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El otro lado del portón

28 de enero de 2016

En la inauguración de una exposición (‘Quito: Jardín de Quindes’) en marzo de 2012, el alcalde Jaime Nebot recordó lo siguiente: 
 
“ese cerro Santa Ana que era un basurero, que era una ruina, que era un local abandonado, peligroso, fue convertido por [la Alcaldía de Guayaquil]. Y voy a pedir que me disculpen, yo soy un hombre sencillo, pero no peco de ser de aquellos que practican la falsa modestia: el faro lo hice yo, la capilla la hice yo, la regeneración la hice yo, el rescate de la Numa Pompilio Llona la hice yo, el rescate de la Plaza Colón la hice yo, la restauración del templo la hice yo, y la Plaza […] León Febres-Cordero también la hice yo…” (1). 
Las cosas que dice él que hizo solito, esas son precisamente el problema (además de tener el alcalde más ego que Charly García).

*

La escritora argentina Leila Guerriero recorrió Guayaquil, entrevistó a su alcalde y publicó el resultado de su investigación en el diario La Nación. Su artículo sirve para ilustrar en tres actos la mentira del desarrollo en una Guayaquil fragmentada (2).

En un primer acto, Leila Guerriero visitó las escalinatas del cerro Santa Ana. Allí conversó con algunos de sus habitantes y sostuvo el siguiente diálogo con un guardia de seguridad:
 
“- No pasen que los van a robar –dice la mujer.

La mujer se llama Elizabeth, y su casa está a metros de un portón de rejas. El portón está abierto, pero queda claro que divide alguna cosa, porque ahí, del otro lado, las casas no son color pastel, y por las calles corren líquidos viscosos y los cielos están raídos por jirones de alambre y ropa tendida. De esta lado del portón, en cambio –del lado regenerado de las cosas-, la gente no puede tender ropa, ni dejar mascotas sueltas, ni salir con el torso desnudo. […]

Hay otros portones por el cerro. Esos sí: cerrados con cadena y candado y a los que, se supone, nadie debería –ni tiene por qué- acercarse.

La voz del guardia llega despacio, por detrás.

- Qué está buscando.

- ¿Esto lo cierran todo el día?

- No. A las tres de la mañana se cierra, y se abre a las seis. Pero siempre hay un guardia por si alguien tiene que salir. […]

- ¿Pero el candado…?

- Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada.

El guardia se llama Leonardo, tiene modos suaves y se ve convenido de ser una fuerza del bien”. 
En el segundo acto de su obra Guerriero entrevista al alcalde Nebot. Le pregunta sobre el cerro Santa Ana y lo pilla en una mentira (que es evidente para todo lector en capacidad de asociar una idea con otra) sobre esa regeneración de la que tanto se enorgullece.
 
“- ¿Por qué tienen puertas con rejas y candados en el cerro Santa Ana?

- Si las vamos ampliando cada vez más. Pero las puertas son transitables. Para todo el mundo.

- ¿Para qué las pusieron?

- Para demarcar. Le dimos una forma estética a demarcar. Nunca están cerradas. El turista puede ir al callejón y ver que termina allí, pero no es que el que está al otro lado no puede pasar.

- No las cierran con candados…

- Con nada.
El tercer acto de su obra es la imagen de El Gato (3). Esa imagen condensa lo que de engaño y de fragmentación tiene el ‘modelo de desarrollo’ socialcristiano (del que el regenerado cerro Santa Ana es un síntoma).
 
“Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria [pero podría ser también el cerro Santa Ana, N. del A.]. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar sus intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”.
El modelo socialcristianismo, a pesar del engañoso oropel atrapa-bobos, es lo que hay del otro lado de esa plaza enrejada, del otro lado de ese portón que “demarca” (el término es del alcalde) la mentira que vende la Alcaldía y que la prensa privada distribuye, cómplice y eficazmente.

(1) 'Nebot: "Aquí no hay otro pirata cultural que no sea el director de Patrimonio Cultural en esta ciudad"', Blog oficial de la Muy Ilustre Municipalidad de Guayaquil, 30 de marzo de 2012.
(2) Leila Guerriero, 'Guayaquil: la regenerada', Diario La Nación (Argentina), 2 de diciembre de 2007.
(3) 'El Gato', Xavier Flores Aguirre, 11 de enero de 2009.

El cuadro más homosocial de la historia política del país

2 de julio de 2009

En tiempos de conmemoración del orgullo gay, vale la pena reflexionar sobre lo que X. Andrade llama "la infatuación mutua entre Febres-Cordero y Nebot atrapados en el cuadro más homosocial de la historia política del país":


Cuando le preguntaron a Nebot por el cuadro homosocial, éste respondió: "Ah. Sí. Ese fresco. Me lo regalaron". O sea, Nebot ofreció una respuesta similar al "meh, yo qué sé" que podría ofrecer el tercer Jonas Brother (sin Miley Cirus, por supuesto) sobre su look. Salvo que la entrevista en la que el Alcalde Nebot ofrece esa respuesta y el artículo donde se la incluye, que la periodista Leila Guerriero publicó en el diario argentino La Nación en diciembre de 2007 tienen mucha más sustancia que la opinión de un Jonas Brother, no tanto por lo que dice Nebot, sino por lo que puede interpretarse a partir de lo que él dice (o sea, a su pesar) y por el contenido de la investigación que LG realizó. De nuevo, acá.

El Gato

11 de enero de 2009

“Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar las intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”. Así concluye el reportaje “Guayaquil: La Regenerada” que sobre esta urbe tropical publicó Leila Guerriero en el diario La Nación de Argentina el domingo 2 de diciembre de 2007.

El reportaje de Guerriero es excelente (puede consultárselo, aquí): contiene una precisa descripción del llamado “proceso de regeneración urbana”, una entrevista al Alcalde Nebot y unas referencias a algunos de los críticos del llamado “proceso de regeneración urbana” (Xavier Andrade, Ramón Sonnenholzner, Tina Zerega). Entre los críticos, Xavier Andrade señala que “el simulacro es la clave de la regeneración urbana” y que “no se construye ciudadanía. Se construyen visitantes”; Ramón Sonnenholzner acentúa “que se ha sobredimensionado el logro estético y se ha olvidado el desarrollo humano, sanitario”. Tina Zerega, por su parte, sintoniza con esas críticas: “Los ciudadanos hemos convertido la ciudad en una vitrina a la que hay que observar, pero de la que no podemos apropiarnos”. La entrevista al Alcalde Nebot tampoco tiene pérdida: su énfasis en la pocilga anterior, el acento en el turismo actual (que incluye, por supuesto, a quienes habitamos en esta ciudad) y el que Guerriero lo haya pillado en una mentira porque Nebot afirma que las puertas que dividen la parte regenerada de Las Peñas de aquella que no lo está “nunca están cerradas” cuando en el curso del reportaje Guerriero comprueba, vía la explicación de un guardia privado, que las puertas sí se cierran durante un lapso de la noche. La razón que ofrece el guardia para mantenerlas cerradas es tan simple como elocuente: “Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada”.

Pero la parte de este reportaje que no deja de impresionarme por su capacidad para sintetizar el significado del llamado “proceso de regeneración urbana” es la viñeta de El Gato. Que la plaza Victoria (ícono de la ciudad) ganó una reja, que el cemento y las palmeras, que el parque está desolado: ése es el espacio público (o lo que queda del mismo). Que El Gato vende un servicio, que oculta su oficio cuando la policía se le acerca, que este hecho lo convierte en “un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”: esa es la exclusión social. Que a pocos le interesa escucharla, que mejor brillan los oropeles: esa es la triste realidad.

P.S.- Dos fragmentos de la Sixtina Guayaca, de la que se habla en el reportaje de Guerriero ("me lo regalaron"). Arriba, el Alcalde Nebot le entrega un papiro que reza Más Ciudad a un efebo semidesnudo y una mozuela en pelota ostenta sus tetas. Abajo, Febres (no lo culpo) observa con sospecha esta escena de corte homoerótico y sensual.