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La fundación de Quito

28 de agosto de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 28 de agosto de 2026.

Un día como hoy, hace 492 años, se fundó San Francisco de Quito. Por mor de precisión: el 28 de agosto de 1534 Diego de Almagro fundó la villa española de San Francisco, en la provincia de Quito. El 6 de diciembre de 1534 Sebastián de Benalcázar trasladó la villa de San Francisco a su ubicación definitiva, en la misma provincia que se estaba conquistando por la Corona de Castilla. La trasladó al sitio donde se levantaba la Kitu indígena, quemada y arrasada por Rumiñahui para que los conquistadores no se puedan apropiar de sus riquezas. 

El acta de la fundación de San Francisco es diáfana en el lugar y la fecha en que este hecho tuvo lugar: “En la ciudad de Santiago a veinte y ocho días del mes de agosto del nacimiento de nuestro salvador…”. La ciudad de Santiago había sido fundada trece días antes, el 15 de agosto. Contra toda evidencia se ha dicho de esta ciudad que se extinguió, que fue reemplazada por la villa de San Francisco o que se convirtió en Riobamba. En la realidad documentada, tanto la ciudad de Santiago como la villa de San Francisco subsistieron, ambas fueron fundadas por Diego de Almagro y ambas fueron trasladadas a otros destinos por Sebastián de Benalcázar. 

Que la ciudad y la villa subsistieron se evidencia por las probanzas de once soldados dadas el 12 de octubre de 1534, quienes confirmaron a pedido de Almagro que “en la dicha provincia de Quito” él había fundado una ciudad y una villa. Más concluyente es la provisión del gobernador Francisco Pizarro del 22 de enero de 1535, pues él había firmado un contrato para la conquista con la Corona de Castilla y era quien debía aprobar lo hecho por Almagro en la “provincia de Quito”. En esta provisión, Francisco Pizarro aprobó la fundación de los dos pueblos hecha por Diego de Almagro en nombre de la Corona, “el uno, la ciudad de Santiago y el otro, la villa de San Francisco”.

Subsistieron, y lo que sigue son los traslados. Primero, la villa de San Francisco fue trasladada al lugar donde se decía en su acta de fundación que se la debía trasladar: “el pueblo que en lengua de indios, se llama Quito, que estará treinta leguas, poco más o menos, de esta ciudad de Santiago”. Allí, Benalcázar la asentó el 6 de diciembre de 1534. He aquí el origen de un equívoco: a este conquistador lo celebran como el fundador, cuando no lo fue; a esta fecha la consideran el día de su fundación, cuando realmente es un día como hoy, 28 de agosto. 

El mismo Benalcázar, después de realizado este asentamiento de San Francisco sobre las ruinas de Kitu, regresó al Sur para el traslado de la ciudad de Santiago a un lugar más conveniente, hecho que también estaba prefigurado en su acta de fundación: “pareciéndole á su señoría quel dicho pueblo se debe mudar á otra parte, con el su nombre, se pueda mudar, por que el presente á causa de ser la tierra nuevamente conquistada e andar acabándola de pacificar, no se ha visto ni tiene esperiencia de los sitios donde mejor pueda estar el dicho pueblo…”.

Benalcázar la trasladó a la Costa a inicios de 1535, pero Santiago siguió su peregrinaje por los trópicos hasta asentarse en la cima de un cerro en 1547, con el nombre que la acompaña desde entonces: Santiago de Guayaquil. 

La independencia retrógrada

19 de junio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 19 de junio de 2026.

El proceso de independencia americana de España (1810-1826) significó una ruptura con la administración del territorio desde un reino europeo establecido por la fuerza en América unos trescientos años atrás y la consiguiente emergencia de unos atribulados Estados en el continente (España conservó la posesión de dos islas: Cuba y Puerto Rico, que perdió en 1898). El gran legado de estas guerras por la independencia fue el autogobierno de dieciocho territorios, con más pena que gloria. 

Porque rara vez este autogobierno se ejerció para el beneficio de los habitantes del territorio. Sus beneficiarios fueron los que predijo Bolívar, un “pequeño género humano”. En el caso del Estado del Ecuador establecido en 1830, el gobierno del territorio por los descendientes de los conquistadores (unos adinerados blanco-mestizos) significó una libertad más perfecta de ellos para oprimir a los otros habitantes del territorio en el marco de un gobierno racial heredado de los tiempos de los españoles. 

Simón Bolívar, en la célebre Carta de Jamaica publicada en Kingston en 1815, lo tenía muy claro. La independencia del reino de España se la iba a hacer por y para un “pequeño género humano”, que él definió como una “especie media entre los legítimos propietarios y los usurpadores”, es decir, ni indígena ni española. Así, ellos eran distintos a los españoles por el nacimiento, mientras que eran distintos a los indígenas por los derechos, que ellos tenían por su herencia española pero que los indígenas no tenían por un efecto de la conquista. Su mensaje: la independencia se la iba a hacer contra los españoles, pero no en beneficio de las mayorías. 

El Estado del Ecuador que inició su maltrecha andadura en 1830 no varió el gobierno racial, sino para peor. Los esclavos siguieron siendo esclavos, pero la relación entre los nuevos gobernantes criollos con los indígenas se hizo más opresiva. La primera Constitución ecuatoriana, que entró en vigor en septiembre de 1830, los trataba a los indígenas como unos interdictos. En su artículo 68 encargaba a “los venerables curas párrocos por tutores y padres naturales de los indígenas, excitando su ministerio de caridad en favor de esta clase inocente, abyecta y miserable”. 

Tras la independencia, el “pequeño género humano” en su versión Ecuador ensayó varios mecanismos para sujetar a la población indígena a la producción de la hacienda, en una situación abominable conocida como “concertaje” (abolido recién en 1918). Para peor, a la población indígena le cobraban un tributo por el hecho de ser indígena: durante largos años, este tributo financió una buena parte del funcionamiento de un Estado diseñado para oprimir a quienes lo pagaban. Un Estado administrado por aquel “pequeño género humano” por el que tanto luchó Bolívar. 

En su libro ‘América latina: la construcción del orden’, Waldo Ansaldi y Verónica Giordano concluyen acerca del proceso de independencia americana del Reino de España: “En síntesis, independencia política sin emancipación social”. Para el caso del Ecuador, se podría decir que nos fue peor: la independencia política significó una mayor y más perfecta opresión sobre los maltratados desde los tiempos de la conquista. 

"En la ciudad de Santiago..."

5 de diciembre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 5 de diciembre de 2025.

El 6 de diciembre de 1534 ocurrió un hecho que estaba prefigurado en el acta de fundación de la villa española de San Francisco de Quito. Eran tiempos de la conquista de un territorio: los europeos que cruzaron el océano para ocupar las tierras de los americanos y someterlos a trabajos forzados, cuando fundaron esta villa española indicaron que su destino era asentarse sobre un poblado indígena, convenientemente arrasado y situado treinta leguas al norte de donde se realizó la fundación de la villa el 28 de agosto de 1534. 

Decía el acta de fundación que ese poblado arrasado era “el pueblo que en lengua de indios, se llama Quito, que estará treinta leguas, poco más o menos, de esta ciudad de Santiago”.

El lugar y la fecha de la fundación por Diego de Almagro de la villa de San Francisco de Quito está indicado en las palabras iniciales del acta (digamos: en su partida de nacimiento). Allí se lee claramente: “En la ciudad de Santiago, a veinte y ocho días del mes de agosto, año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de mil y quinientos y treinta y cuatro años…”. Esta ciudad de Santiago se había fundado por Diego de Almagro apenas trece días antes, el 15 de agosto de 1534, pero había albergado importantes acontecimientos en este brevísimo y turbulento período.

La ciudad de Santiago en la provincia de Quito se había fundado para tener un mejor título para la conquista del territorio frente a las pretensiones del adelantado Pedro de Alvarado, que venía de Guatemala a conquistar ese mismo territorio. Se fundó esta ciudad con todas las formalidades y se nombró a sus dos alcaldes y ocho regidores. En los primeros días de la ciudad se reunieron los conquistadores en el cabildo a fin de decidir cómo lo iban a enfrentar a Pedro de Alvarado. El 26 de agosto se reunieron Almagro y Alvarado en la ciudad de Santiago para decidir el futuro de la conquista de la provincia de Quito. 

La reunión pudo salir mal y terminar en un enfrentamiento entre las huestes conquistadoras. Pero salió bien y en la ciudad de Santiago se selló un acuerdo. Alvarado consintió recibir 100.000 pesos de oro, volverse por donde vino y dejar en libertad a sus hombres de volverse con él o quedarse.

Dos días después del acuerdo, el 28 de agosto, con la seguridad de haberse fortalecido (por los refuerzos europeos) y de que existía un único rival (los americanos), Diego de Almagro decidió la fundación de una villa para la ocupación del antiguo poblado indígena. Era importante ocupar ese espacio para la conquista de la provincia: así se hizo, y el 6 de diciembre se nombró a los alcaldes y regidores para la villa española que se asentó sobre sus ruinas. 

En cuanto a la ciudad de Santiago donde se fundó la villa que hoy es la ciudad de San Francisco de Quito, desde 1535 fue trasladada a la Costa para servir de puerto a San Francisco de Quito (por lo cual perdió el topónimo “de Quito”, para utilizar otros hasta llegar a su definitivo “de Guayaquil”). Después de varios asentamientos (no fundaciones, porque la fundación fue el acto que se realizó el 15 de agosto de 1534 y es único), la ciudad se terminó por asentar en el cerro Lominchao (hoy, Santa Ana) en una fecha indeterminada del año 1547. 

El "Libro Verde"

15 de agosto de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 15 de agosto de 2025.

Un día como hoy, hace 491 años, un mariscal, hombre analfabeto y tuerto, de nombre Diego de Almagro, fundó la ciudad de Santiago de Quito en el valle de Cicalpa (hoy, Sierra central del Ecuador). Trece días después, ese mismo hombre fue el fundador de la villa de San Francisco de Quito, en el mismo lugar. La historia de estas fundaciones se cuenta en el “Libro Verde”, conservado en el Archivo Metropolitano de Historia de Quito (también accesible en su página web), que contiene las actas de fundación de Guayaquil y de Quito, ciudades (Quito lo es desde 1541) que comparten un mismo lugar de fundación y un mismo fundador.

También comparten el hecho de haber sido unas fundaciones provisionales. En el acta de fundación de Santiago de Quito (documento 6 del “Libro Verde”) se prevé que Santiago “se pueda mudar porque al presente, a causa de ser la tierra nuevamente conquistada y andar acabándola de pacificar, no se ha visto, ni tiene experiencia de los sitios donde mejor pueda estar”. El acta de fundación de San Francisco de Quito (documento 10 del “Libro Verde”) es más específica, porque hace referencia a un pueblo “que en lengua de indios, [ahora] se llama Quito, que estará treinta leguas, poco más o menos, de esta ciudad de Santiago”. Y allá se asentó la villa de una manera definitiva el 6 de diciembre de 1534. 

Diego de Almagro fundó la ciudad y la villa en nombre del gobernador y adelantado Francisco Pizarro. Consta en el documento 13 del “Libro Verde” que Francisco Pizarro aprobó el 22 de enero de 1535 lo realizado por Diego de Almagro en dos pueblos, “el uno, la ciudad de Santiago y el otro, la villa de San Francisco”, de los que tuvo “por bien de confirmar y aprobar lo que el dicho Mariscal, por virtud del dicho mi poder, hizo y proveyó en la provincia de Quito, y por la presente, en nombre de su Majestad, lo confirmo y apruebo”.

La ciudad y la villa subsistieron y ambas se mudaron del lugar de su fundación. San Francisco de Quito acudió a su destino inscrito en el acta de su fundación. Santiago de Quito empezó a peregrinar por la costa, perdió el topónimo “de Quito” y se terminó por asentar el año 1547 en un cerro que mira a un ancho río, adoptando otro topónimo (“de Guayaquil”) para acompañar a su Santiago castellano.  

Difieren Santiago de Quito y San Francisco de Quito en su relación con el momento de la negociación entre Diego de Almagro y el adelantado Pedro de Alvarado. Santiago de Quito es anterior a esta negociación que ocurrió el 26 de agosto de 1534, mientras que San Francisco de Quito es posterior. 

Esta diferencia es importante. Diego de Almagro fundó Santiago de Quito, en palabras de González Suárez, como un testimonio de “la anticipada posesión de la tierra en donde se había introducido tan incautamente el Adelantado”, es decir, como un arma ante la inminente negociación con Alvarado (en el “Libro Verde” constan los cabildos celebrados en la ciudad de Santiago de Quito para dilucidar cómo enfrentarlo a Alvarado). Almagro triunfó en la negociación del 26 de agosto y la fundación de San Francisco de Quito es el producto de su éxito. 

Este “Libro Verde” es clave para comprender el origen de las dos ciudades más importantes del Ecuador.

El 'pequeño género humano'

2 de agosto de 2024

             Publicado en diario Expreso el viernes 2 de agosto de 2024.

“Nosotros somos un pequeño género humano” escribió Simón Bolívar el 6 de septiembre de 1815, en una misiva al comerciante y súbdito británico Henry Cullen que pasó a la historia como la Carta de Jamaica. ¿Quiénes conformaban este “nosotros somos” del que habla El Libertador? ¿En nombre de quiénes él hizo su lucha por la independencia?

Simón Bolívar lo explica en su Carta de Jamaica. De su “nosotros somos”, él distingue claramente a quienes no lo conforman: “no somos indios ni europeos”. En seguida, él define al “pequeño género humano” del que se siente parte como “una especie media entre los legítimos propietarios y los usurpadores españoles”, es decir, entre los indios y los europeos que hicieron la conquista de la América en el siglo XVI. 

Esta “especie media” que dice Bolívar tiene sus particularidades. La diferencia entre ella y los europeos invasores era su lugar de origen (“siendo nosotros americanos por nacimiento”) mientras que su diferencia con los indios es que, siendo ambos americanos por nacimiento, los miembros del “pequeño género humano” del que se siente parte Bolívar sí gozan de los derechos que se arrogaron a sí mismos los europeos tras su conquista del territorio (“nuestros derechos [son] los de Europa”), derechos de los que los indios, por su condición de conquistados, estaban privados. 

La consecuencia que sacó Simón Bolívar en 1815 de esta singular situación (“el caso más extraordinario y complicado”, como lo consideraba en su prosa florida El Libertador) es que su “pequeño género humano” tenía entonces que pelear en dos frentes: por una parte, tenía que disputar los derechos de los europeos con los indios y, por otra, disputarle el dominio del territorio americano a los europeos. 

En rigor, la Carta de Jamaica postula el parricidio de los invasores europeos del siglo XVI, para sucederlos en su dominación del territorio americano. Así, la independencia del reino español fue el triunfo de una porción de los criollos (los pocos americanos con derechos), pero desde la perspectiva de los indios (los muchos americanos sin derechos), fue apenas un cambio de dominador. Por ellos se justificaría aquel grafito (seguro es invención) que se dice que fue escrito en Quito el primer día después de la independencia: “Último día de despotismo, y primero de lo mismo”. 

Otra vez una misiva de Bolívar, esta vez a un paisano venezolano, hombre de armas como él: Juan José Flores. El general Flores recibió una carta de Bolívar, escrita el 9 de noviembre de 1830, en la que él le explicaba a su “querido general” las penurias que iba a pasar en el Ecuador. Y para esta misiva volvió el “nosotros”, porque la primera lección que Bolívar le dice a Flores haber aprendido en la lucha por la independencia y en el gobierno de estos pueblos era: “1ro. La América es ingobernable para nosotros”. 

Para Bolívar, tras el fracaso de su gobierno, el destino implacable era caer “en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”. 

En su tránsito de la ilusión al desencanto, además de Libertador de naciones, Bolívar resultó un agorero del desastre. Fue un visionario de la caída de su “pequeño género humano”.   

La "leyenda negra"

20 de octubre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 20 de octubre de 2023.

No se la calificó así, porque el polaco Raphael Lemkin (quien acuñó el término “genocidio” para describir los horrores de la Alemania nazi) nació recién el año 1900. Pero la conquista de América bien puede ser caracterizada como un genocidio. 

Uno que fue contemporáneo de la conquista, el sacerdote sevillano Bartolomé de las Casas, publicó en 1552 un libro titulado Brevísima relación de la destrucción de las indias, que es una descripción al detalle de la violencia generalizada y sistemática (i.e., “genocida”) de los conquistadores europeos en contra de los nativos de América. Se puede resumir su grave denuncia en esta idea prístina: “en estas ovejas mansas (…) entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, e hoy en este día lo hacen, sino despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas, y destruillas por las extrañas y nuevas y varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad”.

Este libro de Bartolomé de las Casas contribuyó a la creación de una “leyenda negra” perjudicial al Reino de España. Se empezó a difundir el libro en los países europeos, en traducciones al latín y a varias lenguas modernas. Entonces, en España prohibieron el libro (al tiempo que fomentaron la lectura de un apologeta de la conquista, el sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda), pero el daño ya estaba hecho: los enemigos del Reino de España (en tiempos de la España imperial, ella era el país que en Europa se amaba odiar) usaron la “leyenda negra” en su contra, con el firme propósito de criticar y desacreditar (de forma hipócrita, sobra decirlo) a aquel imperio donde jamás se ponía el sol. Por aquellos días, Guayaquil, Ámsterdam y Manila, todas eran gobernadas por un mismo monarca español. 

Pero tratados firmados en el Norte de Europa (Westfalia en 1648, Utrecht en 1713) cercenaron al Reino de España de sus posesiones europeas: por la Paz de Westfalia, España perdió los Países Bajos; por la paz de Utrecht, España perdió el resto de sus posesiones europeas y, en consecuencia, ella quedó reducida tan sólo a la Península Ibérica (menos Portugal), y a sus territorios en América que conquistó de manera tan violenta, y a las islas Filipinas.

Todavía no nacía Raphael Lemkin cuando en 1898, el imperio que perpetró un genocidio en el siglo XVI y en el que alguna vez nunca se puso el sol, perdió todos sus restos en una “espléndida guerrita” (“a splendid little war”), como la supo calificar el Secretario de Estado de los Estados Unidos, John Jay. Antes de este episodio final, a principios del siglo XIX, la mayor parte de América se había independizado del reino de España. Después de la “espléndida guerrita”, que demoró de abril a agosto de 1898 y en la que España causó un número mínimo de muertos a los Estados Unidos (de la mayoría de muertos estadounidenses se ocuparon la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales), el país del Norte tomó para sí Cuba, Puerto Rico y Filipinas. 

De su imperio, entonces, a la orgullosa España le quedó el recuerdo. Y allí mismo quedó la “leyenda negra”, a su imperio tan asociada. 

La curiosa variación de un filántropo

1 de septiembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 1 de septiembre de 2023.

En su cuento El atroz redentor Lazarus Morell, Jorge Luis Borges ironizó que el ilustre obispo Bartolomé de las Casas “tuvo lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas”. A esta “curiosa variación de un filántropo” escribió Borges, “debemos infinitos hechos”, entre ellos, “el tamaño mitológico de Abraham Lincoln” y “la deplorable rumba El Manisero”. En lo que respecta a esta columna, ella busca explicar el razonamiento que hizo posible esta “curiosa variación”.

Bartolomé de las Casas (Sevilla, 1484-Madrid, 1566) vivió en tiempos en que las sociedades católicas estaban en permanente guerra con los infieles, es decir, con todos aquellos que no creían que Jesucristo era el salvador y el Papa su vicario en la Tierra, etc. Como producto de esta continuada guerra de signo religioso, la captura de un enemigo de la fe para convertirlo en esclavo era considerado un acto justo. Y también lo era si los europeos los compraban (para esta época, esto era comercio de los portugueses) siendo ellos ya esclavos. En una de estas dos categorías incurrían (supuestamente) todos los esclavos provenientes del África. 

Así, la “curiosa variación” que Borges le atribuye a Bartolomé de las Casas es un asunto de justo título. La esclavitud, como la captura en una guerra o como la compra de alguien ya esclavizado, tenía un justo título. Pero lo mismo no podía predicarse de los indígenas de América, como bien lo advirtió de las Casas, pues ellos nunca habían tenido la posibilidad de conocer que Jesucristo era el salvador y el Papa su vicario en la Tierra, etc. Tampoco podía decirse que su relación con los europeos en América fuera el fruto de la compraventa de un ser humano previamente esclavizado. Los indígenas eran un caso aparte.

Bartolomé de las Casas había llegado a América en 1502. Por unos años fue conquistador, tan encomendero como el resto y dueño de un esclavo negro. Se ordenó como sacerdote en 1507. Entre 1516 y 1542 le dirigió varios memoriales al emperador Carlos V solicitándole que autorice la importación de esclavos a América para que realicen trabajos físicos extenuantes en las minas y plantaciones en reemplazo de unos indígenas menos dotados que ellos para tales propósitos.  

Con el tiempo, el obispo de las Casas cambió de opinión: se dio cuenta (por conocer las historias de los esclavos, por leer las crónicas de los portugueses en África Occidental) que el justo título que debía tener un comerciante portugués para que la compraventa del esclavo sea legítima en América, rara vez ocurría. Los portugueses hacían gala de abusos y pillajes, y arrasaban a las comunidades en busca de africanos para capturar. Los europeos fueron tan brutales en América como en África.

Al final de sus días, el obispo de las Casas reconoció el error de su “curiosa variación”. En oposición a la idea de esclavizar a una porción de la humanidad, escribió: “Dios no hizo a uno esclavo de otro, sino que a todos concedió idéntico arbitrio; y la razón es que a una criatura racional no se la subordina a otra”.

Amén.

Salvajes europeos en lucha

18 de agosto de 2023

            Publicado en diario Expreso el 18 de agosto de 2023.

Para Santiago de Guayaquil, los pleitos entre europeos durante la conquista del territorio americano fueron la causa para su fundación en 1534 y su ubicación definitiva en 1547.

En 1534, el adelantado Pedro de Alvarado y sus huestes llegaron a las costas occidentales de Sudamérica, específicamente a la bahía de Caráquez. Desde allí se adentraron para subir la cordillera.

Ocurrió que el adelantado Francisco Pizarro y sus huestes ya estaban conquistando ese espacio sudamericano. Ellos supieron que los de Alvarado venían a disputar el territorio y Pizarro lo despachó a Diego de Almagro para enfrentarlos. Estos europeos se encontraron en agosto de 1534 y en condiciones muy distintas. 

Los de Almagro venían equipados y bien dispuestos a la batalla, mientras que Alvarado y su gente eran una multinacional de harapientos. Despeñaderos, clima hostil y la ceniza del Tungurahua; hambre, sed y un cansancio sin fin. La subida de la cordillera les costó cientos de hombres y bestias, y cuando los de Alvarado se encontraron con la gente de Almagro ya no estaban en condiciones de guerrear. 

Más aún, para sostener frente a Alvarado un mejor título para la conquista del territorio, Almagro había fundado el 15 de agosto de 1534 una ciudad con el nombre de Santiago de Quito. El 26 de agosto Almagro y Alvarado convinieron que este último recibiría 100.000 pesos de oro y se iría por donde vino, dejando en libertad a su gente para acompañarlo en su vuelta o quedarse. Entre otros, se quedó Pedro de Puelles. 

A Almagro lo ajusticiaron los pizarristas en 1538, a Pizarro lo asesinaron los almagristas en 1541. Alvarado también murió ese año, luchando contra un levantamiento de los indígenas. Y en cuanto a Santiago de Quito, con el tiempo se mudó a la Costa, perdió su “de Quito” (pues ya no se situaba en ese territorio) y se convirtió en Santiago de Guayaquil, por el nombre de un cacique chono.

En 1547, Santiago de Guayaquil, que siempre se había situado en la ribera oriental del río, se mudó a la orilla occidental del río para hallar su asentamiento definitivo. Su traslado se debió al pleito entre la Corona de Castilla y unos europeos rebeldes capitaneados por Gonzalo Pizarro. Él y otros conquistadores se rebelaron para explotar a los indígenas a su gusto y a perpetuidad. En respuesta, la Corona de Castilla envió a Sudamérica a un pacificador, el obispo Pedro de la Gasca. Esto lo cambió todo. 

El rebelde Pizarro había nombrado a Pedro de Puelles como Gobernador de Quito. Francisco de Olmos era el Teniente del Gobernador en Portoviejo y Manuel Estacio era el Teniente del Gobernador en Guayaquil. Cuando Olmos se enteró de la venida del obispo de la Gasca, Portoviejo volvió a la Corona. Enseguida Olmos se fue a Guayaquil acompañado de otros europeos, a conseguir que ella también regrese a la Corona. Y para conseguirlo, mataron al Teniente Estacio y otras personas.

Temerosos de la venganza del gobernador rebelde Puelles por esta traición y crimen, un día indeterminado de 1547 Guayaquil fue trasladada a la orilla occidental del río. Puelles nunca pudo ejecutar su venganza, pues lo mataron el 29 de mayo de 1547.   

Y fue después de tanta sangre, que Guayaquil finalmente encontró su casa.

El temible Pedro de Puelles

28 de octubre de 2022

            Publicado el 28 de octubre de 2022 en diario Expreso.

Nacido el año 1500, sevillano, Pedro de Puelles cruzó el océano Atlántico para conquistar territorios, en Guatemala y Nicaragua. En 1534, con las tropas del adelantado Pedro de Alvarado, desembarcó en las costas de Caráquez, trepando los Andes ecuatoriales sólo para encontrarse con las tropas de otro adelantado, Francisco Pizarro. Entonces los españoles negociaron (esto ocurrió el 26 de agosto de 1534) y Puelles decidió no regresar a Guatemala y quedarse a conquistar el Perú. Este vínculo con los Pizarro le atrajo una efímera fortuna y una muerte atroz.

Pedro de Puelles se vinculó a Quito y se ganó una merecida fama de cruel y despiadado. Participó de la fundación de Quito, fue uno de los primeros regidores de dicha villa y se convirtió en uno de los mayores encomenderos de la región. Cuando los conquistadores del Perú (liderados por un hermano menor de Francisco Pizarro, Gonzalo) resistieron las pretensiones de la Corona de Castilla de imponer límites a sus “derechos” de explotar a los nativos en las encomiendas a su gusto y a perpetuidad, Pedro de Puelles fue uno de los principales de esta rebelión. El rebelde Pizarro lo nombró Gobernador de Quito, cargo que Puelles ejercía el año 1547. Pizarro también nombró Tenientes de Gobernación para Guayaquil y Portoviejo. Para Guayaquil nombró al portugués Manuel Estacio y para Portoviejo, a Francisco de Olmos.  

Cuando el rey Carlos I de Castilla envió al obispo Pedro de la Gasca para pacificar estos territorios en rebelión, Francisco de Olmos decidió volver al redil del rey. Y Olmos consideró justo ir a Guayaquil, acompañado de una partida de españoles, para asesinar el 6 de abril de 1547 a los pizarristas que allí había (el portugués Estacio, Alonso Gutiérrez y un tal capitán Marmolejo) y así regresar Guayaquil al redil de rey. Y fue por temor a la venganza del Gobernador de Quito por haber cometido estos asesinatos, que los pocos habitantes de Guayaquil mudaron de asiento la ciudad, poniendo agua de por medio entre ella y Quito. Huyendo de Puelles, situaron la ciudad en la margen occidental del ancho río, en la cima de un cerro

La temida venganza del Gobernador Puelles jamás llegó. La mañana del 29 de mayo de 1547, Rodrigo de Salazar, quien de Puelles era “muy su amigo”, acudió a la casa del Gobernador en Quito. Lo encontró todavía en su cama y le solicitó que escuche el caso de la devolución de una india, que le iba a exponer un tercero. A una señal convenida, entró ese tercero y otros más, que lo cosieron a puñaladas a Puelles en su cama. Muerto Puelles, Quito regresó al redil del rey. 

Según el relato del historiador González Suárez, tras matarlo “sacan arrastrando el sangriento cadáver de Pedro de  Puelles, lo traen a la plaza, le cortan la cabeza, la cuelgan de la picota y sus miembros, hechos cuartos, se exponen en los caminos públicos, a la entrada de la ciudad, para escarmiento de los amigos de Pizarro”.

Después de esta muerte atroz, la fortuna de Puelles pasó a manos de Rodrigo de Salazar, uno de sus asesinos, quien también reemplazó a Puelles en el cargo de Gobernador de Quito. Y en cuanto a Guayaquil, ella quedó ya para siempre en el sitio que el año 1547 eligió para huir del temible Puelles.

La ciudad de Santiago

29 de julio de 2022

Publicado en diario Expreso el 29 de julio de 2022.

 

En una quincena de agosto del año 1534 se fundaron en la llanura de Liribamba (Sierra central del Ecuador) una ciudad y una villa españolas que son parte fundamental de la historia del Estado del Ecuador. Ambos asentamientos fueron provisorios, mudables: la villa de San Francisco de Quito, fundada el 28 de agosto, se trasladó treinta leguas al norte para ocupar el espacio de la arrasada Kitu indígena. La ciudad de Santiago de Quito, fundada el 15 de agosto, se la trasladó a la Costa para servir de puerto a la villa que ocupó el espacio de la arrasada Kitu indígena.

 

Con el tiempo, la villa de San Francisco de Quito pasó a ser una ciudad (1541) y fue la sede de una Gobernación (1540) y de una Audiencia (1563), para después convertirse en la capital del Estado independiente del Ecuador (1830). La ciudad de Santiago de Quito, en su tránsito a la Costa para servirle de puerto, mantuvo su nombre cristiano de Santiago, pero perdió el “de Quito” para tomar un nombre relativo a su nueva geografía. El nombre de un cacique reemplazó a su nombre montañés.

 

El hombre que estableció que la Santiago de Quito fundada en 1534 era la misma ciudad que se estableció en un cerro a orillas de un ancho río fue Miguel Aspiazu. Él leyó con atención el acta de fundación de la ciudad de Santiago de Quito y la provisión del adelantado Francisco Pizarro fechada 22 de enero de 1535, por la que esta autoridad confirmó los cargos de los que habían sido designados alcaldes y regidores de Santiago de Quito. De ello dedujo Aspiazu que “no por haberse fundado el Cabildo de la villa de San Francisco de Quito había dejado de existir el de la ciudad de Santiago de Quito”, pues de otra manera no se habría confirmado a esas autoridades en sus cargos.

 

Establecida esta idea, Aspiazu se planteó la hipótesis de que la ciudad de Santiago de Guayaquil fuera la continuación de la ciudad de Santiago de Quito fundada en Liribamba. Aspiazu demostró que, por Cédula Real dada en Toledo el 4 de mayo de 1534, se había autorizado al adelantado Francisco Pizarro “para que cada y cuando le pareciera que un pueblo fundado o que fundare se deba mudar de sitio lo pudiese mudar al sitio que le pareciese, con su nombre”. Y demostró también que, en una provisión del Rey de España hecha en septiembre de 1540, constaba el nombre de Santiago de Quito para identificar a la ciudad que ya se había trasladado a la Costa y que empezaba a asentarse a la vera de un río para servirle de puerto a San Francisco de Quito.  

 

Miguel Aspiazu tiene el mérito de haber razonado y construido este relato de la fundación de la ciudad. Él recordó que, en su viaje a la Costa, la que era Santiago de Quito pasó a llamarse Santiago en Estero de Dimas, o Santiago del río de Amay, o Santiago de la Culata, hasta que finalmente se llamó Santiago de Guayaquil, por el nombre de un cacique, Guayaquile.

 

Dado este antecedente, es un error festejar el 25 de julio como la fundación de Guayaquil pues la fecha de su fundación es el 15 de agosto de 1534, fecha que la convierte a Guayaquil (después de Piura) en la segunda ciudad española fundada en Sudamérica durante la conquista del Perú y la primera fundada en el territorio del Estado del Ecuador.

Problemas de origen

6 de mayo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 6 de mayo de 2022.

 

Quito era un poblado indígena, que fue arrasado en la conquista del territorio por los europeos. Sobre sus ruinas, ellos asentaron la villa de San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534. Según el historiador González Suárez: ‘El terreno en que fue edificada por los españoles la ciudad de Quito, no es por cierto, ni el más hermoso, ni el más cómodo; pero los conquistadores lo prefirieron a otros mejores, como un excelente punto estratégico, para defenderse de los indios, que les hacían la guerra sin treguas, en los primeros años de la conquista; pues, como los españoles eran pocos y los indios muchísimos, se vieron obligados aquellos a buscar un sitio que les presentara comodidad para la defensa contra los ataques y acometidas de los indígenas, principalmente de noche’. Así, la ubicación de Quito era adecuada para que los conquistadores resistan a los indígenas. Su origen es como emplazamiento bélico, propio de los tiempos de la conquista de un territorio.

 

Guayaquil era una ciudad que se trasladó a la Costa para que sirva como puerto para Quito. En 1547, finalmente Guayaquil se ubicó en la cima de un cerro, a la vera de un río grande con salida al océano Pacífico. Como Quito, Guayaquil se asentó en una excelente ubicación para defenderse de los ataques de los indígenas… y de los quiteños. Esto último (un posible ataque de los quiteños) fue lo que determinó que Guayaquil se aleje de la ciudad de la que debía ser puerto. 

 

Los ataques de los indígenas habían destruido la ciudad en varias ocasiones (1536, 1537, 1542 y 1543) pero los traslados por la destrucción de la que sería Guayaquil siempre ocurrieron en la margen oriental del río, del lado que era cercano a Quito (lógico, siendo su puerto). Pero el último traslado de la ciudad, que la llevó a la cima de un cerro, fue distinto: ocurrió por una guerra entre conquistadores e implicó el traslado de la ciudad a la margen del río opuesta a Quito.

 

Esta guerra era entre los conquistadores leales a la Corona de Castilla y los rebeldes, disputa que en Guayaquil condujo al asesinato de tres rebeldes (el portugués Miguel de Estacio, Alonso de Gutiérrez y el capitán Marmolejo) a fin de retomar la ciudad para el rey Carlos I de Castilla. La posible venganza del rebelde Pedro de Puelles, Teniente del Gobernador en Quito, motivó que se traslade la ciudad al otro lado del río, para poner una dificultad adicional a la ejecución de la venganza de los rebeldes quiteños, la que finalmente nunca ocurrió.

 

Benjamín Carrión habló de Quito y ‘su alejamiento de los fáciles caminos del mundo’. En adición a este alejamiento, Guayaquil, la ciudad que debía ser su puerto, se alejó de ella poniendo un ancho río de por medio. Quito nunca pudo abrir un puerto por el norte (lo intentó, sin suerte) y sólo la llegada del ferrocarril, en 1908, permitiría un acercamiento efectivo entre estas ciudades.

 

Así, las que en el curso de los años se convertirían en las ciudades más pobladas e importantes del Ecuador, tanto política como económicamente, se fundaron en ubicaciones propicias para la guerra de tiempos de conquista, pero pésimas para el desarrollo económico y la prosperidad.

 

En el origen, se cocinó un país con la receta para un desastre.

El crimen que ubicó a Guayaquil

1 de abril de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 1 de abril de 2022.

 

Los conquistadores de América cruzaron el océano Atlántico para someter a los naturales del territorio conquistado y ponerlos a trabajar (explotarlos) en su provecho. Este sistema de explotación se llamó ‘encomienda’. Los conquistadores querían que las encomiendas a ellos otorgadas por sus sacrificios sean hereditarias, pero la Corona de Castilla quiso limitar su duración y, en efecto, así lo hizo en las llamadas Leyes Nuevas, dictadas por el Rey Carlos I en 1542. En la América del Sur, Gonzalo Pizarro capitaneó las demandas de los conquistadores de explotar a su gusto a los nativos. El asunto desembocó en una guerra civil entre conquistadores.

 

Para esta época, Guayaquil era una ciudad española bajada de la montaña, buscando asentarse a la orilla de un río grande. Y se había asentado en la margen oriental de un río, pero sin suerte, pues los ataques de los nativos en 1536, 1537, 1542 y 1543 obligaron a los europeos a trasladar la ciudad una y otra vez, aunque siempre sobre la margen oriental, es decir, en la margen del río más cercana a Quito, villa (ciudad desde 1541) a la que Guayaquil debía servir como puerto.

 

La guerra civil entre los conquistadores es el escenario del crimen ocurrido en Guayaquil que determinó su ubicación definitiva. En Guayaquil gobernaba un portugués, Miguel de Estacio, nombrado Teniente de Gobernador de Guayaquil por Gonzalo Pizarro. En Puerto Viejo gobernaba Francisco de Olmos, Teniente de Gobernador también nombrado por Pizarro. Pero Olmos se cambió al bando realista tras conocer que el Rey había enviado a un sacerdote miembro de la Inquisición, Pedro de la Gasca, a pacificar en su nombre estos ariscos territorios.

 

En abril de 1547, para someter a los sublevados a la autoridad del rey, fue a Guayaquil Francisco de Olmos acompañado de otros ocho españoles. El 6 de abril de 1547, Olmos y compañía sacaron al gonzalista Estacio a conversar al fresco y lo cosieron a puñaladas. También mataron a otros gonzalistas, Alonso de Gutiérrez y un tal capitán Marmolejo. Consumadas estas muertes, la incipiente Guayaquil volvió al redil del Rey.

 

Y consumadas estas muertes, los habitantes de Guayaquil temieron la venganza de Pedro de Puelles, Teniente de Gobernador en Quito nombrado por Gonzalo Pizarro. Para ponérsela difícil a Puelles, los guayaquileños decidieron trasladar la ciudad a la margen occidental del río y ubicarla en la cima de un cerrito, para su mejor defensa.  

 

Pedro de Puelles nunca pudo concretar la temida venganza, porque el 29 de mayo de 1547 lo fueron a visitar unos españoles a su casa en Quito y lo cosieron a puñaladas. Pero ya Guayaquil no se movió del cerro que pasó a llamarse Santa Ana. Fruto del temor, la ciudad había llegado a su ubicación final. Y a pesar de los reclamos de Quito a la Audiencia de Lima para que Guayaquil regrese a la margen oriental (‘para ir y venir [a Guayaquil] se ha de ir con balsas y por ser puerto desta cibdad le viene daño’), ello ya nunca ocurrió.

 

423 años después, en 1970, el ‘Puente de la Unidad Nacional’ acercó Guayaquil a Quito, salvando una distancia que se había creado en 1547. El temor a la venganza por un crimen separó a estas ciudades por mucho (demasiado) tiempo.

Muerte en Puná

25 de marzo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 25 de marzo de 2022.

 

Vicente de Valverde fue un fraile dominico que participó en la conquista española del Perú comandada por el Adelantado Francisco Pizarro. En 1532, Valverde fue quien le dio una biblia al inca Atahualpa, que el indígena arrojó lejos de sí (después de lo cual, Valverde lo calificó de ‘perro’). También él lo bautizó, él firmó su sentencia de muerte y él celebró la misa por el eterno descanso de su alma cristiana. Tras la muerte de Atahualpa, la conquista era cuestión de tiempo.

 

Por los éxitos de la conquista, Valverde llegó a ser en 1537 el primer Obispo de Cusco (cuando ése era el único obispado en Sudamérica entera) y fue un gran consejero del ahora Marqués Francisco Pizarro, un hombre ennoblecido por su ambición y pariente lejano de Valverde. Pizarro, siendo el Gobernador del Perú, murió en un episodio de venganza protagonizado por otros españoles (es fama que le atravesaron una espada en la garganta), el 26 de junio de 1541, en Lima.

 

Enterado del asesinato de Pizarro, Vicente de Valverde temió por su vida. Huyó, entonces, para salvarla pero en su huida iba a perderla. Le ocurrió como en aquel cuento persa en que la Muerte hace una advertencia a un individuo y él decide huir lejos, únicamente para encontrarse con la Muerte en el lugar al que él huyó (en el cuento persa, ese lugar es la ciudad de Isfahán). Para el Obispo Valverde, su Isfahán fue la isla Puná. Allí él encontró la muerte, pero no a manos de los españoles vengativos de los que estaba huyendo, sino de los indígenas que allí habitaban y que aún lo recordaban.

 

Porque antes de la captura y muerte de Atahualpa y aún antes de penetrar al continente por Tumbes, el Adelantado Francisco Pizarro y su hueste, incluido el fraile dominico Vicente de Valverde, permanecieron unos meses en la isla Puná, a la espera de unos refuerzos que vendrían desde Panamá para acometer la conquista en el continente. Fueron a la isla Puná por invitación de su cacique, pero estos invitados europeos no tardaron en comportarse como la rudimentaria gente de conquista que era, por lo que no tardaron en producirse desconfianzas y rumores que lo llevaron a Pizarro a apresar a los jefes punáes y a entregarlos a sus enemigos de Tumbes, que los decapitaron.

 

Los isleños, entonces, se sublevaron. Se enfrentaron a los españoles y aunque eran mucho más numerosos, perdieron. Los españoles, como lo destacó William Prescott en su Historia de la conquista del Perú, tuvieron a su favor ‘armas y disciplina’. Eran buenos y curtidos soldados, llenos de ambición, luchando contra tribus de infieles que no conocían a Cristo. Así lo aseguraba en su prédica el fraile Valverde, un entusiasta del sometimiento de los no cristianos.

 

En ocasiones, los pueblos no olvidan. Diez años después de la derrota de los sublevados de Puná, en plena huida de la muerte segura a manos de los españoles vengativos, el fraile Vicente de Valverde regresó a la isla. Iba de paso, pues su idea era aprovisionarse y seguir su camino. La idea de los punáes fue una muy distinta. Es fama que lo detuvieron mientras oficiaba una misa y que tuvo una muerte atroz: lo desollaron en tiritas y se lo comieron.

 

En Puná encontró la muerte el primer Obispo sudamericano, como festín de los isleños.

Ecuador, administrado por un dipsómano

13 de septiembre de 2021

Algunas decisiones condicionan la historia de un país. En el caso del que desde el año de N. S. de 1830 es el Estado del Ecuador, este condicionamiento ocurrió muy temprano, en agosto de 1534. El 28 de ese mes y año se fundó la villa de San Francisco de Quito, con el propósito de trasladarla 30 leguas al Norte para, sobre las ruinas de un poblado nativo llamado Quito, construir una nueva población sujeta al dominio de un Emperador europeo (1). Así, a Quito se la trasladó a una ubicación muy favorable para su defensa militar de los eventuales ataques de los nativos, pero muy mala para el intercambio comercial.

 

Durante el tiempo que fuimos una posesión de pálidos reyes, Quito ostentó muchos nativos para explotar pero muy escasa capacidad para llevar lejos el producto de la explotación de sus nativos. La geografía la condenaba. A Quito le habría convenido muchísimo la apertura de un camino por Esmeraldas para comunicarse de una forma más directa con Panamá, pero ello fue imposible por costo/beneficio y la resistencia de los nativos (v. ‘Esmeraldas no way’). Quito siempre pudo contar con Guayaquil como el puerto de salida para sus productos, pero el viaje de Quito a Guayaquil era un auténtico parto de los montes (2) y esto no cambió hasta que el ferrocarril acercó, en julio de 1908, a las dos ciudades. El Presidente que consiguió que ocurra este acercamiento histórico, Eloy Alfaro, murió en enero de 1912 en Quito, adonde él fue llevado, obviamente, en el ferrocarril. Lo que no resultaba tan obvio era que allá lo ultimen, lo arrastren, vejen su cadáver, le corten sus huevos y reduzcan su cuerpo a cenizas y fragmentos chamuscados en un parque de la franciscana ciudad (v. ‘Quito gore’, para este carnaval de sangre). Menos que obvio, esta macabra sucesión de hechos fue anómalamente brutal (3).

 

En los orígenes, ocurrió otro alejamiento entre Quito y Guayaquil, causado por las guerras entre los propios invasores europeos por el reparto de la rapiña. En 1547, la ciudad de Guayaquil trasladó su sitio de la margen derecha del río a su margen izquierda, a fin de poner río de por medio a las pretensiones de castigo de un tal Pedro de Puelles (v. ‘Los orígenes: Guayaquil se aleja de Quito’). A pesar de las protestas que Quito elevó a Lima, este alejamiento no varió (4). Tuvieron que pasar 423 años hasta que se lo salvó de una manera eficaz y moderna [!] con la construcción del llamado ‘Puente de la Unidad Nacional’, inaugurado en 1970 (5).

 

El territorio que sería el Ecuador empezó, entonces, con el pie izquierdo. En la misma llanura y en una misma quincena de agosto de 1534 se crearon las dos ciudades que serían las más importantes y populosas de la República del Ecuador, Quito y Guayaquil. En diciembre de 1534 se trasladó a la que sería la capital del Ecuador desde 1830, donde ella tendría dificultades casi insalvables para prosperar. Cuando en 1547 se asentó en la Costa la ciudad que debía ser el puerto para Quito, se lo hizo de manera tal de obstaculizar la comunicación de ese puerto con Quito. Y para peor, durante todo el tiempo en que la mal ubicada Quito fue parte del régimen pigmentocrático de un reino europeo, debió haber sido una de las ciudades donde el invasor europeo explotó de la manera más inmisericorde a los nativos que fueron sometidos en los tiempos de la conquista del territorio (6). A mayor inri, según uno de sus historiadores más reconocidos, en Quito, la administración pública se caracterizaba por la corrupción (7).

 

Durante el tiempo de los pálidos reyes centroeuropeos de la Casa Habsburgo (hasta 1700 aprox.), Quito conoció una situación algo boyante (8). Pero la llegada de la casa francesa Bourbon y sus reformas económicas del siglo XVIII la perjudicaron y causaron un declive tan brutal en su economía, que incluso sus clases altas tuvieron que rebajarse a la práctica del trueque (9). Ya en tiempos de la República del Ecuador, durante el gobierno del guayaquileño más quiteño de todos los tiempos, Gabriel García Moreno, el primer Embajador de los Estados Unidos en el Ecuador, Friedrich Hassaurek, se lamentó del misérrimo estado de Quito en un libro que escribió a partir de su experiencia diplomática: ‘En Quito existen otras carencias además de las de los hoteles: la escasez de baños y de letrinas, que no son consideradas como muebles necesarios en las residencias privadas. Este inconveniente ha hecho de Quito lo que ahora es –una de las capitales más sucias de toda la cristiandad(10). Cuando Hassaurek se refiere a la carencia de hoteles, es porque en Quito, capital de una República, no había uno solo.

 

Pero el hecho cierto es que aislada, paupérrima, explotadora inmisericorde de los nativos, sin una producción económica diversa y sin otro mercado que el suyo propio y el de los pintorescos pueblos de los alrededores, con todo en contra, de todas maneras Quito se erigió como la capital del nuevo Estado del Ecuador en 1830. Este hecho, registrado en el origen del Ecuador, condicionó su desarrollo. Fue, se podría decir, lo que correspondía por la historia, habiendo sido Quito la capital de una de las Audiencias en las que se dividían los dominios americanos del Reino de España (11). Pero geográficamente era un disparo al pie, porque hacía de una ciudad con estas características de miseria generalizada la imposible capital de un territorio mucho mayor que aquel que gobernaba cuando fue una provincia española (12).

 

El resultado, a lo largo de casi doscientos años de vida de este país bicéfalo, es que Guayaquil y Quito se han disputado el poder (Guayaquil por su poderío económico originado en las mismas reformas borbónicas que tanto perjudicaron a Quito, y Quito por su condición rentista de la capitalidad desde 1830) mientras que una tercera provincia, Cuenca, se dedicó a cultivar con esmero lo suyo (13). Como consecuencia de esta falta de cemento social, en el Ecuador no se han encontrado casi nunca fórmulas de consenso y su economía está atrapada en una situación de miseria espantosa originada en la explotación pigmentocrática de los tiempos europeos y realmente jamás alterada por unas élites locales acostumbradas a la rapiña.

 

El desarrollo del Ecuador habría sido distinto si sus dos ciudades más importantes se habrían fundado con criterios de integración comercial. Pero eso estaba fuera del alcance de los invasores europeos porque su fundación ocurrió en los tiempos de la brutal conquista y sometimiento de los nativos, así como de las luchas intestinas de los europeos entre ellos por repartirse el fruto de su rapiña.

 

Pero como país, sobre todo, nos condenó la pobreza material y mental de seguir en tiempos de la fundación del Estado del Ecuador el patrón histórico de tiempos de la Monarquía Española, careciendo de una visión de futuro. Estados Unidos y Australia, cuando se fundaron como países, pensaron en fundar una nueva capital para que las ciudades importantes de la época en sus respectivos territorios (New York, Boston, Filadelfia; Sídney y Melbourne) no tengan una primacía una de ellas sobre el resto. Así surgieron Washington D.C. y Canberra (14). Una capital en una ubicación geográfica distinta y adecuada para el intercambio comercial habría significado un motor potente para el desarrollo del Ecuador.

 

La debilidad de Quito como capital se demuestra cuando se comprueba que ella es una anomalía latinoamericana, pues sacando el obvio caso de Brasilia (otra capital creada para quitar una primacía a los motores del desarrollo del Brasil, Sao Paulo y Río de Janeiro), todas las capitales de los países en que se partieron las posesiones americanas del Reino de España son invariablemente los motores económicos y las ciudades más pobladas de su país, en ocasiones, por una enorme diferencia. Pero Quito es la rara, porque es la capital de su país pero no es su ciudad más poblada desde la década de 1880, cuando le cedió ese puesto a una pujante Guayaquil, tropical y cacaotera (15). Y Quito, de motor económico, ni hablar. (Salvo que consideremos al Señor Barriga como un motor económico, v. ‘Marx y Quito’.)

 

Pero mucho peor es que la situación actual de Quito hace sentir que la que es ciudad capital desde 1830 no es que ya no pueda gobernar los destinos del Ecuador (cosa en que la ha pifiado espantosa y multisecularmente) sino que ya no puede gobernar ni aún sus propios destinos. Como no se cansan de repetirlo sus más ilustres talking heads, Quito está a la deriva (16). Es como si Quito, como capital, fuera el administrador borracho de un edificio, un caso de dipsomanía crónica fortalecido por las fiestas de diciembre. A un tipo así, habría que declararlo en interdicción.

 

Si aprendemos de la historia y observamos su lamentable estado actual, a la vieja Quito habría que declararla interdicta. Debemos empezar a pensar en este país la creación de una nueva capital, un hub tecnológico de eficacia y rapidez y políticas públicas basadas en la evidencia, una capital futurista y organizada. Algo así como lo contrario de Quito.

 

~*~

 

(1) La fundación de las que serían las ciudades de Santiago de Guayaquil y San Francisco de Quito ocurrió cuando el rey de la conquistadora Castilla era el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V de Alemania, bajo su alias peninsular de Carlos I de Castilla. Así, las que serían Guayaquil y Quito nacieron juntas, en una misma quincena y en la misma llanura, para de inmediato (como un sino fatal) separarse. En el acta de fundación de Quito del 28 de agosto de 1534 se establece expresamente que la villa que se fundaba, de inmediato se la debía emplazar ‘en el sitio y asiento donde está el pueblo que en lengua de indios ahora se llama Quito, que estará treynta leguas más o menos de esta ciudad de Santiago’ (v. ‘Guayaquil nació en Ricpamba’). Esta ciudad de Santiago, que se había fundado el 15 de agosto, se la trasladó a la Costa para servir de puerto al nuevo Quito español.

(2) Este ‘parto de los montes’ es descrito en detalle en los dos volúmenes del libro ‘La ciclópea travesía en viaje de Guayaquil a Quito en la República 1830-1930’, de Alfonso Sevilla Flores.

(3) Se puede entender a estos hechos atroces como la venganza popular y macarra de Quito contra el vencedor de la revolución liberal, quien había entrado en Quito el 4 de septiembre de 1895 para imponer el nuevo régimen. Sobre el ingreso de Alfaro a Quito, v. ‘Alfaro, a balazos’, y sobre la resistencia de Quito a su ingreso a la capital, v. ‘Mala estrategia’. Así, lo que la Virgencita del Quinche (a quien se trasladó a Quito como ‘refuerzo’) no pudo evitar en 1895, el pueblo canalla y la clerigalla convirtieron en cenizas en 1912, en la que es la exhibición más sádica y brutal de violencia política en la historia ecuatoriana.

(4) En 1549, el cabildo de Quito protestó a la Audiencia de Lima: ‘Pedir que por quanto la cibdad de Santiago se pobló de próximo en el paso de Guaynacaba e para ir a venir se ha de ir con balsas y por ser puerto desta cibdad le viene daño’. Las protestas de Quito para que las cosas se devuelvan al estado anterior fueron invariablemente ignoradas. Un puente de hormigón resolvió el incidente, 423 años después.

(5) Al ‘Puente de la Unidad Nacional’ se lo conoció como ‘el eslabón perdido’, porque ‘unió al mono con el hombre’, según comentaba la sal quiteña.

(6) La crueldad a los nativos la expone el historiador González Suárez, cuando reseñó que el negocio de los obrajes ‘fue ocasión también para que se les hicieran muchos agravios a los indios; en cada obraje había cárcel, cepo, grillos y azotes; los indios eran maltratados con crueldad; de su jornal se sacaba la tasa del tributo y la pensión sinodal del cura; el indio se costeaba su alimento y su vestido, y muchas veces se le descontaban de su miserable jornal hasta las medicinas, que se le vendían muy caras, cuando el exceso de trabajo lo postraba con alguna enfermedad; trabajaba a la sombra, es cierto; su labor se hacía bajo techado, no hay duda; pero amarrado al torno, encadenado al telar, veía el indio levantarse el sol y oscurecerse el día, sin que le fuera lícito extender sus miembros entumecidos para recobrar el vigor, agotado en la monotonía de faenas interminables; la condición de estos infelices era peor que la de los mismos negros esclavos. Había obrajes donde se les obligaba a los indios a recibir adelantadas sumas considerables de dinero, para que los fueran pagando poco a poco con su trabajo personal; los indios, siempre imprevisivos e indolentes por naturaleza, derrochaban en un solo día de borrachera y diversión el producto anticipado de uno y hasta dos años de trabajo; de este modo quedaban endeudados para siempre; no volvían a recobrar su libertad, y aun muertos eran todavía deudores; en algunos obrajes se dejaban adrede transcurrir varios años seguidos sin ajustar cuentas con los indios, a fin de retenerlos sujetos trabajando; muchas veces acontecía que ni siquiera los domingos, se les permitía acudir a la iglesia para que cumplieran sus deberes religiosos. La vida de los obrajes viene a ser, pues, terrible; y condenar a un individuo a labor forzada en un obraje era más penoso que condenarlo a muerte’. (‘Historia general de la República del Ecuador’, Tomo IV, p. 473-4)

(7) Si hemos de creerle al historiador ibarreño Federico González Suárez, es la ubicación de Quito la que provocó la corrupción y la falta de efectividad en su administración pública: ‘la enorme distancia a que se encontraban de la Corte y la tardía administración de justicia por parte del soberano, cuyas resoluciones se dictaban al cabo de años de cometido el delito, les daban cierta impunidad, muy perjudicial para la moral y las buenas costumbres’. González Suárez advirtió un sino fatal en la ciudad capital: ‘Por una especie de fatalidad hasta los hombres buenos y mejor intencionados, cuando venían a Quito investidos de autoridad, se dañaban’. (De la Torre Reyes (comp.), ‘Escritos de González Suárez’, Vol. IV, pp. 214-5). Que Quito como la caña, te daña, dijo el curita.

(8) En palabras de John Leddy Phelan, ‘[d]urante el siglo XVII, la Sierra de Quito se convirtió en el taller textil de Sudamérica. La región producía lana y algodón de alta calidad y abundancia, además de muchísima mano de obra barata […] Quito enviaba sus productos textiles a todo el Virreinato del Perú, desde Panamá y Cartagena, en el norte, hasta Chile y Charcas, en el sur’ (‘Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito’, pp. 116, 118).

(9) Por el declive de la producción obrajera, la situación económica de Quito, en el primer siglo de gobierno de los Borbones, fue de una pobreza escandalosa: ‘Cualquier lector o investigador de la historia ecuatoriana del siglo dieciocho no puede sino impresionarse con los continuos reportes sobre la lamentable situación económica de la Audiencia de Quito [] Con su pasada gloria venida a menos, las ciudades de la Audiencia y su población estaban ahora cayendo en ruinas. La élite estaba reducida a la pobreza […]. Incluso las clases altas se habían visto en la necesidad de conseguir bienes y servicios mediante el trueque, lo cual, en palabras del Presidente Mon y Velarde ‘es la señal indefectible de la miseria y la pobreza de los países donde se ejerce’’ (‘Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito’, p. 237)

(10) El diplomático Hassaurek le entró con un hacha a la franciscana ciudad, v. ‘Putas por error: las damas quiteñas en el período garciano’ y ‘Sobre la burocracia capitalina’.

(11) Las audiencias eran tribunales de justicia y la audiencia de Quito fue una de las tres audiencias subordinadas del Reino de España en América (las otras dos fueron Charcas y Guadalajara), por lo que sus decisiones las podía revisar una audiencia de rango superior. Para Quito, en un principio, esa audiencia fue la de Lima, pero más adelante fue la de Santa fé (hoy Bogotá, o Drogotá, as you like it).

(12) Lo que se conoce como la ‘Revolución del 10 de agosto de 1809’ fue realmente un fracasado movimiento para que sus provincias vecinas la reconocieran a Quito, su capital audiencial, como su nueva máxima autoridad administrativa. Las tres provincias que fueron aludidas por la pretensión quiteña, Popayán, Guayaquil y Cuenca, se resistieron y le hicieron la guerra a Quito (v. ‘Las relaciones exteriores de Quito en 1809’). De resultas, Quito perdió y el asunto culminó en la masacre del 2 de agosto de 1810, con el asesinato de los cabecillas de la revolución y de bocha de gente. Pasó el tiempo y la conformación del Estado ecuatoriano en 1830 le otorgó a Quito, por su condición de capital del Estado, la primacía sobre dos de las tres provincias que la habían derrotado una generación atrás, en los años 1809-1810. Desde esta perspectiva, entonces, para Quito, Popayán es ‘the one that got away’. Y no porque Quito no la haya querido, pues incluso se hizo la guerra para incorporarla al nuevo Estado (el ejército ecuatoriano llegó a ocupar Popayán en 1831), guerra que el Ecuador perdió (‘1832: una de cal, única de arena’). En todo caso, es este triunfo administrativo de Quito en 1830 el que produjo que, de manera ‘oficial’, se reescriba la historia del 10 de agosto de 1809 para contar el cuento de la patria, destinado a justificar una primacía (vía capitalidad) de la provincia de Quito por sobre las demás provincias constitutivas del Ecuador, a través de una mentira colosal. Como lo he dicho en otra parte (‘Siglo y medio de miseria y derrotas’), hay que derrumbar esta mentira ‘a combazos’.

(13) Cuenca sabe su rol secundario en la historia ecuatoriana: si Cuenca fuera un personaje, sería Donny de The Big Lebowski. Sobre el efecto diverso de las reformas borbónicas en Quito y Guayaquil, v. ‘It’s the economy, stupid!’.

(14) Por supuesto, es casi obsceno comparar la boyante situación económica de los Estados Unidos de América y de Australia con la condición paupérrima del Estado ecuatoriano. Esta invariable escasez es la que ha provocado que en el Ecuador hayamos tenido y tengamos una visión de túnel, cortoplacista y aficionada a la miseria generalizada en beneficio de una minoría coyuntural. Sobre esta visión de túnel que nos aqueja, v. ‘Escasez. ¿Por qué tener poco significa tanto?’, de Eldar Shafir y Sendhil Mullainathan.

(15) Sobre esto, v. Hamerly, Michael, ‘Recuentos de dos ciudades: Guayaquil en 1899 y Quito en 1906’.

(16) Sobre esto último, v. ‘Quito, sin liderazgo’. El único quiteño que parece (o parecía) creer que Quito es ‘una ciudad cosmopolita y firmemente encaminada en el siglo XXI’ es Roberto Aguilar. De este desvarío he dado cuenta en ‘La descripción de un ‘cojudo’’.