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Guerra civil

23 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 23 de enero de 2026.

Este tópico bobalicón de la República del Ecuador como “isla de paz” contradice a la realidad desde su mismo origen. Esto, porque la República del Ecuador se creó tras una guerra civil entre los ejércitos de la Costa y de la Sierra. 

En enero de 1835, hace 191 años, se enfrentaron en los arenales de Miñarica, cerca de Ambato, estos dos ejércitos. El ejército de la Costa (menos Esmeraldas), comandado por el venezolano Juan José Flores, cuyo Jefe Supremo era el terrateniente guayaquileño Vicente Rocafuerte; el ejército de la Sierra, comandado por el novogranadino Isidoro Barriga, cuyo Jefe Supremo era el terrateniente lojano José Félix Valdivieso. Rocafuerte era un ilustrado liberal; Valdivieso, un redomado conservador.

Venció el ejército de la Costa en Miñarica. (El poeta José Joaquín Olmedo cantó este triunfo militar en su “Oda al general Flores, vencedor en Miñarica” -obra que Marcelino Menéndez Pelayo considera en varios aspectos superior a su “Canto a Bolívar”). El bando perdedor (unas 800 personas) huyó al norte. Y fueron dos los efectos de su derrota: proclamar la muerte del Estado del Ecuador y pretender la agregación de la provincia de Quito (de la Sierra Centro-Norte) a la Nueva Granada (que era el nombre de Colombia por aquellos años).  

Que cuente este descalabro el historiador quiteño Jorge Salvador Lara: “En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito. Don Roberto Ascázubi, comisionado para ello, pasó por la vergüenza de que el gobierno de Bogotá rechazase tal acta”. Lo que se dice: un papelón.

Por esta derrota del ejército de la Sierra en Miñarica, recuerda Salvador Lara: “La Sierra debió pagar 100.000 pesos como contribución de guerra”. Una vez concluido el papelón de su fallida agregación a Colombia y pagada la contribución de guerra, los serranos se volvieron a integrar a la vida política del Ecuador.

Por su parte, el bando triunfador en la guerra civil, por intermedio del Jefe Supremo Rocafuerte, convocó a una convención nacional a realizarse en junio de 1835. La convención se instaló en Ambato y empezó sus sesiones el 22 de junio. Su Presidente fue el abogado José Joaquín Olmedo. (Después de cantar Miñarica, Olmedo se propuso darle forma jurídica a la victoria.)

En esta Convención de Ambato participaron los representantes de los tres departamentos (las antiguas provincias españolas de Guayaquil, Cuenca y Quito) que se habían reunido en el Congreso Constituyente de Riobamba para fundar el Estado del Ecuador en 1830, cuando aquel Ecuador pretendió ser una parte “confederada” a la República de Colombia. 

Esta vez fue distinto: los representantes aprobaron en la Constitución la existencia de un Estado independiente, sin confederación de ningún tipo, de nombre “República del Ecuador”. Y designaron el 8 de agosto al primer “Presidente de la República del Ecuador” en la persona del Jefe Supremo vencedor en la guerra civil, Vicente Rocafuerte. Cinco días después, el 13 de agosto de 1835, Rocafuerte puso el Ejecútese a la Constitución. Desde ese día, somos la “República del Ecuador”.  

Y lo fuimos, por una guerra civil.

La dominación extranjera

12 de julio de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 12 de julio de 2024.

La Constitución de Cúcuta de 1821 reconocía como colombianos a los hombres nacidos en Colombia y sus hijos, a los radicados en el territorio al tiempo de su transformación política siempre que hayan permanecido “fieles a la causa de la independencia” y a los que hayan obtenido carta de naturaleza (Art. 4). Sin embargo, ella establecía que únicamente podía ser Presidente de la República de Colombia un colombiano “por nacimiento” (Art. 106). 

Cuando se fundó el Estado del Ecuador en 1830, su Constitución se apartó de esta provisión de su antecesora y estableció una clara excepción. El historiador quiteño Jorge Salvador Lara describió con precisión el artículo 33 de aquella Constitución, en el que se establecieron los requisitos para ser Presidente del Estado del Ecuador, “redactados de tal manera que a las claras se veía la dedicatoria: tener treinta años de edad (era ésa la edad de Flores) y ser ecuatoriano de nacimiento, a menos de ser colombiano al servicio del Ecuador al tiempo de declararse en estado independiente (tal era el caso de don Juan José), que hubiera prestado al país servicios eminentes (Flores, en Pasto y Tarqui), que estuviera casado con ecuatoriana (lo era doña Mercedes Jijón, la mujer de Flores) y que tuviera una propiedad raíz de 30.000 pesos (Flores y su cónyuge tenían bienes aún más cuantiosos)”. 

Era una Constitución diseñada para que el “Presidente del Estado del Ecuador” (tal era el título según su artículo 32) sea el general venezolano Juan José Flores. La razón para favorecer a un extranjero era realmente el síntoma de un Estado que, desde su nacimiento y por sus primeros quince años, estuvo gobernado principalmente por no ecuatorianos tanto en el ámbito civil (Presidencia, Ministerios, cargos de alta administración) como en lo militar. 

Simón Bolívar lo destacó en su carta a Juan José Flores, fechada el 9 de noviembre de 1830, dada en respuesta a la carta de Flores que le comunicó que el Distrito del Sur de su deseada Colombia también se decantaba por la autonomía de su gobierno. 

Allí el Libertador Bolívar se expresó claramente sobre los nacientes ciudadanos ecuatorianos: “esos ciudadanos que todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también”. Y los caracterizó a estos ciudadanos de forma nefasta: “unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón; todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar”. Esa gente no se había ganado el afecto del Libertador.

También le advirtió Bolívar a Flores en esa carta que el dominio de los extranjeros en el Ecuador iba a ser temporal: “Esté Ud. cierto, mi querido General, que V. y esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país”. Casi quince años después, este vaticinio de Bolívar se cumplió y la revolución marcista, originada en Guayaquil el 6 de marzo de 1845, lo obligó al general Flores a abandonar el Ecuador, hecho que se verificó el 24 de junio de 1845.

Se puede decir que en 1845 concluyó la dominación extranjera del Ecuador, empezada en su fundación como Estado en 1830 y sostenida casi quince años por los empeños del general Flores. 

De la insurgencia a la república

24 de noviembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 24 de noviembre de 2023.

Para Quito, el tránsito de ser un territorio insurgente en 1809 para derivar a la integración a una república en 1835, fue muy accidentado. Empezó con una lucha por su autonomía en agosto de 1809. 

La revolución del 10 de agosto de 1809 en Quito se debe entender como una expresión del movimiento juntero iniciado en la Península en 1808 (Junta de Asturias, 25 de mayo) y como una reacción a las pérdidas de jurisdicción que había sufrido en años recientes el territorio del que Quito era capital. Es decir, agosto de 1809 fue la oportunidad de los quiteños para ganar autonomía y recuperar su autoridad. 

La revolución de Quito salió mal, porque tanto las provincias vecinas de Popayán, Cuenca y Guayaquil como el gobierno español la guerrearon. En 1810 ocurrió la matanza del 2 de agosto, en 1812 fusilaron a los últimos patriotas quiteños en Yahuarcocha. Y después de muertos, como lo reconoció un cronista de Quito, Luciano Andrade Marín, los quiteños “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara.”

Ese rescate ocurrió en 1822 pero fue sacarla a Quito de un yugo monárquico y europeo para someterla a un yugo republicano y sudamericano. Ella entonces pasó a llamarse “Departamento del Ecuador” y en conjunto con las provincias de Cuenca (Departamento del Azuay) y Guayaquil (Departamento que conservó su nombre) conformaron el Distrito del Sur de la República de Colombia entre 1822 y 1830. Ese Distrito fue gobernado como una tierra de ocupación, por militares y bajo estado de excepción.

De la secesión de este Distrito del Sur en 1830 surge el Estado del Ecuador. La secesión fue un trámite administrativo que derivó en la convocatoria a una Asamblea Constituyente que eligió a un venezolano como el primer presidente del Estado y dictó una Constitución que consideraba que el Ecuador era un Estado que se “une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre República de Colombia”. Esta propuesta de confederación fracasó, porque ninguno de los otros Estados le hizo caso al Ecuador. 

El gobierno del presidente venezolano derivó en 1834 a una guerra entre la Costa y la Sierra. La Costa (capital Guayaquil) tenía como su Jefe Supremo a Vicente Rocafuerte, mientras que la Sierra (capital Quito) lo tenía como su Jefe Supremo a José Félix Valdivieso. La batalla de Miñarica dirimió la guerra en enero de 1835. Triunfó la Costa y eso condujo a que Quito, como destaca el historiador quiteño Jorge Salvador Lara, cayera “en el absurdo de proclamar la muerte del estado ecuatoriano […]. En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito”. Mandaron un delegado a Bogotá, pero pasó la vergüenza de ser rechazado. 

Tras este devaneo, Quito fue aceptada de vuelta a la unión por las otras dos provincias. Vicente Rocafuerte convocó a una Asamblea Constitucional que dictó una Constitución que declaró por vez primera que el territorio del Ecuador era una república y eligió a Rocafuerte como su primer presidente.

Quito, la Nueva Granada y el invariable fracaso

22 de septiembre de 2020


Paradoja quiteña era que el triunfo de su propuesta del año 1835 significaba la derrota de sus ideales del año 1809 (porque en 1809 ellos no fueron unos taimados, como sugiere la historia oficial, v. ‘El 10 de agosto no fue obra de canallas’). El 19 de enero de 1835, la derrota en la batalla de Miñarica que puso fin a la primera guerra civil ecuatoriana del siglo XIX orilló al bando que asentaba sus reales en la capital a tomar una decisión extrema. Según lo cuenta el historiador quiteño Jorge Salvador Lara, ‘cayeron en el absurdo de proclamar la muerte del estado ecuatoriano [] En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito. Don Roberto Ascázubi, comisionado para ello, pasó por la vergüenza de que el gobierno de Bogotá rechazase tal acta’ (‘Los comienzos de la República (1830-1845)’, en: ‘Historia del Ecuador’, Vol. 6, Salvat, Barcelona, 1980, p. 26).

 

Así, en 1809, ocurrió que los quiteños buscaron independizarse de la administración del Virreinato de la Nueva Granada pero que, en 1835, contradictoriamente, buscaron agregarse a la República de la Nueva Granada. En ambos casos, la empresa quiteña culminó en fracaso: en 1809 no la dejaron a Quito que se independice de la Nueva Granada y la sometieron de una manera brutal, mientras que en 1835 no le admitieron que se integre a la Nueva Granada, lo que en la correspondencia diplomática entre los Estados del Ecuador y la Nueva Granada se conoció como ‘el estraordinario incidente’ (v. ‘Nueva Granada y Ecuador. Comunicación del 18 de febrero de 1835’, firmada por Lino de Pombo, en ‘Relaciones diplomáticas de Colombia y la Nueva Granada: Tratados y Convenios 1811-1856’)

 

En resumen, entre 1809 y 1835 la actitud de Quito fue contradictoria, pero su resultado fue invariable: siempre el fracaso.

Una Constitución con dedicatoria

5 de octubre de 2019


El Estado del Ecuador nació en una Asamblea Constituyente que se celebró en Riobamba en 1830, con unas normas talladas a la medida de su primer Presidente Constitucional, Juan José Flores, individuo natural de Puerto Cabello, en Venezuela. En la notable ‘Historia del Ecuador’ que editó Salvat el año 1982, se describió a nuestra primera Constitución como hecha a la medida de este militar avecindado en Quito:

“Más que estatuto fundacional de un estado, fue instrumento de dominación de un caudillo afortunado: en efecto, consideraba ecuatorianos no sólo a los aquí nacidos, sino también a los naturales de otros estados de Colombia avecindados en el Ecuador y a los militares que estaban a su servicio al tiempo de declararse en estado independiente. Así aseguraba Flores su ecuatorianidad y la de los militares venezolanos en que se apoyaba; luego establecía los requisitos para ser presidente de la República, redactados de tal manera que a las claras se veía la dedicatoria: tener treinta años de edad (era ésa la de Flores) y ser ecuatoriano de nacimiento, a menos de ser colombiano al servicio del Ecuador al tiempo de declararse en estado independiente (tal era el caso de don Juan José), que hubiera prestado servicios eminentes (Flores, en Pasto y Tarqui), que estuviera casado con ecuatoriana (lo era doña Mercedes Jijón, la mujer de Flores) y que tuviera una propiedad raíz de 30.000 pesos (Flores y su cónyuge tenían bienes aún más cuantiosos).”*

La siguiente Asamblea Constitucional, reunida en Ambato en 1835, optó por un expediente más sencillo: proclamó a Juan José Flores como “ecuatoriano por nacimiento”** y sanseacabó.

* Salvador Lara, Jorge, ‘Los comienzos de la República (1830-1845)’ (pp. 1-52), en: AA.VV. [Dir. Juan Salvat & Eduardo Crespo], ‘Historia del Ecuador’, Salvat Editores Ecuatoriana, Vol. 6, Barcelona, 1980, p. 8.
** Ibíd., p. 28.

El 2 de agosto de 1810

2 de agosto de 2016

En una columna que publicó en diario El comercio con ocasión del bicentenario del 2 de agosto de 1810, Jorge Salvador Lara (el historiador por excelencia de la derecha serrana conservadora) repitió la sospecha frecuente sobre la masacre que esa fecha conmemora: el que las autoridades españolas “al parecer planearon eliminarles” (1).

Esta sospecha, sin embargo, la ha rebatido un historiador informado como Aguirre Abad (1808-1882). En su ‘Bosquejo histórico de la República del Ecuador’, Aguirre subraya la injusticia de atribuirle este crimen atroz a los españoles (“No por esto debe creerse, que en las matanzas del 2 de Agosto tuvo el Gobierno directa ni indirectamente la menor parte, como lo han pretendido algunos escritores patriotas, que dominados por el espíritu de partido no siempre han sido justos con los españoles”) y señala un culpable concreto de la masacre del 2 de agosto:

“Rescatado de este modo el cuartel de los limeños, entró el oficial Galud, y el primer objeto que se le presentó a la vista fue el cadáver de su padre muerto por los patriotas en el momento en que trató de rechazarlos. Este espectáculo excitó, como era natural, en el joven Galud la indignación, a tal punto, que ciego de furia dio la orden de matar a los presos, que se ejecutó inmediatamente. Aquello fue una carnicería horrible hecha a hombres indefensos, encadenados todavía muchos de ellos” (2).

Aguirre Abad exaltó el significado de esta fecha para la historia: “Salinas, Morales, Quiroga, Arenas, el presbítero Riofrío, Dn. Juan Vinueza, Dn. Juan Larrea, Guerrero, Dn. Manuel Cajiao, Dn. Mariano Villalobos, Dn. Anastacio Olea, Dn. Vicente Melo, un tal Tobar y una esclava de Quiroga fueron las primeras víctimas que con su sangre pusieron los cimientos de la Independencia de Sur América” (3). Pero se preocupó de señalar que sus muertes no fueron un designio de las autoridades españolas que todavía dominaban esta región del extremo Occidente, sino obra de un oficial menor, ofuscado por la muerte de su padre (muerto en la refriega que intentó liberar a los presos luego masacrados), con la voz de mando suficiente para poner en marcha una reacción desproporcionada y sangrienta (4).

(1) Jorge Salvador Lara, ‘2 de agosto de 1810’, Diario El comercio, 2 de agosto de 2010. Nótese cómo los serranos, ni cuando historiadores, se salvan del leísmo. El eliminarles hace referencia al supuesto plan español de darle chicharrón a los presos políticos, los mismos que ese día se buscó (sin éxito) liberar. Sobre Salvador, v. 'Jorge Salvador Lara (Naipe Centralista)', Xavier Flores Aguirre, 24 de julio de 2016.
(2) Aguirre Abad, Francisco Xavier 1972, Bosquejo histórico de la República del Ecuador, Corporación de Estudios y Publicaciones, Guayaquil, pp. 160-163.
(3) Ibíd., p. 161.
(4) El 2 de agosto se dio una sublevación fallida para rescatar a quienes estaban presos por razones políticas de su presidio (del “cuartel de los limeños”, que estaba situado “en el antiguo edifico de los jesuitas que hacía esquina a la Plaza Mayor, y daba frente por un costado al Palacio del Presidente”) cuyo fracaso se debió “a la mala combinación de los que la prepararon, pues no se atacó el cuartel de los santafereños como se había convenido, ni los pelotones del pueblo llegaron a tiempo, como tampoco llegaron las partidas que de los campos vecinos se dirigían a la ciudad y que se retiraron cuando, supieron el mal resultado de la revolución”: Ibíd., pp. 160, 163. Una acción mal hecha, con una reacción peor.

Jorge Salvador Lara (Naipe Centralista)

24 de julio de 2016

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En su ‘Breve historia contemporánea del Ecuador’, Jorge Salvador Lara (1926-2012) menciona una supuesta repercusión mundial (¡?) de la ‘Revolución de Quito’, ese ladino juramento de fidelidad al Rey de España Fernando VII sucedido el año de 1809 (1). Esta alusión exagerada de Salvador Lara grafica muy bien las dos características que son transversales a su libro de historia: una visión serrano-céntrica y pomposa de la ecuatorianidad.

 
Otrosí: el libro de entrevistas de Pablo Cuvi a este caballero es un deleite (2).

(1) En un atlas (editado por el Ministerio de Defensa Nacional y el Instituto Geográfico Militar) aparece, en la sección 'Geografía política': “Fiesta de Independencia (de España): 10 de agosto de 1809”, en: ‘Atlas geografía esencial del Ecuador’, Instituto Geográfico Militar, Quito, 2013, p. 10 (el libro es un extracto del ‘Atlas geográfico de la República del Ecuador’, cuya segunda edición se publicó ese mismo año).
Vaya adefesio. ¿Y el 24 de mayo de 1822? ¿Es que trocearlo a Abdón Senén no sirvió de nada?
(2) Cuvi, Pablo, ‘Jorge Salvador Lara: con la fe por delante’, Noción Imprenta, Quito, 2012.