Virreinatos despedazados

17 de julio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 17 de julio de 2026.

En la medalla que en 1825 entregó el Congreso de Colombia a Bolívar se puede leer la siguiente inscripción: “A Simón Bolívar, Libertador de Colombia y del Perú”. Estos son los dos grandes territorios de su gesta libertaria: los dos virreinatos españoles (Nueva Granada y el Perú) en el Sur de América, que él hubiera querido reunir en una federación con la capital en Guayaquil o Quito, según confesó en carta a Antonio José de Sucre, del 12 de mayo de 1826. 

Pero como el propio Simón Bolívar lo advirtió en otra carta, escrita al final de sus días (el 9 de noviembre de 1830) y dirigida a Juan José Flores, en tanto gobernante del Ecuador: “la América es ingobernable para nosotros” (para “nosotros” los criollos burgueses, quiso decir el Libertador). Y, por ser ingobernable, profetizaba Bolívar, América iba a quedar en manos de “tiranuelos de todos los colores y razas”. Como una consecuencia de esta ingobernabilidad, no se tardó en trizar el sueño bolivariano de reunir a los dos virreinatos en una sola masa republicana, en seis países independientes: Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

En rigor, Bolívar detuvo un proceso que estaba ocurriendo desde 1803 en el territorio americano de España, por una orden real: el desprendimiento del Sur del Virreinato de la Nueva Granada para convertirse en el Norte del Virreinato del Perú. En las elecciones de 1809 para integrar la Junta Suprema Central, se votó en circunscripciones distintas: Quito vinculada a Santafé y Guayaquil, a Lima. Por esos días, la designación de las autoridades para Guayaquil y Cuenca (no así para Quito) empezó a decidirse en Lima.

Pero la independencia revirtió este proceso de agregación al Perú. De las tres capitales de provincia, Guayaquil se independizó por su propia cuenta el 9 de octubre de 1820, pero no fue así con Cuenca y Quito, que fueron ganadas por la fuerza para la causa republicana en 1822. Ellas se agregaron sin chistar a la causa de Colombia, porque le debían su independencia de los españoles. Pero a la provincia de Guayaquil, que quiso decidir su propio destino en un Colegio Electoral pues ella misma se había libertado sin deber nada a Colombia o Perú, el llamado El Libertador (o, para esta ocasión: El Opresor) lo impidió, ocupando la ciudad acompañado de 1.300 soldados y cesando en sus funciones a una Junta Superior de Gobierno elegida por los representantes de 27 pueblos de la provincia para asumir, en su reemplazo, el gobierno unipersonal y anexar por decreto la provincia de Guayaquil a su proyecto colombiano. 

Por la fuerza, Bolívar integró a todo lo que él comprendía que era el Virreinato de la Nueva Granada en su República de Colombia, a partir de 1822. Su integración de territorios se rompió de forma definitiva menos de ocho años después, en 1830, cuando de su gigante República de Colombia sólo quedó el Distrito del Centro. Demostrando la ingobernabilidad del territorio, los otros dos distritos se separaron para conformar, el Distrito del Norte, Venezuela, y el Distrito del Sur, el Ecuador. Con una mayor pena que gloria. En el caso ecuatoriano al menos, muchísima pena.

El sueño de Bolívar fue unir Virreinatos. La realidad se los terminó despedazando.  

Casal y el año 1534

10 de julio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 10 de julio de 2026.

El año 1895, Manuel Alfredo Casal publicó en Santiago de Guayaquil un libro que contenía unas refutaciones a ciertos dichos de la ‘Gran Guía Estadística Sud-Americana’ acerca de la República del Ecuador. Este libro se había publicado en Génova en 1892 y entre sus tantas refutaciones, Casal explicó que Guayaquil se debió haber fundado el año 1534, no el año 1535 como se sostenía en el libro. 

Esta refutación hecha por Manuel Alfredo Casal no se la basó en la continuidad que existe entre la ciudad de Santiago de Quito fundada en 1534 en las cercanías de la laguna de Colta y la ciudad de Santiago de Guayaquil donde Casal publicó su libro en 1895. La continuidad entre estas dos ciudades (una serrana y otra costeña) es la base del argumento que avanzó por primera vez Miguel Aspiazu Carbo en un libro publicado sesenta años después, en 1955. 

Es importante destacar que este argumento de Aspiazu no lo podía Casal desarrollar en 1895 porque el argumento de Aspiazu surge a raíz de la atenta y razonada lectura de un documento (el acta de fundación de la ciudad de Santiago de Quito, hecha el 15 de agosto de 1534 por Diego de Almagro) que se publicó recién en 1934, con ocasión de los 400 años de fundación de San Francisco de Quito, hecha el 28 de agosto de 1534 (y fundada, justamente, en la ciudad de Santiago).

El argumento de Manuel Alfredo Casal para concluir que Guayaquil se fundó el año 1534 implicó la referencia a un documento no tan conocido y un ejercicio de pura lógica. Por su lectura del libro de Francisco Campos, ‘Compendio histórico de Guayaquil desde su fundación hasta el año de 1820’, él conoció de la existencia de una Cédula Real de Carlos I de España, emitida el 6 de octubre de 1535, en la cual se consideraba a Guayaquil como “la segunda ciudad fundada en los dominios del Reino de Quito”. 

Entonces, dedujo Casal, “acordes en que la ciudad de Lima fué fundada por Pizarro en enero de 1535, mal puede admitirse que Guayaquil fuese la segunda fundación de los españoles, si ella hubiese tenido lugar el 25 de julio de 1535, en cuyo caso hubiese sido la tercera, tomando por base sólo las fundaciones de San Miguel, hoy Piura, fundada en 1532, y de Lima, en enero de 1535”. Finalmente, Casal concluyó: “la fundación de Guayaquil tuvo lugar en 1534.”

Aquel año 1534, justamente, es el que consta en el acta de fundación de la ciudad. Miguel Aspiazu, los esposos Ádam Szászdi y Dora León, Julio Estrada, son historiadores que han demostrado que existe una continuidad entre la ciudad de Santiago de 1534 (fundada en la provincia de Quito) y la ciudad de Santiago de 1547 (que se asentó en el cerro Lominchao -hoy, Santa Ana-, en un área vinculada al cacique Guayaquile). El tránsito de esta ciudad española de la Sierra a la Costa para servir mejor a los propósitos de la conquista y sus varios traslados en la Costa hasta encontrar su lugar definitivo en el cerro Lominchao, son materia de minuciosos estudios por Ádam Szászdi y Dora León.

A los nombres de estos historiadores ilustres para dilucidar la fundación de una ciudad y su tránsito hasta un asentamiento definitivo, en cuanto al año de su fundación, se debe agregar a un precursor del siglo XIX: Manuel Alfredo Casal.

Del poema a la Constitución

3 de julio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 3 de julio de 2025.

En 1825, el guayaquileño José Joaquín Olmedo escribió un poema que exaltaba como héroe a un Simón Bolívar guerrero, con recomendaciones para el Simón Bolívar político. Tras el triunfo en Ayacucho (diciembre de 1824) menguó el Bolívar de la guerra y emergió el grave momento de administrar el fruto de sus tantos años de lucha por separar a los españoles del gobierno del Sur de América. 

El poema de Olmedo se llamó “La victoria de Junín. Canto a Bolívar” y se escribió en diálogo con su héroe. Olmedo le hizo saber a su héroe que los dominios de la poesía le eran ajenos: “¿Qué, le ha parecido a usted que, porque ha sido dictador dos o tres veces de los pueblos, puede igualmente dictar leyes a las Musas? No, señor.”

La principal crítica de Bolívar al poema de Olmedo fue su uso del inca Huayna-Cápac; según él, un inca, “a la verdad, no sabría cantar más que yaravís”. Para Olmedo, en cambio, la aparición en el cielo de un inca que habita en el empíreo (en “las regiones de luz y verdad”) era un recurso útil para hacer un juicio profundo y de largo alcance, que engloba el pasado de la conquista y que se proyecta a un futuro sin los vencidos.  

Al inca Huayna-Cápac, Simón Bolívar lo criticó por considerarlo “un poco hablador y embrollón” y porque parecería que él “es el asunto del poema: él es el genio, él la sabiduría, él es el héroe en fin”. También le debe haber incomodado algunas recomendaciones del inca para el gobierno de los nuevos países, en especial, las que contrariaban su ideal centralista: “Será perpetua, ¡oh pueblos! esta gloria / y vuestra libertad incontrastable / contra el poder y liga detestable / de todos los tiranos conjurados / si en lazo federal, de polo a polo / en la guerra y la paz vivís unidos; / vuestra fuerza es la unión. Unión, ¡oh pueblos! / para ser libres y jamás vencidos.” (vv. 707-714)

Esta idea de un “lazo federal” inscrita en el poema la pudo convertir Olmedo en propuesta constitucional. Cinco años después, en 1830, Olmedo integró el Congreso Constituyente de Riobamba, fue parte de su Comisión de Redacción y escribió de su puño y letra el texto de la Constitución, que fue aprobado el 11 de septiembre. En sus artículos iniciales, la primera Constitución ecuatoriana le proponía a otros Estados sudamericanos que se acuerde la unión de una confederación que lleve por nombre República de Colombia: la concreción del “lazo federal” de unión “para vivir libres y jamás vencidos”.  

Los primeros artículos de la Constitución ecuatoriana de 1830 proponían una reunión “con igual representación” de un Colegio de Plenipotenciarios de todos los Estados, “cuyo objeto sea establecer el Gobierno general de la Nación y sus atribuciones, y fijar por una ley fundamental los límites, mutuas obligaciones, derechos y relaciones nacionales de todos los Estados de la unión” (Art. 3). 

Ninguno de los Estados a los que el Ecuador dirigió su propuesta (Colombia y Venezuela) hizo caso a esta idea de unión y confederación. La siguiente Constitución ecuatoriana, aprobada en Ambato el 13 de agosto de 1835, se olvidó del tema y nunca se ha vuelto a ensayar. Quedó como una rareza: la inspiración de un poeta convertida en prosa constitucional, que no funcionó.