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La prensa comercial, según el Chulla Romero

28 de julio de 2016


En la novela ‘El Chulla Romero y Flores’ de Jorge Icaza (1906-1978) hay un fragmento en el que de pasada se describe cómo opera, la más de las veces, la prensa comercial. Es un diálogo entre un personaje anónimo (el que empieza el diálogo transcrito) y el personaje principal, el chullita Luis Alfonso Romero y Flores:

- “¿Rectificar? ¿Qué vale un pobre hombre de la calle, solo, jodido?
- Pero la  verdad…
- ¿Qué les importa? La única verdad que les importan es la de sus intereses.
- Usted puede –continúo el mozo dando esperanzas de otros caminos a su interlocutor.
-No hay caso. Estamos atrapados en una red invisible de codicia que se conecta en las altas esferas.
- Sin embargo…
- Atrapados. Y tenemos que aceptar lo inaceptable y atenernos a lo que nos otorguen o nos hagan.

En la época en que Icaza escribió esta novela (1958) no existía el derecho de rectificación ante los errores o abusos de la prensa (1). Esto ha cambiado: el derecho de rectificación se ha incorporado a las constituciones de manera ininterrumpida desde 1967. Lo que no ha cambiado son los silencios de la prensa, el hecho de que “la única verdad que les importa es la de sus intereses”:

Ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles, ni nunca, apareció en la prensa la pequeña verdad del mozo. Después, mucho después, supo que el silencio –celo patriótico en defensa del prestigio nacional e internacional del país- había tenido su precio. Precio que no cobró él. Precio que cobraron los intermediarios y dueños de la libertad de expresión (2).

Tras la lectura de este fragmento, viene fácil a la memoria aquel reconocimiento expreso que hizo quien fue dueño y director de diario El universo, Carlos Pérez Perasso (1935-2002) acerca del rol desempeñado por la prensa en Ecuador: “La prensa ha callado y ha sido cómplice de cosas muy graves” (3). Esta última actitud ha cambiado poco. Tengo la convicción de que en un futuro no muy lejano, cuando pase este aciago período socialcristiano de mansedumbre cívica y docilidad periodística, cuando emerja una ciudadanía responsable y crítica, en Guayaquil abundarán los testimonios sobre estos silencios y complicidades. 

(1) La primera vez que se incorporó el derecho de rectificación en la Constitución fue, de hecho, antes de la publicación de esta novela. La Constitución de 1945, en su artículo 141 numeral 10, sexto inciso, establecía: “Toda persona natural o jurídica tiene derecho, en la forma que la ley determine, a la rectificación gratuita de las aseveraciones o imputaciones falsas o calumniosas hechas por la prensa, por la radio o por cualquier otro medio de publicidad. Esta rectificación deberá hacerse en el mismo órgano en que se hicieron las imputaciones”. La Asamblea Nacional Constituyente, presidida por el liberal Francisco Arízaga Luque (1900-1964) y cuyos vicepresidentes fueron el socialista Manuel Agustín Aguirre y el conservador Manuel Elicio Flor, aprobó esta Constitución en Quito el 5 de marzo de 1945, que se publicó al día siguiente en el Registro Oficial No 228. Sin embargo, la duración de este nuevo derecho fue fugaz, puesto que esta Constitución duró apenas un año y pocos días porque fue desconocida por José María Velasco Ibarra (1893-1979) tras el golpe de Estado que dio el 30 de marzo de 1946. Una nueva Asamblea Nacional Constituyente, convocada por el dictador Velasco, reemplazó esta Constitución por otra (la décimo quinta de nuestra historia constitucional) el 31 de diciembre del año 1946. En esta nueva Constitución se eliminó el derecho de rectificación que se había establecido en la Constitución anterior. Este derecho volvió a establecerse en la Constitución siguiente, la del año 1967, cuyo artículo 28 numeral 5, inciso quinto, disponía lo siguiente: “Toda persona natural o jurídica tiene derecho, con arreglo a la ley, a la rectificación gratuita de las aseveraciones o imputaciones falsas o calumniosas hechas por los medios de comunicación colectiva”. En 1958, en todo caso, el derecho a la rectificación era inexistente.   
(2) Icaza, Jorge, ‘El Chulla Romero y Flores’, Editorial El Conejo, Quito, 1986 [Primera Edición, 1958], pp. 98-99.
(3) La prensa, según Carlos Pérez’, Xavier Flores Aguirre, 5 de marzo de 2012.

J. J. Olmedo es un moderno

19 de julio de 2016

J. J. Olmedo, desde un rincón de su olimpo, está leyendo el problema del Guayaquil actual con precisión meridiana:
 
“La fuerza moral de los gobiernos representativos está toda entera en la acción del espíritu público por la libertad de imprenta, que sólo con la felicidad pública puede inspirar un verdadero patriotismo.

La publicidad es siempre favorable a la verdad; y como la moral y la religión (y yo añadiré la política en su verdadera acepción) son la verdad por excelencia, mientras se permita más a los hombres discutir sobre sus derechos más se esclarecen y se ennoblecen. Esta doctrina liberal de la publicidad es la salvaguardia de la autoridad civil y de la libertad del pueblo; ella es opuesta a esa doctrina tenebrosa de los misterios del poder para mantener a los pueblos en la servidumbre.

La opinión pública y la libertad de imprenta son la espada flamígera del Querubín, que vela sobre el árbol de la libertad” (1). 
Como sociedad, los guayaquileños hemos resignado tantas libertades y derechos (de expresión, de reunión, de no discriminación, de acceso a espacios públicos y a áreas verdes, de satisfacción de necesidades básicas) y hemos consentido vivir en una ciudad de espacios privatizados, de notorias desigualdades, de aspiraciones noventeras; esto sólo puede llegar a entenderse por la pérdida del “espíritu público”. Una sociedad que durante décadas mira impávida podrirse un brazo de mar en plena ciudad por la angurria de unos pocos (constructores) es una sociedad con un espíritu público débil, incapaz de defender lo que le es común. El socialcristianismo no ha hecho nada para avivar este “espíritu público”; al contrario, lo ha sometido a su dominio (sea por la cooptación, como en las amañados mecanismos de participación ciudadana, o sea por la represión, como en los casos de la criminalización del derecho a la protesta). Hasta allí los derechos a la participación y la protesta.

Olmedo se moderniza: alisó su encrespado pelo y se convirtió en emo. Hoy se llama 'Old-Emo' y está triste por Guayaquil.

Por lo que respecta a la “libertad de imprenta”, que debería ser la causa de activar el “espíritu público” según Olmedo, los empresarios de la libertad de imprenta en la ciudad son refractarios a “discutir sobre [los] derechos” de los hombres, cuando planteen ofensa a la autoridad de la Alcaldía de Guayaquil (que es una entidad muy sensible). De resultas, esta es una ciudad que silencia muchas cosas. Alguna vez dijo Pérez Perasso, el de El Universo: “La prensa ha callado y ha sido cómplice de cosas muy graves” (2). Y esta política de mansedumbre frente al poder socialcristiano en Guayaquil solo ha recrudecido con el paso de los años.

Olmedo escribió esto antes de que nazcamos todos nosotros (3) pero su contenido es tan actual como si lo hubiera escrito el día de hoy.

(1) Malo González, Hernán, ‘El pensamiento ecuatoriano en el siglo XIX’, en: ‘Historia del Ecuador’, Vol. 6, Salvat Editores Ecuatoriana, S.A., Quito, 1982, p. 212. Tomado de: ‘José Joaquín Olmedo. Poesía-Prosa, pp. 361-363; ‘Biblioteca Ecuatoriana Mínima’, Quito [1960].
(2)La prensa, según Carlos Pérez’, Xavier Flores Aguirre, 5 de marzo de 2012 
(3) Todos menos, Alfonso Espinoza de los Monteros..