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Escena en matrimonio

22 de diciembre de 2008

Nos atizamos unas botellas de vino con JC, ese fenómeno de tía abuela que es Macuchín y las estelares participaciones de Isabel y Gabi, el sábado en casa de mi abuela, en el centro de esta urbe tropical. En plan random terminamos por aterrizar (todos, menos Macuchín que se quedó happy at home) en el matrimonio de un compañero de colegio de JC que se realizó en un “salón de eventos” (o sea, un "espacio físico de lo improbable”) en la ciudadela LG (“La Garzota”) vecindad con la porteña L.A. (“La Alborada”).

Para no hacerle swicht a mis sesos no crucé calle rumbo al Viejo Parr sino que me entregué a los champucitos, copa tras copa. En un momento de la noche, estaba yo en la barra para pedirme uno más y hete aquí que se me acercan dos mujeres y un sujeto portador de un antifaz morado, seguro remanente de la hora loca de hace una hora atrás. Las mujeres estaban bien, sin aspavientos. Una de ellas me preguntó mi nombre. Se lo di. Aseguró que me conocía de alguna parte. Me excusé: yo no la registraba de ninguna. Me habló de un conocido en común, le respondí que no lo conocía. Sostuvimos un intercambio de corteses trivialidades, que mi memoria no conserva y que merecieron los matices simples de sonrisas compartidas. Las mujeres se despidieron sin énfasis y se alejaron rumbo al otro extremo del salón. Me quedé con el tipo del antifaz morado, frente a frente.

¿Cuál te gustó? Sorbí mi champú. Ninguna. Me sonrió. No, no. De las dos, ¿cuál te gusto más? Las miré alejarse, caderas bamboleantes. La de negro le dije, para cortar rollo. Ok. Déjalo por mi cuenta. Se lo agradecí, en plan meramente cortés. No me lo agradezcas, me atajó, para apostillar de inmediato: Esto es un negocio. El tipo del antifaz empezó a caminar tras ellas y yo no tenía certeza de si lo habían extraído de la radionovela de Kaliman o de alguna comedia tropical. Todavía no alcanzo a configurar si me encontré con un extraño cafishio o con un llano sujeto banana falto de afecto que pretendía hacerle creer a su prójimo algo que evidentemente no era. Su antifaz, valga decirlo, no aportaba demasiado para la primera hipótesis.

La noche siguió, champú tras champú y rica música tropical mediante. El tipo del antifaz seguía allí, con las mujeres de simpatía sin aspavientos alrededor. Nunca más me se acercó. Salimos del matrimonio y nos fuimos a un bar, donde se suponía que miraríamos el partido del Manchester United vs. Liga de Queto. No lo hicimos. El amanecer nos pilló en otro borde.

En la tarde, cuando desperté, averigüé de inmediato y experimenté la satisfacción de saber que habían perdido. Lo único que lamenté es que no haya sido por paliza.