Quito, la Nueva Granada y el invariable fracaso

22 de septiembre de 2020


Paradoja quiteña era que el triunfo de su propuesta del año 1835 significaba la derrota de sus ideales del año 1809 (porque en 1809 ellos no fueron unos taimados, como sugiere la historia oficial, v. ‘El 10 de agosto no fue obra de canallas’). El 19 de enero de 1835, la derrota en la batalla de Miñarica que puso fin a la primera guerra civil ecuatoriana del siglo XIX orilló al bando que asentaba sus reales en la capital a tomar una decisión extrema. Según lo cuenta el historiador quiteño Jorge Salvador Lara, ‘cayeron en el absurdo de proclamar la muerte del estado ecuatoriano [] En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito. Don Roberto Ascázubi, comisionado para ello, pasó por la vergüenza de que el gobierno de Bogotá rechazase tal acta’ (‘Los comienzos de la República (1830-1845)’, en: ‘Historia del Ecuador’, Vol. 6, Salvat, Barcelona, 1980, p. 26).

 

Así, en 1809, ocurrió que los quiteños buscaron independizarse de la administración del Virreinato de la Nueva Granada pero que, en 1835, contradictoriamente, buscaron agregarse a la República de la Nueva Granada. En ambos casos, la empresa quiteña culminó en fracaso: en 1809 no la dejaron a Quito que se independice de la Nueva Granada y la sometieron de una manera brutal, mientras que en 1835 no le admitieron que se integre a la Nueva Granada, lo que en la correspondencia diplomática entre los Estados del Ecuador y la Nueva Granada se conoció como ‘el estraordinario incidente’ (v. ‘Nueva Granada y Ecuador. Comunicación del 18 de febrero de 1835’, firmada por Lino de Pombo, en ‘Relaciones diplomáticas de Colombia y la Nueva Granada: Tratados y Convenios 1811-1856’)

 

En resumen, entre 1809 y 1835 la actitud de Quito fue contradictoria, pero su resultado fue invariable: siempre el fracaso.

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