracaso “no reduce sin embargo la inmensa importancia positiva de Mayo de 1968, que reveló e hizo visible para todos algo fundamental: el lugar verdadero de la política no es aquel que se creía. El lugar de la política está en todas partes. El lugar de la política es la sociedad” y que la “inspiración profunda” de esas jornadas del Mayo francés “era la aspiración a la autonomía tanto en su dimensión social como individual”. O para reformularlo con las muy actuales y precisas palabras de Roberto Gargarella: en política, debemos aspirar a fortalecer “nuestra autonomía individual y nuestro autogobierno colectivo”. Y ya situados en este punto vuelvo a Sabina (quien, por cierto, opina que su disco Inventario es “nada memorable”) y coincido con él en que “lo primero que se me ocurre al pensar en política es ‘caca’. Lo segundo, que es algo demasiado importante para dejarlo en manos de los políticos”.

Me permito traducirles estas reflexiones en clave ecuatoriana porque precisamente son ahora más necesarias que nunca, en particular, para quienes habitamos en esta ciudad. Nuestras posibilidades de acción política no se agotan para nada en la torpe falacia de falso dilema (“quienes están con Nebot están contra Correa, quienes con Correa contra Nebot”) que muchos proponen y que perpetúa las tradiciones de caudillismo, miseria ideológica y débil sociedad civil, pesados lastres de nuestra cultura política. Sépanlo ustedes: ni al Gobierno Municipal ni al Gobierno Nacional les interesa deshacerse de estos lastres; sí les interesa, en todo caso, medrar de ellos: lo prueban sus leyes, sus ordenanzas, sus actos. Nosotros (lo que habla realmente pésimo de nosotros) durante décadas se lo hemos consentido. Nosotros, hoy, debemos encaminar nuestra acción política (mediante el uso de los canales alternativos de comunicación, de la autogestión, de la protesta pública) a la creación de una creciente capacidad de auto-organización y de autogobierno. Y cuando escribo “nosotros” pienso en “nosotros, los ciudadanos”: una condición ésta (la ciudadanía) que las autoridades nunca han querido y rara vez permitido que tengamos (así nos manipulan con mayor facilidad) y que muchos individuos parece que no tienen el valor de asumir (¿miedo a asumir las responsabilidades de la libertad política?). En definitiva: una ciudadanía activa, participativa, lúdica (porque después de todo, la imaginación al poder, ¿o no?): tal es la herencia viva de ese Mayo de 1968.

M.P.B.N.

22 de septiembre de 2007

La modelo argentina Nicole Neumann (espigada y curvilínea, rubia y ojizarca, 26 añitos: divina) se comprometió en un programa de televisión a desnudarse en pleno microcentro de Buenos Aires (avenidas Corrientes y Florida) , a escasos metros del simbólico Obelisco, porque prefiere más “andar desnuda que usar pieles” y porque quiere crear conciencia, de esta calata manera, del daño que la industria de las pieles provoca; su inspiración la encontró en “personalidades de otros países que lo hicieron”. El 29 de agosto, sin embargo, día en que debía cumplir su compromiso, la rubia falló. Surgió, entonces, la inmediata respuesta: el M.P.B.N., Movimiento Ponete en Bolas Nicole, que le exige a la modelo algo tan elemental como que honre su promesa de desnudarse en la vía pública, tal como lo ofreció, y le concedió plazo hasta el 15 de septiembre para que lo haga; en caso de que no, los miembros del M.P.B.N. convertirían en “abrigo para el frío” a un perrito border collie que alegaban que le pertenecía a la modelo (uno de los 40 que tiene).

La respuesta del M.P.B.N. repercutió: en la prensa argentina, en el diario español El País, en los videos de YouTube o en las bitácoras de internet, como la excelente que publica el escritor Marcelo Figueras en las que se reseñó la lúdica exigencia de este peculiar movimiento. (Por cierto, un detalle tangencial pero no menor: mientras en Buenos Aires y otras ciudades del mundo la desnudez pública es una forma de expresión válida –e incluso artística, como en el caso del fotógrafo estadounidense Spencer Tunick–, aquí, en Guayaquil, sucede lo contrario: cuando el 6 de octubre del 2006 Karen Minda intentó marchar desnuda por otra causa justa –la educación sexual– las autoridades locales no le concedieron el permiso y la Policía no solo que impidió con mantas la marcha sino que detuvo a Karen Minda por varias horas y –según sus declaraciones– la vejaron y la humillaron: una muestra evidente de la cultura represiva que se impone en la ciudad, que siente pánico ante la eventual desnudez pública de un cuerpo).

El 21 de abril de 2007 publiqué la columna ‘’, con referencia a la “persona del año” que la revista Time eligió el 2006, que recayó precisamente en “You” [Tú], con el siguiente subtítulo: ‘Sí, tú. Tú controlas la era de la información. Bienvenido a tu mundo’, en la que enfaticé la importancia de que tú, o sea, todos nosotros, utilicemos las herramientas de la tecnología para intervenir en la próxima Asamblea Constituyente; manifesté mi convicción de que se puede “utilizar la tecnología actual, blogs, YouTube, podcasts, correos electrónicos y mensajes de móvil, entre otras crecientes posibilidades, para influenciar en la construcción de una sociedad más crítica y participativa”. El ejemplo de la amplia difusión de las críticas del M.P.B.N., o la difusión e inmediata (y merecida) crítica de los abusos policiales en contra de Andrew Mayer por formularle unas preguntas incómodas a John Kerry o, en clave local, la difusión (que implicó la destitución) de la corrupción de funcionarios de la aduana son ejemplos recientes de la creciente importancia mediática y política de estos mecanismos para presionar y criticar a quienes ejercen funciones públicas.

Por cierto, en su último comunicado el M.P.B.N. anunció la liberación de su prisionero político, el border collie. Nicole Neumann les entregó a cambio unas rojas prendas íntimas, que se subastarán a beneficio de la Sociedad Protectora de Animales. Nosotros podemos obtener incluso resultados mejores, a saber: la participación activa para construir una sociedad crítica que, por estos y otros mecanismos, sepa exigirles a quienes dicen representarnos el necesario cumplimiento de sus ofrecimientos y promesas.

Participación ciudadana

25 de agosto de 2007

La Asamblea Constituyente es la histórica oportunidad para los ciudadanos de implementar las necesarias reformas que acerquen el Estado a nosotros y nos permitan exigirles a sus autoridades el cumplimiento de sus obligaciones, con el evidente propósito de fortalecer, sea dicho con las precisas palabras del jurista argentino Roberto Gargarella, “nuestra autonomía individual y nuestro autogobierno colectivo”.

En esta columna ofrezco tres ideas útiles para este propósito, que se relacionan con reformas al Título IV de la actual Constitución, denominado ‘De la Participación Democrática’: las dos primeras se refieren a reformas a las instituciones de la consulta popular y de la revocatoria del mandato y la última a la implementación constitucional de la institución del cabildo abierto. Dicho sea en breve:

1) Sobre la consulta popular sugiero, primero, que se diferencie entre plebiscito (consulta popular sobre asuntos de reforma política) y referéndum (la consulta popular sobre asuntos de reforma jurídica); segundo, que se precisen en el texto de la nueva Constitución las facultades del presidente de la república, de los órganos seccionales y de los ciudadanos para convocar a la consulta popular; tercero, que se refiera de manera detallada a la facultad de los ciudadanos de convocar tanto a plebiscito como a referéndum, ambos tanto a nivel nacional como seccional y que se disminuyan los porcentajes de representación de los ciudadanos que permitan convocar la consulta, para facilitar su ejercicio.

2) Sobre la revocatoria del mandato, sugiero, primero, que se amplíe su ejercicio a todas las personas elegidas por voluntad popular (desde miembros de Junta Parroquial hasta presidente de la república) y, segundo, que se establezcan mecanismos de sanción (como la inhabilitación de participación en elecciones futuras) para todos aquellos a quienes se les revoque el mandato.

3) Sobre el cabildo abierto, sugiero su implementación en términos en que se constituya como una reunión pública de los ciudadanos de un territorio que corresponda a un órgano seccional para que discutan de manera directa en su seno los asuntos que son de interés para su respectiva comunidad. El único requisito previo sería el envío a la secretaría del órgano seccional de una solicitud que la avale un porcentaje mínimo de ciudadanos (en Colombia, por ejemplo, es el 0,05% de los empadronados en el respectivo territorio); el asunto que se proponga entonces en la solicitud se discute en audiencia pública en el órgano seccional, y éste, dentro de un plazo razonable (en la siguiente sesión del órgano seccional, por ejemplo) debe responder de manera escrita, precisa y razonada sobre la solicitud que se discutió.

Estas sugerencias merecen pulirse, por supuesto, y discutirse de una manera crítica, lúcida y prolija. Yo recordé en una columna anterior ‘Las Galeras’, (del 30 de junio del 2007), que escribí en relación con las políticas del gobierno local de Guayaquil, la distinción de John Locke en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, de 1690, entre el poder del padre sobre los hijos, el poder del capitán de una galera sobre los remeros (la forma de esclavitud habitual de esa época) y el poder del gobierno civil. Él sostuvo que el primero descansa en una cuestión generacional (ex natura), el segundo en el derecho de castigar (ex delicto) y el tercero en el consenso (ex contractu). Las reformas que sugiero y su adecuado ejercicio por parte de una ciudadanía participativa y crítica hará el tránsito de la actual ciudadanía obediente (como en las galeras) a una ciudadanía de gobierno civil, que proponga y consensue, como único mecanismo legítimo y efectivo para la creación de una sociedad más justa, igualitaria e inclusiva.

21 de abril de 2007

Desde 1927 la revista norteamericana Time elige a la “persona del año” [Person of the Year]. El año pasado Time no determinó en un individuo esa condición: la portada de su edición de diciembre del 2006 fue una pantalla plana de computadora donde, en enormes letras negras, se podía leer “You” [Tú]. El subtítulo lo confirmaba: “Sí, tú. Tú controlas la Era de la Información. Bienvenido a tu mundo”.

Puede parecernos exagerado y sin embargo las sobradas razones para que Time te escogiera a ti las expuso bien Lev Grossman en un artículo de esa misma edición, donde enfatizó que la historia del año 2006 trató de la “comunidad y colaboración en una escala nunca antes vista […] y de las muchas posibilidades de lucha que tienen los pocos y altruistas y de cómo todo eso no solo cambiará el mundo sino también la manera en la cual el mundo cambia”. Todo lo cual es posible gracias a la Internet que constituye “una herramienta que amalgama las pequeñas contribuciones de millones de personas y hace que estas importen. Los consultores de Silicon Valley lo llaman Web 2.0, cual si fuera una nueva versión de algún viejo software. Pero es realmente una revolución”.

Lo que Grossman destaca en su artículo es el posible empoderamiento de cada uno de nosotros mediante el uso de una tecnología que está, en buena medida, a nuestro alcance. Coincido con él en que “sería erróneo romantizar todo esto más allá de lo estrictamente necesario. La Web 2.0 sirve tanto para la estupidez de las masas como para su conocimiento”. Pero el enorme potencial de su uso es evidente y quiero, en esta columna, enfatizar su importancia en el contexto del proceso de la Asamblea Constituyente en el que, por aplastante voluntad popular, nos encontramos. Les confieso que el proceso de la Asamblea Constituyente lo considero mucho más importante que la propia Constitución que resulte del proceso. Lo afirmo, porque entiendo que el proceso de la Asamblea Constituyente (que involucra, entre otras cosas, la discusión de ideas y propuestas, la crítica, denuncia y manifestación de repudio a deslegitimados, oportunistas y mediocres, el discernimiento en la elección de los asambleístas, la exigencia de rendición de cuentas a estos) es el escenario idóneo para repensar nuestra manera de participar en política y de hacerlo con nuevos mecanismos de intervención: tengo la convicción de que se puede, en efecto, utilizar la tecnología actual, blogs, YouTube, podcasts, correos electrónicos y mensajes de móvil, entre otras crecientes posibilidades, para influenciar en la construcción de una sociedad más crítica y participativa.

En su artículo, Lev Grossman mencionó la palabra revolución; esta palabra me recordó una frase de Theodore Roszak: “si no hay cambio psicológico, una revolución no hace sino reproducir la misma situación con otras personas en el poder”. Que suceda ese fracaso dependerá, en buena medida, de si aprovechamos o no esta oportunidad que tenemos para interesarnos y participar, de manera crítica e ilustrada: para convertirnos, en definitiva, en auténticos ciudadanos. Y si tú no lo haces, no tengas la desfachatez de decir luego que no tuviste cómo hacerlo. Puedes no tener las ideas, pero sí tienes los medios: ilústrate, entonces, y actúa.

El valor de ser ilustrados

14 de abril de 2007

Ambrose Bierce mereció, entre sus contemporáneos, el título de Bitter [amargo] Bierce. En buena medida, este remoquete se debió a su exquisito Diccionario del Diablo, libro pródigo en definiciones ingeniosas e irónicas. Tengan como ejemplo, ésta, tan para mañana: “Plebiscito.-Votación popular para establecer la voluntad del amo”. Nadie puede dudar que Bierce era un pesimista: no en vano definió optimista como “[p]artidario de la doctrina de que lo negro es blanco” y política como “[c]onflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado”. (Aunque esta definición también le calza a “partidos políticos ecuatorianos” los que Bierce, para su dicha, jamás conoció).

La mención a Bitter Bierce sintoniza con el estado de ánimo de la mayoría de quienes postulan el No para la consulta popular: el es el evidente preludio de la dictadura y la senda que conduce a Chávez; el No, entonces, el mero reflejo de sus temores. A este respecto siento que para esta oposición el miedo, sea dicho con palabras de un soneto de Sabina, “es su patria, alrededor no hay nada” (pero nótese la diferencia: mientras Sabina hace poesía, la oposición hace agüero del desastre). Es, en verdad, lamentable: no se escucha ninguna o casi ninguna voz que discuta una propuesta a partir del No a la consulta: su casi único deseo es mantener el statu quo, cuyo derivado lógico sería medrar de la derrota de la propuesta del Gobierno. En este sentido, la desfachatez de un redivivo Hurtado o la súbita cohesión en el No de los 57 miembros de la Escuelita Cómica del Maestro Lechuga Chávez reunidos en algún hotel de la capital, no sirven sino para acentuar esta ideológica miseria.

Por cierto que no seré yo, que hace solo dos semanas fustigué (‘Superhéroes’, 31 de marzo del 2007) los graves sesgos de autoritarismo, demagogia e improvisación de este Gobierno, quien suponga no tener noticia de los posibles peligros de una Asamblea Constituyente de plenos poderes. Pero estimo necesario, en este punto, realizar un esfuerzo adicional: la jornada cívica de mañana no se agota en votar por el No como un reflejo del miedo, como tampoco votar por el como una vaga aspiración de cambio, ambas actitudes que no implican casi ningún esfuerzo intelectual. A este respecto, un pensador tan lúcido como Cornelius Castoriadis supo hacer una valiosa distinción entre meramente “estar informado” y actuar, en consecuencia, con pasividad ante la realidad, y “ser ilustrado”, esto es, tener la intención de buscar, crear e intervenir la realidad con nuevas propuestas.

Hay que tener, entonces, y lo digo con énfasis, el valor de “ser ilustrado”; hay que tener el valor (en el doble sentido de esta palabra, de valer y de valentía) de aceptar el reto de pensar este país. Bien podría ser que el eventual referéndum, en caso de ganar el , resulte, en definición de Bitter Bierce, en una “[l]ey que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública”. Pero que así sea dependerá solo de nosotros, los ciudadanos. Tengo la firme convicción de que no es este el momento para pusilánimes o chacales y de que es, en contraste, la hora propicia para intervenir, con fuerza e ideas, en la creación de escenarios y la discusión de propuestas que atemperen los rasgos de arbitrariedad, demagogia e improvisación de este Gobierno y que releven a esta vergonzosa oposición que hace mucho rato que no representa sino al oprobio. Hay que tener, entonces, el valor de “ser ilustrados” y de intervenir para contribuir, desde esa lúcida plataforma, en la construcción de una mejor sociedad.

No todo está perdido

14 de octubre de 2006

Publicado en diario El universo el 14 de octubre de 2006.

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Quien fuera el jurista más importante del siglo XX, el austriaco Hans Kelsen, declaró en una ocasión: "El pueblo es una pura creación de la ley: la ley lo convoca para elecciones y una vez cumplido ese acto lo disuelve como tal". Kelsen tiene razón: esta amalgama de individuos que llamamos "pueblo" tan solo existe en esos días en que se lo convoca a elecciones y en la patética retórica de los políticos con pocas o nulas ideas, que en este país no son escasos. Todos los otros días aquello que llamamos "pueblo", disperso y abúlico, suele canalizar su voluntad política en crítica autocomplaciente, insulsos raptos de iracundia o quemeimportismo. En raras ocasiones, una supuesta porción congregada de la ficción "pueblo", digamos por ejemplo, 20.000 insatisfechos quiteños de clase media, se dedican a la puesta en práctica de un incipiente deporte nacional de discutible ropaje cívico-institucional: defenestrar al mediocre presidente de turno.

Es sabido que el término democracia significa etimológicamente "el poder del pueblo"; vale recordar que para Gilbert K. Chesterton, tanto como la aristocracia era el gobierno de los maleducados, la democracia era "el gobierno de los sin educación". De la mezcla de ambas ideas con la citada expresión de Kelsen, obtenemos un diagnóstico de nuestra realidad política: un pueblo sin educación ejerce cada cierto tiempo un poder meramente electivo para luego disolverse en naderías o insurgencias sin proyección futura. Conclusión: como individuos conscientes no podemos confiar en nuestro ficticio formato de "pueblo".

Tampoco podemos confiar en nuestros políticos que, con cita de Borges, "se dedican a una versión latinoamericana de la política: conspirar, mentir e imponerse". Sabemos, o deberíamos saber, que los políticos prometen de acuerdo con sus expectativas y cumplen de acuerdo con sus temores. Lo prueban los dichos de la reciente campaña electoral y también los impunes hechos de nuestra historia republicana. ¿Qué hacer entonces? Nada sucederá si tú no te involucras salvo, por supuesto, la repetición de los rasgos de este disperso y abúlico pueblo que se debate miserablemente entre la crítica autocomplaciente, los insulsos raptos de iracundia o el quemeimportismo ya mencionados. Entre la ignorancia supina del pueblo elector y la sapiencia aleve de los políticos elegidos, sí existe ocasión para que los individuos conscientes participemos de una manera activa en la modificación del status quo. Mecanismos los hay: la conformación de veedurías ciudadanas, la discusión de políticas públicas, la presentación de proyectos de ley, la constitución de células cívicas, el inicio de litigios estratégicos, el ejercicio de la revocatoria del mandato, la protesta de conformidad con los derechos de reunión y de libertad de expresión, la manifestación de nuestro repudio a los políticos que lo merezcan (negándoles el saludo, abandonando el lugar donde comemos cuando entren ellos al mismo, haciéndoles llegar la expresión escrita o verbal de nuestro desprecio), entre otras varias que la imaginación autoriza y la realidad requiere.

Hace dos semanas propuse en esta página (con el título 'No en nuestro nombre') que expresemos nuestro masivo repudio hacia los candidatos a diputados. Un buen comienzo, pero que en sí mismo no significa nada si a este no le otorgan sentido acciones subsiguientes como estas que describo en el párrafo anterior que contribuyan a repudiar lo que hay, un estado semifeudal de caudillaje, y a crear lo que no hay, una democracia real y participativa. Todo lo cual, por cierto, no es trabajo para pusilánimes. Se requiere de nuestra parte un sólido compromiso político que torne difícil a la clase política prometernos ridiculeces que no pueden cumplir y que haga que esta finalmente tema que sus privilegios pueden perderse si nos incumplen o nos fallan. Suena complejo, y en efecto lo es, de cara a la abulia de la mayoría y a la mediocridad institucional de este país. Pero como escribió ese gran cronopio que fue Julio Cortázar: "No todo está perdido, si tenemos el valor de admitir que todo está perdido, y empezarlo de nuevo". Sé que Cortázar consentiría esta frase final: no colabores con la mediocridad y actúa en consecuencia.