Napo is everywhere y a estas alturas del partido tiene el estatus de leyenda local. Si me pusiera en el brete de escoger a un elemento de la música nació-mal para escucharlo en el extranjero y nostalgiarme, lo escojo a Napo a full (así me sucedió cuando anduve de idílico refugiado amoroso en República Dominicana, un mes entero del año pasado: lo escuchaba casi a diario), a años luz de cualquier pasillo (you name it), poperito pedorro o del Chamo Guevara, por citar otro trovador nacional. De hecho, creo que deberíamos preocuparnos de biografiarlo a Napo, como parte de la memoria histórica no adoquinada de esta ciudad.
Napo is everywhere, tanto, que puede aparecer ayer en el concierto de Domínguez como telonero del cubano o ser funcional a la propuesta cultural del Sam Bigotes local. Napo está en la sopa, en los productos Jack’s Snacks, en el asomo del aburrimiento, en ese mismísimo turro borde. Pero no cae y siempre se lo perdona, porque hasta en la trillada Gringa Loca tiene frases geniales: porque cualquier cosa que se haya jurado “llorando en el chifa Taiwan” merece el estatus instantáneo de palabra santa y esa sola frase (un ejemplo entre tantos que pueden citarse) me hace reír demasiado y me coloca en un Guayaquil de citámbulos, con ese color local que tanto, para bien o para mal, la hace propia y nos hace quererla.