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Guayaquil y la ficción que explotó

2 de abril de 2020


Tengo varios años escribiendo sobre la farsa del supuesto modelo “exitoso” de Guayaquil. Mi primer escrito en un diario de difusión nacional se tituló “¿Más ciudad?” y fue publicado en diario El Universo en julio del año 2006. Casi quince años después y crisis del COVID-19 mediante, la respuesta a esa pregunta del 2006 ha sido clara, contundente y negativa.

Para decirlo en simple: no somos realmente más ciudad. En Guayaquil, bajo el rótulo del “modelo exitoso” se ha podido implementar por casi treinta años un modelo de desarrollo que ha privilegiado a unos pocos en perjuicio de los muchos. Esto ocurrió debido a que el crecimiento urbano de Guayaquil se lo hizo para beneficiar al sector de la construcción: es para ellos lo “exitoso” del modelo, medido en ganancias económicas ($$$).

Pero estas ganancias económicas para el privilegiado sector de la construcción (del que salió el alcalde de Guayaquil entre el 2000 y el 2019) tienen gravísimas consecuencias para el resto de la ciudad. Un grupo de expertos el año 2013 expuso claramente, en un informe entregado a la alcaldía, la ciudad que se ha logrado construir: “lotes pequeños para las viviendas, aceras y accesos estrechos, limitadas áreas verdes, y en general una clara tendencia hacia la impermeabilización del suelo urbano”. Que no se les olvide: más cemento, más adoquín, más $$$

Y es así como la hemos construido a nuestra Guayaquil, por años haciéndola cada vez menos ciudad: con una cuota de “limpieza sociológica” en su centro, con un afán de convertirla en un escaparate para el jolgorio estúpido de sus élites (el mejor análisis sobre este Guayaquil como “ciudad vitrina” sigue siendo el hecho por el X. Andrade) y con un profundo desprecio por las consecuencias ambientales de su mancha urbana. Sobre esto último: Guayaquil ha destruido, y sigue destruyéndolos, sus recursos naturales (antes la madera por los astilleros; hoy, las canteras y los ríos y los esteros) sin que haya existido el mínimo control por parte de su autoridad municipal. Esto es apenas lógico, desde que los mayores contaminantes son las grandes empresas y pues la administración de Guayaquil se asegura de que ellas puedan seguir contaminando (al amparo del lema: “a mis amigos, todo; a los enemigos, la ley”). Más allá de alguna pirueta verbal, nada efectivo ha hecho la alcaldía para hacer cumplir la ley.

Así las cosas, la ciudad se ha construido para el beneficio de una minoría de grandes empresarios, por lo que se la construido mal y se han explotado sus recursos naturales sin control. Es un crecimiento que, a costa del beneficio a unos cuantos, ha provocado unos perjuicios sociales y ambientales altísimos. Pura “viveza criolla”, pero a gran escala.

Ahora: ¿Si es tan malo como digo el modelo de Guayaquil, cómo entonces se sostiene este adefesio?

Respuesta: por la debilidad de la sociedad civil guayaquileña frente al poder político local. Ilustro esta respuesta con el ejemplo de las áreas verdes. Para cualquiera que viva en Guayaquil, la realidad de nuestras áreas verdes son adefesios de este tipo:




Pero desde las autoridades locales, las áreas verdes de Guayaquil son un ejemplo del “éxito” de la ciudad: el alcalde anterior decía que en Guayaquil había 25 metros cuadrados de áreas verdes por habitante (?). Y esa es nuestra pobreza: desde la sociedad civil, pocas voces se animaron a rebatir este tipo de adefesios, esta mentira insolente. En el caso de los medios de comunicación, por puro mercenarios; en el de la sociedad, porque está estupidizada, pensando que esos 25 metros cuadrados por habitante son la evidencia de un “éxito” que no existe. Los primeros son canallas; los segundos, ingenuos, por prestarse a sostener esta absurda ficción. El guayaquileño, largos años estupidizado por una prensa vendida, se ha presentado ante los demás muy orgulloso de vivir en esta ficción de éxito. Esto se acabó.

Tengámoslo claro: esta ficción, COVID-19 mediante, acaba de explotar por los aires. No puede jamás ser considerada “exitosa” una sociedad que, en los momentos de crisis, más que expresar su solidaridad, lo que realmente desea es asaltar el Tía. Y que llegada esta nueva crisis, ha sido incapaz de atender a sus enfermos y de enterrar a sus muertos, no demuestra ni liderazgo ni empatía, y en ella todo (vida o muerte) ha quedado librado a la maldita sea. De súbito, se ha pasado del “modelo exitoso de Guayaquil” a “la pesadilla de Guayaquil”. Es simple, la ficción explotó:

Según Fernando del Rincón, Guayaquil es la nueva Haití. Ya cuando CNN te corre por la izquierda...
 
Realmente, regionalismos aparte, ¿quieren saber por qué muchos guayacos no se quedan en su casa? Porque el crecimiento urbano que tanto ha beneficiado a un sector adinerado, muy poco se preocupó por las condiciones de vida de la parte más depauperada de la ciudad. Así se lo explica, con suficiencia de datos, en este excelente artículo de Arduino Tomasi. Entonces, resulta principalmente por una cuestión de supervivencia (dadas las condiciones de nuestro “exitoso” modelo de crecimiento urbano, develado ahora como un fracaso) que los guayacos tienen que salir a buscarse la vida, a riesgo de perderla. Y esto, entendámoslo de una buena y puta vez, es el efecto acumulado de años y años de hacer las cosas mal. Muy mal.

Estos son los días, en pleno año del bicentenario, en que “el modelo exitoso de Guayaquil” ha dado paso a “la pesadilla de Guayaquil”, siendo lo segundo una consecuencia directa de lo primero… aunque si después de esta tragedia seguimos sin entenderlo, es probable que (triste es reconocerlo) nos merezcamos esta suerte.

La mentira verde de Jaime Nebot

7 de enero de 2019


El Alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, siempre insiste que Guayaquil ha rebasado con creces el estándar de 9 metros cuadrados por habitante fijado por la OMS.

El problema de lo que dice el Alcalde Nebot es que no tiene ningún fundamento. Su cifra de 25 metros cuadrados es pura mentira. Esto lo ilustra el artículo “‘Guayagris’, una ciudad sin sombras”, de autoría de Blanca Moncada, publicado en el diario Expreso del 7 de enero de 2018.

El discurso de Nebot es que su cifra proviene del INEC, un órgano oficial. Esto es mentira. Como lo demuestra el artículo de Expreso, el INEC no dice que la Alcaldía de Guayaquil tenga 25 metros cuadrados, dice que tiene 1.13 metros cuadrados por habitante, lo que más que una rebaja sustancial, evidencia una notoria falsedad. No hay uno solo de sus entrevistadores de los miércoles que se atreva a contradecirlo a Nebot, aunque supieran que él miente. Esto, porque el periodismo de Guayaquil no está tan interesado en la verdad como lo está en un rol de pagos.

Entonces, ¿de dónde saca el Alcalde Nebot la cifra de 25 metros por habitante? Lo ilustra el artículo del Expreso, vía la declaración de su Director de Áreas Verdes, Abel Pesantes: la cifra proviene de una consultora privada, una asociada a jugosos contratos de la Alcaldía de Guayaquil: “Ecosambito”. Es clave tener a aliados bien pagados para dibujarse unas cifras. Y obvio también, tener a unas antenas repetidoras que las divulguen.

Porque es evidente que las cifras se las ha inflado de manera anti-técnica, como lo explican los expertos. El profesor de la Católica, Ricardo Sandoya, revela la trampa cuando dice que se incluyen “bosques, manglares, reservas y estuarios en sus estadísticas”, mientras que otros especialista, David Hidalgo, señala cuál es la deficiencia en Guayaquil: la “grama o césped en suelo urbano. Esto fácilmente se comprueba con una vista aérea de la ciudad de Guayaquil en Google Earth”. Pero pocos hacen ese simple ejercicio de contraste, y ninguno es periodista. Y si lo fuera, igual se calla. Al final, en los medios tradicionales, nadie protesta sobre lo que pasa en Guayaquil. La mayoría se lo traga de un ¡gulp!

El saldo es: Guayaquil es una ciudad gris, sin sombras, con autogoles arbóreos como las palmeras y con una clara vocación arboricida… y que, a pesar de ello, tiene la desfachatez de venderse (y logra hacerlo, por la casi nula resistencia de la mayoría de nuestro periodismo, tan servil y pesetero) como una ciudad que casi triplica el mínimo de las áreas verdes que nunca tuvo y sobre las que siempre miente. Es una ciudad que consiente una mentira de su máxima autoridad, y que incluso la adorna, a mayor perjuicio propio. Propio de idiotas*.

El Alcalde gana políticamente, los periodistas ganan económicamente: el que pierde es el ciudadano, que ni se entera de su derrota.

* En el sentido griego del término, del que no le importa lo común.  

Nebot y el "desarrollo sostenible"

23 de septiembre de 2018


Que el alcalde Jaime Nebot, principal impulsor de un modelo de desarrollo urbano que conspira contra el “desarrollo sostenible”, pretenda hoy apropiarse de este concepto para su administración, es propio de un mago de las palabras y de una prensa paniaguada y mediocre.

Hocus Pocus: en Guayaquil las cosas suceden porque su Alcalde las dice. (Así es, por ejemplo, con las áreas verdes.) En estas cosas, Guayaquil es todavía un pueblo de los ochentas.

Nebot dice, sin vergüenza, “el desarrollo sostenible es el único camino” en plena ciudad del cemento, el adoquín y la palmera. Y el gil (años de adoctrinamiento socialcristiano no son en vano) que se come el amague, que se la cree entera, que nunca lo cuestiona.

Creatividad municipal

19 de septiembre de 2018


Durante un tiempo, la Alcaldía de Guayaquil trató de vender la idea de la “creatividad para progresar” como un atributo de su gestión. La idea, por supuesto, resultó más falsa que dólar celeste. La gente veterana suele ser de rutinas y las mañas de la Alcaldía de Guayaquil (una entidad que es un ancianato) son las mismas de siempre, previsiblemente orientadas a maximizar las ganancias de los que están en el ajo.

La ausencia de creatividad de la Alcaldía se puso en evidencia con la disputa por el ceibo y la Aerovía. Una solución creativa hubiera integrado el ceibo a la infraestructura de la Aerovía. Era un solo árbol, pero para el ancianato era demasiado rollo, mucho cambio en su rutina, una apertura no deseada si se hacía caso a los reclamos. Por eso, Andrea Fiallos, directora de la Fundación La Iguana, que defendió la conservación del ceibo en una columna de opinión, ha dicho: “Llevo años reclamando una ordenanza para proteger a los árboles que deberían considerarse patrimoniales, sin ningún resultado hasta la fecha”. Y no tendrá nunca esa ordenanza mientras el PSC esté en el poder, porque la lógica de esta administración es simple, cristalina: si no beneficia al Alcalde y a su Capitalismo de Amigos, no se hace. ¿Y cómo van a ponerle él y sus mandados en el Consejo cortapisas al negocio de la construcción? Allí es donde realmente se hace plata, no en la conservación de un árbol. Muy de la vieja guardia, pero un cuarto de siglo sucediendo, invariablemente.

En esta ocasión, una vez más, se comprobó que en Guayaquil, si su autoridad política lo quiere, se impone a sus ciudadanos, y hace lo que le place (para eso ha repartido billete a convenientes difusores de su mensaje). Y no hay árbol que se le resista.

El saldo de esta disputa es un ceibo menos y este mamarracho de comunicado municipal. Tan mal escrito, tan bruto, que resulta gracioso.

La Alcaldía no es ni buena ni mala, es simplemente incorregible.

"Amiwis"

26 de julio de 2017

Hubo un tiempo confrontativo en el que la información y opinión de los medios privados de comunicación encontraba un contrapeso en la información y opinión de los medios públicos de comunicación. Era una lógica turra: las posturas políticas de los medios privados se respondían con las posturas políticas de los medios públicos. Pero con todo y turra de esta lógica, tenía una clara ventaja: permitía, dentro del berenjenal de bajezas y de mentiras, formarse un criterio por exploración y contraste.

Este escenario resultaba preferible a la sostenida imbecilización de la ciudadanía en Guayaquil puesta en práctica por los medios de comunicación privados, cuando carecían de todo asomo de contrapeso.

Pero esta lógica del contrapeso parece que se ha terminado. La renovación que se ha hecho en los medios públicos parece orientada a anularlo, en nombre de un mejor periodismo. Buena suerte en ese empeño. Pero el primer sacrificado, hasta ahora, ha sido el periodismo.

Para muestra un botón: antes, diario El Telégrafo desmentía las cifras que decía la Alcaldía sobre áreas verdes en Guayaquil. Cuando la Alcaldía de Guayaquil, supuestamente basada en un informe del INEC, declaraba que había más de 8 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, El Telégrafo demostraba que las cifras del INEC apenas le atribuían un magro 1.13 metros cuadrados de áreas verdes por habitante (1). Dígase lo que se quiera, ese es el propósito del periodismo: pillar a las autoridades en sus mentiras.

Y esa de las áreas verdes es una mentira gigante (2).

Pero ahora diario El Telégrafo no desmiente sino que acepta unos “diez metros cuadrados, aproximadamente” de áreas verdes en Guayaquil, según le cuenta la Alcaldía que lo avala el INEC (3). Ni contraste de información, ni nada que se le parezca. En esta renovación del periodismo, tal parece que si lo dice la Alcaldía, El Telégrafo lo dará por bueno.

Es lo más El Universo que se ha comportado El Telégrafo en los últimos años. Pero es que si Moreno y Nebot son “amiwis”, ¿por qué no ellos?

Y esto, al final, comportaría una grave pérdida en el periodismo de Guayaquil: sin contrapeso, es probable que la imbecilización de la ciudadanía vuelva, ahora a cargo de un tándem público-privado presto a seguir dibujando una ciudad ideal para que sigamos en Guayaquil sin discutir a la ciudad real que habitamos, ineficaz y excluyente.

Si esto es así, la derecha habrá marcado con su banderita un nuevo territorio conquistado. Y los derrotados serán el periodismo, y su parte débil y olvidada de siempre en el Ecuador: los ciudadanos que lo consumimos.

Guayaquil, la exagerada

13 de julio de 2017


En diciembre de 2015 sucedió una de las escasas movilizaciones de la ciudadanía de Guayaquil por una causa urbana. En esos días, la Alcaldía buscaba sacar del sector de la Atarazana 44 samanes de medio siglo. Muchos ciudadanos, uno de cuyos líderes fue Luis Alfonso Saltos, resistieron la medida. La Alcaldía, de todas maneras, se salió con la suya (1).

Hoy, diario Expreso publicó una noticia en la que el director de Áreas Verdes de la Alcaldía de Guayaquil, Abel Pesantes, señaló que para retirar esos 44 árboles de la Atarazana en diciembre de 2005, “se convocó a una asamblea, se mostraron los impactos ambientales y se comunicó que el proyecto iba a realizarse en la zona” (2).

Esto lo desmintió de manera terminante Luis Alfonso Saltos, en ese mismo artículo. De acuerdo con él, apenas se repartieron unos cuantos panfletos que contaban lo decidido: “Vamos a hacer esto. Punto” (3).

Hay un claro contraste entre lo dicho por Pesantes y lo que respondió Saltos.

La explicación es que la Alcaldía suele ser exagerada: así como puede considerar una gestión suficiente a repartir panfletos que cuentan lo-que-va-a-pasar, también denomina control ambiental a la contaminación de ríos y esteros y califica de regeneración a pintar las fachadas y adoquinar. Todo es grandilocuente en Guayaquil. La ciudad es una gran fantasía socialcristiana que se vende como Disneylandia, pero que funciona como el Play Land Park.

En todo caso, la buena noticia es que de esa movilización del 2015 quedó una norma. Está en el Código Orgánico del Ambiente, en su artículo 155 y es clara en obligar a los municipios del Ecuador a “consultar a los ciudadanos a quienes esta medida [la “remoción de árboles”] afecte”.

Es un artículo concluyente. Panfletos no more.

Si la ciudadanía se organiza, la Alcaldía de Guayaquil tiene que cumplirla. Cualquier persona con preocupaciones ambientales puede sentirse “afectado”.

Y si no se organiza, pues será lo de siempre. Como en Groundhog day (4).

(1)En la Atarazana reclaman por los árboles’, El telégrafo, 13 de diciembre de 2015; Juan Carlos Mestanza, ‘Guayacanes y algarrobos reemplazarán los 44 samanes de la Atarazana’, El comercio, 20 de diciembre de 2015.
(2) Blanca Moncada, ‘Prohibido mover árboles sin consultar a los vecinos’, Diario Expreso, 13 de julio de 2017. Según Pesantes: “No se puede no hacer una obra de este tipo si los vecinos no están de acuerdo”. Ajá.
(3) La pregunta de Luis Alfonso Saltos es pertinente: “¿Esa es la forma en que se genera la participación ciudadana en los proyectos que afectarán directamente la calidad de vida de un sector?”, v. Ibíd.
(4)Groundhog Day” se estrenó en 1993. El PSC ya estaba en poder de la ciudad.

La derrota del urbanismo verde (en dos imágenes)

16 de junio de 2017

El urbanismo marca PSC, mostrado en dos parques del sur de Guayaquil:

Ciudadela "Los Almendros". Enrejada una parte de la ciudadela, esto impide a sus habitantes el acceso directo a un parque, también enrejado, situado a escasos metros de ella.

 
Estación "Barrio Cuba" de la Metrovía. El triunfo total del adoquín por sobre las áreas verdes. El denominador común en Guayaquil.

Parque socialcristiano

14 de febrero de 2017


 
Cemento y piedra chispa. Sin césped. Su único árbol serio está encajonado en cemento. Rejas. Unas palmeras. Afuera un piquete de la Policía Metropolitana.

Este parque es muy Guayaquil.

Guido Chiriboga y su réquiem


Hace casi 20 años, Guido Chiriboga Parra (1935-2015), hermano del entonces vice-alcalde en la administración de León Febres-Cordero, publicó una Carta a la Dirección en las páginas de diario El Universo:

'Réquiem por nuestros árboles', Diario El Universo, 5 de diciembre de 1997

Esta carta sirve para ejemplificar el discurso crítico en Guayaquil, en tiempos del PSC:

1) El primer párrafo se cura en salud: “Cuando uno critica o sugiere no quiere decir que se está atacando”.
2) El segundo párrafo describe los efectos de aquello que está profundamente mal (“nos encargamos de liquidar [los árboles] de la manera más cruel”), de lo que el Alcalde Febres-Cordero nunca es el culpable (“lo están informando mal o lo están engañando”).
3) El tercer párrafo ataca a la raíz del problema (por “darle prioridad al cemento por medio de los pasos a desnivel que se están construyendo hasta en sitios que no son necesarios, algunos con muchas fallas”) pero culpa a un subalterno innominado.
4) El cuarto párrafo ataja la furia del Alcalde Febres-Cordero: “Alcalde, no tome a mal este artículo”.
5) El quinto párrafo le pide al Alcalde que ordene “a ese Herodes que tiene dentro de esa Comisión, que no siga quitándole la vida a tantos árboles que ningún daño hacen”.

Dos ideas se desprenden de este "réquiem por nuestros árboles" de Guido Chiriboga Parra:

A) El tono general: ayer como hoy, cuando el ciudadano guayaquileño se dirige a su alcaldía, actúa más como si pidiera concesiones o dádivas que como si exigiera un derecho. La ciudadanía de Guayaquil es muy débil (entonces y ahora, tras 17 años de administración de Jaime Nebot).

B) La consecuencia obvia: el artículo de Chiriboga fue completamente inútil. La ciudad gris continuó su crecimiento implacable. El artículo tenía un buen diagnóstico (el problema es el modelo de desarrollo que privilegia el cemento über alles) pero una pésima solución (la remoción de un “Herodes”).

Así, el artículo de Guido Chiriboga estaba destinado al fracaso, porque luchaba a favor de un imposible: cambiar un modelo de desarrollo que produce millones y millones de dólares para repartirlos en el negocio de la construcción, por la preservación de la naturaleza.

Y eso no iba a cambiar entonces, ni va a cambiar ahora. El modelo de desarrollo (motejado de “exitoso”) es la mentira constitutiva del PSC.

"Mijita, venga que le cuento un cuento"

24 de julio de 2016


Nunca un cuestionamiento. Frente al alcalde Nebot, la prensa de Guayaquil siempre se le achicopala, se disminuye, se hace chiquita. Su lema es: “A mayor gloria del Alcalde”.

En una entrevista que se publicó el día de hoy (1), una entrevistadora de diario El universo le preguntó a Nebot sobre temas de interés: ciudades inteligentes, desarrollo sostenible, áreas verdes... que el alcalde despachó a gusto. Incluso con respuestas cantinflescas:

“Los buses de la Metrovía no son generadores de contaminación, el combustible que se usa y que no lo producimos nosotros, aunque ha mejorado, es un factor de contaminación”.

WTF? El funcionamiento de los buses está atado a usar combustible, Jimmy (2).

Pero tal vez el episodio que mejor define la relación entre la prensa de Guayaquil y el alcalde de la ciudad se puso de manifiesto en este intercambio cuando la entrevistadora le preguntó a Nebot sobre las áreas verdes (“La cantidad y calidad de las áreas verdes es un tema que incide en el modelo de desarrollo sostenible de las ciudades”, así empezó) e hizo referencia a las palmeras. Nebot se vio obligado a interrumpirla, aludir a las palmeras que tiene en su jardín diario El universo (simpático guatdefoquismo), aludir luego a las palmeras en el Guayaquil “de 1700 y pico” (otro más) y espetarle a la entrevistadora: “aquí hay todos los árboles mijita, pero déjeme decirle lo siguiente”, para a continuación lanzarle la misma parrafada mentirosa de siempre sobre las áreas verdes en Guayaquil (3).
 
Mijitear a la entrevistadora del diario más importante de la ciudad nos da la medida de lo Vieja Guardia que es el alcalde. Da la medida, también, de su trato con la prensa de su ciudad, de su relación de control sobre ella. Una relación que bien puede resumirse en la reiteración por 16 años de un paternal Leitmotiv: “Mijita, venga que le cuento un cuento”.

Y por vía de ellos, a todos nosotros. 

(1) ‘Jaime Nebot: “Guayaquil tiene que superar el tema de la falta de servicios”’, Diario El universo, 24 de julio de 2016.
(2) Tal vez por eso el bus de la Metrovía era el elemento aglutinante de las ideas sobre cambio climático de la Alcaldía de Guayaquil, o dicho de otra manera, “un fiel reflejo de la mediocridad y de la irresponsabilidad con la que se encaran las políticas públicas ambientales en la Alcaldía de Guayaquil”: ‘Señales medioambientales del subdesarrollo en Guayaquil’, Xavier Flores Aguirre, 5 de junio de 2016.
(3) La fórmula es vieja: ‘El alcalde y las áreas verdes’, Xavier Flores Aguirre, 14 de febrero de 2016; ‘La Alcaldía de Guayaquil y las áreas verdes’, Xavier Flores Aguirre, 24 de enero de 2016; '¿Áreas verdes en Guayaquil? ¿Dónde?', Xavier Flores Aguirre, 22 de febrero de 2016. El problema no es que el alcalde lo repita (¿qué es sino un Leitmotiv?) sino que haya irresponsables que se lo permitan. 

Guayaquil a la deriva

28 de febrero de 2016


Publicado en diario El telégrafo el 28 de febrero de 2016 en la revista dominical ‘Séptimo día’.

*

Guayaquil es una ciudad a la deriva, cuyo crecimiento se ha dado al vaivén de los intereses de los empresarios de la construcción. Esa es la idea que se obtiene a raíz de una entrevista hecha en noviembre del año 2013 al entonces Director de Urbanismo de Guayaquil, José Núñez.

En un artículo que publicó a inicios del año 2014, después de haber leído aquella entrevista al director municipal de urbanismo, el arquitecto Eduardo McIntosh criticó duramente los criterios de Núñez sobre el desarrollo de la ciudad. En particular, McIntosh reprochó el rol que ha desempeñado la Dirección de Urbanismo en el crecimiento de Guayaquil: “se piensa que el rol del departamento de planeamiento urbano es simplemente el de autorizar permisos de construcción y apenas relatar lo que sucede.  Es sencillo entender la manera caótica en la cual la ciudad ha venido creciendo”.

Aún de mayor interés es el inventario de deficiencias que hizo este arquitecto y urbanista acerca del crecimiento de la ciudad: “No hay una política que se enfoque en garantizar densidades mínimas para crear vida urbana eficiente, una correcta y homogénea distribución de equipamiento urbano –áreas deportivas, parques, comercio, servicios, educación, instituciones–, un correcto mix de usos del suelo que ayuden a crear sentimiento de comunidad y reduzcan el volumen del tráfico en la ciudad y una real construcción de tejido vial distribuido que evite cuellos de botella urbanos”. En otras palabras, hay un gran crecimiento en Guayaquil, pero a manera de una enorme mancha gris, que crea más problemas de los que resuelve. Esta ha sido la tónica, por años de años.

La prolongación de este ‘modelo de desarrollo’ socialcristiano, tal vez tan pronto como en un período de dos generaciones, podría resultar nefasto para Guayaquil. El crecimiento de una enorme mancha gris puede resultar muy beneficioso para las empresas constructoras, pero es negativo para los habitantes de la ciudad. En un informe elaborado por la ONU-Hábitat el año 2012 titulado ‘Estado de las ciudades de América latina y el Caribe. Rumbo a una nueva transición urbana’ se expresó la necesidad para las ciudades de esta región de hacer “una profunda reflexión sobre los modelos de crecimiento urbano promovidos hasta ahora, que han estado marcados por un alto grado de insostenibilidad” pues sus consecuencias han sido “ciudades que crecen con urbanizaciones de baja calidad, centradas en sí mismas, sin que nadie parezca preocuparse por el entorno general, ni por la creación de espacios de socialización que no estén totalmente dedicados al consumo”. Esa descripción de una ciudad retrata la realidad urbana de Guayaquil, cuyo alcalde considera que los malls son evidencia de una mayor calidad de vida.

Voy a concentrar la crítica a este ‘modelo de desarrollo’ que han impulsado las alcaldías del Partido Social Cristiano en Guayaquil desde el año 1992 en dos de sus consecuencias más notorias, estudiadas por arquitectos, urbanistas y la propia Alcaldía de Guayaquil: el ‘efecto de isla de calor’ y los riesgos de inundaciones. Dos consecuencias que se agravaron en el curso de los años por la ausencia de las políticas que detalló el arquitecto McIntosh en su artículo antes mencionado.

El ‘efecto de isla de calor’ provoca que Guayaquil tenga, por lo menos, tres grados más de temperatura de los que tendría normalmente, de acuerdo con la opinión de la profesora de urbanismo en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, Rosa Rada. En Guayaquil, esto se produce por cómo se ha dado el crecimiento de la ciudad: el negocio de las empresas constructoras privilegió, con mucho, el adoquín y el cemento.

En razón de lo anterior, es fácil concluir que una de las principales causas para el aumento de la temperatura a causa del ‘efecto de isla de calor’ en Guayaquil es la ausencia de áreas verdes. Guayaquil es una ciudad que no permite engaño: para cualquiera que la haya caminado resulta evidente la falta de áreas verdes en ella, por la carencia de políticas públicas desde la Alcaldía para el fomento de estos espacios, por la tala masiva de árboles ubicados en el casco urbano y por el reemplazo de especies frondosas por escuálidas palmeras.

Esta ausencia de áreas verdes se vincula con lo que en el Diagnóstico del Sistema Ecológico-Ambiental del cantón Guayaquil, incorporado al Plan de Ordenamiento Territorial de la Alcaldía de Guayaquil del año 2011 (es decir, un documento oficial producido por la propia Alcaldía), considera en sus conclusiones como el mayor riesgo futuro de la ciudad: “El riesgo de mayor importancia para el cantón es el riesgo de inundación, debiéndose prever en el futuro obras de control de inundaciones”.

El agravamiento de los riesgos de las inundaciones en Guayaquil es otra consecuencia del ‘modelo de desarrollo’ socialcristiano. Este grave riesgo no sólo ha sido reconocido por la Alcaldía, sino que ha sido materia de un estudio comparado a nivel mundial. El artículo académico ‘Future flood losses in major coastal cities’ [Futuras pérdidas por inundación en las grandes ciudades costeras] publicado en la revista Nature Climate Change el año 2013 presentó un panorama sombrío para Guayaquil en el año 2050, a causa del cambio climático. En él, Guayaquil se sitúa como la cuarta ciudad en el mundo (de entre 136 ciudades estudiadas, todas ellas costeras y con una población superior al millón de habitantes) que sufrirá la mayor cantidad de pérdidas económicas como consecuencia de las inundaciones, las que serán cada vez mucho más comunes y dañinas dada la elevación del nivel del mar a causa del cambio climático.

De acuerdo con este estudio académico, en un escenario “optimista” de sólo una elevación del nivel del mar en 20 centímetros al año 2050, las pérdidas económicas para Guayaquil podrían a ascender a 3.189 millones de dólares, sólo por detrás de Cantón en China y Bombay y Calcuta en la India. Y el daño sería de 3.189 millones de dólares, siempre que se realicen las “obras de control de inundaciones”, como aquellas a las que se refiere el Diagnóstico Ambiental incorporado a la planificación de la Alcaldía. Porque la inacción frente a este inminente escenario de riesgo, de acuerdo con este estudio, “resultaría en pérdidas inaceptablemente altas”.    

A esto me refería cuando unas líneas atrás sostuve que la continuidad del ‘modelo de desarrollo’ socialcristiano podría resultar nefasto para Guayaquil. El citado informe de ONU-Hábitat advirtió de la peligrosa ignorancia de los ciudadanos latinoamericanos frente a los riesgos de desastres futuros: “Existe poca conciencia de cómo la urbanización mal pensada puede incrementar los factores de riesgo a desastres, con las consecuentes pérdidas humanas y materiales”. Así, el mayor enemigo de esta ciudad somos sus propios habitantes, que aplaudimos aquello que nos daña. Si las autoridades de la Alcaldía le echan la culpa al dragado o a la marea alta o a una supuesta nueva modalidad delictiva en la Martha de Roldós, casi nadie en la ciudad eleva su voz de protesta y exige dejar excusas de lado y que se hagan las “obras de control de inundaciones” que son de entera responsabilidad municipal y que en el Diagnóstico Ambiental de la propia Alcaldía se mencionan.

En este punto, es necesario hacer una precisión: esta opción de crecimiento en forma de mancha gris por el que ha optado la Alcaldía de Guayaquil no es, en principio, ni ilegítima ni ilegal. Pero no se trata de juzgarla desde el punto de vista de su legitimidad o de su legalidad. Se trata de cuestionarla por ser una opción de crecimiento inconveniente para Guayaquil y peligrosa para su futuro.

Esto último lo dice un documento que la Alcaldía le solicitó a expertos internacionales que lo produzcan, vía una Cooperación Técnica con la Corporación Andina de Fomento (CAF). Este informe de análisis y recomendaciones, elaborado a raíz de la inundación del 2-3 de marzo del 2013 en Guayaquil, fue explícito en criticar el incremento continuo de la red de alcantarillado en esta ciudad: “La experiencia demuestra que soluciones que utilizan exclusivamente los principios basados en la transmisión de los impactos en el macro drenaje hacia aguas abajo, no son sustentables”, además de que pueden “llegar a aumentar en seis (6) veces los costos” comparados con una estrategia integral de gestión. El informe recomendó que en Guayaquil se cambie el ‘modelo de desarrollo’ y se empiecen a gestionar las inundaciones “bajo los conceptos de ciudades verdes, inclusivas y sustentables”, en vez de continuar con estas medidas costosas y poco sustentables (aunque convenientes al negocio de las empresas constructoras).

Pero las autoridades en Guayaquil no gestionan ni las inundaciones ni el desarrollo urbano en general bajo esos principios, pues la ciudad durante casi un cuarto de siglo ha crecido y crece todavía al vaivén de los intereses de los empresarios de la construcción (tal como lo describió el arquitecto Eduardo McIntosh) mientras la dirección municipal de urbanismo apenas se ha limitado a relatar lo que sucede. Y así nos va.

Guayaquil es una ciudad a la deriva, cuyos habitantes todavía ignoran, o no terminan de comprender, los riesgos que los acechan.

¿Áreas verdes en Guayaquil? ¿Dónde?

22 de febrero de 2016


Imagen satelital de Guayaquil

Guayaquil en contraste con la naturaleza alrededor

Las calles de Guayaquil comparadas con las de Hamburgo

Pero para quien nunca faltan áreas verdes en Guayaquil es para su alcalde Jaime Nebot, quien sostiene en sus cadenas radiales de los miércoles que durante su administración se multiplicaron “por diecisiete” las áreas verdes en la ciudad. En respaldo de esta afirmación, el alcalde cita un informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) en el que supuestamente Guayaquil tiene 8.67 metros cuadrados de áreas verdes por habitante (1). El único problema con este informe del INEC (el ‘Índice verde urbano’, estudio cartográfico realizado el año 2010) es que contradice gravemente lo dicho por el alcalde Nebot, pues disminuye la cantidad de áreas verdes de Guayaquil a un magro 1.13 metros cuadrados por habitante (2). Una cifra más congruente con la realidad, como reflejada en las imágenes. 
 
Fuente: Índice verde urbano.

(1)El alcalde y las áreas verdes’, Xavier Flores Aguirre, 14 de febrero de 2016.
(2)Índice verde urbano’, Instituto Nacional de Estadísticas y Censos.