“ese cerro Santa Ana que era un basurero, que era una ruina, que era un local abandonado, peligroso, fue convertido por [la Alcaldía de Guayaquil]. Y voy a pedir que me disculpen, yo soy un hombre sencillo, pero no peco de ser de aquellos que practican la falsa modestia: el faro lo hice yo, la capilla la hice yo, la regeneración la hice yo, el rescate de la Numa Pompilio Llona la hice yo, el rescate de la Plaza Colón la hice yo, la restauración del templo la hice yo, y la Plaza […] León Febres-Cordero también la hice yo…” (1).
La escritora argentina Leila Guerriero recorrió Guayaquil, entrevistó a su alcalde y publicó el resultado de su investigación en el diario La Nación. Su artículo sirve para ilustrar en tres actos la mentira del desarrollo en una Guayaquil fragmentada (2).
“- No pasen que los van a robar –dice la mujer.La mujer se llama Elizabeth, y su casa está a metros de un portón de rejas. El portón está abierto, pero queda claro que divide alguna cosa, porque ahí, del otro lado, las casas no son color pastel, y por las calles corren líquidos viscosos y los cielos están raídos por jirones de alambre y ropa tendida. De esta lado del portón, en cambio –del lado regenerado de las cosas-, la gente no puede tender ropa, ni dejar mascotas sueltas, ni salir con el torso desnudo. […]Hay otros portones por el cerro. Esos sí: cerrados con cadena y candado y a los que, se supone, nadie debería –ni tiene por qué- acercarse.La voz del guardia llega despacio, por detrás.- Qué está buscando.- ¿Esto lo cierran todo el día?- No. A las tres de la mañana se cierra, y se abre a las seis. Pero siempre hay un guardia por si alguien tiene que salir. […]- ¿Pero el candado…?- Bueno, es para separar. Porque ésa es zona no regenerada.El guardia se llama Leonardo, tiene modos suaves y se ve convenido de ser una fuerza del bien”.
“- ¿Por qué tienen puertas con rejas y candados en el cerro Santa Ana?- Si las vamos ampliando cada vez más. Pero las puertas son transitables. Para todo el mundo.- ¿Para qué las pusieron?- Para demarcar. Le dimos una forma estética a demarcar. Nunca están cerradas. El turista puede ir al callejón y ver que termina allí, pero no es que el que está al otro lado no puede pasar.- No las cierran con candados…- Con nada”.
“Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria [pero podría ser también el cerro Santa Ana, N. del A.]. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar sus intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada”.