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Tello, Correa

13 de octubre de 2019


He visto esta película antes: pierde el más débil, el que no puede defenderse. Cuando se necesita echarle la culpa a alguien porque las cosas que han ocurrido son espantosas (la violencia, los muertos), esto resulta un fácil expediente. Como ninguno de los negociantes (en este caso, gobierno e indígenas) querrá asumir su responsabilidad por todas las cosas espantosas, optarán por echarle la culpa a un tercero. Es el camino fácil.

Cuando el incendio ocurrido en Guayaquil el 5 y 6 de octubre de 1896, en el que se quemó toda la ciudad desde Malecón y Aguirre (al frente de la Gobernación) hacia el Norte, con noventa manzanas consumidas por el fuego, 1.500 casas destruidas y 25.000 personas (casi la mitad de la población) sin hogar, se le terminó por echar la culpa de lo ocurrido a un lojano de apellido Tello. Con los años se demostró que él no había tenido parte, pero en esos días amargos se necesitaba un chivo expiatorio: a Tello se le hizo un proceso sumario y se lo fusiló frente al edificio de la Gobernación, que se había conservado del flagelo.   

Esto que le pasó a Tello, le va a pasar a Rafael Correa. Se necesita echarle la culpa a alguien, y el expresidente Correa no está en condiciones de defenderse (fuera del país y con varios juicios espurios en su contra). Entonces, se buscará responsabilizarlo a él de lo que pasó en la Contraloría General del Estado (que apesta a auto-atentado) y ultimadamente de los muertos de estos días atroces. Léanla a esta señora, porque este será el guion:





Vendrá su puesta en escena, y lo dirán en la tele, las radios y los pasquines periódicos. Y habrá mucha gente que comprará esta historia, porque se ajusta mucho al relato que se han hecho en su cabeza de las cosas que pasan a su alrededor. Es la historia que se ajusta perfectamente a su burbujita.

Nunca dejará de sorprenderme lo imbéciles que creen que somos. Y, lamentable es admitirlo, lo mucho que aciertan.

El Municipio del Verano del '92: "crear conciencia"

18 de mayo de 2019


El 3 de agosto de 1992, días antes de que el expresidente León Febres-Cordero asuma la Alcaldía de Guayaquil, Expreso mostró su respaldo a esta futura autoridad en una causa que dicho diario (llamado “de la vida nacional”) juzgaba como fundamental: “crear una conciencia guayaquileña”.

Editorial del 3 de agosto de 1992.

El problema es que el ciudadano que aquella “conciencia” debía superar con un nuevo y “consciente” ciudadano sirve como una descripción del ciudadano del Guayaquil del año 2019:

“Los habitantes de Guayaquil nos singularizamos por arrojar papeles, cortezas de frutas, envases ya usados, etc., porque todo lo dejamos para que el ‘servicio de limpieza’ se encargue de recoger los desperdicios. No hay conciencia cívica, amor a nuestra urbe, cuidado elemental por la ciudad en la cual vivimos”.

La Alcaldía de Guayaquil mal podría negar que esto sigue así, pues ha sido su recurrente excusa para justificar las inundaciones en la ciudad (“la gente es sucia, por eso se taponan las alcantarillas”).

Pasaron ocho años con León Febres-Cordero, diecinueve años con Jaime Nebot, pero la conducta del guayaquileño se mantiene casi invariable después de 27 años socialcristianos.

El rapto jipi fue muy breve. “Crear conciencia” fue apenas el anuncio de un fracaso por venir (uno de tantos). 

La mentira verde de Jaime Nebot

7 de enero de 2019


El Alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, siempre insiste que Guayaquil ha rebasado con creces el estándar de 9 metros cuadrados por habitante fijado por la OMS.

El problema de lo que dice el Alcalde Nebot es que no tiene ningún fundamento. Su cifra de 25 metros cuadrados es pura mentira. Esto lo ilustra el artículo “‘Guayagris’, una ciudad sin sombras”, de autoría de Blanca Moncada, publicado en el diario Expreso del 7 de enero de 2018.

El discurso de Nebot es que su cifra proviene del INEC, un órgano oficial. Esto es mentira. Como lo demuestra el artículo de Expreso, el INEC no dice que la Alcaldía de Guayaquil tenga 25 metros cuadrados, dice que tiene 1.13 metros cuadrados por habitante, lo que más que una rebaja sustancial, evidencia una notoria falsedad. No hay uno solo de sus entrevistadores de los miércoles que se atreva a contradecirlo a Nebot, aunque supieran que él miente. Esto, porque el periodismo de Guayaquil no está tan interesado en la verdad como lo está en un rol de pagos.

Entonces, ¿de dónde saca el Alcalde Nebot la cifra de 25 metros por habitante? Lo ilustra el artículo del Expreso, vía la declaración de su Director de Áreas Verdes, Abel Pesantes: la cifra proviene de una consultora privada, una asociada a jugosos contratos de la Alcaldía de Guayaquil: “Ecosambito”. Es clave tener a aliados bien pagados para dibujarse unas cifras. Y obvio también, tener a unas antenas repetidoras que las divulguen.

Porque es evidente que las cifras se las ha inflado de manera anti-técnica, como lo explican los expertos. El profesor de la Católica, Ricardo Sandoya, revela la trampa cuando dice que se incluyen “bosques, manglares, reservas y estuarios en sus estadísticas”, mientras que otros especialista, David Hidalgo, señala cuál es la deficiencia en Guayaquil: la “grama o césped en suelo urbano. Esto fácilmente se comprueba con una vista aérea de la ciudad de Guayaquil en Google Earth”. Pero pocos hacen ese simple ejercicio de contraste, y ninguno es periodista. Y si lo fuera, igual se calla. Al final, en los medios tradicionales, nadie protesta sobre lo que pasa en Guayaquil. La mayoría se lo traga de un ¡gulp!

El saldo es: Guayaquil es una ciudad gris, sin sombras, con autogoles arbóreos como las palmeras y con una clara vocación arboricida… y que, a pesar de ello, tiene la desfachatez de venderse (y logra hacerlo, por la casi nula resistencia de la mayoría de nuestro periodismo, tan servil y pesetero) como una ciudad que casi triplica el mínimo de las áreas verdes que nunca tuvo y sobre las que siempre miente. Es una ciudad que consiente una mentira de su máxima autoridad, y que incluso la adorna, a mayor perjuicio propio. Propio de idiotas*.

El Alcalde gana políticamente, los periodistas ganan económicamente: el que pierde es el ciudadano, que ni se entera de su derrota.

* En el sentido griego del término, del que no le importa lo común.  

Entrevista radial (16 de octubre)

16 de octubre de 2018


Al Presidente Lenin Moreno le vale madres y a los poderes privados les gusta que así sea: la institucionalidad del país se coloca (debo decir: vuelve) a su beneficio. La ciudadanía sería la única que podría emerger para rechazar esta captura del Estado en aprovechamiento de unos pocos, principalmente en beneficio de ellos mismos (los que más tienen, incluidos los medios de comunicación). Pero la ciudadanía está desorganizada (o peor: es caótica y violenta, como lo demuestran los hechos recientes en Posorja) y en el Ecuador nunca ha sido un contrapeso valioso del poder político. (Los reclamos liberales y ciudadanos, en este país, son muy débiles y desarticulados).

En este panorama de mierda, el país escora a la derecha, el estreno de la muerte cruzada se avecina a mediados del 2019 y Nebot se relame con una tercera vez. Es el gran emergente de este post-correísmo con sabor a pre-correísmo, que 23 años después de su última elección presidencial (acumula ya dos derrotas) tiene verdaderas chances de ganar en este tercer intento. Porque Nebot, para ganar, necesita dos cosas: a Correa fuera de juego y a un rival débil a vencer en la papeleta. El primer deseo ya le fue concedido.

El segundo viene en forma de Guillermo Lasso.

De esto y otras cosas, fue esta entrevista.    

Democracia sin demócratas

24 de agosto de 2017


Formalmente, la República del Ecuador es una democracia (así dicen su Constitución, sus leyes y la periódica organización de elecciones). Pero de fondo, Ecuador carece de lo fundamental para ser una democracia, pues le faltan los demócratas. Y le faltan, creo, por dos razones fundamentales: primero, por nuestros ciudadanos; segundo, por nuestro periodismo.

En cuanto a los ciudadanos, el ecuatoriano no suele tener valores democráticos en su interacción con los demás. Somos un país donde suele imperar la desconfianza mutua, la intolerancia y la corrupción. Con gente así curtida, la democracia se torna casi imposible.

Y en cuanto al periodismo, se supone que tiene la responsabilidad de crear una ciudadanía informada, que es un pilar de la democracia. Pero su rol en Ecuador se ha reducido casi en exclusiva a la manipulación en función de sus intereses económicos, lo que implica desde la alteración de la verdad hasta la omisión de datos sustanciales para comprenderla. Nuestro periodismo es principalmente mercenario; únicamente de manera accidental, resulta informativo.

En resumidas cuentas: ciudadanía y periodismo son dos lastres que impiden que la democracia prospere en el Ecuador. Seguimos siendo, como decía Jorge Luis Borges, una sociedad dedicada a “una versión latinoamericana de la política: conspirar, mentir e imponerse”.

Una pandilla de gamberros

22 de agosto de 2017

Como dice esta veterana, con razón:


Primera parte: la ignorancia de la ley

El 11 de enero de 2017 lo entrevistaron al Alcalde de Guayaquil en radio Sucre y le preguntaron por la caída de la cruz de la Catedral. El Alcalde respondió que la competencia de patrimonio cultural consiste en…

“…cuidar, en velar, en autorizar, en incentivar al cuidado de los bienes patrimoniales. No en pagar las reparaciones y el cuidado de los bienes patrimoniales que son de terceros, de personas particulares, o en este caso, de la curia. En el caso de los bienes municipales, por supuesto que tenemos que pagar y hacer mantenimiento, edificación, traslado, etcétera…”.
  
Ya por aquí el Alcalde de Guayaquil empieza mal. La competencia de cuidado patrimonial demanda mucho más de una autoridad municipal responsable: “las facultades de rectoría local, planificación local, regulación local, control local y gestión local” (Art. 9).

Pero se pone peor.

Segunda parte: la mentira sobre sus propios actos

El 11 de agosto de 2017, la Alcaldía de Guayaquil publicó el siguiente comunicado, a raíz de su pretendida demolición de la casa patrimonial de Imbabura y Panamá:


En este comunicado se incrusta una crasa mentira en su punto 5: la Alcaldía de Guayaquil afirma que expropió la casa esquinera de las calles Imbabura y Panamá “para construir el Teatrino”. Esto es falso. La Alcaldía de Guayaquil expropió esa casa, en principio, para construir el “Museo del Cacao”. Incluso su “fan enamorada” ha advertido que la construcción del “Museo del Cacao” fue el propósito original de la expropiación.

Pero se pone todavía peor.

Tercera parte: la Alcaldía de Guayaquil contra todos

Pasaron los años y la Alcaldía de Guayaquil olvidó su proyecto original del “Museo del Cacao”. Su interés ahora es demoler la casa para trasladar unas partes de ella (“chapas y rejas”) a otro lado y construir allí un “Teatrino”. Y para demolerlo, la Alcaldía pretende actuar a lo gamberro, pues según su director de Justicia y Vigilancia, Xavier Narváez, procederían a demolerlo “lo más pronto posible, sin esperar respuesta del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural”. Es decir, la Alcaldía pretende actuar contra la ley.

Pero no solo eso: la Alcaldía pretende actuar en contra de la voluntad de la ciudadanía organizada de Guayaquil (sí, la abúlica ciudadanía guayaquileña se ha organizado en defensa de nuestro patrimonio). Por las redes, circula un vídeo en el que se exponen muchas de nuestras razones para evitar la demolición del inmueble de Panamá e Imbabura:


La Alcaldía, NS/NC.

Conclusión

El saldo es lamentable: la Alcaldía de Guayaquil ignora sus obligaciones legales, miente sobre sus verdaderas intenciones y pretende actuar contra la ley y contra la voluntad de los ciudadanos de la ciudad que administra.

Es asombroso que esta pandilla de gamberros siga en el poder en Guayaquil.

La lucha por el patrimonio

9 de agosto de 2017


Hace un par de días, la periodista Blanca Moncada publicó un artículo en diario Expreso que tituló: “Coimas, cerveza, chuzos y orina”. En esa nota, denunciaba sustancialmente lo siguiente: a las 10 PM la protección pública (municipal) se retiraba del sector del cerro Santa Ana y dejaba su protección en manos de la seguridad privada. Entonces, a partir de las 10 PM, la seguridad privada (que ha sido corrupta: “Solo pasan a determinada hora y cobran”) tranza con algunos individuos para permitirles vender productos (“encebollado, jugos y hasta marihuana”) por fuera de la ley. La conclusión viene de una autoridad municipal: “Si los guardias hicieran su trabajo y no fueran corruptos, no habría informales allí” (1).

La Alcaldía de Guayaquil acusó recibo. Ayer publicó lo siguiente:

 

Lo que demuestra que si se la mosquea lo suficiente, la Alcaldía de Guayaquil reacciona. Miren lo que logró un artículo de prensa (2).

De importancia igual o mayor que el cuidado del cerro Santa Ana es cuidar los edificios patrimoniales del cantón Guayaquil. Esta obligación le corresponde a la Alcaldía de Guayaquil, pues desde el 3 de junio de 2015 esa es una de sus competencias.

Pero la Alcaldía de Guayaquil se ha probado no competente para asumir esta competencia. El caso de la caída de la cruz de la Catedral, a principios de año, fue un ejemplo de ello. La caída de una columna del edificio patrimonial de “La Casa del Cacao”, el día de ayer, es una voz de alerta sobre el estado deplorable de la conservación patrimonial a cargo de la Alcaldía.

Este desplome en “La Casa del Cacao” debería motivar una reacción en los guayaquileños a quienes sí nos preocupa el patrimonio de nuestra ciudad. Este artículo es un grano de arena que apunta a ese propósito. Hacen falta más opiniones, más plantones, más exigencias concretas a una Alcaldía que está en deuda, en este tema patrimonial y en tantos otros. Hay que exigirle las rectificaciones inmediatas de todas las maneras posibles y como lo dice la Alcaldía en su comunicado, “siempre conforme a la ley”.

Pero hay que hacerlo. Porque está demostrado que la Alcaldía de Guayaquil cuando se la mosquea lo suficiente, sí reacciona. Lo que hay que lograr, es que esta vez su respuesta sea para bien: para preocuparla e involucrarla en la conservación de nuestro patrimonio común.

(1) Lo dijo el vocero de la Policía Metropolitana, Roberto Viteri. Los guardias corruptos que permiten la venta de encebollado, cerveza y marihuana (trilogía muy, muy guayaca) en el cerro Santa Ana son los guardias contratados por la Fundación Siglo XXI para cuidarla. Con la Alcaldía, si no hace agua por un lado, la hace por el otro.
(2) Por supuesto, una reacción represiva está en el “ADN socialcristiano”. Si roban en el parque Centenario, ha llegado la hora de subir las rejas. En su lógica ochentera, esto es lo correcto (lo asombroso es que lo hagan pasar por un modelo de desarrollo).

"Amiwis"

26 de julio de 2017

Hubo un tiempo confrontativo en el que la información y opinión de los medios privados de comunicación encontraba un contrapeso en la información y opinión de los medios públicos de comunicación. Era una lógica turra: las posturas políticas de los medios privados se respondían con las posturas políticas de los medios públicos. Pero con todo y turra de esta lógica, tenía una clara ventaja: permitía, dentro del berenjenal de bajezas y de mentiras, formarse un criterio por exploración y contraste.

Este escenario resultaba preferible a la sostenida imbecilización de la ciudadanía en Guayaquil puesta en práctica por los medios de comunicación privados, cuando carecían de todo asomo de contrapeso.

Pero esta lógica del contrapeso parece que se ha terminado. La renovación que se ha hecho en los medios públicos parece orientada a anularlo, en nombre de un mejor periodismo. Buena suerte en ese empeño. Pero el primer sacrificado, hasta ahora, ha sido el periodismo.

Para muestra un botón: antes, diario El Telégrafo desmentía las cifras que decía la Alcaldía sobre áreas verdes en Guayaquil. Cuando la Alcaldía de Guayaquil, supuestamente basada en un informe del INEC, declaraba que había más de 8 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, El Telégrafo demostraba que las cifras del INEC apenas le atribuían un magro 1.13 metros cuadrados de áreas verdes por habitante (1). Dígase lo que se quiera, ese es el propósito del periodismo: pillar a las autoridades en sus mentiras.

Y esa de las áreas verdes es una mentira gigante (2).

Pero ahora diario El Telégrafo no desmiente sino que acepta unos “diez metros cuadrados, aproximadamente” de áreas verdes en Guayaquil, según le cuenta la Alcaldía que lo avala el INEC (3). Ni contraste de información, ni nada que se le parezca. En esta renovación del periodismo, tal parece que si lo dice la Alcaldía, El Telégrafo lo dará por bueno.

Es lo más El Universo que se ha comportado El Telégrafo en los últimos años. Pero es que si Moreno y Nebot son “amiwis”, ¿por qué no ellos?

Y esto, al final, comportaría una grave pérdida en el periodismo de Guayaquil: sin contrapeso, es probable que la imbecilización de la ciudadanía vuelva, ahora a cargo de un tándem público-privado presto a seguir dibujando una ciudad ideal para que sigamos en Guayaquil sin discutir a la ciudad real que habitamos, ineficaz y excluyente.

Si esto es así, la derecha habrá marcado con su banderita un nuevo territorio conquistado. Y los derrotados serán el periodismo, y su parte débil y olvidada de siempre en el Ecuador: los ciudadanos que lo consumimos.

Sobre la indignación por las candidaturas

25 de noviembre de 2016

Por consistencia liberal, no creo en la exigencia de ninguna calificación especial para la representación política en el foro legislativo. Esos representantes son, en el mejor de los casos, una expresión de la diversidad de un país (1). Si realmente se cree que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos (artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos), entonces no debe a nadie privársele de la posibilidad de representar a otros si esa persona se siente en capacidad para ello y asume el costo de hacerlo (una inversión de tiempo y recursos, con un resultado usualmente incierto).

He escuchado y leído mucho sobre la indignación por las candidaturas a la Asamblea Nacional. Mi inteligente amigo John Dunn ha expresado su “asco” y ha sugerido que debería votarse nulo (2). Realmente creo que la respuesta fácil es indignarse y sentir asco por esos otros que han asumido un costo personal que otros no. Y creo que lo realmente difícil es comprometerse, no digo siquiera a ser candidato (menos ahora que la inscripción de candidaturas ha cerrado) sino a conocer a otros candidatos que salgan del radar de las “caras conocidas”.

Cuando John Dunn dice que hay una “casi ausencia de candidatos alejados del escándalo y la farándula”, habría que entender esa frase con el añadido de “conocidos” al lado de la palabra “candidatos” (3). Porque las matemáticas no mienten: son 3.793 candidatos a dignidades nacionales y las “caras conocidas” del escándalo y la farándula apenas serán tres docenas (4). Hay miles (más de 3.700, de hecho) candidatos que no son conocidos, “que resultan inciertos para los votantes” (5). Sufren el estigma de que “a esos no los conoce nadie”, sambenito con el que se los suele desestimar enseguida. Pero si entonces la clave es ser conocido, ¿por qué sentir “asco” por las únicas “caras conocidas” que se atreven a participar?

En mi opinión, el problema no está en el que sirve a una estrategia (esto es, una “cara conocida” útil para un movimiento o partido político, un “mal” de la mayoría de actores políticos en esta elección) sino en el ciudadano que no busca informarse para decidir sobre su voto y que espera hacerlo exclusivamente en función de las “caras conocidas” (este ciudadano apático es transversal a todas las clases sociales y segmentaciones usuales; es la inmensa mayoría). Si el foro legislativo resulta a consecuencia de esta apatía, la expresión de una diversidad de “caras conocidas”, basta pensar en lo que ofrece la TV nacional a diario y el resultado aparece obvio. Y estará en tu papeleta electoral.

Bottom line: Creo que es razonable no culpar a otros por haber actuado de acuerdo con sus propios intereses (nadie está exento de ello) sino más bien procurar la búsqueda de alternativas que salgan del radar de las caras “conocidas”, así como difundirlas para el conocimiento de otros.

(1) Los debates que plantea la representación política son enormes. Pero me interesa apuntar a que en la sociedad ecuatoriana, la representación política usualmente ha respondido a un electorado masculino, conservador, religioso, blanco-mestizo y de clase media-alta. Estos lastres excluyentes de una amplia diversidad los arrastramos por decenas de años y resultan muy difíciles de superar (piénsese en el drama por el debate legislativo del aborto, para un ejemplo reciente). 
(2) John Dunn, ‘Asco’, Diario El universo, 24 de noviembre de 2016. La propuesta de darle valor al voto nulo me resulta sumamente interesante.
(3) 3.793 aspirantes a dignidades nacionales, han registrado sus candidaturas ante el CNE’, Diario El telégrafo, 22 de noviembre de 2016. 
(4) John Dunn, ‘Asco’, Diario El universo, 24 de noviembre de 2016.
(5) Ibíd. 

Sobre la institucionalidad y la democracia (debate con María Paula Romo)

6 de junio de 2016

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Entrevista a cargo de Carlos Rabascall, en la que se habló de una sociedad sin compromiso, de unas élites políticas en guerra permanente, del derecho a la protesta de los ciudadanos, de unos municipios irresponsables (a la luz del terremoto del 16 de abril) y de un gobierno central de cuño conservador (un García Moreno reloaded):

Ciudadano regenerado, bis

31 de marzo de 2010


Un perfecto complemento académico para la definición de “ciudadano regenerado” que acuñó José M. León:

“… por una parte, la creencia ciega en la autoridad y la obediencia celosa a los superiores y, por otra, el desprecio a los inferiores y la disposición a atacar a las personas que se consideran débiles y que se pueden aceptar socialmente como víctimas. Otros rasgos relevantes son la aguda sensibilidad por el poder, la rigidez y el conformismo. La personalidad autoritaria tiende a pensar en términos de poder, a reaccionar con gran intensidad ante todos los aspectos de la realidad que afectan (efectiva o imaginariamente) las relaciones de dominio; es intolerante frente a la ambigüedad, se refugia en un orden estructurado de manera elemental e inflexible, hace un uso marcado de estereotipos en su forma de pensar y de comportarse; es particularmente sensible al influjo de las fuerzas externas y tiende a aceptar supinamente todos los valores del grupo social al que pertenece”.

Esta es breve reseña del libro La personalidad autoritaria de Theodor W. Adorno et al.

P.S.- Y ya que estamos, agréguese: desprecian aquello que no entienden (llámese, en la coyuntura actual Fito Páez, por ejemplo) y encuentran poesía en “jalarle el pelo a una botella” de la Peste Guatemalteca. Sigh, vomito.

De precisas definiciones

10 de febrero de 2010

En un artículo titulado Homosocialidad, disciplina y venganza, publicado en el libro Masculinidades y equidad de género, a finales de los noventa, el brother X. Andrade ofrece esta definición del celebérrimo y muy guayaco Trópico Seco (aquel que va con todo) en la tercera nota al pie:

“Marca comercial del anisado preferido en el barrio por razones económicas y, supuestamente, de salud física. De precio módico que puede ser cubierto grupalmente mediante cuotas individuales, es considerado menos dañino para la salud por ser un licor blanco consumible en estado puro. Se lo adquiere en cuartos, o sea en pequeñas que son compartidas mediante la circulación de la tapa plástica que ha sido diseñada para servir como exacta unidad de medida, equivalente a un trago individual que debe ser consumido al instante. Generalmente, ésta circula hacia la derecha de quien la distribuye, que es normalmente quien ha comprado recientemente la botella, aunque puede haber un servidor oficial designado por el grupo para toda la noche. Nociones de contaminación asociadas al acto de compartir la tapa son eliminadas apelando al carácter antiséptico del alcohol. Trópico parece haber suplantado en la última década al aguardiente Cristal, conocido como “el whisky de los ecuatorianos”, el preferido durante mis campañas etnográficos de fines de los ochenta y principios de los noventa, en buena parte por la mala fama adquirida por éste después de varias muertes por intoxicación, e igualmente por la necesidad de mezclarlo con cola para aminorar su sabor, lo cual a su vez añade costo por unidad”.

Por cierto, Trópico Seco (tal parece que ahora Secco) ha vuelto y lo ha hecho, como es su costumbre, con todo (¡?) y se ha despachado un par de comerciales que quieren relanzarlo (siguiendo el modus operandi de Vanguardia) al mercado. Ahora, el segundo comercial (ninguno de los comerciales los he visto sino en TuTubo) sugiere que se ingiera el Tóxico en vaso, como si fuera un trago regular… Pero es tapita o nada.




Ahora, pasando a otro tema (pero aprovechando el anterior para preguntarle un ¿pa’ cuándo un frasco?) en una reciente entrada de su bitácora José M. León se despachó con esta definición del ciudadano de Guayaquil en tiempos de la así llamada “regeneración urbana”:

“Las áreas regeneradas han creado -vía ordenanza municipal- el estereotipo del ciudadano. Es un heterosexual, reenviador de cadenas de mails, repetidor incesante de clichés sociales dignos de un estudio antropológico, tiene novia pero no ha dejado a sus amiguitas de ocasión, se las pica de francote y trabajador (detalle por el cual desdeña a los artistas, filósofos, científicos y académicos) y en las últimas elecciones votó por Nebot y, para darle contra a Correa y ser buen guayaquileño, por Lucio –lo cual revela su evidente y preocupante falta de memoria-. Por supuesto, viste correctamente y ya ha aprendido que el perro no puede ir al malecón a pasear. Todo lo que se salga de ese molde se ha instaurado en el imaginario popular como una amenaza”.

En un hipotético abecedario guayaquilensis, la voz “trópico seco” debería incorporar esa joyita del X., tanto como la voz “ciudadano regenerado” (o algún otro nombre propicio para identificar ese adefesio emocional) de José M. León.

Espacio público, comunicación y ciudadanía

2 de septiembre de 2008

El miércoles 27 de agosto participé en un conversatorio sobre el tema “Espacio Público, Comunicación y Ciudadanía” que organizó la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica a instancias de Héctor Chiriboga, profesor de la Carrera y columnista de diario El Telégrafo, quien intervino como moderador del acto. Acompañé a Carlos Tutivén, Valentina Brevi y Jessica Jara en el común esfuerzo de formular críticas certeras sobre el tema que nos convocó y salimos, creo decirlo sin asomo de falsedad, bien librados. Carlos analizó el tema desde la comunicación, Valentina desde la arquitectura y Jessica desde la psicología. Me siento plenamente incapaz de resumir sus intervenciones sin pérdida de los necesarios énfasis y matices: en clara consecuencia, omitiré esta posibilidad. (Por cierto, esta incapacidad me recuerda la necesidad de grabar en audio estos actos y subirlos a esta bitácora de Internet como podcasts para conservar su registro y propiciar su difusión; ojalá -alguna vez lo conversé con Héctor- que realicemos en algún momento ese ciclo de debates sobre la ciudad, que lo publiquemos en formato de libro y que contribuya a una necesaria discusión que involucre al mayor número de personas, en particular a quienes no estén persuadidas de estas críticas o que sean contrarias a las mismas, para ampliar el debate y perfilar mejor su contenido y alcances. En todo caso, el próximo acto al que me inviten, grabo mi intervención y la cuelgo en esta bitácora y si los otros me autorizan, cuelgo también la de ellos.)

Resumiré, en breve, los recuerdos de mi intervención, la que formulé, como me sugirieron, desde la perspectiva del derecho y la política. La empecé con un acercamiento poco ortodoxo al tema: desde el fútbol. Ese miércoles 27 preparaba el post “Sócrates (democracia corinthiana)” que publiqué en esta bitácora y estaba yo plenamente imbuido del proceso de la democracia corinthiana que O Doutor capitaneó. Como lo afirmé en el post, la democracia corinthiana fue “una delirante experiencia libertaria de autogobierno colectivo”. Precisamente me interesó destacar esos aspectos que la democracia corinthiana concretó de manera delirante y exitosa, la “autonomía individual” y el “autogobierno colectivo”, que son precisamente los aspectos que en materia de espacios públicos y ciudadanía tienen un contenido miserable en Guayaquil. Analicé en breve las restricciones que imponen las autoridades locales para el ejercicio de los derechos ciudadanos al libre desarrollo de la personalidad y a la participación política y concluí que esas restricciones no tienen fundamento alguno en el marco de una sociedad democrática. Finalmente, tomé a préstamo unas observaciones de Carlos Tutivén sobre la incidencia de los medios de comunicación en la creación de este imaginario ciudadano para enfatizar que este imaginario esquiva analizar la pérdida de libertades ciudadanas en los espacios públicos porque se regodea con las “cuentas de colores” (“caramelos visuales” los llamó Valentina Brevi) que les ofrecen quienes mejor explotan (en lo económico y en lo político) este imaginario. Sin los necesarios matices, tal fue el contenido esencial de mi intervención.

El conversatorio con los asistentes (no fueron legión, pero tampoco un número desdeñable) fue interesante y, en lo que a mí respecta, se centró en los límites de esas restricciones a los derechos ciudadanos y la tensión entre las autoridades locales socialcristianas y las roldosistas. Sobre lo primero, enfaticé que en todo análisis de los derechos y sus posibles restricciones, los derechos tienen que verse, en palabras de Ronald Dworkin, como “cartas de triunfo” ante cualquier restricción que se pretenda. Yo no sostengo (nadie sensato lo hace) que no deba existir regulación alguna en el uso de los espacios públicos; pero sí sostengo que toda regulación que se haga tiene que hacerse con el mayor de los respetos al desarrollo libre de la personalidad de los individuos, su autonomía individual, y con la mayor inclusión de las personas en la construcción de lo que nos es común, espacios, políticas y obras públicas. Sobre lo segundo, afirmé que yo no postulo (nadie sensato lo hace) la abolición de la obra socialcristiana y la vuelta a la barbarie roldosista; pero sí sostengo que no existe, en este punto, una situación de dilema (“o es lo uno o es lo otro”) sino que puede muy bien pensarse un modelo de sociedad tolerante e inclusiva, que desarrolle políticas y obras públicas de calidad. Enfaticé, finalmente, que uno de los graves problemas de la sociedad guayaquileña es la incapacidad de pensar en el otro, de ponerse en sus zapatos, de tomarse a los individuos en serio y no como medios para un fin y turistas de su propia ciudad. Y enfaticé también que otro de los graves problemas de la sociedad guayaquileña es el “miedo a la libertad”. Sobre este tema deberíamos profundizar en otra ocasión: lo considero clave para comprender la forma cómo se estructura esta sociedad, sus relaciones de dependencia y el hecho de que si no somos más tolerantes e inclusivos no sólo es porque algunos no quieren cambiar el estado de cosas (obvio, quienes se benefician de ellas) sino porque algunos quieren no querer cambiarlas (porque tienen miedo de sufrir las consecuencias de su osado desafío o simplemente miedo de ser distintos a aquello que la sociedad les enseñó que deben ser). El tema da para mucho más y habrá que continuarlo.

Del conversatorio salí con dirección a la casa del Curro y replicamos (con mayor ferocidad, cabe decirlo) las ideas del conversatorio en compañía de algunos amigos y una amiga que, con acento italianizado, hizo las delicias del modesto auditorio. Tres botellas de vino y una tabla de quesos y jamones (cortesía tan memorable como extraña del Curro, usual anfitrión pobre pero honrado) fueron testigos de esta pequeña delicia de nuestra vida nocturna en Guayaquil.

Discusión de fondo

14 de junio de 2008

Dos observaciones sobre la disputa entre trabajadores informales y Municipio local:

1) La afirmación de las autoridades del Municipio local de que son ellos la única institución que otorga permisos para marchar es mentirosa. El Reglamento Orgánico Funcional del Régimen Seccional Dependiente del Ministerio de Gobierno, Policía, Cultos y Municipalidades establece en su artículo 11, numeral 12, la atribución del Intendente General de Policía para “autorizar y controlar las marchas y movilizaciones gremiales, religiosas y culturales”. El Municipio local también puede otorgar permisos: los artículos 105 y 107 de la Ordenanza de Uso del Espacio y Vía Pública le conceden amplísima discrecionalidad para hacerlo; dicha discrecionalidad, por cierto, conoce de arbitrariedades y discriminación (véase mi columna, “El derecho de reunión”, del 18 de agosto de 2007).

2) La criminalización que las autoridades del Municipio local hacen de la postura de los vendedores informales (acusarlos de “vándalos” que “insultan y pretenden tomarse las calles”, de “politiqueros” y de traer “de vuelta el caos”) es útil para justificar que el Alcalde Nebot sostenga este patético concepto de diálogo de “yo digo y si quieren, ustedes escuchan” y para que subalternos del Municipio reciban la propuesta de los trabajadores informales solo para que Nebot, en esa vena autoritaria que parece nunca abandonarlo, declare que “todo lo que venga de ellos va al archivo”. (Esta criminalización no es rara como respuesta a críticas y protestas, recuérdese el caso de quienes protestaron contra la Metrovía; véase, entre otras, mi columna “El derecho a la protesta”, del 19 de agosto del 2006). Pero para quienes se resistan a participar de los prejuicios sobre los trabajadores informales les transcribo su propuesta, tal como la consignó La Calle de Guayaquil (uno de esos diarios de notoria impronta pro-Municipal que se obtienen gratis en la Metrovía): “que se cree una comisión de evaluación y diseño de nuevas ordenanzas que estaría conformada por un delegado del Municipio, un delegado del Gobernador, un delegado de los mercados, un delegado de los comerciantes ambulantes y un delegado de los comercios tradicionales, así como definir las zonas de trabajo, los productos que se puedan vender, otorgar permisos de funcionamiento para los vendedores, la entrega de un carné de funcionamiento y creación de un programa de capacitación con temas como atención al cliente, manejo de negocios y tributación”. Una propuesta razonable, ¿o no? En efecto, nada en esta propuesta merece que no sea escuchada o su directa remisión al archivo y el olvido. En consecuencia, la actitud del Municipio local no merece aplauso sino reproche, porque nos evidencia su pueril autoritarismo.

Ni yo, ni nadie sensato, puede discutirle al Alcalde Nebot el que tanto él, como Febres-Cordero, han superado las miserias de la administración roldosista y han construido una importante obra pública. Pero esos méritos no pueden obnubilar un merecido juicio crítico sobre el modelo de administración de la ciudad, un modelo que desconoce derechos individuales y que no fomenta ni permite el autogobierno colectivo (¿a quiénes de los ciudadanos escucha, a quiénes consulta?), que se niega a dialogar con aquellos a quienes excluye, que pretende la imposición de modelos de ciudadanía a toletazos o silbatazos (¿hay alguien tan torpe que pueda pensar que la ciudadanía puede crearse mediante la represión?), que criminaliza los discursos disidentes, que se resiste a cualquier posibilidad de autocrítica de sus rasgos autoritarios, que desconoce la sensata práctica del diálogo plural y la inclusión social que todo sociedad democrática merece. No permanezcamos en los márgenes y, con un mínimo de esfuerzo y buena voluntad, hagamos una discusión de fondo sobre la ciudad, como corresponde en una sociedad civilizada y democrática.