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Rosa Borja

15 de marzo de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 15 de marzo de 2024.

En el Sur de esta ciudad, la calle que inicia en la intersección con El Oro y termina en la intersección con José Vicente Trujillo se llama Rosa Borja de Ycaza. Es el perímetro este del barrio del Centenario, es la calle que separa a ese barrio del barrio Cuba. Y recuerda, con su nombre, a una mujer notable: feminista, política, artista.

En su origen ya más que centenario, esa calle no se llamó así. El Concejo Municipal le había asignado el nombre de un extranjero, George Canning. Él fue un londinense nacido en 1770 que, entre 1822 y 1827, ocupó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido, apoyando la causa independentista en la América del Sur y procurando el reconocimiento de los nacientes Estados de la región, como ocurrió con Colombia en abril de 1825.

Claro que el Estado del Ecuador no existía a esa época. Su maltrecha andadura recién empezó en 1830, cuando Canning ya estaba muerto.

El nombre de Canning para una calle de Guayaquil también murió en 1936, cuando el Concejo Municipal decidió cambiar el nombre de la calle Ministro Canning por Rosa Borja de Ycaza, para “alentar su labor”. Porque aquel año, Borja estaba viva: nacida el 30 de julio de 1889 ella contaba 47 años y era una destacada feminista de Guayaquil (presidenta del Consejo Nacional Ecuatoriano de la Unión de Mujeres Americanas y presidenta de la Legión Femenina de Educación Popular, además de la editora de su órgano de difusión oficial, la revista “Nuevos Horizontes”). Para 1936, Rosa Borja había publicado un libro con tres conferencias titulado “Aspectos de mi sendero”, otro de poesías “Hacia la vida” y una obra de teatro “Las de Judas”.

Rosa Borja correspondió a este aliento brindado por el Concejo Municipal. Vivió largos veintiocho años desde entonces, hasta su muerte el 22 de diciembre de 1964. Durante esos casi treinta años de vida, Borja fue una mujer pionera: la primera que ocupó el cargo de Directora de la Biblioteca Municipal de Guayaquil (1953-1959) y de Directora de la Biblioteca Nacional del Ecuador.

También publicó, durante ese período, varios libros de poesía y de teatro y dos biografías: la suya propia, titulada “Mi mundo íntimo”, y la de su padre, el doctor César Borja Lavayen.

Sobre temas sociales, en este período Rosa Borja publicó sobre su ciudad “Guayaquil, ojeada histórica de la ciudad, desde los Huancavilcas hasta nuestros días” y “El Municipio y los problemas sociales de Guayaquil”. También publicó el libro “Influencia de la mujer como factor importante en el mejoramiento humano” y se destacó por ser una activa conferenciante feminista. La Unión de Mujeres Americanas, con sede en Nueva York, la designó su presidenta. 

Rosa Borja fue también Consejera Provincial del Guayas y una activa militante de la Concentración de Fuerzas Populares (CFP) con Guevara Moreno, durante los años cincuenta y principios de los sesenta. Fruto de su gestión política, el Municipio fundó el Centro Municipal de Cultura, que se cerró el año 1989 durante la administración de Elsa Bucaram.

Finalmente, Rosa Borja también fue compositora. Su “Álbum de música” fue premiado en Buenos Aires en 1942 por la Asociación Argentina de Música de Cámara.

Rosa Borja, una mujer notable.

35º de subdesarrollo

5 de enero de 2020


La siguiente observación de Leopoldo Benítez Vinueza sobre Guayaquil, escrita al inicio de “Ecuador: drama y paradoja”, demuestra todo lo mal que lo hemos hecho en esta ciudad:

“Por la sombra grata de los soportales, pasea desde la tarde el viento marinero que viene recorriendo las áridas llanuras con los pies mojados de humedad salubre como el viento homérico de la Ilíada. Y a pesar de que su nombre evoca ideas de calor sofocante, [en Guayaquil] la temperatura no sube ni aun en la época húmeda y caliente a más de 35 grados centígrados en horas de la tarde”.

Esto, ahora, es pura ciencia ficción. El extraordinario libro “Ecuador: drama y paradoja” de Benítez Vinueza fue publicado el año 1946. Desde entonces, Guayaquil ha crecido como una gran mancha de cemento, proceso que durante las administraciones del PSC de León Febres-Cordero y de Jaime Nebot se acentuó mucho: cada vez eran menos árboles y más adoquín (¿más ciudad?). Esto seguro le dio billete a los promotores de palmeritas y adoquines asociados al PSC, pero elevó la temperatura de la ciudad en varios grados centígrados. Hoy es bastante común, en días de invierno, que la temperatura de Guayaquil esté por encima de los 35 grados.

Y este cambio, realmente, es posterior a 1946. Un error de las últimas tres generaciones de habitantes que prefirieron la angurria por el billete a la planificación urbana.

Así, como se lo advierte en el prólogo de la edición  de “Ecuador: drama y paradoja” del año 1996, con ocasión de los 50 años de su publicación, en el Ecuador sigue existiendo una estructura injusta “que privilegia a una minoría a costilla de la gran mayoría”. Guayaquil no es una excepción a esta regla y las palmeritas y los adoquines son un claro ejemplo de esto: hay una minoría que se ha hecho una pila de plata (“Capitalismo de Amigos”, que le dicen) con la consecuencia imbécil de convertirla a Guayaquil en un infierno, por un fenómeno que en la ciencia (esa desconocida local, porque huele a planificación) se llama el “efecto de isla de calor”.

Y para comprender el “efecto de isla de calor” (“Heat Island Effect”) que se está viviendo en Guayaquil, esta explicación del arquitecto Eduardo McIntosh es muy clara:

“… la mayoría de zonas transitables en la ciudad han sido progresivamente despojadas de su cobertura arbórea. Los nuevos proyectos de regeneración urbana, por algún extraño motivo, incluyen especies de insignificante cobertura, por ejemplo, las palmeras. Esta política del municipio ha incrementado la incidencia del ‘Heat Island Effect’ en Guayaquil, que se da cuando las superficies sin cobertura arbórea como pavimento y veredas se calientan por la incidencia solar muchas veces hasta cincuenta grados centígrados más que el aire alrededor de ellas. Esta energía se acumula durante todo el día y permanece hasta la noche, aumentando la temperatura real de la ciudad. Este proceso aumenta el estrés de los ciudadanos, las enfermedades respiratorias, la elevación de gases invernadero y la elevación de gastos económicos y energéticos por el uso de aires acondicionados. Que en Guayaquil la incidencia del sol es inclemente es verdad y es exactamente esa la mayor razón para hacer algo al respecto”.

Guayaquil es una ciudad mucho más calurosa, porque no se ha sido desarrollada en beneficio de sus habitantes, sino de la privilegiada minoría vinculada al sector de la construcción, del que surgió el propio Alcalde Nebot. Su crecimiento, en consecuencia, ha producido una gran mancha gris, de escasas áreas verdes.

Dos botones de muestra:



Guayaquil, ya fue dicho, está repleta de giles que se creen sabidos. Ellos son totalmente incapaces de adjudicar el calor extremo que padecen día a día a las malas administraciones de la ciudad que habitan.

Y esta incapacidad, dado el número de giles, es uno de los motores de nuestro subdesarrollo.

Los toros en Quito (hacia 1860)

29 de diciembre de 2019


A García Moreno no le gustaban los toros. A él se debió un cambio en la que se conoce hoy como La Plaza de la Independencia*, que se lo conserva hasta ahora: le puso césped y plantó árboles. El propósito de este cambio era evitar que se juegue a los toros en la plaza.

Porque la Plaza de toros, como espacio, fue un invento moderno (a Quito llegó en 1917, con la Plaza de toros Belmonte). Lo habitual era jugar a los toros en la plaza del pueblo. En Quito, esa plaza era entonces la Plaza Mayor, pero después de las reformas de García Moreno, los toros se pasaron a jugar en la plaza San Francisco.

Todo esto lo cuenta el primer embajador que envió el Gobierno de los Estados Unidos de América al Ecuador, Friedrich Hassaurek. Después de su misión diplomática desempeñada entre los años 1861 y 1865, Hassaurek publicó en 1867 un libro que es una joya para comprender el Ecuador en el primer período garciano: ‘Four years among the Ecuadorians’ (‘Cuatro años entre los ecuatorianos’). Allí Hassaurek cuenta sobre las corridas de toros, las peleas de gallos y otras barbaridades. O las que él vio como barbaridades.

Porque el embajador Hassaurek fue un severo crítico con la sociedad que le tocó conocer. Fue particularmente duro con Quito, con sus mujeres, su higiene y sus costumbres comerciales. Y dice que, en su época, los toros eran “[l]a primera y más popular de todas las diversiones”. Y que era entre los días de Navidad y de Año Nuevo, es decir, por estos días pero en el siglo XIX, que empezaba una fiesta colectiva.

En ella, todos los espacios están…

“… llenos de gente: blancos, indios, cholos, zambos, mulatos, negros, hombres, mujeres y niños. Es la vista más pintoresca. Hombres en chaquetas, ponchos y sombreros de todo estilo y color; mujeres que llevan sus chales y rebozos de toda posible variedad; las diferentes contexturas del pueblo, el lujo y el esplendor de las ventanas y los balcones; los jóvenes caballeros que pasean elegantemente de un lado a otro de la plaza; los soldados en sus uniformes de domingo mezclándose con gente inferior; los niños que silban y los perros que ladran al toro que se aproxima; las banderas flamean en los techos y las ventanas; una banda de instrumentos de viento que lanzan sonidos terribles; cohetes y torpedos que explotan aquí y allá; y el toro que corre y corre mientras la multitud escapa en estampida y lanza gritos de miedo; todo esto presenta una visión grotesca y fascinante al ojo del extranjero” (p. 174).

Era una fiesta distinta a la del “héroe” único que enfrenta al toro. Acá todos participan, y si bien se maltrata al animal, el objetivo del juego no es matarlo. De hecho, era bastante más usual que mueran personas embestidas por él, lo que mereció esta asombrosa observación de Hassaurek: “Un día de toros sería poco divertido sin que haya habido personas heridas e incluso muertes. Mientras más accidentes hayan ocurrido en el día anterior, más serán los espectadores al día siguiente.” (p. 175)

La fiesta en La Plaza Mayor, frente al Palacio de Carondelet, se llevaba así:

“Los bordes de la plaza están cercados con barricadas para prevenir el escape de las bestias furiosas a alguna de las calles vecinas. En una de estas calles se levanta un cerramiento temporal dentro del cual se mantiene a los toros durante los tres días que suele durar el festival. Tan pronto como comienza la corrida, se suelta un toro y así empieza la fiesta. Hombres y jóvenes, la mayoría de los cuales está en un estado muy avanzado de embriaguez, tientan al toro desplegando sus ponchos, sus abrigos, sus sombreros y sus ropas en general; también arrojan al animal lanzas de madera, piedras e incluso le halan la cola. Los espectadores de abajo acompañan con silbidos y chillidos, con el propósito de enfadar aún más al animal. Si el toro arremete, todos huyen; los toreros más experimentados se lanzan a un lado y arrojan su poncho al animal. Yo he podido presenciar algunos escapes afortunados de los toreros. Si el animal continúa quieto, los toreos se aproximarán nuevamente. A veces le suelen presentar al animal espantapájaros y cuando este los derrumba la gente se regocija mucho. El objeto de los que alardean de ser buenos toreadores es incitar al toro a que arremeta contra ellos, ganándose el aplauso de los espectadores cuando logran desviar la embestida. En cierta ocasión vi a un negro realizar maravillosas maniobras de agilidad, consiguiendo al final que más bien el toro quede extenuado. Sin embargo, suelen ser pocos los buenos toreros. La multitud enoja al toro pero corre tan pronto como le ve lanzar una mirada amenazante. A pesar de todo ocurren accidentes de gravedad. Un toro bravo tumbará a unos pocos que sean demasiado lentos o que estén demasiado borrachos como para escapar a tiempo. Pero esto es parte imprescindible de estas festividades y hace que sea más interesante y excitante a los ojos de la multitud” (pp. 175-176).    

Bárbaro, sí, pero parece entretenido.

* Un nombre que, como se lo demuestra en este enlace, es una vulgar farsa.

Dworkin, Guayaquil, y asaltar el Tía

12 de diciembre de 2019


Los otros días, leyendo un artículo del libro ‘A matter of principle’ de Ronald Dworkin, titulado ‘Why liberals should care about equality’, vi a Guayaquil. El artículo, apropiadamente, constaba en la parte III del libro, que lleva por título ‘Liberalism and Justice’.

De Ronald Dworkin (1931-2013) es admirable su propuesta de rescate del liberalismo de las estupidizantes garras conservadoras y de procurar darle un contenido no pajero a este concepto a través del principio de igualdad. Por ello, Ronaldo es crack. Y este párrafo de su artículo, me la recordó a mi Guayaquil:

‘Si los liberales recuerdan el consejo de igual preocupación, ellos construirán ahora una teoría que, por indicar las bases mínimas a partir de las cuales se pueda esperar que la gente que se respeta a sí misma considere a una comunidad como la suya propia y que considere al futuro de esa comunidad, en cualquier sentido, como el suyo. Si el gobierno empuja a la gente por debajo del nivel en el que pueden contribuir a forjar su comunidad y obtener de ella cosas de valor para sus propias vidas, o si el futuro brillante que les ofrece es uno en el que a sus hijos se les promete una vida de segunda clase, entonces se tira al traste la única premisa sobre la cual se podría justificar su conducta.” (p. 212)

Este fue el Guayaquil de Octubre, en el que aquellos que tienen una idea distinta y precaria de su futuro no mostraron ningún problema en atentar contra los bienes de la comunidad: no lo tienen, porque no la sienten como la suya, pues sus futuros son divergentes. Por eso es que apenas se levantan las restricciones (el 30-S, las protestas de Octubre), aparece el vandalismo en la periferia de la ciudad (es decir, la Perimetral, nuestra versión del Wild Wild West) y es allí que almacenes Tía tiembla, porque sabe lo que le va a pasar: los previsibles saqueos en una ciudad descompuesta.

Guayaquil, como se lo advirtió en la película Sin Otoño, sin primavera, tiene unos cien mil habitantes porque “el resto son extras”. Estos “extras” son aquellos a los que el desarrollo socialcristiano, lo que ha podido ofrecerles, es “una vida de segunda clase”.

Esto ocurre por un hecho fundamental: la orientación del crecimiento urbano durante la administración del PSC. En un informe que contrató la Alcaldía de la ciudad a técnicos de la CAF para que expliquen la inundación ocurrida en Guayaquil los días 2 y 3 de marzo de 2013, se describió el crecimiento de la ciudad en los sectores populares, por oposición al resto:

“Sin embargo, al mismo tiempo, se observa un fuerte proceso de ocupación irregular en áreas de expansión donde no necesariamente se siguen las normas de ocupación del suelo establecidas en ordenanzas municipales. Paradójicamente, como en otras ciudades de la región, la expansión de la ciudad irregular ocurre en forma cuasi organizada, generalmente por emprendedores que invaden propiedades privadas –con o sin acuerdo del propietario de la tierra- y con ello activan un mercado sumergido de la tierra urbana que se inicia con la ocupación ilegal de lotes sin servicios básicos de aguas, alcantarillado y drenaje. En algunos países es frecuente que políticos utilicen estos mismos mecanismos que promueven la ocupación informal de la tierra para obtener réditos electorales.” (p. 13).

Entre esos países está el Ecuador, y en él, Guayaquil, con el caso del PSC. El informe describe también a los desarrollos de vivienda que impulsa la Alcaldía socialcristiana de Guayaquil, y explica que algunos de ellos…

“… se localizan en zonas de riesgo por inundación y los proyectos aparentemente siguen soluciones convencionales, con extensos urbanismos sobre rellenos y construcción de conductos para drenaje para absorber picos de escorrentía generados por nuevas áreas impermeables. Estas opciones de ingeniería no representan claramente la mejor opción para garantizar su sustentabilidad en el futuro. […] Se observa que el abastecimiento de agua es el primer servicio que se atiende, seguido de alcantarillado sanitario y, finalmente, siguiendo un enfoque tradicional ligado a la instalación exclusivamente de obras de conducción, se atiende el drenaje pluvial.” (p. 13).

A pesar de que el informe de la CAF advierte que en Guayaquil se tienen “condiciones inmejorables para desarrollar soluciones integradas en el diseño urbano que combine programas de vivienda, transporte, agua potable, alcantarillado, drenaje, residuos sólidos y medio ambiente” (p. 31), el informe también reconoce que la realidad de Guayaquil es, en general, muy distinta a este ideal, pues consiste en “lotes pequeños para las viviendas, aceras y accesos estrechos, limitadas áreas verdes, y en general una clara tendencia hacia la impermeabilización del suelo urbano. […] Este tipo de ocupación aumenta notablemente la temperatura en la ciudad, incrementa significativamente los picos y la velocidad del escurrimiento durante las crecidas de la escorrentía superficial, produce erosión y aumenta la contaminación de las aguas pluviales” (p. 24). Es decir, una vida de segunda clase.



Visto desde los hechos de su desarrollo urbano (contados en este informe de la CAF que pagó la Alcaldía y que se redactó para presentárselo al Alcalde Nebot, v. p. 5), es fácil deducir que el desarrollo urbano se ha hecho con el fin de favorecer a las empresas constructoras, en vez de a los habitantes de Guayaquil. Esto, porque en ello está el negocio.

Y esto es apenas asombroso, si se toma en cuenta que el exAlcalde por casi dos décadas y actual Alcalde-por-encima-de-la-Alcaldesa-de-ahora, Jaime Nebot, provenía él mismo del negocio de la construcción. No es tan raro, entonces, que él haya buscado beneficiar a su gallada (esto es el Ecuador, no seamos tan patéticamente giles). El problema de este modelo de “Capitalismo de Amigos” del PSC es que realmente perjudica a la gente común, a pesar de que en la esfera pública se nos haya vendido otra idea.

Así, la magia del socialcristianismo consiste en mantener sometida a una población con vidas de segunda clase, con el sabroso cuento de que se vive un caso de “modelo exitoso”. (Esto se llama “delusión”, o si lo quieren en palabras coloquiales, “una metida de dedo”). Detrás de estas personas que viven miserablemente pero que sostienen el proceso del PSC (algunos con sincero entusiasmo), hay un continuado proceso de estupidización en el que los medios de comunicación han jugado un rol fundamental.

Pero el encanto de la estupidización del guayaquileño se quiebra en ciertas circunstancias dramáticas (30-S, las protestas de Octubre) y entonces salta la pus. El tejido social revela sus costuras, que se le notan en tantas otras cosas: la forma cómo conducimos, la ausencia de una fiesta local congregadora, el sistema de clientelismo en los barrios populares, el sistema de cooptación de la participación social en los grupos amigos (los 117 favorecidos), el diseño de una ciudad como una vitrina… Pero en esos momentos extremos, en los que irrumpe la violencia de los guayaquileños pobres contra los bienes comunes y contra los comercios de los otros, es que se revela la mentira del modelo socialcristiano. Un modelo que realmente es excluyente y produce ciudadanos de segunda, que no han llegado nunca a compartir un futuro en común con su comunidad. Por eso les resulta muy fácil agredirla.

Al final, es un problema de imaginación: hemos sido incapaces, como sociedad, de pensar ideas alternativas a las que ha impuesto el PSC, al punto de que ellos, hoy, pueden cerrar con seguridad privada la ciudad a los foráneos (léase, a los “indígenas del páramo”) como acaba de ocurrir durante las protestas de Octubre: Guayaquil es una ciudad colonial del siglo XVII, perdida en el XXI.

La Alcaldía ha podido hacer poco y mal, como lo han descrito los expertos de la CAF, pero en Guayaquil se considera a este poquito, mejor que cualquier otra cosa que se haya podido pensar y hacer en la ciudad. Nuestra verdadera miseria, en Guayaquil, es mental: reside en nuestra incapacidad, hasta la fecha, de pensar en la esfera pública por fuera de la lógica perversa que ha impuesto el PSC.

Es momento de traerlo de vuelta al gran Ronaldo, el crack de Liberalismo & Justicia. Dice en el cierre del artículo citado, Why liberals should care about equality, “[s]i nuestro gobierno puede proveer un futuro atractivo únicamente a través de la presente injusticia”, que en el caso de Guayaquil comporta un suplido a cuentagotas de los servicios públicos en los sectores marginales, se les está pidiendo finalmente a “algunos ciudadanos que se sacrifiquen en el nombre de una comunidad de la que ellos están, en cualquier otro sentido, excluidos.” Y esto es lo que le pasa a los “extras” de Guayaquil: ¿de qué comunidad se les puede hablar a estos excluidos? Ellos, lo que realmente quieren, es asaltar el Tía, y cuando tienen chance, pues lo hacen. Y Guayaquil, que se joda.

Que es exactamente lo que piensan los tipejos de las empresas constructoras mientras cuentan su billete, na’ más que su perjuicio es a otra escala. Y es por esto, por esta generalizada desidia de los pobres y de los ricos hacia la ciudad que habitan, así como por la ausencia de pensamiento crítico en su clase media, que estamos tan, pero tan mal. Y es por la sostenida estupidización que ha tenido lugar aquí, que ni siquiera nos damos cuenta.

Salvo los del Tía. Ellos sí que se dan cuenta.

El traspatio del traspatio de la literatura

10 de diciembre de 2019


En The Atlas of Literature (2001), editado por Malcom Bradbury, hay un capítulo dedicado a los escritores de América latina. Allí (p. 299) se presenta un útil mapeo de los escritores de la región, que en Sudamérica excluye al personal escritor de Bolivia y del Ecuador:


El Ecuador, de hecho, sirve de asiento para escribir los nombres de los escritores colombianos (es más un mueble, que un país). 

La escritora María Fernanda Ampuero, en esta entrevista en el marco de la FIL, decía que en la literatura de Latinoamérica “también hay niveles y Ecuador es como el traspatio del traspatio”, afirmación que esencialmente pone en blanco y negro lo que ha representado el ilustrativo mapa a colores de este atlas.

La conquista, en caricaturas

8 de diciembre de 2019


En el simpático formato cuadrado de ediciones de la Flor se publicó ‘¿Valió la pena? (Los humoristas gráficos ante Colón y su viaje)’, un libro que recopiló caricaturas publicadas alrededor del mundo sobre Colón y su viaje a América. El libro fue editado en 1992, en Buenos Aires, con ocasión del Quinto Centenario de la llegada a América del pelirrojo que le dio nombre a mi colegio.

Si se seleccionan cinco caricaturas del libro, se puede contar una muy didáctica historia.

Primero, los pobladores originarios hacían su vida de rutina, hasta que en 1492 llegó el hombre blanco y barbado.


Esos hombres blancos (europeos) tenían otros planes sobre lo que denominaron América.


Estas diferentes visiones produjeron malentendidos…


Y todo se pudre cuando llega la iglesia, en particular, la católica (la puta, la gran puta). En el mundo latino, la estupidización obrada por esta institución es un lastre que arrastramos hasta la fecha.


Por la violencia a los pueblos originarios, en el mundo anglosajón los exterminaron, mientras en los territorios latinos se los explotó de manera inmisericorde, como una raza inferior sujeta a tutela.

La llegada del hombre blanco al territorio que llamaron América acabó, en general, con las culturas nativas (como en el territorio del Ecuador, donde se perpetró un epistemicidio) y lo hizo en nombre del progreso y la prosperidad... A sus autores, se le erigen hoy monumentos.


Ha sido una masacre, pero llovida de aplausos. Esa es la historia que nos cuentan estas cinco caricaturas.

¿Por qué Moreno? (I)

19 de noviembre de 2019


¿Cómo llegamos a tener un Presidente tan inútil? ¿Cómo pasamos a estar administrados por un tipo que actúa como si no le importara? ¿Qué pasó?

Pasó, como reconoció el Presidente Lenín Moreno a una periodista de DW, que Correa le pidió que él sea Presidente y él aceptó aunque realmente no quería (?). Es decir, que si este gil desarrollaba un poco de personalidad, y le decía a Correa: “No, chucha, no me jodas con la Presidencia”, nos habríamos ahorrado esta cosa de padecerlo. 

Es una rara paradoja: Ser un perfecto pusilánime es lo que hace que hoy gobierne Lenín Moreno, un títere de la revancha de la derecha y el agente de la traición a la izquierda en la que él militó en el segundo lustro de los noventa.

Ser un pusilánime explica su 2017, pero… ¿cómo Moreno pudo co-existir con la intelligentsia de AP durante diez años? ¿Cómo pudo ser el No. 2 durante seis de esos diez años?

El otro día encontré la respuesta leyendo El séptimo Rafael, de Mónica Almeida y Ana Karina López. Un largo párrafo entre las páginas 183 y 184, contaba la historia del origen de Lenín Moreno, el político. Parecía haberse escrito para darle la razón a la famosa frase de Alejandro Dumas (padre): “Cherchez la femme!”.

Porque resulta que la idea del candidato Moreno es de Lourdes Endara, esposa de Gustavo Larrea, quien también es hermanastra de Rocío González, la esposa de Lenín Moreno. Larrea fue operario del Gobierno de Correa en sus inicios, como luego lo fue del Gobierno de Lenín Moreno y como antes lo había sido del Gobierno de Bucaram: el tipo de persona a la que Max Weber caracteriza como una que “vive de” la política.

Una de esas “vivencias” de Larrea ocurrió cuando, como lo recoge el libro de Almeida y López, Correa todavía no tenía Vicepresidente a pocos días de cerrar el plazo para inscribir el binomio presidencial (el 15 de agosto de 2006), y Larrea, en un desayuno privado, le contó a Correa la idea que su mujer le había dado, que el vicepresidente podía ser “Lenín Moreno, un excompañero de Larrea en el MIR, que luego de un trágico accidente, un balazo en un asalto, estaba confinado a una silla de ruedas”. A Correa le gustó esta idea de Lourdes Endara. Fiat lux.

Es increíble: en el origen de todo, tampoco fue iniciativa de Moreno. Alguien le fue a pedir a él que se sume, y no por lo que él era como persona, sino por lo que él representaba como un discapacitado. Y allí nació el símbolo Moreno, bajo cuyo amparo se llegó a colar en la Presidencia el 2017.

En conclusión: es increíble adonde, con administrar bien una cara de cojudo, te puede llevar la vida. En el caso de Lenín Moreno, al callejón sin salida de ejercer una Presidencia inútil en un caótico país sudamericano.

Pedro Carbo y el canibalismo político

22 de julio de 2019


En su libro “Nociones de los derechos y deberes del ciudadano”, el ilustre guayaquileño Pedro Carbo Noboa señaló la triste realidad de su época en materia del respeto a la ley:

“Para conseguir este resultado [el respeto a la ley, N. del A.] es necesario que las leyes sean fruto de serio estudio y meditación, á fin de que correspondan á las necesidades públicas y no estén sujetas a frecuentes y precipitadas reformas. Un pueblo acostumbrado á ver siempre en sus leyes, respetada la justicia y sancionados los derechos, llega á mirarlas como cosa sagrada á la cual no se debe faltar: y este sentimiento crece con la fijeza de ellas, que vá aumentando año por año su prestigio con la consagración del tiempo.

En cambio, cuando la Constitución y las leyes varían á cada instante, conforme á las ambiciones o interéses del partido predominante, el pueblo se acostumbra á mirarlas como cosa imperfecta y caprichosamente mudable. Se debilita el respeto, y de la inconstancia legislativa se sigue la violación como inevitable consecuencia.

Tres constituciones y otras tantas leyes de elecciones, municipalidades, instrucción pública, & &, ha tenido el Ecuador desde el año 61 hasta la fecha; y el pueblo, que mira la facilidad con que se alteran estas bases de la organización política, juzga que no deben ser tan dignas de respeto como se le quiere hacer creer.”*

Estas sabias palabras del varón Pedro Carbo datan de 1883, pero en vísperas de volver a entrarle a una discusión sobre si organizar una nueva Constituyente a fin de dictar una nueva Constitución (la que, nuevamente, nadie verá como digna de respeto porque la verá como consecuencia de las “ambiciones o intereses del partido predominante”) parecen haber sido escritas (salvo matices) en esta fresca mañana.

Pedro Carbo, arrecho de ver que seguimos haciendo huevadas.

Así de nada hemos variado en nuestras prácticas de canibalismo político que las letras de un tiempo anterior a Eloy Alfaro hacen aún pleno sentido el 2019, casi 140 años después. Pero es que el canibalismo es la atroz especialidad de nuestra clase política, en los tiempos de Pedro Carbo y en los nuestros.

* Carbo, Pedro, ‘Nociones de los derechos y deberes del ciudadano’, Imprenta de “La Nación”, Guayaquil, 1883, en: ‘Obras selectas Pedro Carbo’ (ed. Melvin Hoyos), Poligráfica, Guayaquil, 2012, pp. 614-615. 

Diagnóstico del Ecuador

14 de julio de 2019


Fernando Jurado Noboa es psiquiatra y ha dedicado su vida a hacer diagnósticos (por las tardes) para poder dedicarse a la investigación de la genealogía de los ecuatorianos (por las mañanas). “Diríase que tiene en la cabeza todo el árbol genealógico del país”, escribió de él Rodrigo Villacís Molina en una entrevista que le hizo en junio de 1992 (publicada en libro en 1997) en la que le pidió a Jurado que haga un “diagnóstico” sobre la gente ecuatoriana. Su respuesta fue lapidaria:

“Histeria colectiva, o sea la negación de la realidad; individualismo acuciante y, en los últimos treinta años más o menos, un peligroso descenso de los niveles ético-sociales. Además, estamos llenos de prejuicios, no reconocemos nuestras raíces y tratamos de negar las evidencias.”*

Y es peor: pasó hace rato 1992, pero el diagnóstico sigue campeando. Hoy no somos mejores que esta descripción social hecha por Fernando Jurado.

* Villacís Molina, Rodrigo, ‘Palabras Cruzadas II. Entrevistas’, Banco Central del Ecuador, Quito, 1997, p. 58. La entrevista a Jurado consta en las páginas 57-62.

El huasipungo como explicación

3 de julio de 2019


Cuando Rodrigo Borja explica la voz “Huasipungo” en su ‘Diccionario de la Política’, realiza una breve pero precisa descripción del origen de los problemas del territorio que, con el paso de los años, se convirtió en la República del Ecuador (desde 1835):

“Su origen histórico [del huasipungo, N. del A.] se encuentra en los inicios de la conquista española, a partir del siglo XVI, en que los colonizadores blancos se apropiaron de las mejores tierras de cultivo y establecieron en ellas sus haciendas servidas por la mano de obra barata de los indios. La nueva aristocracia de los criollos ricos consolidó el sistema y sus descendientes lo mantuvieron por cerca de 500 años, aún después de conquistada la independencia de España”*.

En el “origen histórico” del huasipungo está cifrada la raíz de nuestros problemas: en esta profunda inequidad originaria producto de una conquista es donde está el caldo de cultivo de los abusos, la corrupción y la desconfianza mutua, que todavía nos asolan.

* Borja, Rodrigo, ‘Diccionario de la Política’, Tomo II, Fondo de Cultura Económica, Tercera Edición, México D.F., 2003 [Primera edición: 1997], p. 752.

Moloch

4 de abril de 2019


“No se contentaba Moloch con que se le ofrecieran como víctimas becerros y toros magníficos”, advierte el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano sobre esta deidad del pueblo cartaginés, un pueblo considerado “profundamente religioso”.

Se lee en la voz Cartago de este diccionario (Tomo IV, pp. 323-327) que cuando “Agatocles llegó a las puertas de Cartago, los vencidos atribuyeron sus desgracias a la cólera de Moloch”, pues lo habían timado: en vez de sacrificar las madres de las familias nobles a sus hijos (“sin verter una lágrima ni exhalar un suspiro”, como coloreaba este diccionario) compraron a unos niños de extranjeros para su reemplazo en el sacrificio.

 La adaptación de Moloch a la mitología de los romanos es Saturno, que también devora a sus hijos –aquí dibujado por Goya (1746-1828).

Este monstruo/deidad cartaginés nunca se quedó sin su ración de niños para el regocijo de su torcida alma, pero cuando Agatocles de Siracusa llegó a las puertas de Cartago, la trampa de las madres cartaginesas se hizo evidente y Moloch no se conformó con poco:

“Para aplacar al dios se le sacrificaron 200 niños pertenecientes a las familias más distinguidas. Además 300 hembras que se consideraron culpables de la sustitución pecaminosa, se ofrecieron como víctimas expiatorias”.   

El método de sacrificio de los niños en la Cartago del 309 antes de Cristo incluía un horno de bronce. Moloch tenía una estatua de ese material, cuyos brazos abiertos llegaban “hasta el suelo y los niños que en ellos se depositaban caían en un horno ardiendo”. Eran elevados desde las manos de Moloch hasta su boca, para lanzarlos dentro de él directo al fuego. Pero en otra versión, recogida en la película italiana Cabiria, de 1914, los niños se iban derechito a la panza ardiente de Moloch: 

Así, cada feligresía cartaginesa quemaba los niños a su manera.

Tras la tercera Guerra Púnica concluida el año 146 antes de Cristo, Roma borró del mapa a Cartago. La efectividad de Moloch para resistir a la arremetida de los romanos comandados por Escipión Emiliano entre los años 149-146 a. C. fue nula: de la gran Cartago no quedó ni su idioma (el púnico), ni rastros de su alguna vez floreciente cultura, que por cientos de años había dominado el Mediterráneo hasta la emergencia de Roma, que se encargó de destruirla.

Moloch, su dios, brutal e inútil, como cualquier otro.

Un país de bárbaros II

2 de abril de 2019


Otra de España y los toros: cuando fue el terremoto de Ambato el año 1949, la España gobernada por el Generalísimo Franco (AKA “Paca la Culona”) convino hacernos un regalo. Alejandro Carrión (AKA “Juan sin Cielo) recordaba, en un artículo que tituló “Regalos con microbios” que “este gordo caballero (i.e., Francisco AKA Paca) erogó seis toros de lidia, de las más feroces ganaderías españolas y resolvió enviarnos a Luis Miguel Dominguín, un torero famoso*, para que los lidiara”.

Qué hermosa solución:

- “Jefe, terremoto en Ecuador”
- “Pronto, llamen a Luis Miguel Dominguín, y manden seis de nuestros mejores toros de lidia a fin de atender a esas gentes en necesidad”.
- “Enseguida, Jefe”.

¿Qué chucha era España? ¿Un país, o un rancho?

En todo caso, tan bárbaros eran, que hasta ese Ecuador de fines de los años cuarenta, que no estaba para darle lecciones de nada a nadie, le dio una lección a esta España pedestre: sus seis toros de lidia no entraron al país, según informó Carrión, “porque están o pueden estar infectados de fiebre aftosa”**.

Y ahí quedó la buena voluntad gallega, rechazada por razones de salud pública. 

* A la sazón, padre de esa afamada señora llamada Miguel Bosé.
** ‘Regalos con microbios’, en: Carrión, Alejandro, ‘Esta vida de Quito…’, Banco Central del Ecuador, Quito, 1983, pp. 110-112, escrito el 4 de enero de 1950.

Un país de bárbaros

27 de marzo de 2019


Recordaba el escritor español Francisco Umbral (1935-2007) en un libro oportunamente titulado “Guía irracional de España”, que para la época de su redacción (fines de los ochenta), una radio había hecho una relación “de pueblos de España con fiestas de toro”. En palabras de Umbral, en el capítulo del libro titulado “El español y la guerra (civil)”:

“Son unos 90 pueblos. Todo consiste en echarle al toro perros feroces, o en el toro enmaromado, al que se sube a rastras de un pico y luego se le despeña, o en darle cuchilladas al toro. ¿Por qué ese ensañamiento con un animal tan nuestro?”

Luego, como Umbral quería en ese capítulo de su Guía explicar la guerra civil en España, se disparó con esto: “La guerra civil es ya el toro inmenso, generalizado, el negro toro de pena, el negro toro de España”.

O dicho de otra manera, más prosaica: un país de bárbaros.