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El Hombre Caca y el presupuesto

17 de julio de 2018


La cultura, para el Hombre Caca, es ajustarse al “presupuesto asignado”. El resultado no importa tanto como no gastar más de lo que sus jefes le han dispuesto que gaste. Es una visión contable de la cultura, pero es lo que el Hombre Caca está en capacidad de hacer por su ciudad (además de ser un “tapón, neutralizador, muro de contención de la energía cultural”).

A propósito de esto, hace poco leí un libro sobre cómo construir guiones, en el que García Márquez se quejaba de esta visión tan contable como mezquina de la producción cultural: “Hace poco supe de un productor que estaba feliz porque había obligado al director a someterse a un presupuesto rígido…, y cuando vi la película me di cuenta de lo que había logrado con eso […] La falta de plata se notaba por dondequiera y, de hecho, acabó con la película. Lo barato salió caro, como siempre sucede”*.

Mutatis mutandis, esto es lo que ha hecho el Hombre Caca con la cultura de Guayaquil: disminuirla, abaratarla, acabar con ella. Y casi se podría decir, tras dos décadas y media de soportarlo, que lo ha conseguido.

Porque lo que sí tiene presupuesto, son estupideces como esta, que encandilan la bobalicona imaginación del Hombre Caca. Y no aportan nada. 

De saldo: Guayaquil es un triste páramo. 

* García Márquez, Gabriel, 'Cómo se cuenta un cuento', Ollero & Ramos Editores, San Antonio de los Baños, 1996, pp. 22-23.

Cagada de biblioteca (2)

7 de junio de 2018


El señor José Baidal fue a la Biblioteca Municipal que dirige Melvin Hoyos en Guayaquil. En una de esas ventanillas que a Mario Campaña le recordaron a un reformatorio, José Baidal tuvo que escuchar lo siguiente:

 
Fuente: Diario El Universo

A cargo de Melvin, esta novedad: una biblioteca que no da libros. Una aventura más en la extraordinaria y asombrosa vida del Hombre Caca.

¿Se pudo haber caído más bajo? Esto es nivel roldosista.

Las aventuras del Hombre Caca

31 de mayo de 2018


El Hombre Caca, en 14 opiniones:

1) “Que la figura de Melvin Hoyos nos merezca a la mayoría de artistas y actores culturales de Guayaquil la consideración de ser una presencia sombría, y cada vez más obsoleta, radica principalmente en la falta de escucha, y de reconocer sus limitaciones en buena parte de las discusiones en torno a lo cultural” (Hidalgo-Anastasio).

2) “Melvin Hoyos, en sus últimas declaraciones, sostiene que se enorgullece de gestionar el Festival de Artes al Aire Libre (FAAL) con un bajo presupuesto. Sin embargo, la escena guayaquileña de inicios de este siglo apostaba por una industria cultural, un museo de arte contemporáneo hermanado con instituciones prestigiosas en el extranjero, que desarrolle una serie de talleres, mesas de intercambio y transacciones entre colegas latinoamericanos. Que un funcionario, en la actualidad, ponga como meta el mantenerse dentro del presupuesto asignado, me parece que no responde a los parámetros con los que se debería juzgar al arte. Mientras se dialogue de una manera eficiente con los artistas, las obras y el público, no importa el presupuesto que se necesite. Uno de los grandes problemas es la falta de dinero, pero para eso existe la autogestión” (Falconí).

3) “A mi criterio el FAAL, hace ya mucho tiempo, no es más que una feria cualquiera, donde no hay jurados respetables con criterios de selección. El evento como tal no alcanza mayor repercusión y mucho menos aporta a la escena artística local. Lo mismo ha pasado con el Salón de Julio, hace mucho tiempo que dejó de ser un interesante punto de inflexión en la escena local” (Navas).

4) “Medir una gestión basándonos en un pasado, que está muy lejano de lo que somos como ciudad, no creo que sea un mérito. Es verdad que existen ciertos logros relativos a la gestión de los presupuestos en ciertos eventos municipales, pero el resultado de éstos se queda aislado por la falta de conexión entre las diversas actividades que se realizan. Si realmente estos programas, en lo que llevan de tiempo ejecutándose, calaran en la ciudadanía, tuviéramos una extensa cantidad de públicos dispuestos a vivirlos. Pero, aún la relación ocio-cultura no es parte del ciudadano guayaquileño promedio. Por eso pienso que es necesario un relevo o un cambio de actitud. Es imposible que se siga llevando la gestión de la misma forma, y hacer oídos sordos frente a lo que se grita a viva voz” (Zanabria).  

5) “Durante el tiempo que ha fungido como director, el arquitecto ha querido tener el poder de decisión de algunos campos que no son de su experticia —¿cómo olvidar los varios testimonios de sus para-curadurías en los Salones de Julio?—. Pero, curiosamente, en ámbitos que deberían ser de su dominio (la arquitectura, la Historia) ha permanecido silente. Hoy hablamos de la piscina municipal, hace unos meses de la Casa del Cacao, pero también podríamos hablar de otros casos patrimoniales como el Hotel París. En este estanque estéril nos ha tocado vivir el patriarcado de alguien que ha querido imponer el modelo higienizador y regeneracionista de su par en la cultura. Los resultados son más que evidentes, una ciudad sin memoria llena de puras bodegas” (Castillo).

6) “El problema de la gestión del Museo Municipal es integral: refleja una deuda con la cultura, la educación y la sociedad. Para empezar a subsanar esa deuda es necesaria una voluntad, no la de una sola persona, porque el cambio que se requiere es profundo, sino una voluntad política, que es más complicada” (Fernández).

7) “Que los ángeles lesperinos dejen reposar tu alma en pena, Melvin” (Ortiz).

8) “Lo primero que me sucedió fue que para conseguir la clave del wifi tenía que solicitarla en una oficina, en donde, en lugar de proporcionarla, pidieron que encienda una computadora para que alguien me la escriba. Luego, tuve que pasar por varios espacios antes de encontrar un sitio con las mínimas condiciones para trabajar. Habían bancas viejas en las esquinas, y un calor terrible. Finalmente, conseguí un lugar para investigar por un par de semanas. Al final, me acostumbré a ir a esa oficina, encender mi laptop, dejar que me escriban la contraseña y, luego, ir a la hemeroteca. ¿Cómo debería funcionar el espacio de la Biblioteca Municipal? ¿A dónde van los estudiantes a realizar sus investigaciones? Si este lugar ni siquiera tiene internet, ¿cómo podría convertirse en un sitio accesible y funcional para las personas en el centro de Guayaquil?” (Chérrez).

9) “La gestión de Melvin Hoyos se encuentra en un stand by desde hace diez años, aproximadamente. Los modelos de gestión, que funcionaron en algún momento de la historia, hoy están gastados. Digo diez años, pero pudieran ser veinte” (Patiño).

10) “En general, yo creo que la administración municipal tiene una deuda gigante con la ciudad, hablando de arte y de cultura, porque se ha destruido el patrimonio arquitectónico de la urbe: se ha venido abajo, en un altísimo porcentaje, la identidad que tenía Guayaquil, como ciudad, dada por su arquitectura. Esa es una deuda, no del museo, sino del Municipio, y de la Dirección de Cultura también por extensión, porque ha estado impávida ante esa destrucción. Esto se vuelve más grave si el que dirige esta institución es un historiador; su profesión tendría que hacerlo más consciente de esta situación” (Velarde).

11) “De tal forma que Guayaquil tiene un museo municipal que no es de arte, pero que colecciona arte, y no sabe qué hacer con él. Y si pensamos en arte contemporáneo, es evidente que no tiene ni las instalaciones ni el personal adecuado” (Alvarado).

12) “Como señala Eleanor Heartney, los museos ya han abandonado el modelo caduco de funcionar como bibliotecas, iglesias, archivos o expositor de objetos culturales. Los museos de Guayaquil no han podido acompañar a las prácticas artísticas contemporáneas de la ciudad y siguen funcionando con lógicas anquilosadas y posturas endogámicas” (Brito).

13) “Y la museografía sigue siendo la misma: objetos apiñados y ordenados cronológicamente, sin cuestionamientos ni sobresaltos; es decir, la sucesión de imágenes predecibles, como un gran álbum familiar donde todos sonreímos y somos felices por siempre” (Hidalgo).

14) “De modo que la función que tiene que cumplir y cumple muy bien Melvin Hoyos como director de cultura del municipio es simplemente la de tapón, neutralizador, muro de contención de la energía cultural de la ciudad” (Campaña)

La cereza de este pastel de oprobios: “No tengo dudas de que Melvin Hoyos tiene unas excelentes intenciones desde su locus vital e ideológico, pero son muy limitadas y no se deja asesorar” (Hidalgo-Anastasio). Qué sutil manera de decir: “Melvin Hoyos es un idiota y un necio, pero con buenas intenciones desde su locus” (seguramente, vesre por culo).

*

Artistas, críticos, gestores, docentes, historiadores: TODOS contestes en que la gestión de Melvin Hoyos a cargo de la Dirección de Cultura de Guayaquil está en deuda con la ciudad.

Si Guayaquil fuera un cómic de una fantástica “Liga de la Injusticia”*, donde unos facinerosos utilizan los recursos públicos para la satisfacción de intereses particulares, el hombre que hace caca por doquier, el “Hombre Caca”, cumpliría un rol necesario para que eso suceda: obstruir cualquier actividad útil a la cultura de su ciudad. 

Este sería el hondo drama del “Hombre Caca”: el ser un bobo alegre que vive en total delusión y piensa que es útil a la cultura de su ciudad, pero que todo lo que toca lo vuelve es mierda. Ese es su único “poder”, tal como ha sido retratado por las 14 opiniones arriba transcritas. Pero es un poder que este Hombre Caca ha ejercido por décadas (hasta el punto de que él ha llegado a considerarse imprescindible) puesto que así es conveniente a gente mucho más poderosa que él, de quienes el Hombre Caca es apenas una de sus marionetas.

Y Guayaquil, que se joda.

*No, Guayaquil no es un cómic. Pero sí un sainete.

Cagada de Biblioteca

16 de mayo de 2018


Fundada por Pedro Carbo en 1862, e iniciada su colección con 100 libros por él donados, la Biblioteca Municipal tiene una historia de 156 años. Entre sus directores cuenta con ilustres nombres como Alfredo Baquerizo Moreno, Camilo Destruge, Rosa Borja de Ycaza (primera bibliotecaria municipal y también directora de la Biblioteca Nacional en Quito). A día de hoy y desde 1992, su director es Melvin Hoyos, cuya mejor descripción es: 

“Un tipo que hace caca por doquier”.

Entonces, esta descripción que hace Mario Campaña de su experiencia como usuario de la Biblioteca Municipal, que cualquier otro usuario (de los pocos que vamos) puede atestiguar, permite atisbar la colosal cagada de biblioteca que se tiene en Guayaquil:

“la así llamada Biblioteca Municipal es una afrenta para la ciudad. Con eso le dejo claro mi impresión. Las salas están desoladas; no hay escritorios sino ¡ventanillas! -y ¡en medio de rejas de hierro!- para pedir libros. Da la  impresión no de un centro de lectura y conservación de libros sino de un reformatorio. Los libros no están expuestos a la vista y consulta de los visitantes. En mis visitas, siempre matutinas, nunca he visto un lector. No hay catálogos que se puedan examinar. La misma página web de la biblioteca provoca vergüenza: no se puede consultar allí nada, aparte de fotitos ridículas y unas “cartillas” en que se informa de personajes tan relevantes como Batman y Mickey Mouse, hágase una idea…”.

Lapidario.

Melvin hace caca

11 de mayo de 2018


Esta entrevista es asombrosa.

Melvin Hoyos tiene más de un cuarto de siglo en el mismo cargo. Según dice Hoyos en la entrevista que le hizo Jessica Zambrano para diario El Telégrafo, “nadie ha hecho más por la cultura en el país que esta dirección y Alcaldía”. Tras veintiséis años de fatigar la infamia en la dirección de cultura del cantón Guayaquil, Hoyos teme que el relevo de su empleo podría “dejar a Guayaquil a la deriva” y afirma, textual: “A mí me da pena por mi ciudad porque me encantaría tener discípulos”.

Hoyos ensalza el trabajo de la dirección de cultura a su cargo, pero si ese trabajo fuera tan exitoso como él dice, ¿cómo se explica que la ausencia de una persona en un cargo implique el peligro de “dejar a Guayaquil a la deriva”? ¿Tan importante resulta Hoyos? Como si él fuera imprescindible, como si la cultura fuera a decaer en Guayaquil sin su augusta presencia. Si ese fuera el caso, entonces la administración de la cultura ha sido un fracaso, pues si toda la gestión cultural de una urbe de más de 2 millones de habitantes depende de la presencia de un único individuo (y de un mequetrefe como Hoyos, además) entonces no existe institucionalidad, ni políticas públicas, ni norte al cual referirse.

Pero es aún peor esta frase: “A mí me da pena por mi ciudad porque me encantaría tener discípulos”. Su explicación a esto ilustra cuán lamentable es Hoyos: “Miles de personas vienen a preguntar cosas. Cientos –baja la voz y agrega- pero ¿sabes cuánta gente se sostiene para preguntar cosas? Nadie”. Es decir que la exitosa gestión cultural de Guayaquil, en 26 años, no ha producido ni un discípulo, ni nadie que pueda “sostener” una pregunta. Y es así que este pelmazo, en vez de ser autocrítico y pensar que si en más de un cuarto de siglo en la dirección a su cargo no ha logrado ni un relevo, ni tan siquiera un discípulo, debería sentir pena por sí mismo (como el fracasado gestor cultural que es) y no por la “ciudad” a la que dice servir. Con una dosis pareja de prepotencia y cursilería, valga precisarlo.      

Melvin en su gagging mental: el pobre hace una afirmación que él mismo demuestra falsa en los dichos subsiguientes. Porque no puede nunca ser exitosa una gestión carente de institucionalidad y de políticas públicas, que no podría sobrevivir a la ausencia de un único funcionario y que no tiene discípulo alguno, ni tan siquiera un único ciudadano que pueda “sostener” una pregunta. Un pinche desastre.

Es así que en el tren de ideas de Melvin Hoyos expresado en esta entrevista, su explicación niega su afirmación. Pero él ni se da por enterado: es inocente, como un perro que se hace caca en la acera, y se aleja moviendo la colita.

Guayaquil en el cerro Santa Ana: dos versiones

2 de julio de 2017


En el libro “Historia de Guayaquil”, una publicación escrita por Melvin Hoyos y pagada con recursos públicos para su distribución gratuita, el asentamiento definitivo de Guayaquil en el cerro Santa, acontecido el año 1547, simplemente sucedió. No hay ninguna explicación de las razones para escoger ese lugar, en vez de cualquier otro (1).

En su libro “La lucha de Guayaquil por el Estado de Quito”, el historiador guayaquileño Julio Estrada Ycaza explicó lo sucedido:

“Lo que interesa ahora es que Guayaquil huía de un grupo de vecinos quiteños cuando se pasó de la orilla oriental del Babahoyo [“la [costa] de Quito”] a la orilla occidental del Daule (“la costa que está a la parte de Puerto Viejo”), interponiendo así al río Guayas y sus afluentes, entre ella y Quito. Guayaquil fue a buscar protección temporal en un sitio denominado Yagual o Guayal, cuya ubicación se desconoce. Y luego creyó encontrar su salvación en la cima del cerro Santa Ana...” (2).

¿Y de quiénes huían estos primeros guayaquileños? Pues de un tal Pedro Puelles y su gente. La razón para perseguirlos era porque,

“… en abril de 1547, poco antes de pisar tierra ecuatoriana La Gasca, el capitán Francisco de Olmos se había proclamado por el Rey, y había asumido el mando de Santiago de Guayaquil, por la vía acostumbrada en aquella época: la fuerza. Y para evitar una larga discusión sobre derechos conculcados, Olmos hizo matar a Manuel de Estacio, su antecesor en el cargo, y un par de pizarristas más: Alonso de Gutiérrez y el capitán Marmolejo” (3).

Así, cuando Pedro Puelles, que era el Teniente de Gobernador y Capitán General de la villa de San Francisco de Quito, se enteró de estos hechos de sangre en los trópicos de su jurisdicción, juró “castigar a todos los vecinos y soldados que estaban en el pueblo de Guayaquil” (4). En previsión de la reacción de Quito, los primeros habitantes de Guayaquil, comandados por Olmos, trasladaron su ciudad a la orilla que les haría más difícil el acceso de los interioranos: pasó de la orilla oriental del Babahoyo a la orilla occidental del Daule.

Así, la elección de asentar a Guayaquil en el cerro Santa Ana se debió a una estrategia para la evasión de una posible matanza (5). Estos hechos estudiados por Estrada no se cuentan en la historia que escribió Hoyos, por una sencilla razón: Julio Estrada fue un historiador serio y riguroso, y Hoyos… es lo que hay.

Julio Estrada insertó en la “La lucha de Guayaquil por el Estado de Quito” la siguiente frase del romano Cicerón como epígrafe: “Historiador es el que no se atreve a decir una mentira ni ocultar una verdad”. Nadie, en el campo de la historia, está más lejano a esta sentencia ciceroniana que Melvin Hoyos. Él es apenas un hacedor de propaganda.


(1) Hoyos, Melvin & Efrén Avilés, ‘Historia de Guayaquil’, M. I. Municipalidad de Guayaquil, Guayaquil, 2008, p. 11. En este libro se refiere, con cita de otros autores, que “luego de un largo peregrinar, por junio de 1547 quedó establecida, definitivamente, en el lugar en el que hoy se encuentra”.
(2) Estrada Ycaza, Julio, ‘Lucha de Guayaquil por el Estado de Quito’, Archivo Histórico del Guayas, Guayaquil, 1984, p. 14.
(3) Ibíd., p. 13.
(4) Ibíd., p. 13.
(5) Esta amenaza nunca se ejecutó, pues Pedro Puelles fue asesinado apenas unos días después, el 29 de mayo de 1547. Muerto el perro, se acabó la rabia.

La fundación de Guayaquil da un giro de 360 grados

7 de marzo de 2017


En los primeros años de su administración, el alcalde Jaime Nebot se preocupó por la fundación de Guayaquil. El año 2001, en su primera sesión solemne del 25 de julio, el alcalde preguntó lo siguiente:

“¿Es excluyente una fundación en las inmediaciones de Riobamba, en 1534, -por la que seríamos después de Piura, la ciudad más antigua de la América Hispana- de las posteriores y especialmente de la última, la del Cerrito Verde, alrededor del cual vivimos, ocurrida en 1537?, o por el contrario, ¿todas son parte del proceso fundacional de un Guayaquil ambulante y marinero? Es un tema que encargaremos oficialmente a una comisión de expertos en la materia” (1).

El alcalde Nebot tiene un error de bulto, pues Guayaquil no puede ser la segunda ciudad “más antigua de la América hispana”. Por ser la ciudad española fundada después de Piura, Guayaquil se convierte en la segunda ciudad más antigua fundada durante la conquista española de la provincia del Perú, pero nunca “de la América Hispana” como un todo. Afirmar este disparate supone desconocer la fundación de muchas otras ciudades en numerosos parajes americanos (el Caribe, México, América central, e incluso en Venezuela y Colombia), todas ellas anteriores a 1532, año de la fundación de Piura (o San Miguel de Tangarará, como se llamó originalmente). Algunos ejemplos de ello son Santo Domingo, capital de la República Dominicana, fundada en 1496, Veracruz en 1519, la colombiana Santa Marta en 1525 y Coro en Venezuela en 1527, pero los hay por decenas. 


El alcalde Nebot cumplió lo ofrecido. Constituyó en octubre del 2001 una “comisión de expertos” para estudiar la fundación de Guayaquil y determinar su fecha. Esta comisión estuvo compuesta por Alejandro Guerra Cáceres, Efrén Avilés Pino, Ana Rodríguez de Gómez y Melvin Hoyos. Dos personas que formaron parte de ella se excusaron de participar “por inconvenientes personales”: Cecilia Estrada de Ycaza y Jenny Estrada.

Según nota de prensa de diario El Universo:

“El inicio del proceso fundacional de Guayaquil se reconocerá oficialmente con la fecha 15 de agosto de 1534, que ubica a la ciudad como la segunda más antigua en América Latina, después de Piura (Perú)” (2).

Sin embargo, uno de los integrantes de la comisión, Melvin Hoyos, aclaró “que el documento no cambiará la fecha de celebración de la fundación, 25 de julio, que coincide con la del santo patrono Santiago apóstol, El Mayor [sic]”. Así, en conclusión, de acuerdo con el director de cultura Hoyos:

“El 25 de julio seguiremos celebrando las fiestas de fundación aunque no es la fecha”.

Así, una comisión de historiadores de Guayaquil decidió que sigamos viviendo una fantasía. Una más para el realismo mágico.

En la sesión solemne del 25 de julio de 2002, el alcalde Nebot se refirió a los resultados de esta conveniente comisión:

“Hoy está claro que lo que conmemoramos este 25 de Julio, día de Santiago, patrono de Guayaquil, es todo un proceso de fundación, organización y asentamiento definitivo, iniciado el 15 de agosto de 1534 con la Primera Fundación, en las inmediaciones de Riobamba, y culminado en 1537 con la última, en el Cerro Santa Ana, donde Guayaquil se estableció definitivamente” (3).

Sabemos que la fecha de fundación es el 15 de agosto de 1534, lo que convierte a Guayaquil (originalmente, Santiago de Quito) en la primera ciudad fundada en el territorio ecuatoriano. Pero la Alcaldía de Guayaquil, cuando tuvo la oportunidad, fue incapaz de desafiar la tradición del 25 de julio, por equivocada que esté. Una movida pragmática, muy PSC.

Al final, Nebot actuó en materia de investigación histórica, de conformidad con la frase de Perón, “lo mejor para que una investigación no avance es crear una comisión”. Nebot, para asegurarse, la integró con Melvin Hoyos.

(1) Sesión solemne del 25 de julio de 2001. El alcalde Nebot reincidió en el error al año siguiente: “En efecto, así como cambiamos nuestra historia y somos –después de Piura- la ciudad más antigua de la América Española…” (Sesión solemne del 25 de julio de 2002).
(2) 'Historiadores reconocen el inicio del proceso de fundación de Guayaquil el 15 de agosto de 1534', Diario El Universo, 2 de julio de 2002. El diario El Universo repite el error de bulto de Nebot. Ningún criterio de verificación: si Nebot lo dijo, “palabra santa”.
(3) Un error tras otro: el asentamiento definitivo en el Cerrito Verde fue el año 1547.

La visión de Nebot

30 de enero de 2017


Revista Vistazo, edición No 838, Julio 18/02, p. 40


El año 2002, revista Vistazo entrevistó al alcalde Jaime Nebot para un reportaje especial titulado “Guayaquil está de moda”. El alcalde expuso allí su “visión del futuro”. Quince años después de esta exposición, tres de sus principales ideas han fracasado. Su visión del futuro ha resultado una farsa.

Una de las principales ofertas de campaña del alcalde Nebot en su primera elección, el lejano año 2000, fue la “recuperación” del Estero Salado, el que todavía está tan podrido como lo dejó su predecesor Febres-Cordero, o casi. Para el único que ha cambiado el Estero Salado es para ese recurrente hacedor de fantasías disfrazado de historiador, llamado Melvin Hoyos (1).

La visión del futuro de Nebot incluía una ciudad “competitiva”, en capacidad incluso de atraer un “corredor tecnológico”. Quince años después, Guayaquil es una ciudad no competitiva, sino rezagada (2) y lo del “corredor tecnológico” es apenas una quimera: a día de hoy, Guayaquil es una de las peores ciudades de América latina para hacer negocios (3).

(1)El estero de la fantasía’, Xavier Flores Aguirre, 6 de agosto de 2016; por contraste, véase ‘El estero de la realidad (de baños curativos a vertedero de desechos)’, Xavier Flores Aguirre, 7 de agosto de 2016.
(2) Así lo ha advertido un economista guayaquileño honesto y suficientemente valiente como para llamar a las cosas por su nombre, como lo es Walter Spurrier: v. Walter Spurrier Baquerizo, ‘Guayaquil se rezaga’, Diario El universo, 22 de febrero de 2015.
(3) Guayaquil ocupa el puesto 38 de entre 51 “ciudades para hacer negocios” en América latina, en el ranquin que elabora la revista América Economía. Ha bajado 4 puntos desde la medición anterior.

38 muertos y una mentira (excusable) de Yei Yei

8 de noviembre de 2016

Si uno lee el mensaje que el cabildo del Guayaquil republicano remitió a José de San Martín acerca de su independencia, redactado y firmado por José Joaquín (‘Yei Yei’) de Olmedo, a nombre de la provincia declarada independiente, uno se encuentra con lo siguiente:

“Al amanecer del día 9, brilló para nosotros la aurora de libertad. El pueblo, unido a la tropas de esta plaza, ha proclamado la Independencia de esta Provincia. Este plausible acontecimiento, tanto tiempo há suspirado por todos los buenos vecinos de esta ciudad, se ha verificado con tal orden, que ni una sola gota de sangre ha salpicado el estandarte de la libertad. Nuestros puertos, como nuestros brazos, están abiertos para nuestros hermanos y amigos, que deben ayudarnos a mantener nuestra revolución, que se ha realizado, no con tumultos ni muertos, sino con una fiesta pública” (1).

El Municipio de Guayaquil ha admitido (de manera implícita) que Olmedo mintió en este mensaje a San Martín. En rigor, siempre se tuvo noticia de que en los hechos iniciados en la madrugada del lunes 9 de octubre de 1820, que desembocaron en la independencia de Guayaquil, hubo cuando menos un muerto, el militar español Joaquín Magallar, hecho que de por sí invalidaba la afirmación hecha por Olmedo de “ni una sola gota de sangre” (2). Unos documentos del Consejo de Guerra realizado en España en 1823 por la pérdida de Guayaquil (encontrados por el historiador Enrique Muñoz Larrea en el Archivo Militar del Alcázar de Segovia, el año 2010) revela que hubo más muertos: fueron 38 en la asonada del 9 de octubre. El municipio de Guayaquil se ha comprometido a publicar estos documentos a partir del año 2017 (3).

La historia del Guayaquil revolucionario le ha dado la razón a Cioran, quien decía que en las “proclamas de la época, muy bien”, pero que lo clave era la lectura de “las memorias de los que vivieron esos acontecimientos” para darse cuenta “de que fueron espantosos”, no una “fiesta pública” como sugirió nuestro bardo par excellence. Este hallazgo sobre del Consejo de Guerra y los 38 muertos ocurridos durante la gesta de octubre contradicen la fiesta de la libertad dibujada por la pluma de Olmedo (4).

En eso de las proclamas falaces, nuestro bardo revolucionario no fue excepción.

(1) Guevara, Darío 1958, Olmedo. Actor y cantor de la gran epopeya libertadora de América’, Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, p. 163.
(2) El venezolano Urdaneta fue quien le dio chicharrón a Magallar.
(3) Hallazgo de documentos dan giro a relatos de independencia de Guayaquil’, Diario El universo, 17 de octubre de 2016; ‘Texto municipal sobre Guayaquil omite relevantes hechos históricos’, Diario El telégrafo, 20 de octubre de 2014. De interés resulta la respuesta de Calvin Huecos a esta última publicación, escrita en su habitual estilo aparatoso (es como un Pocho Harb de la narrativa histórica): ‘Falsedades, desinformación y desatinos, en un artículo que se pretendió usar con fines políticos nuestra historia’ (con errores básicos en su redacción, evidenciados desde el título, o en el uso de “concejo” por “consejo” [referido al Consejo de Guerra de 1823] o de “adefecio” por “adefesio”. O sea, un auténtico adefesio).
(4) 'Los espantos de la independencia de Guayaquil', Xavier Flores Aguirre, 24 de enero de 2016. En ese 1820, un día como hoy, 8 de noviembre, se organizó la Provincia Libre de Guayaquil y cesó en sus funciones Gregorio Escobedo. En palabras del historiador Aguirre Abad: “Organizado el Gobierno cesó la tiranía de Escobedo, que se había mostrado sanguinario, haciendo fusilar a un fraile de San Juan de Dios y dos y tres españoles más, sospechados de conspiraciones realistas”: Aguirre Abad, Francisco Xavier 1972, 'Bosquejo histórico de la República del Ecuador', Corporación de Estudios y Publicaciones, Guayaquil, p. 182. Es una lástima que no existan tantas “memorias de los que vivieron esos acontecimientos” como para recrear el clima de la ciudad en esos días revolucionarios. Un intento de recuperar memorias de esa época ha sido hecho desde la interesante perspectiva de una esclava, Angela Batallas: v. Townsend, Camille, ‘“Half my body free, the other half enslaved”: The politics of the slaves of Guayaquil at the end of the colonial era’.

El día que Guayaquil le ofreció la dictadura a Bolívar

28 de agosto de 2016


Sucedió el 28 de agosto de 1826, hace exactos 190 años. Cuenta Mariano Fazio Fernández en ‘El Guayaquil colombiano’ que ese día se celebró una sesión municipal “en donde se da a luz otra acta en la que abiertamente se propone la dictadura de Bolívar” y en la que “estuvieron reunidas todas las autoridades departamentales y municipales, además de ‘un número considerable de propietarios y un pueblo numeroso’” (1). En esa época, el Intendente del Departamento de Guayaquil (éramos una dependencia administrativa de la “Gran Colombia”) era Tomás Cipriano de Mosquera, quien sería más adelante presidente del territorio hoy conocido como la República de Colombia en cuatro ocasiones.

El acta de la sesión municipal de aquel 28 de agosto es elocuente en expresar la necesidad de un “hombre fuerte”:

“Cuando todos estos males son la consecuencia de las instituciones, y de un sistema equivocado, y cuando bajo el influjo del gobierno constitucional se han desenvuelto y nos han traído al estado presente, sería un absurdo esperar el remedio del sistema mismo que los ocasiona. Es necesario un resorte grande y extraordinario que vuelva a combinar las partes para organizar de nuevo el todo(2).

Ese resorte se llamaba Simón Bolívar. Fazio apunta que “siguiendo la más pura tradición suareciana, Guayaquil reasume la soberanía originaria y la traslada a Bolívar”. He aquí la transcripción de una parte del acta de aquel día, que da fe de ello:

“En tal estado, el pueblo mismo es el único, que en el ejercicio de su soberanía, puede atender a satisfacer estas necesidades, y Guayaquil penetrado íntimamente de todo lo expuesto ha resuelto:

1º. Consignar como consigna desde este momento el ejercicio de su soberanía por un acto primitivo de ella, en el padre de la patria, en Bolívar que es el centro de sus corazones;

2º. EL LIBERTADOR por estas facultades dictatoriales, y por las reglas de su sabiduría, se encargará de los destinos de la patria, hasta haberla salvado del naufragio que la amenaza;

3º. Libre ya de sus peligros, el Libertador podrá convocar la Gran Convención Colombiana, que fijará definitivamente el sistema de la República, y de ahora para entonces, Guayaquil se pronuncia por el Código Boliviano;

4º. Que se dirija a S.E. un tanto de esta acta, para que se sirva admitir los votos de este departamento, y encargarse de su destino; dándole al mismo tiempo toda la publicidad, y toda la solemnidad que merece un acto sagrado y primitivo de soberanía;

5º. Que se circule a todos los departamentos de la República invitándoles a abrazar este partido, como el único medio de rescate que el genio de la felicidad puede presentarles; y que se haga saber al Ejecutivo de la República para su conocimiento;

6º. Entretanto que S.E. llega a este departamento y se encarga de la dictadura, las autoridades actuales continuarán en el mismo orden y estado en que se hallan, conservando a toda costa la tranquilidad pública por el sistema actual hasta que S.E. dicte lo que convenga” (3).

Quito adoptó un acta similar a la del municipio guayaquileño el 6 de septiembre.

La situación política de Guayaquil de esa época registraba la existencia de dos partidos: el militar, “que sinceramente deseaba la dictadura de Bolívar” integrado por “Mosquera, Illingworth, Paz del Castillo, al que se añaden los colombianos de siempre –Vicente Ramón Roca, los Garaycoa, Manuel Antonio de Luzarraga, José María Villamil, etc.” que era “el verdadero forjador de las actas”. El otro partido, al que Fazio Fernández llama “federalista”, apoya el acta por conveniencia porque de esa manera podría impulsar “las reformas de la constitución en un sentido federal” (y además, como apunta Fazio, porque “a río revuelto ganancia de pescadores”) (4).

Bolívar no aceptó la generosa oferta de los cabildos de Guayaquil y Quito. Fazio Fernández señala que en Guayaquil esta decisión “de rechazar la dictadura fue entibiando, poco a poco, los ánimos enfervorizados del partido militar”. Pero de ninguno de estos graves hechos habla el torpe redactor de ficciones del municipio de Guayaquil, Melvin Hoyos.

En el libro cuya redacción fue pagada por nuestros impuestos (‘El libro de Guayaquil’, cuyo PVP es de USD 100) se omite el episodio del acta y el encargo de la dictadura a Bolívar. El período colombiano de Guayaquil lo resuelve Hoyos con insistir en que en Guayaquil se mantenían los “principios autonómicos” aún “a pesar de que en [Guayaquil] habían importantes ciudadanos que deseaban pertenecer a Colombia bajo la dictadura de Bolívar, como Juan Illingworth, Vicente Ramón Roca, los Garaycoa, Manuel Antonio de Luzarraga y José de Villamil” (5), sin hacer mención alguna de los partidos “militar” y “federalista”, ni del pronunciamiento por el “Código Boliviano”, ni del acta que se adoptó en la sesión municipal del 28 de agosto de 1926, tan explícita en sus deseos de una dictadura de Simón Bolívar para el gobierno de Guayaquil.

Hoyos no menciona ninguno de estos hechos no porque no conozca la obra del argentino Mariano Fazio Fernández, en la que este autor los refiere con el detalle propio de un historiador (pues Hoyos cita la obra de Fazio ‘El Guayaquil colombiano’ a página siguiente) sino porque no conviene a los propósitos de propaganda de este funcionario municipal, torpe hacedor de fantasías.

(1) Fazio Fernández, Mariano, ‘El Guayaquil colombiano 1822-1830’, Banco Central del Ecuador, Guayaquil, 1988 [Colección Monográfica, publicación No. 18], p. 93.
(2) Ibíd., p. 94. (El resaltado no es del original).
(3) Ibíd. (El resaltado no es del original). La “tradición suareciana” se refiere a la filosofía sobre la soberanía del jurista español Francisco Suárez (1548-1617); el “Código Boliviano” se refiere a la constitución vitalicia que Bolívar diseñó para el gobierno de la naciente Bolivia.
(4) Ibíd., pp. 94-95.  
(5) Hoyos, Melvin & Efrén Avilés, ‘El libro de Guayaquil. Tomo II. Independencia - República’, s/e, s/f, p. 80. Nótese que los nombres y el orden en que se los presenta son los mismos en la obra de Hoyos que en la obra de Fazio Fernández, con exclusión de los extranjeros (el colombiano Tomás Cipriano de Mosquera y el venezolano Juan Paz del Castillo, autoridades del Guayaquil colombiano). Hoyos conoció la obra de Fazio Fernández, pues la cita en la página 81 y en la bibliografía del capítulo (p. 89), a pesar de lo cual, según Hoyos, “Bolívar trató de imponer en toda Colombia la Constitución Boliviana” (p. 80) cuando es evidente que en Guayaquil sucedió lo opuesto, puesto que fue el cabildo de la ciudad el que se pronunció “por el Código Boliviano” para el gobierno de la ciudad, con Bolívar como dictador a la cabeza.