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La dignidad del perdedor

26 de abril de 2017


Evoqué una frase de Jorge Luis Borges en una entrevista el día de las elecciones: “Hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar”.

Un ejemplo de ello fue el discurso de John McCain el 4 de noviembre de 2008, cuando perdió la Presidencia de los EE.UU. frente a Barack Obama. Escuché ambos ese martes de elección: me gustó más el discurso de concesión de derrota de McCain que el discurso triunfal de Obama. McCain supo estar a la altura de la sentencia borgeana.

Uno que no estuvo a la altura fue Guillermo Lasso. Su discurso fue contradictorio por dos razones: A) Porque si el CNE es fraudulento, el movimiento de Lasso debería rechazar los resultados electorales que sí los beneficiaron, pues de no hacerlo así, CREO sería un beneficiario del fraude que denuncia; B) Porque si quiere representar la opción del “cambio”, con acciones como ésta, Lasso no se diferencia de lo que critica en los modos del Presidente actual. Esto último lo argumenta muy bien Felipe Burbano de Lara en su columna de opinión del 25 de abril de 2017 (1).

Estas contradicciones de Lasso son muy graves: se relacionan con la coherencia interna de su reclamo (si es fraude, debe serlo no sólo para aquello que no me beneficia) y con su razón de ser (representar un cambio al correísmo). Le restaron dignidad a su derrota.

(1) “Si fue la revolución ciudadana la que llevó la política durante estos diez años al terreno permanente de la confrontación y la polarización, pues la decisión de Lasso tiene el mismo significado: confrontar con el gobierno de Moreno sin darse la oportunidad de abrir, en este momento de transición, el espacio político para exigir un nuevo clima de convivencia”, v. Burbano de Lara, Felipe, ‘El error histórico de Lasso’, Diario El universo, 25 de abril de 2017.

Obama

6 de noviembre de 2008

Barack Obama provocó mi admiración cuando, después de una ruda campaña para la adjudicación de las primarias del partido Demócrata en la que Hillary Clinton le dio al morocho de origen keniano caña con conmovedora saña, Obama afirmó: “haberla tenido a ella como rival me ha hecho mejor”. Seguí con interés la campaña por la presidencia, los debates, los discursos de Obama, su triunfo (debo decir, paliza) de antier. Y tengo que admitirles que la victoria de Obama me emocionó, mucho. Sólo (aunque conectado por el móvil con mamá quien, por mera coincidencia, estaba en Chicago y asistió a Grant Park para escuchar su discurso ganador, y mismo dispositivo mediante, conectado con diversa gente para comentar los detalles de las elecciones) frente a la TV en mi cuarto, alcé mis brazos cuando la proyección de los electores declaró a Obama Presidente de unas elecciones en las que siempre, hasta ayer, me pareció que todos deberíamos votar menos los ciudadanos estadounidenses (no sólo porque elegir Presidente de los Estados Unidos es lo más cercano a elegir al Presidente del mundo mundial, sino porque votar no una, sino dos veces, por George W. Bush es impresentable e insano).

Pero antier fue diferente (para que se entienda lo que diré a continuación, les tiro una línea: piensen cuándo será que los franceses, tan cultos y civilizados, elijan a un descendiente de argelinos como Presidente; o cuándo será que los españoles, para ponerlo en contexto local, elijan a un descendiente de ecuatorianos). La mayoría de los estadounidenses votaron para Presidente a un afro-americano: sucedió en un país que hace cincuenta años los obligaba a sentarse en bancas, ingresar a escuelas y ocupar baños diferentes, que les impedía el acceso a restoranes y les prohibía el matrimonio interracial (en Civilización. Una historia crítica del mundo occidental, Roger Osborne recuerda que cuando se promulgaron en la Alemania nazi las leyes de Nuremberg que restringían ciertas ocupaciones a los judíos y prohibían los matrimonios entre judíos y gentiles, “la desaprobación internacional quedó mitigada por las leyes Jim Crow vigentes en el sur de Estados Unidos, que de forma similar ilegalizaban los matrimonios interraciales”): que se vote por un afro-americano significa muchísimo para el país que produjo el fallo Dred Scott y la doctrina “separated but equal”; para un país que enriqueció el vocabulario hispano con el infame verbo “linchar”, como nos lo recuerda Borges en la famosa enumeración que inicia El atroz redentor Lazarus Morell.

Hablando de Borges: McCain, aquel senil cowboy que pretendía devenir en Presidente, sin saber él quien coño es Borges, me lo recordó antier. En una frase hermosa, Borges dijo que “hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar”. McCain probó la certeza de esa frase con un discurso que reconocía su derrota, un discurso noble y bien logrado. Por supuesto, McCain hubiera sido atroz como Presidente, una continuación con mejor vocabulario (para lo cual solo es necesario superar el segundo grado de escolaridad) del belicismo rampante y rapaz de Mr. Bush. Peor todavía hubiera sido que esa gélida hockey mom, Ms. Palin (quien dijo: you know they say the difference between a hockey mom and a pitbull is?: lipstick) llegaba a asumir la Presidencia si el senil McCain devolvía la cédula durante su mandato (solo diré, para hablarlo en morochos términos locales, que sería como si Margarita Arosemena llegara a asumir la Presidencia: don’t even think about it!). Volviendo a Obama, su discurso de victoria fue sobrio e inspirador, positivo e incluyente, solvente y emocionante (Oh, Yes, we can!). Admito que cuando vi llorar a Jesse Jackson (y qué le vamo’ a hacer, soy un sentimental) se me piantó un lagrimón en mi ojo derecho. Hay que conocer el pasado de Estados Unidos para entender lo que este 4 de noviembre significa, para entender el contexto del llanto de Jackson, la emoción de 125.000 personas en Grant Park, los votos de 63 millones de personas en Estados Unidos. Hay que entender ese pasado, para entender el momento presente y la proyección que significa hacia el futuro (en el campo de las ilusiones, todavía) la Presidencia de Barack Obama.

Acabo aquí (casi) mi reporte de ilusiones y buenas noticias. Es improbable que Obama sobreviva la presión de las corporaciones (sí, aquellas bondadosas entidades cuyo crecimiento derrocha riqueza para las sociedades en que se instalan: prueba de ello pueden obtenerlas siempre que se animen a leer sobre la Revolución Industrial o sobre las condiciones laborales en las maquilas en tiempo presente, por citar un par de casos) y la maquinaria de los lobbies. No soy pesimista: sólo soy un optimista informado. Y sin embargo, sin embargo, against all odds, no pierdo las ilusiones aún, habrá que verlo en acción, lo improbable no significa lo imposible y el 4 de noviembre lo probó. No dependerá sólo de Obama (eso él lo sabe bien y lo dijo con todas sus letras en su discurso) sino de todos aquellos que creen que pueden y, vamos todavía, ojalá que puedan.