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Pinoargote Style

25 de octubre de 2016


Acusan a Ricardo Arjona de perpetrar estos atentados al castellano. Y la Peste Guatemalteca podría, sin lugar a dudas. Pero este adefesio se parece más a las metáforas torpes de Alfredo Pinoargote, que nunca aclaran nada y que lo único que demuestran es que su ingenio ha caducado (1). O que está al nivel de Arjona, “que no es lo mismo, pero es igual”, según la feliz fórmula hallada por el alucinado del unicornio. 

(1) 'Pinoargote, proteína política', Xavier Flores Aguirre, 26 de septiembre de 2016.

Ah, Domínguez

4 de septiembre de 2009

Ah, Domínguez. Un tipo que ofrece un espectáculo sentado todo el tiempo, con pose adusta y mirada de hombre sensible, que nos recita quedita la revolución. Tiene poesía, pero es lánguida. El canto de Domínguez nos invita a participar a sus oyentes de una verdad no exenta de angustiarnos porque la angustia es el precio de ser uno mismo, según enseña este trovador. Sigh. (Como quería que lo fleten a Domínguez a Cuenca y que en GYE se presente Calle 13. Chiale!)

Me aburro. Tengo la impresión de que Domínguez escoge el camino equivocado, el de la Verdad revelada y el Hombre sin fisuras (que se angustia el pobre porque sabe que las tiene). Valga afirmar lo opuesto a esa severa frase, la dicha es la paga de ser muchos otros: así, la capacidad de reinventarse, de jugar con las posibilidades de la libertad, de no pertenecerse a ninguna etiqueta (o, en otras palabras, el arte por oposición al Dogma dominguero). Me temo que el buen Domínguez no lo entendería. Ya se sabe, es un poco necio.

P.S.- El unicornio contraataca.
P.S. (2).- Ah, y dice "pepas con alcohol".


Napo: llorando en el chifa Taiwan

8 de agosto de 2009

Napo is everywhere y a estas alturas del partido tiene el estatus de leyenda local. Si me pusiera en el brete de escoger a un elemento de la música nació-mal para escucharlo en el extranjero y nostalgiarme, lo escojo a Napo a full (así me sucedió cuando anduve de idílico refugiado amoroso en República Dominicana, un mes entero del año pasado: lo escuchaba casi a diario), a años luz de cualquier pasillo (you name it), poperito pedorro o del Chamo Guevara, por citar otro trovador nacional. De hecho, creo que deberíamos preocuparnos de biografiarlo a Napo, como parte de la memoria histórica no adoquinada de esta ciudad.

Napo is everywhere, tanto, que puede aparecer ayer en el concierto de Domínguez como telonero del cubano o ser funcional a la propuesta cultural del Sam Bigotes local. Napo está en la sopa, en los productos Jack’s Snacks, en el asomo del aburrimiento, en ese mismísimo turro borde. Pero no cae y siempre se lo perdona, porque hasta en la trillada Gringa Loca tiene frases geniales: porque cualquier cosa que se haya jurado “llorando en el chifa Taiwan” merece el estatus instantáneo de palabra santa y esa sola frase (un ejemplo entre tantos que pueden citarse) me hace reír demasiado y me coloca en un Guayaquil de citámbulos, con ese color local que tanto, para bien o para mal, la hace propia y nos hace quererla.

Domínguez

Hace unos casi cuatro años, estaba en Santiago de Chile y mi pareja de aquel entonces, la Tati Rein, me condujo a casa de su cuñado, un trovador que alcanzó cierta relevancia en los circuitos universitarios de izquierda del Santiago de finales de los sesenta y principios de los setenta. Compramos varias cervezas y un picadito de chorizos y de quesos (que siempre es buen plan) y pasamos una excelente noche los cuatro, o sea, las dos hermanas Rein, el trovador y yo. Nos reímos mucho en plan random y tengo un recuerdo de esa noche como una noche muy fresca y muy risueña.

¡Ahí está, ahí está, el fuckin' Unicornio Azul!

El trovador (le digo trovador porque la verdad no me acuerdo del nombre) sabía, obviamente, mucho de música y en su momento había interpretado la música típica de la izquierda latinoamericana. Nos detuvimos en ese tema. Le hice un comentario en el sentido de que no me gusta una canción por alguna razón ajena a la canción misma, o, para decirlo de manera más precisa: un hecho que se puede predicar de una canción (por decir algo, que sea socialmente comprometida, que sea de raigambre popular, que pertenezca a un cantautor reconocido) no me provoca, por sí sólo, el efecto de que esa canción me guste (no sé cuán curioso pueda parecer esto, pero tengo la impresión –que puede muy bien ser errónea- de que esto es mucho más común de lo que en principio podría creerse). Así, me puede gustar el que una canción se refiera a un cierto hecho con el que yo tengo una simpatía X, pero el factor que hace que me guste esa canción no es el sólo hecho de que la canción haga referencia a ese hecho, sino la canción misma, su música, su ejecución y su letra.

Entre Kunstmann y Kunstmann, y en línea con lo anterior, empezamos a conversar sobre el tema del cubano Rodríguez, al que la mayoría suele llamar Silvio. Ambos, obviamente, lo habíamos escuchado y coincidimos sin dificultad que es un tipo de una capacidad de interpretación de la guitarra impresionante y de unas letras poéticas, así como coincidimos sin dificultad en que ya este fulano nos cansaba un poco y que sus últimos discos nos aburrían un mucho. Le comenté de este artículo de Soho del 2004 (yo tengo la edición colombiana, era una edición especial y es una delicia) en el que Fernando Garavito critica a la gente “que le quita el apellido a los personajes famosos y los llama por su nombre como si fueran amigos suyos”. Suscribimos esa crítica y adoptamos una costumbre del viejo choto de Velasco Ibarra: llamar a alguien por su segundo apellido cuando esa persona ha caído en desgracia. Velasco Ibarra los expulsaba de la función pública, nosotros invitábamos a nuestra parejas a la burla colectiva, pero ellas insistían en llamar Silvio a quien ya era todo un Domínguez. El trovador y yo (el tipo tenía un excelente sentido del humor) nos reímos un chingo con las historias que esa noche inventamos del rebautizado cubano Domínguez pour épater a las muchachas. 

Por cierto que ayer anduvo por aquí Domínguez. Confirmé que es un excelente intérprete y un soberbio compositor y que su esposa, Niurka González, toca la flauta de manera espectacular (no, no es un albur, banda de desacatados). Me confirmó también que tiene canciones que me aburren mucho, aunque en líneas generales el espectáculo que ofrece (por cierto, como lo explica Princesa Quil en su bitácora, no hubo ni el caos ni la propaganda gobiernista que algunos papanatas vaticinaron) valió vérselo: Domínguez sigue en pie.