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Los presidentes muertos

27 de febrero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 27 de febrero de 2026.

Un total de cuatro presidentes de la República del Ecuador han muerto durante el ejercicio de la presidencia y cada uno murió por una causa distinta: un asesinato, la muerte natural, un (probable) suicidio, un (supuesto) accidente de aviación.

El primero fue el líder conservador Gabriel García Moreno (nacido en Guayaquil en 1821, muerto en Quito en 1875). Fue elegido presidente de la República por sendas asambleas constitucionales para el ejercicio de sus dos períodos de gobierno (1861-1865 y 1869-1875). Casi al término de su segundo período, en mayo de 1875, García Moreno compitió para la reelección. 

En aquellos tiempos, las elecciones las organizaba el propio gobierno y su resultado era muy previsible (ganaba invariablemente el candidato auspiciado por el gobierno). La elección de 1875 fue la única que García Moreno ganó por votación popular (con el 99.1% de los votos, aunque en aquel entonces eligió únicamente el 2.27% de la población). Iba a empezar este nuevo período de gobierno el 10 de agosto de 1875 pero cuatro días antes, el 6 de agosto, García Moreno fue asesinado, a tiros y machetazos, a los pies del Palacio de Gobierno. 

El segundo presidente que murió mientras ejercía el cargo fue el liberal Emilio Estrada Carmona (nacido en Quito en 1855 y muerto en Guayaquil en 1911). Estrada fue elegido por el voto popular en enero de 1911 (también arrasó: triunfó con el 93.95% de los votos). Tomó posesión de su cargo el 1 de septiembre de ese mismo año. Estrada debió gobernar hasta el 1 de septiembre de 1915, pero un infarto interrumpió el ejercicio de su cargo el 21 de diciembre de 1911, con apenas 111 días en funciones.

Un natural de Quito, Aurelio Mosquera Narváez, nacido en 1883, fue el tercero en fallecer siendo el Presidente de la República. Mosquera fue elegido Presidente por el Congreso Nacional el 2 de diciembre de 1938, tras la renuncia del cuencano Manuel María Borrero. Es fama que el Presidente Mosquera se suicidó con la ingesta de grandes dosis de Nembutal y por una pena de amor (o por la pura vergüenza de que su mujer le haya puesto los cuernos). Murió en Quito, la fría madrugada del 17 de noviembre de 1939.

El último de esta lista fúnebre fue el guayaquileño Jaime Roldós Aguilera, nacido en 1940. Roldós fue el primer presidente tras la vuelta a la democracia en 1979, después de casi diez años de dictadura. Él participó por el partido populista por excelencia, la Concentración de Fuerzas Populares (CFP). 

Fue un presidente elegido por la voluntad popular, en la primera ocasión que en el Ecuador la elección se realizó a dos vueltas. La primera vuelta se llevó a término el 16 de julio de 1978 y la segunda vuelta, que fue demorada por la dictadura para favorecer al candidato opositor, se realizó casi un año después, el 29 de abril de 1979. No sirvió de nada: Jaime Roldós obtuvo el 68.49% de los votos, frente al 31.51% que obtuvo Sixto Durán-Ballén. Una paliza nunca superada.

Roldós tomó posesión del cargo de presidente el 10 de agosto de 1979 y murió menos de dos años después, cuando el avión oficial en el que viajaba a Zapotillo se estrelló contra el cerro Huayrapungo. Este (supuesto) accidente de aviación ocurrió el 24 de mayo de 1981.

Carrión renuncia

21 de febrero de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 21 de febrero de 2025.

El primer Presidente Constitucional elegido por la voluntad popular fue el lojano (natural de Cariamanga, nacido en 1804) Jerónimo Carrión Palacio. En su vida pública, él había sido diputado a las convenciones nacionales de 1845 y 1852, gobernador del Azuay durante la presidencia del guayaquileño Vicente Ramón Roca Rodríguez y vicepresidente durante la presidencia del guayaquileño Francisco Robles García (1856-1859) para luego convertirse en su detractor por integrar el triunvirato de gobierno que surgió en Quito (conformado, además, por el guayaquileño Gabriel García Moreno y el riobambeño Pacífico Chiriboga Borja) en los tiempos de la guerra civil de 1859-1860.

De aquella guerra civil emergió una figura que dominó la época hasta su muerte en 1875: Gabriel García Moreno. Una convención nacional, convocada por García Moreno en calidad de jefe supremo, se reunió en Quito entre el 10 de enero y el 3 de abril de 1861. Esta convención dictó una Constitución que reemplazó a la promulgada en 1852 en los tiempos del general Urbina y eligió Presidente Constitucional de la República a García Moreno para que gobierne hasta el 30 de agosto de 1865. 

Bajo el imperio de la Constitución de 1861, unos días antes de concluir el período presidencial de García Moreno, el 15 de mayo de 1865, se celebró la primera elección presidencial directa en la historia de la República del Ecuador, a fin de elegir a su reemplazo (la Constitución impedía la reelección). El reemplazante fue el candidato auspiciado por el gobierno nacional (dando inicio a una larga tradición), elegido de una forma arrasadora (más del 70% de la votación, aunque el universo de votantes era de alrededor del 3% de los ecuatorianos). Ese hombre fue Jerónimo Carrión. 

Carrión empezó su período de gobierno el 7 de septiembre de 1865 pero no lo concluyó. García Moreno lo había elevado a la presidencia y García Moreno intervino para sacarlo a Carrión de ella. 

García Moreno era persona dominante y autoritaria, mientras que Carrión era su opuesto, de carácter débil y timorato. Para García Moreno, el que Carrión haya pretendido un gobierno del Ecuador respetuoso de la Constitución y las leyes, de las instituciones y las garantías de las personas, que haya permitido la libertad de prensa, eran errores que debían ser corregidos.

Hacia finales de 1867, Gabriel García Moreno se trasladó de Guayaquil a Quito para maniobrar y proponerle a Jerónimo Carrión que renuncie a la presidencia, por la falta de apoyo que tenía y como único remedio para salvar a la República. De acuerdo con Benjamín Carrión, en su biografía de García Moreno “El Santo del Patíbulo”, publicada en 1959, un militar de apellido Sáenz le dejó al presidente Carrión un recado: “manda a decir el señor García Moreno que desocupe la presidencia de la Republica, porque él la necesita para otra persona”.  

Le hizo caso. Quien fuera el primer Presidente Constitucional de la República elegido por la voluntad popular, fue también el primero en desentenderse de tan alto cargo. Carrión envió su renuncia al Congreso el 6 de noviembre de 1867 y se retiró de la vida política para siempre.

Carrión murió en Quito, en tiempos todavía garcianos, el 5 de mayo de 1873.  

182 varones

27 de septiembre de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 27 de septiembre de 2024.

Rocafuerte, García Moreno y Alfaro: tres héroes políticos del siglo diecinueve (en el caso de Alfaro, hasta entrado el siglo veinte). El dato curioso: ninguno llegó a la presidencia por la voluntad popular.

Rocafuerte ocupó la presidencia por un único período, entre 1835 y 1839. Su período de gobierno fue consecuencia de haber triunfado su ejército en la batalla de Miñarica, el 19 de enero de 1835. El triunfo en esta primera guerra civil entre ecuatorianos produjo la reunión de una Asamblea Constitucional, la primera que estableció en la Constitución que el Ecuador era una república y ya no parte de una tan deseada como extraviada confederación. Esa Asamblea, el 8 de agosto de 1835 y por 25 votos (de 39 posibles) lo designó a él Presidente de la República.

García Moreno ocupó la presidencia en dos períodos no consecutivos, primero entre 1861 y 1865, después entre 1869 y 1875. Su primera presidencia surgió como fruto de la guerra civil de 1859-1860 y tras la organización de una Asamblea Constitucional, que dictó la sexta Constitución de la República del Ecuador y que lo designó a él, el 2 de abril de 1861 y por 37 votos (todos los diputados, menos uno) Presidente de la República.

La segunda presidencia de García Moreno ocurrió por un golpe de Estado. Para evitar que en las elecciones a celebrarse en mayo de 1869 triunfe la opción liberal que Francisco Xavier Aguirre representaba, García Moreno produjo un Golpe de Estado el 17 de enero de 1869. Convocó una nueva Asamblea Constitucional, que dictó una nueva Constitución (la séptima). Esta Asamblea lo designó Presidente de la República, el 9 de agosto de 1869 y por 28 votos (de 30 posibles). El magnicidio del 6 de agosto de 1875 concluyó con su período presidencial, cuatro días antes de terminar el período.

Alfaro también ocupó la presidencia en dos períodos no consecutivos, primero entre 1897 y 1901, y después entre 1906 y 1911. La primera presidencia de Alfaro surgió como fruto de una guerra civil en la que triunfó la revolución liberal y se convocó a una Asamblea Constitucional, que elaboró la décima Constitución de la República del Ecuador y lo designó a Alfaro Presidente de la República el 17 de enero de 1897, por 51 votos (de 63 posibles). 

La segunda presidencia de Alfaro se originó por un golpe de Estado. El 31 de diciembre de 1905, el presidente Lizardo García recibió un telegrama en el que se le deseaba un feliz año y se le informaba de una insurrección que proclamaba Jefe Supremo a Alfaro. En cosa de veinte días, el golpe de Estado estaba consolidado. Luego, lo típico: una Asamblea Constitucional, que dictó una nueva Constitución (la décimo primera de la república) y que lo designó Presidente de la República a Alfaro el 23 de diciembre de 1906, con 41 votos (de 60 posibles). Lo que empezó con un golpe de Estado, concluyó con otro, consumado el 11 de agosto de 1911, que lo sacó a Alfaro al exilio veinte días antes de que concluya su período.  

En resumen, tres presidentes relevantes de nuestra historia y un total de cinco períodos de gobierno, pero en ninguno de ellos se llegó a ocupar el cargo por la voluntad popular directa (en cinco asambleas de representantes, los votaron 182 varones).

¡Mueran los tres pesos!

23 de agosto de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 23 de agosto de 2024.

Esta es la conclusión del libro de Mark van Aken, ‘El rey de la noche’, sobre Juan José Flores: “Con la perspectiva que da el tiempo, nos es relativamente fácil diagnosticar los males que sufría el Ecuador: rivalidades regionales, atraso económico, corrupción e injusticia social. (…) No podemos atribuir a Juan José Flores el mérito de haber encontrado una solución a los problemas del Ecuador, pero, teniendo en cuenta las enormes dificultades del empeño, no asombra su fracaso”.  

Un testimonio de estas “enormes dificultades” es la reforma fiscal que intentó Flores en su tercera presidencia (también lo intentó en su primera presidencia y también sin éxito). En 1843, Flores se sentía fuerte: había sido nombrado Presidente de la República en marzo por una Asamblea Constitucional de adictos suyos, que le elaboró una Constitución a su medida, con un período presidencial de ocho años. Flores pensaba gobernar hasta 1851.

Apenas iniciado su período, el presidente Flores planteó una reforma fiscal que fue aprobada por la legislatura y que consistió en crear una contribución general de tres pesos y medio que la debía pagar todo hombre adulto, so pena de su reclutamiento en el ejército en caso de negarse a ello. 

Desde su nacimiento en 1830, el Ecuador arrastraba un permanente déficit económico y esta contribución de los ecuatorianos era una forma de tratar de equilibrar la balanza y de cumplir con los pagos atrasados. En rigor, la reforma no era otra cosa que la extensión a la población blanca y mestiza del Ecuador del impuesto que era pagado por los indígenas desde los tiempos de la conquista, llamado ‘contribución personal de indígenas’. Según Mark van Aken, “el programa de contribuciones que Flores proponía era equilibrado y humanitario, especialmente en lo que afectaba al sobrecargado indígena”. 

Pero en una sociedad pigmentocrática (es decir, una que clasifica las personas según su color de la piel y las trata en consecuencia), esta extensión a la población blanca y mestiza del cobro de una contribución que se estimaba propia de los indígenas, se consideró como una degradación que igualaba a los blancos y a los mestizos con los oprimidos indígenas. Y entonces se la resistió bravamente a esta contribución por los blancos y mestizos de clase baja, principalmente en las poblaciones de la Sierra (más sensibles a esta igualación, por tener una mayor población indígena), al grito de “¡mueran los tres pesos!”.

El gobierno de Flores reprimió a los rebeldes y mató a unos cuarenta de ellos. Los rebeldes mataron a algún terrateniente (Adolfo Klínger, en Cayambe) y saquearon varias haciendas. Finalmente, Flores debió recular y desistir de la extensión de la contribución a los blancos y mestizos, quedando únicamente el impuesto de siempre para los oprimidos indígenas. (Y así se mantuvo hasta 1857).   

Al final de este viaje racista y violento, el Ecuador estaba peor que cuando se aprobó la reforma fiscal: no sólo ella había fracasado, sino que el erario nacional se encontraba más debilitado que antes por el costo de aplacar la rebelión.

En un país así constituido, no resulta entonces nada extraño que el presidente Flores haya fracasado. Le hubiera pasado a cualquiera.

La descripción de un "cojudo"

27 de marzo de 2019


Ha escrito Roberto Aguilar una columna titulada: “Yunda, la derrota de la clase media de Quito”. Allí expone esta visión de la clase media quiteña:

“La clase media quiteña, a diferencia de las de otras ciudades del Ecuador, tiene la consciencia de ser un actor político de peso, uno que tumba presidentes e influye en las agendas nacionales. La clase media quiteña percibe a la capital como una ciudad cosmopolita y firmemente encaminada en el siglo XXI”.

Cómo me he cagado de la risa con este fragmento de la columna de Aguilar. En su fantasía, él imagina a una clase media de Quito diferenciada del resto de ciudades del país por tener una consciencia de su rol “de ser un actor político de peso”. Pero el hecho que diferencia a Quito del resto de las ciudades del Ecuador para tener mayor “peso político” es el hecho de ser la ciudad capital de un Estado obeso e ineficaz que asienta sus bases en la capital*. No hay “consciencia” en esta tradición heredada de la conquista.

El humor de Aguilar se agranda cuando le atribuye a esta clase media quiteña superpoderes: tumbar presidentes e influir en las agendas nacionales (yo creía que el más importante era el alcoholismo en diciembre). Sobre el segundo, es tremendo pedo mental: en otras partes del país lo que piensa la clase media quiteña carece de mayor (o tiene nula) relevancia, y tanto no tiene capacidad de influir en la agenda nacional, que los noticieros nacionales de la TV y la radio se los suele dividir por regiones y la prensa escrita de Quito únicamente se la lee en la capital y en los pintorescos pueblos de sus alrededores.

Pero es el primer superpoder el realmente grave. Aguilar aviva la creencia de que la clase media de Quito “tumba presidentes”, cuando este rasgo de inestabilidad política es fruto del accionar de nuestras élites, que manipulan a este “bravo” pueblo de Quito (clase media incluida) para tumbar a presidentes. El dato interesante es que no son, ni la clase media de Quito y su supuesta “consciencia” política, ni las élites políticas quiteñas, las que sacan partido de haberse tumbado a presidentes en Quito. Cuando se tumbó a Bucaram se siguió el guion diseñado y expuesto por los políticos guayaquileños León Febres-Cordero y Jaime Nebot, quienes fueron los verdaderos artífices y vencedores de ello. Y cuando se tumbó a Gutiérrez, el resultado fue una breve transición conducida por un Presidente de Guayaquil hasta la irrupción de Rafael Correa, novel caudillo de Guayaquil que dominó el panorama político por los siguientes diez años.

Pero a pesar de haber fantaseado con esta Quito de consciencia política y “encaminada en el siglo XXI”**, Roberto Aguilar tiene que admitir en su escrito que la política para la administración local de Quito está mediada por intereses de los políticos de otras ciudades:  

“En la dispersión de la clase media quiteña tiene su parte de responsabilidad los partidos políticos. CREO y el socialcristianismo, especialmente, cuyos líderes decidieron desde Guayaquil, en función de estrategias políticas a largo plazo y de espaldas a los intereses de una ciudad que no es la suya, participar en unas elecciones que no tenían probabilidad de ganar. Las élites quiteñas les cedieron esa capacidad de decisión.”

Una injerencia así es impensable, por ejemplo, en Guayaquil. Pero la clase media de Quito es tan débil y poco cohesionada (tan diríase “inconsciente”) que sus intereses se los logran dispersar… ¡los políticos de Guayaquil!

Recapitulemos, entonces, esta fantasía esquizofrénica de Aguilar: la clase media de Quito es un actor político distinto y de peso, pero que es incapaz de aprovechar sus “superpoderes” en beneficio propio: no influye en la agenda nacional, no pone alcalde en su ciudad (en la que, tan débil es, que admite la injerencia de políticos de otras ciudades) y cuando tumba a presidentes lo hace en calidad de “tonto útil”, porque son otros los que capitalizan el hecho, los que se le llevan a Quito las presas y le dejan el bucket.

Representación gráfica del Quito de Aguilar:

Con ustedes, El Cojudo.
 
La verdad de la milanesa es que la clase media quiteña no tiene ni puta idea de qué hacer, ni tendría capacidad para hacer otra cosa. Se parece mucho al Presidente que hoy se asienta en el único palacio presidencial de nuestra América del Sur cuyo nombre homenajea a un funcionario del Estado español: es un mojón en la marea, una pobre víctima de las circunstancias. A la clase media de Quito le ha pasado que cuando gana por el que ha votado, gana Rodas (ya me dirán ustedes si hay maneras democráticas de caer más bajo), y cuando le dan ganando a otro que no es el suyo, les sale un Yunda, que es una broma de mal gusto convertida en alcalde de nuestra capital. Todo les sale mal.

El saldo de todo esto es que la clase media de Quito no está en capacidad de imponer las condiciones ni en su propia casa. Ya me dirán ustedes si se puede caer más bajo.

Y no sé como se diría en la capital (¿mushpa?), pero acá en Guayaquil, si esa incapacidad se tradujera en una persona, sería indiscutible y certeramente en la vasta y triste tipología del “cojudo”***.

* Neta, hay que empezar a pensar la capitalidad de Quito como un lastre para el desarrollo del país, tanto en clave histórica como de cara a nuestro común futuro.
** Es curioso observar que una de las mentes más lúcidas que piensa el desarrollo de Quito, Fernando Carrión, sostiene en un artículo titulado muy elocuentemente “¿Cuándo se jodió Quito?” y totalmente a contramano de Roberto Aguilar, que Quito, muy lejos de estar “encaminada en el siglo XXI”, “se encuentra a la deriva” y “hoy vive una de las épocas más obscuras de su historia”. Es decidor de la confusión de la clase media capitalina que dos miembros de su “intelligentsia” (100 veces más riguroso Carrión que Aguilar) tengan una visión tan contrapuesta de un mismo hecho.
*** Quien mejor ha estudiado el fenómeno de la “cojudez” en estas sociedades andino-tropicales del orto es el célebre escritor peruano Sofocleto. Es importante anotar el aporte del “Florilegio de Puteadas Guayacas” de autoría del Dr. Jaime Nebot, quien, en una puteada a un historiador serrano de supuesta tendencia de izquierda en el Congreso Nacional, registró una correctísima pronunciación guayaca del término “cojudo”, dicho en un estado de iracundia y alcoholismo “Nivel Fiestas de Quito”. Notable.

Mafia

26 de marzo de 2019


Si la política fuera como la mafia, Lenin Moreno es un traidor que se vendió a otra famiglia para ejecutar el trabajo sucio de eliminar a su anterior Jefe, a quien hasta hace poco le lavaba la ropa interior después de lamerla, pero que resultó un perfecto incompetente para cumplir el trabajo que ofreció hacer (lo intentó, incluso contrató al decrépito Bugs Trujillo). Después de intentarlo por dos años, por masacre (de votos), el que resultó muerto fue Moreno. Y su antiguo Jefe, sigue tan campante.

La política es mucha mafia y nuestros políticos no se privan de conductas mafiosas (no todos, pero sí un montonsote, y en cargos altos) y el párrafo anterior es una descripción bastante precisa de lo que ha pasado en estas últimas elecciones en el Ecuador (salvo por la parte de lamer la ropa interior de su exjefe, aunque de este sujeto ya toda degradación es esperable). Tras el domingo 24 de marzo, Lenin Moreno se convirtió en el Presidente más prescindible de nuestra historia, el sujeto más innecesario y redundante del Ecuador presente.

La famiglia lo exprimirá un rato más, como una toronja, y luego lo descartará porque es un lastre (paradójicamente, no lo eliminarían por saber demasiado, sino por no saber nada: por ser un caso de abrumadora inutilidad). Vendrán los emisarios de quien está claro que busca mandar el país, y le dirán: “This way, or the highway”. Un tipo tan débil como Moreno, únicamente podrá musitar: “This way”.

Y subirá el Vicepresidente. No veo porqué debería tardar más allá del 1 de junio.  

Elizalde vs. Wright (Batalla de 1845)

19 de marzo de 2019


Esta es la historia de un vasquito contra un irlandés, al mando de multitudes, enfrentados en las calles de Guayaquil (1). Elizalde era el hijo de un vasco de Lekaroz, Baztán, Reino de Navarra, venido a Guayaquil y casado con una guayaquileña hija de vasco, Rufina La Mar. De su enlace surgieron dos héroes de Pichincha y Ayacucho, gestas libertarias de la América del Sur: Antonio, y su hermano mayor Juan Francisco. (Además de tener un tío famoso, el general José Domingo La Mar, primer Presidente Constitucional del Perú). Este escrito trata del guayaquileño Antonio Elizalde La Mar, nacido en 1795, cuya primera participación militar fue en la independencia de su ciudad en octubre de 1820, con la que inició su intervención en la campaña libertadora de Quito, coronada en Pichincha y luego refrendada en Ayacucho.

El año 1845, el puerto de Guayaquil está en un auge económico y demográfico. Políticamente, la ciudad merecía un lugar en consonancia con ese auge: fue aquí donde se recuperó a la naciente Patria (2), perdida por el militarismo extranjero representado en el general venezolano Juan José Flores, elegido Presidente de la República para el período 1843-1851 (3).

El 6 de marzo de 1845 Guayaquil se levantó en armas y el general Antonio Elizalde (50 años) fue ungido como el General de las Fuerzas Revolucionarias. Debió enfrentarse con el Comandante General de la Plaza, el General Thomas Charles Wright (4), irlandés de nación (Queensboro, 1799) y representante del Gobierno de Flores, a fin de tomarse Guayaquil para la causa de la “Revolución Marcista”.

El currículo del General Wright (a la sazón, 46 años) era tanto o más impresionante que el de Elizalde: enlistado como otros rechazos de la Real Armada de Inglaterra en una legión para guerrear en el extranjero a la edad de 18 años (es decir, un bisoño mercenario) participó en América, entre otras, en las batallas de Pantano de Vargas y de Boyacá, donde se lo promovió a Capitán, de Carabobo y de Bomboná. Acompañó a Bolívar en su segunda campaña de los Andes y fue elogiado por él en razón de su arrojo y valentía. Asentado en Guayaquil desde 1826, el General T. C. Wright fue el militar gubernamental de preferencia para administrar Guayaquil para la República del Ecuador: sirvió en todos los gobiernos, y a Rocafuerte lo vinculaba un enlace familiar: se casó con su sobrina (que falleció en 1839). Ese 6 de marzo de 1845 fue el principio de su caída.

En esta lucha entre estos dos héroes de la Independencia, en la que corrió sangre de guayaquileños y que concluyó al día siguiente que empezó, el 7 de marzo, prevaleció el General Elizalde frente al General Wright, quien se contrajo a firmar una capitulación por la que entregó la plaza a los revolucionarios. Muchas otras luchas después se firmó un convenio entre estos y el General Juan José Flores a fin de que el Presidente en funciones abandone el país, lo que finalmente hizo desde Guayaquil el 24 de junio de 1845, ciudad donde Flores embarcó con rumbo a Panamá (5).

Elizalde, a raíz del triunfo de la Revolución, fue Gobernador del Guayas y luego Senador y luego candidato a la Presidencia de la República. Fue por el intransigente empate entre los candidatos guayacos a la Presidencia, Elizalde y Diego Noboa, que el Congreso Nacional de 1849 adoptó, por primera vez en la historia del país, la decisión de que un Vicepresidente reemplace a un Presidente, por el ascenso del quiteño Manuel Ascázubi a la Presidencia el 7 de noviembre de 1849  (v. el “Síndrome de Ascázubi”).

A Elizalde se lo recuerda en su ciudad con una corta calle del centro que tiene apenas una cuadra y que muere en el Malecón (con el equívoco nombre “Miguel A. Elizalde”). En Quito, la calle que lo recuerda tiene el nombre correcto, “Antonio Elizalde”, y está en una cuesta del Itchimbía. Antonio Elizalde Lamar murió en Guayaquil el 24 de mayo de 1862, a los 40 años exactos de haber peleado en las faldas del Pichincha.

Por parte del viudo Thomas Charles Wright Montgomery, esta derrota concluyó su paso por la función pública. Desde entonces, estuvo quince años en el exilio (diez en Chile y cinco en Perú) y regresó bajo el gobierno de García Moreno, se casó con la hermana de su fallecida esposa (costumbres de la época) y estuvo en la oposición al gobierno hasta su muerte el 10 de diciembre de 1868. Lo recuerda a T. C. Wright, en Guayaquil, el nombre de una calle en las cercanías del Barrio del Centenario, que inicia en la 25 de Julio y muere en la ría.

(1) Cinematográficamente, mutatis mutandis, es lo más parecido a “Gangs of New York” que tenemos.
(2) Por “recuperar” la Patria, quiero decir recuperarla para la administración de los hijos de la oligarquía de Guayaquil y sus intereses de clase.
(3) El Presidente Flores gobernaba con la que se conoció como “Carta de la Esclavitud”, dictada por la tercera Convención Nacional que se reunió en Quito, adicta a Flores, que la aprobó el 31 de marzo de 1843. Flores la promulgó al día siguiente.
(4) A dos de sus descendientes, sus nietos Juan Alfredo y Roberto Wright Aguirre, les cupo el honor de traer la primera pelota de fútbol al Ecuador, vía el puerto de Guayaquil. Con otros entusiastas, fundaron el primer club de fútbol del país, el 23 de abril de 1899.
(5) Flores volvió a la política nacional en 1860 convocado por García Moreno para ordenar el país cuando este homónimo de apellidos con Charly García (cuyo nombre completo es Carlos Alberto García Moreno) entró como una furia (pues las furias necesitan a los generales) y, una vez pacificado el país y triunfante el García Moreno de Guayaquil, el General Juan José Flores fue elegido Presidente de la Convención Nacional que dictó en abril de 1861 la séptima Constitución del país que él mismo contribuyó a fundar en 1830. (Esta fue la primera Constitución que eliminó el voto censitario para elegir –pues para ser elegido se mantuvo hasta la Constitución de 1884). Flores murió el 1 de octubre de 1864, tras derrotar por las armas y para el Gobierno de García Moreno a una insurrección en Machala y mientras se lo trasladaba desde allá a Guayaquil (vía marítima) para recibir atención médica.

Midiendo la inutilidad de Moreno

9 de marzo de 2019


Nadie quiere (políticamente, me refiero) a Lenin Moreno, él se sostiene en el poder porque es útil a otros en las sombras*.

¿Cómo medir su inutilidad? Por la utilidad de su opinión para sus delegados. Moreno es, aunque parezca cualquier otra cosa, constitucionalmente (Art. 141) el Jefe del Estado y de Gobierno y el responsable de la administración pública en el Ecuador. Entre sus graves atribuciones (Art. 147.3) tiene “definir y dirigir” las políticas públicas de la Función Ejecutiva. Es mucho, para quien se ha destacado por hacer tan poco.

Si bien los Ministros tienen la rectoría de las políticas públicas a su cargo de acuerdo con la Constitución (Arts. 141 y 154.1), esta rectoría debe entenderse sometida a la definición y la dirección del Presidente. Pero muy lejos de “dirigir y definir”, el Presidente Moreno ha delegado. Es decir, lejos de ser responsable, se ha irresponsabilizado: delegó en terceros, a quienes no ha votado nadie, el cumplimiento de sus responsabilidades.

Por el Decreto Ejecutivo No 660, del 5 de febrero de 2019, Moreno delegó la definición y dirección de las acciones de su gobierno a un Gabinete Estratégico, presidido por el Secretario General de la Presidencia (un tal señor Briones) y compuesto por éste y otros funcionarios de la Presidencia (Vicepresidente, Secretario General Jurídico, Secretario Particular, Secretario Nacional de Gestión de la Política y Secretario General de Comunicación de la Presidencia), por el titular del Ministerio de Relaciones Exteriores y por los cuatro funcionarios que están a cargo de los Gabinetes Sectoriales. El objeto de este Gabinete de once autoridades es ejercer la “dirección estratégica del gobierno”.

El Decreto Ejecutivo No 660 creó también los cuatro Gabinetes Sectoriales cuyos titulares integran el Gabinete Estratégico. Estos son el Gabinete Sectorial “de lo Social”, cuyo titular es el delegado del Presidente al IESS; “de Recursos Naturales, Hábitat e Infraestructura”, cuyo titular es el Ministro de Energía; “de Seguridad”, cuyo titular es el Ministro de Defensa; y “Económico y Productivo”, cuyo titular es el Ministro de Economía. Estos Gabinetes Sectoriales, entre sus atribuciones, tienen la formulación y la aprobación de la política intersectorial, la aprobación de la inversión pública y la definición de los criterios de su priorización, así como el seguimiento de las “acciones gubernamentales de sus miembros”, de los que deben reportar al Presidente del Gabinete Estratégico, es decir, al señor Briones, y no al Presidente Moreno.

La única referencia al Presidente Moreno en este Decreto es: “Sugerir sobre temáticas que necesiten ser elevadas al Presidente de la República” (Art. 3.f). Es decir que este sistema de administración pública, que se crea por normativa secundaria, puede funcionar sin necesidad de contar con la opinión del Presidente de la República, salvo en los casos en que esto sea estrictamente necesario, a juicio discrecional de los miembros de los Gabinetes Sectoriales.   

Este artículo 3.f es, entonces, un medidor de la utilidad del criterio del Presidente para sus delegados. Es de interés público conocer cuántas veces se ha invocado esta disposición en las sesiones de los Gabinetes Sectoriales, y si se lo ha hecho (pues la duda cabe), sobre qué temas. Mi suposición, dado que Moreno ha dado sobradas muestras de tratarse de un perfecto inútil, es que lo han usado (al artículo 3.f: a Moreno lo usan todos los días) en muy raras ocasiones, o nunca.

Sin embargo, las actas de las sesiones de estos Gabinetes estratégicos y sectoriales, en clara violación a las normas de transparencia, no se encuentran disponibles en línea. No se puede saber cuántas veces se ha “necesitado” (ese es el verbo) la opinión del Presidente Moreno y no contamos con información sobre cómo se están definiendo, dirigiendo y ejecutando las políticas públicas en nuestro país, lo que es gravísimo. Hoy, las políticas públicas en Ecuador las ejecutan de manera opaca unos ilustres desconocidos por los que no votó nadie, toda vez que el Presidente por el que votamos ha capitulado de sus funciones.

Como es mi derecho ciudadano, voy a presentar acciones de acceso a la información en la Presidencia de la República para que se me entregue la información (que debe ser pública y estar por escrito, de acuerdo con la Ley) sobre las sesiones de estos cinco Gabinetes que son los verdaderos gestores de las políticas públicas en el Ecuador. Creo que es de interés público saber cuán inútil lo consideran sus delegados al Presidente Moreno (es decir, cuán frecuente ha sido el uso del artículo 3.f del Decreto 660) y cómo se conducen las políticas públicas en nuestro país en tiempos en que entre tener en Carondelet un Presidente o un espantapájaros, lo segundo parece más razonable.

* Quiero decir: todavía es útil. Pero ya empieza a apestar.

Isidro Ayora y Lenin Moreno

17 de diciembre de 2018


El año 1925, el Ejército ecuatoriano, en la primera de muchas intervenciones dirimentes (la última, el 2005), destituyó al morlaco Gonzalo S. Córdova (la maldición azuaya), a raíz de lo cual gobernó el país primero un cuerpo colegiado de siete personas, y después de cinco, pero dado que una invariable incapacidad de alcanzar acuerdos mataba las buenas intenciones de estos colegiados, el Ejército, en su pistolera sabiduría, decidió cortar por lo sano (?) y nombrar a un único Encargado.

Aquí es que entra Isidro Ayora, uno de los presidentes más reformistas del siglo XX. Él fue el elegido por el Ejército para dirigir los destinos del país como su Dictador, como lo relató él mismo en un escrito publicado en 1926:

“Fui llamado a media noche por un oficial que llegó a mi casa a notificarme que el Ejército quería entregarme el poder, razón por la que urgía le acompañase. Dudé un instante por cuanto la responsabilidad de ser Mandatario no puede ser producto de improvisaciones ni tampoco de presiones políticas. Un gobernante debe tener la estatura moral para cumplir con su misión por cuanto en sus manos está el destino de un país, no de un grupo que lo presiona y obliga a tomar decisiones: quien así lo hace no es digno de gobernar una república, ya que no tiene personalidad ni carácter para dirigir la nación” (Fuente).

Es claro que esta vara de Isidro Ayora para juzgar la responsabilidad inherente al cargo de Presidente de la República es mucho más alta que la estatura moral a la que ha podido elevarse Lenin Moreno en el desempeño del cargo, pues es evidente que ha sido uno de los presidentes más pasivos e inútiles del siglo XX y lo que va del XXI. El caso de Moreno es el directo resultado de ser un tipo indigno de gobernar una república, sin personalidad ni carácter para ello.

Ecuador, 1996

8 de junio de 2018


Pedro Saad recordó en su libro “La caída de Abdalá” que en la final de un intercolegial de fútbol celebrada en el estadio Modelo de Guayaquil, un fotógrafo de diario El Universo, Andrés Rendón, registró “una brutal agresión de parte de algunos estudiantes varones [del colegio Vicente Rocafuerte, N. del A.] a una chica de apenas 14 años. Más de una veintena de desadaptados se lanzó sobre la víctima y, luego de toquetearla grotescamente y violentar su intimidad, emprendieron la fuga al percatarse que fueron fotografiados” (1).

Los hechos de abuso fueron públicos y brutales, pero más brutal fue la reacción que exteriorizó el Presidente de aquel entonces, Abdalá Bucaram. Como lo recuerda Pedro Saad en su libro, el Presidente absolvió la actuación de los vicentinos amparado en la siguiente reflexión: “¿quién de nosotros no ha hecho lo mismo?” (2).

Sintonía total en la miseria moral. De ese país venimos.

(1) Saad Herrería, Pedro, ‘La caída de Abdalá’, Editorial El Conejo, Quito, Ecuador, 1997, p. 86
(2) Ibíd.  

Jurado y Jungbluth

10 de mayo de 2018


Los apellidos de los debutantes por Ecuador en los Juegos Olímpicos y en los Juegos Olímpicos de Invierno comienzan con jota: Jurado debutó en los Juegos Olímpicos de París en 1924 y Jungbluth en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang en 2018. Esta es una coincidencia.

Y esta es otra: ambos debutantes quedaron casi últimos. Jurado quedó sexto entre siete en salto alto (1) y Jungbluth terminó 112 entre 119 inscritos en la competencia de esquí cross-country. Y esto de no subir al podio es una tradición olímpica de la delegación ecuatoriana, sólo rota por J. Pérez en dos oportunidades. 

(1) Jurado compitió también en los 100 metros planos (en su debut absoluto, el 6 de julio de 1924) y quedó de último. También compitieron en estos Juegos Olímpicos dos atletas serranos (Jarrín y Villacís) que no terminaron sus pruebas. El resultado de salto alto de Jurado fue lo más granado de esta aventura parisina. Sus participantes obtuvieron para ella 6.000 sucres dados por el Presidente de la República de aquel entonces, José Luis Tamayo. Los serranos compraron en París los zapatos equivocados y, por ello (al menos así lo reportó el cónsul del Ecuador, Luis Barberis), no pudieron completar sus competencias, v. ‘Ecuador en París 1924’. Otro caso de mal uso de recursos públicos, inveterada tradición nacional, antes y después de 1924.

El presidente y los ratones

7 de mayo de 2018


Ah, las drogas: unas sustancias que si legalizadas, se abarataría su precio de forma sustancial pero también se perderían las “oportunidades de negocio” en las sombras que es lo que mueve miles de millones de dólares, con precios artificialmente altos. El negocio entonces es no legalizarla y mantener los precios altos, que es lo que permite que florezca un lucrativo y muy violento negocio. Los otros días, Óscar del Brutto lo explicó en nuestra prensa pituca (toda una rareza).

En Ecuador, so pretexto de ahorrar, se ha tomado una decisión anti-técnica en el combate a las drogas. A través del Decreto No 376 que adoptó este 23 de abril el presidente Lenin Moreno, esta autoridad eliminó la Secretaría Técnica de Drogas, que era la encargada (entre otras cosas) de la destrucción de la droga que se incauta, para pasarle esta responsabilidad al Ministerio del Interior, que de esta manera se convierte en juez y parte de la destrucción de la droga que él incauta. Esta situación es preocupante, advierte un experto en seguridad que entrevistó diario Expreso, porque:

“Lo que se recomienda internacionalmente para evitar cualquier caso de corrupción o cualquier irregularidad, es que no sea el mismo ente el que incauta y el que la analiza y destruye. Más aún en Ecuador, donde las cifras de captura no han coincidido nunca con las de destrucción de droga” (1).

En pocas palabras, con esta reforma anti-técnica el gobierno del presidente Moreno está creando una “oportunidad de negocio” para que a la droga incautada se la “coman los ratones”, o alguna otra variante de la corrupción, nada extraña en un país sustancialmente corrupto en el que “nunca” ha coincidido la cantidad de droga incautada con la cantidad de droga destruida. Nunca: es decir, se trata de un país con muchos ratones. 

Y un presidente que, inadvertidamente, les ofrece queso.

(1)Causa recelo que Interior sea juez y parte al custodiar droga’, Diario Expreso (Sara España), 7 de mayo de 2018.

La cruzada de Borrero


Antonio Borrero Cortázar fue el primer azuayo que ocupó la Presidencia de la República, el primero de los malditos.

Elegido en octubre de 1875, tras el magnicidio de Gabriel García Moreno, Borrero enfrentó en septiembre de 1876 un levantamiento de su Jefe Militar en Guayaquil, Ignacio de Veintemilla. El Presidente Borrero resistía el asalto: el 13 de ese mes, publicó una proclama dirigida a los ecuatorianos a fin de salvar la Patria “defendiendo al Gobierno que ella ha creado, y no la hundáis en el abismo de males sin cuento”.

En esa proclama, Borrero planteó el asalto al poder de Veintemilla en términos de una defensa de la religión en un pueblo de católicos. El morlaco apuntó que la rebelión de Veintemilla “no es sino un desquiciamiento del orden religioso, social y político que hoy impera en el Ecuador. Los que niegan la Divinidad de Jesucristo, los que aseguran que el pueblo es más soberano que Dios, los que piden el matrimonio civil, son los que han buscado, como instrumento torpe y ciego, a un Jefe desleal”, por lo que exhortó a sus conciudadanos: “Si vosotros sois, como nadie podrá dudarlo, un pueblo de hombres religiosos, defended a vuestro Dios combatiendo el ateísmo”. Y arengó, asimismo, a sus soldados para que no entronicen la dictadura “porque levantar la de un hombre que no presenta ningún principio, ninguna idea, ningún derecho, es un crimen de Lesa Patria” (1).

La rebelión de Veintemilla triunfó y fue el Presidente que más tiempo gobernó de manera continua (1876-1883) hasta la aparición de Rafael Correa en el siglo XXI.

A Antonio Borrero le pasó lo que al esposo de la cigarra: se lo fumaron. Su arenga religiosa valió Espíritu Santo (paloma).

(1) ‘Proclama del 13 de septiembre de 1876 de Antonio Borrero, Presidente de la República del Ecuador, a los ecuatorianos’, en: “Historia del Ecuador”, Salvat Editores Ecuatoriana, Vol. 6, Barcelona, 1980, p. 123.

Nuestro Jefferson

31 de julio de 2017


Entre el estadounidense Thomas Jefferson (1743-1826) y el ecuatoriano Vicente Rocafuerte (1783-1847) hay similitudes: ambos fueron americanos de gravitante participación durante el período fundacional de sus repúblicas, instruidos y liberales, diplomáticos y presidentes de sus países. Y ambos fueron, además, notorios esclavistas.

Esto último viene a cuento porque al expresidente Correa le gustaba atacarlo a Jefferson con la especie de que era “esclavista”. Según Correa, Jefferson “era propietario de 200 esclavos y hablaba a los cuatro vientos de libertad”. El horror.

Rocafuerte apareció en la chapeteada moneda nacional. En su hacienda 'Naranjito' vivieron, cuando menos, el doble del número de esclavos que Correa le atribuyó a Jefferson.

Fun fact: Lo mismo podría decirse del guayaquileño Vicente Rocafuerte. Conviene recordar que tal como aconteció en los Estados Unidos de América (su primer presidente, George Washington, era una de las personas más acaudaladas de las colonias inglesas en América), Vicente Rocafuerte, el primer presidente del Ecuador nacido en este territorio, era reputado como una de las personas más acaudaladas del naciente Ecuador (1). Y era, como Washington y Jefferson, propietario de centenares de esclavos, que vivían en su hacienda “Naranjito”.   

(1) La hacienda “Naranjito” comprendía los hoy “cantones de Naranjito, Yaguachi, Milagro, Juján, Marcelino Maridueña, Bucay, el camino hacía Naranjal y El Triunfo”, v. ‘Naranjito histórico’.

Presidentes constitucionales con menos de un año en funciones

21 de junio de 2017


Esta lista corresponde a una oncena de fulanos que en la República del Ecuador fueron elegidos (por distintas vías, pero todas ellas arregladas a la Constitución vigente en el momento de su elección) Presidentes Constitucionales y duraron menos de un año en funciones. Por distintas razones:

1) Diego Noboa Arteta (1789-1870).- Noboa fue elegido por una Asamblea Constitucional el 25 de febrero de 1851. Gobernó desde el 26 de febrero de 1851 hasta el 13 de septiembre de ese mismo año, cuando fue destituido por el golpe de Estado de José María Urbina.
2) Javier Espinosa Espinosa (1815-1870).- Espinosa fue elegido por el Congreso Nacional. Gobernó desde el 20 de enero de 1868 hasta el 19 de enero de 1869, cuando fue destituido por el golpe de Estado de Gabriel García Moreno.
3) Antonio Borrero Cortázar (1827-1911).- Borrero fue elegido por voluntad popular. Gobernó desde el 9 de diciembre de 1875 hasta el 8 de septiembre de 1876, cuando fue destituido por el golpe de Estado de Ignacio de Veintimilla.
4) Lizardo García Sorroza (1844-1927).- García fue elegido por voluntad popular. Gobernó desde el 1 de septiembre de 1905 hasta el 15 de enero de 1906, cuando fue destituido por el golpe de Estado de Eloy Alfaro.
5) Emilio Estrada Carmona (1855-1911).- Estrada fue elegido por voluntad popular. Gobernó desde el 1 de septiembre de 1911 hasta el 21 de diciembre de 1911. Falleció de muerte natural.
6) Gonzalo Córdova Rivera (1863-1928).- Córdova fue elegido por voluntad popular. Gobernó desde 1 de septiembre de 1924 hasta el 9 de julio de 1925, cuando fue destituido por la Revolución Juliana.
7) Juan de Dios Martínez Mera (1875-1955).- Martínez fue elegido por voluntad popular. Gobernó desde el 5 de diciembre de 1932 hasta el 19 de octubre de 1933, cuando fue destituido por el Congreso Nacional.
8) José María Velasco Ibarra (1893-1979). Velasco fue elegido por voluntad popular en cuatro de sus cinco presidencias. Así fue en su primera, en la que gobernó desde el 1 de septiembre de 1934 hasta el 21 de agosto de 1935, cuando fue destituido por el Ejército.
9) Mariano Suárez Veintimilla (1897-1980).- Suárez sucedió al coronel Carlos Mancheno Cajas, un fugaz golpista que destituyó a José María Velasco Ibarra en su segunda presidencia. Gobernó desde el 3 de septiembre hasta el 16 de septiembre de 1947, cuando renunció ante una Asamblea Constitucional.
10) Carlos Julio Arosemena Tola (1888-1952).- Arosemena fue elegido por la Asamblea Constitucional, tras la renuncia de Suárez. Gobernó desde el 16 de septiembre de 1947 hasta el 31 de agosto de 1948. Lo sucedió Galo Plazo Lasso, elegido por voluntad popular.
11) Abdalá Bucaram Ortiz (1952).- Bucaram fue elegido por voluntad popular. Gobernó desde el 10 de agosto de 1996 hasta el 7 de febrero de 1997, cuando salió del país con rumbo a Ciudad de Panamá. Lo reemplazó el presidente del Congreso Nacional, Fabián Alarcón Rivera.

En total: Una gestión cumplida (Carlos Julio Arosemena Tola), una renuncia voluntaria (Mariano Suárez Veintimilla), una destitución por el Congreso Nacional (Juan de Dios Martínez Mera), una muerte natural (Emilio Estrada Carmona) y siete golpes de Estado (Diego Noboa, Javier Espinosa, Antonio Borrero, Lizardo García, Gonzalo Córdova, Velasco Ibarra y Abdalá Bucaram).