Mostrando entradas con la etiqueta Delfín Quishpe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Delfín Quishpe. Mostrar todas las entradas

Alfonso Laso (Naipe Centralista)

28 de abril de 2017


 
Este Naipe Centralista es el único dedicado a un periodista deportivo. ¿Su mérito para ello? Ser “de furiosa parcialidad deportiva [en contra de] lo que de la Costa provenga”. El Naipe Centralista le atribuyó a Alfonso Laso (alias “Pancho Moreno”) haber alentado la participación “de equipos de fútbol financiados por los militares y los policías, única forma de mantener cinco equipos de fútbol en [Pichincha]”.

Años después de la publicación de este naipe, el año 2010, se suprimió la obligación de los miembros de la fuerza pública de contribuir con una parte de su sueldo para financiar a los equipos de fútbol El Nacional (militar) y Espoli (policial). Espoli (vicecampeón de BSC el año 1995) ya descendió a la segunda división el año pasado, de la mano del inefable Sixto Vizuete (último técnico ecuatoriano de la Tricolor, una especie de Delfín Quishpe versión deportiva). En este campeonato 2017, El Nacional es un serio candidato a la serie B.

Porque es un hecho desalentadoramente cierto para El Nacional y para Espoli, equipos de escasa hinchada: una cosa es participar con recursos económicos, y otra muy distinta, sin ellos.

Alvarito, "master mind"

8 de diciembre de 2016


Álvaro Noboa siempre ha sido un empresario, incluso cuando ha participado en política. A mediados de los noventa supo vincularse a ella para obtener ventaja frente a sus hermanos en las negociaciones con el poder (de ahí la frase de Abdalá Bucaram en su entrevista con Rafael Cuesta a principios de abril del 2005, que a Noboa: “lo saqué de maricón y bobo, lo hice rico” [1]). De este “Alvarito noventero” al actual hay una constante: Noboa siempre entendió la política como una extensión de sus negocios.

Pensemos en el momento actual. Alvarito ya no tiene opción alguna de ganar la Presidencia de la República y la gente lo agarra para el chuleteo. ¿Qué hace? Declina su participación y empieza a promover (él, que sí puede pagarlo) a algunas “caras conocidas” de la farándula nacional como candidatos de su partido “Adelante Ecuatoriano Adelante” (AEA).

Si se toma como verdadera la declaración de un tal “Don Day” de que se les ofreció a estas “caras conocidas” 20.000 dólares para su incursión en la contienda electoral (2), Noboa ha invertido lo que para él constituye una bagatela y, a cambio, obtendría una representación política en la Asamblea Nacional favorable a sus intereses. Noboa ha analizado los costos y los beneficios: ha dado su visto bueno a esta operación.

En un escenario electoral en el que prima el desencanto como el de esta elección venidera, no es improbable que el electorado escoja a algunas de estas “caras conocidas” (¿por qué no? Al final la gente que vota principalmente por ideología somos apenas una minoría) como sus representantes para la próxima Asamblea Nacional. Se identifican con ellos, les caen bien. Si es así, la estrategia de Álvaro Noboa habría tenido éxito, a bajo costo (visto desde sus finanzas, claro)

Conclusión: Esta movida de Álvaro Noboa podría resultar la más efectiva del escenario electoral: el intercambio de bagatelas para obtener representación en la Asamblea Nacional. Alvarito parece aplicar la “Estrategia de Quishpe” (inspirada en la vida y obra del maestro Delfín): “ríete de mí nomás, mientras la levanto con pala”.

Alvarito no es ningún gil. Tan sólo tiene el empaque.

P.S.: ¿Preocupación en Noboa por socavar a la democracia en el proceso? Esto es apenas un detalle en el razonamiento de un empresario.

(1)La mejor entrevista política del mundo’, Xavier Flores Aguirre, 27 de noviembre de 2015. (v. min. 7:57)
(2)Don Day rechaza la oferta para convertirse en candidato a asambleísta’, Diario Extra, 18 de noviembre de 2016.

Pasillos dementes

26 de julio de 2009


Podría decirse de la música nacional que es música nació-mal: incluso hay quien afirma, como José de la Cuadra en un viejo artículo (de octubre de 1937) que “sobre lo que masco duda, es sobre el genio músico de mi pueblo […] aún no se hace su música ni su danza”. Pero, al fin y al cabo, le hagamos o no caso a don José de la Cuadra, nunca será tan malo el “nacimiento” de la música nacional como su anémico y diminuto desarrollo, carente del apoyo de una industria cultural fuerte que contribuya a difundir nuestra música, a crearla y re-crearla. Lo que suele denominarse “música nacional” es la música de raigambre popular, la que no suele tener amplia difusión en los medios de comunicación masiva de alcance nacional (lo que no quiere decir que no tenga difusión por canales alternativos a esos medios de difusión, por supuesto). Uno podría afirmar que existe un hiato gigante entre la difusión de la música (en general, de las manifestaciones artísticas y culturales) de raigambre popular y la difusión de la música que consumen y producen los estratos medios/altos de nuestra sociedad, la que suele reflejar influencia del extranjero, en particular pero no únicamente, estadounidense. Así, el caso de Delfín Quishpe y sus Torres Gemelas podría servirnos de claro ejemplo para trazar una frontera que determina (permítaseme decirlo con palabras extraídas de una canción de Soda Stereo) que “lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez” (mirado el “para abajo” desde arriba, por supuesto). Este hiato que Quishpe nos ilustra es una evidencia de la profunda fractura social de este país.

Dichos estos antecedentes, ese hiato no es irresoluble. No hablemos de políticas culturales que el Estado puede y debe implementar para tender a resolverlo (aunque mucho puede decirse en ese sentido): hablemos, mejor, de las iniciativas particulares que existen para hacerlo. Hablemos, entonces, de Mamá soy demente, grupo que el viernes 17 ofreció un concierto en el bar Diva Nicotina en Guayaquil para presentar su último trabajo, Pasillos Dementes II, en el que fusionan los tradicionales pasillos con la música rock, los charangos con los samplers, la percusión con lo electrónico. El resultado es una renovación del Romance de mi destino (mejor todavía: alteración, mestizaje) y la propuesta, según quienes conforman Mama soy demente (Nadie, Jolgorio Vocal y El Niño) es “experimentar con los pasillos y otros géneros locales […] para fomentar el interés en los jóvenes por la música nacional”.

La música nacional no tiene por qué mantenerse idéntica a sí misma y encerrada en estrechos márgenes, ni por qué mirársela “desde arriba” con desdén. La iniciativa que propone Mamá soy demente (no son los primeros ni los únicos, valga decirlo) crea nuevas maneras para expresar la música nacional: la re-crea para darle vitalidad, para acercárnosla a quienes los escuchamos y para ponernos a pensar en lo que ese producto cultural (el pasillo, en este caso) tiene para ofrecernos y enriquecernos, para crear y re-crear la realidad. Porque, en definitiva: ¿para qué se tiene entonces el alma en los labios, como no sea para morderla?

El símbolo Delfín

24 de marzo de 2007

Publicado en diario El universo el 24 de marzo de 2007.

*

“El fin de Delfín” se titula el último post que se publicó en el laudatorio blog oficial del cantante Delfín Quishpe, que se dedicó por entero a la adoración de su objeto de culto. Esta ciberpágina recogió los videos de sus conciertos en Ecuador y en el extranjero, expuso los homenajes de sus admiradores de varios países, divulgó sus entrevistas y ofreció sus ringtones. Pero este blog cerró la semana pasada, y sus razones son elocuentes: “Logramos lo que queríamos, darle a este chico pero gran país [Ecuador] un espacio en el mundo globalizado y por sobre todo, divertirnos. Pero la diversión se acabó, ya no creemos en Delfín, es una pena enorme pero así es la vida, es creer y dejar de creer”.

Pero, ¿quién es Delfín? Este Diario le dedicó un reportaje en su edición del domingo 4 de febrero; en su ciberpágina, él se compara con “artistas de la talla de Ricky Martin, Shakira, Juanes” . Originario del poblado San Antonio de Encalado, cantón Guamote, provincia de Chimborazo, puede predicarse sin error que Delfín Quishpe era famoso entre los miembros de los estratos populares de la Sierra central a la que él se pertenece. El estrecho ámbito de su fama se multiplicó, sin embargo, gracias a YouTube: su canción Torres Gemelas se publicó en este portal el 1 de diciembre del 2006 y se convirtió en un éxito instantáneo. Torres Gemelas tiene, según Delfín, “una letra triste y un ritmo alegre”; su género es el “folclore tecnoandino” y sus características, lo kitsch y la carencia de sintaxis. Hasta hoy, este video ha recibido en YouTube cerca de 1’000.000 de vistas y 4.000 comentarios, que se dividen entre expresiones de desprecio e insultos racistas y valoraciones de Delfín como feliz baluarte de la comicidad involuntaria e ícono de la contracultura.

Delfín, por su parte, afirma que con Torres Gemelas pretende rendirle “homenaje a todos los compatriotas que perdieron sus vidas el 11 de septiembre del 2001”. La mayoría de los miembros de los estratos populares entienden, en efecto, que Torres Gemelas no es otra cosa que la triste historia de un compatriota migrante; las clases medias y las élites, en cambio, tienden a burlarse de este video y lo hacen, la mayoría de las veces, con ostentación de una no disimulada carga de superioridad cultural. Así, el éxito de Delfín nos pone de manifiesto un hecho capital, esto es, que somos un país esencialmente fragmentado, en el que las clases medias y las élites usualmente no entendemos ni queremos entender el imaginario y la estética de los miembros de los estratos populares (y sino, díganme cómo entender estos dos ejemplos: el fenómeno de los chanchitos en la pared que pintó Daniel Adum, que histerizó a los residentes de las ciudadelas burbuja de Samborondón, o que en Quito no se haya podido exhibir en el Museo de la Ciudad el trabajo Divas de la Tecnocumbia). Y los ejemplos podrían multiplicarse, en ámbitos individuales o sociales, por centenas. Delfín Quisphe, entonces, se revela como un claro símbolo de las severas averías existenciales que supone la ecuatorianidad y del hecho triste y cierto de que ser ecuatoriano constituye un mero acto de fe en un país de no creyentes.