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Cinema Paradiso (versión del director)

9 de marzo de 2009

En otra entrada de esta bitácora opiné sobre Cinema Paradiso. Yo sabía desde hace tiempo que existe una versión más larga de esta película (versión que se exhibió en Italia y que dura 155 minutos) que la versión que yo admiro, de 123 minutos (editada para el mercado internacional). Me enteré recién este fin de semana que existe una versión del director, de 173 minutos de duración, que salió al mercado el 2002 y que en Estados Unidos se la conoció con el título de Cinema Paradiso: the new version. La miré en el MAAC el sábado, y sí, coincido, se trata de una versión nueva: una versión nueva con cincuenta minutos de más.

Esos cincuenta minutos sobrantes puede reducírselos sin pérdida a un énfasis y una alteración. El énfasis es añadirle color local al poblado siciliano (Giancaldo) donde se desarrolla la trama, por ejemplo, vía la aparición de una prostituta que le prodiga a Toto su primer polvo en el piso de la sala del Cinema Paradiso y que comerciaba en aquel mismo establecimiento con ocasión de las películas “subidas de tono” (un trabajo socorrido porque un pezón y estos rústicos tanos que se ponían como motos) y alargar las vicisitudes existenciales del adolescente Toto (por ejemplo, con escenas de su período de conscripción en el ejército). Este añadido (al que puede sumársele la intrusión sonora de un piano) es meramente trivial y dilata de manera innecesaria la película. Todas esas escenas podrían no existir (como no existen en la edición de 123 minutos) y nadie, en su sano juicio, las extrañaría.

Ahora, si este énfasis es trivial, la alteración es perversa. En principio, encuentro difícil admitir que esta lánguida historia de amor de tres decenios entre Toto y Elena enriquezca el argumento o le añada matices hermosos. Ahondar en el largo y siempre fallido amor de esta pareja es fatigar lugares comunes y secuenciar diálogos insulsos; es, tristemente, convertir a aquel Alfredo que fue educador sentimental de Toto en un canalla obsesivo y egoísta (la vejez de Toto llega incluso a maldecirlo). El que en un coche frente al mar siciliano la vejez de Elena Mendola le ofrezca un tardío polvo sacapicas y premio-consuelo a Toto no salva nada; la escena es, en realidad, algo penosa. El resultado final de esos infelices cincuenta minutos es transformar una película que era un hermoso homenaje al cine en un pastiche romántico que evoca un pueblo siciliano y un cinematógrafo.

Terminó la función y el contraste con la edición de 123 minutos fue evidente: la escena final de la sucesión de besos que Alfredo conservó para Toto, que en la versión de 123 minutos conmueve porque conjuga la esencia y la belleza de una historia sobre el cine, una comunidad y una biografía que ese pequeño ámbito forjó (escena que es, para mí en esa versión, imposible de mirarla sin lágrimas en los ojos) se la observa en la versión del director como un accidente que no depara mayores emociones. Este hecho es la mejor prueba del fracaso de esta versión. Pero por fortuna, siempre tendremos la otra.

P.S.- Para matizar este descalabro les cuelgo una hermosa versión en concierto de un fragmento de la música que compuso el inmenso Ennio Morricone.

Cinema Paradiso

8 de septiembre de 2008

Un jueves en Quito convine con mi pana Ernesto Arosemena (que hoy estudia en el seminario y que si algún día me avengo a casarme –porque la institución del matrimonio me interesa tan poco, que precisamente en razón de ese desinterés podría muy bien hacerlo- será él quien oficie la boda –o sea, la charla previa a la batalla de hígados) en ir al Octaedro (allí, en la calle Zurriago, ¿existirá todavía?) para ver Cinema Paradiso. No fuimos ese jueves porque un aguacero brutal (cats and dogs, it was raining) nos suspendió la función.

El martes siguiente un anuncio diminuto en El Comercio advertía al público en general que aquello que el jueves no fue, sería ese día. Lo revisé justo un par de horas antes, llamé a Ernesto, se excusó. Tomé la Catar-El Bosque y llegué a Octaedro, unos diez minutos antes de la 19h30, hora de la función. Si no yerro, el dueño de Octaedro era o es un tipo que hace cine y que se apellida Cañizares. Me parece que administraba el lugar en compañía de su madre. Cuando entré, sólo los vi a ellos, sentados y dos tazas de café. No había nadie más y parecían a punto de irse. Les pregunté, ¿hay función? Se miraron, como buscando respuestas en sus pupilas, y optaron por el respeto a la palabra empeñada. Por supuesto, dijo él, adelante.

Y ahí estaba yo, solo, frente a una pantalla que proyectaba las imágenes que despedía un cañón de luz desde atrás y sentado en una silla de director de cine, en una situación que parecía de homenaje a esta película que es, en sí misma, un homenaje al cine. Empezó a rodar, a escucharse la música de Ennio Morricone y empecé yo a quebrarme desde el momento en que Alfredo salva a Toto cuando la madre lo amonesta por gastarse el dinero en las películas. La historia de amor, cito de memoria la frase de Alfredo, ese inmenso Philippe Noiret, “no te metas con las mujeres de ojos azules, ésas son las peores” (yo me he perdido en mujeres de ojos azules, Alfredo) es trágica y hermosa. La escena final, esa catarata de imágenes, tenía su réplica en mis mejillas. Recuerdo que cuando pasaban los créditos, entró el tipo a apagar el proyector y con voz quebrada le pedí que no lo hiciera. Él me miró como si yo fuera un alucinado. Es probable que no se haya percatado que en ese momento, para mí, no terminaba la película: terminaba un rito.

Cuando salí de Octaedro mi viejo me esperaba afuera. Se asombró de verme en este estado. Yo traté de explicarle, de hacerle entender, pero no pude verbalizarlo. Escribió Cioran que “no se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más”. Y si el rumano está en lo cierto, una experiencia como ésta te convierte en apátrida, te saca de tus posibilidades de expresión. No hay quien te entienda, al menos por palabras (acaso sólo se entiendan estas cosas por cuerpos, miradas, orgasmos). Mi viejo no lo entendió. Recuerdo que le dije que yo no había llorado tanto desde que murió mi abuelo. Él no me respondió nada, sólo miró hacia adelante, en perfecto control del volante. Caía una lluvia tenue.

Mi amigo Jorge Pipo Aycart se suele burlar de mi relación con Cinema Paradiso (la que yo considero la mejor película que haya visto, y esto lacera al bueno de Pipo, parece). Él prefiere un cine conceptual, una especie de cine sacerdotal que sólo lo entienden, en todos sus extremos, los iniciados, aquellos que manejan la jerga y conocen los libros y los códigos. Nada que objetarles, salvo el aburrimiento y que ese tipo de película, a mí, ni me mueve ni me toca. Yo quiero, yo anhelo otro cine. Uno que me conmueva, que me saque. Un cine que me vuele los sesos, sí, pero que también me acaricie il cuore. Y para mí, Cinema Paradiso tiene eso en su justa medida. Y no puedo (me avergonzaría algún día no hacerlo) verla sin lágrimas en los ojos. Ni modo, así nos juega el corazón.