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Un tano en Bucay

18 de noviembre de 2008

En busca del italiano, esa era la consigna de mi viaje a Bucay este domingo en la mañana. Mi primo Miguel quería comprarse una galonera de puro para matizar sus noches; yo andaba de afán por conocer ese restorán que ya en muchas ocasiones me se había aparecido en conversaciones sobre la buena mesa (la primera, además, dicha fue por una tana: muy buen augurio). Mis referencias, hasta el domingo, eran escasas: primero, Bucay, un pueblo situado todavía dentro de los límites del amputado Guayitas el Mapa en la frontera con Chimborazo (en realidad, dentro del pueblo y a escasos metros de ingresar al mismo una enorme valla anuncia: Bienvenidos a Chimborazo, -¡uh?) a 137 m.s.n.m. y poblado por 3.124 individuos, cuyo nombre original es General Antonio Elizalde y cuya fama, nacional e internacional, débela al tajo que mutiló un pene a miles de kilómetros de distancia, en el condado de Manassas, Va., EE. UU., que ejecutó con precisión cirujana la manicurista Lorena Leonor Gallo Coronel, nacida en Bucay en 1969, en la humanidad de su esposo, el marine John Wayne Bobbit, nacido en Buffalo en 1967, quien una vez que le fue reimplantada su poronga (operación de nueve horas y media mediante) se dedicó a explotar el aspecto de su singular miembro en la variada industria del porno con películas tales como John Wayne Bobbit: Uncut y Frankenpenis, probándonos de esta forma, con sobra de merecimientos, su triste condición de subnormal profundo. Mi segunda referencia era la noticia de un italiano en estos pagos, que en mi imaginación gozaba del desparpajo suficiente como para preparar risottos ai funghi porcini en este fin de mundo y acompañarlos con vino de su país. En la práctica, ambas cosas (doy fe) el tano las hace con talento.

Dos horas de viaje sin informantes: los compañeros del bus Santa Martha nos dijeron alegres que en Bucay podíamos conseguir muchísima fritada y comida china; pero que ni puta idea de ningún italiano en los alrededores. El último tipo al que le preguntamos, sin embargo, atinó a decirnos que le parecía que el italiano estaba al otro lado del puente. No tenía la precisión del corte de la Bobbit, pero al menos era mejor que la noticia de un chifa. Llegamos a Bucay y empezamos las averiguaciones del dato pepa y empezamos a caminar en dirección al puente aquel que nos indicó el amable caballero que sabía un poco más de quienes nada sabían. Preguntándole a las madrinitas, fuente de información certera donde las haya, nos enteramos que el ínclito y noble pueblo de Bucay y el italiano en cuestión mantenían una relación, pero no del tipo tano en Bucay, sino más bien de tano en las cercanías de Bucay. Después del cacareado puente aquel, teníamos que salir del pueblo, caminar entre quince minutos y media hora, pasar otro puente y subir una loma, para encontrarnos con el tano-restorán a nuestra izquierda. En quince minutos y poco más, sucedió tal cual dicho por el madrinataje.

El restorán del tanito tiene onda, un tricolor italiano y un letrero que explicaba al viandante que ese sitio se llama Piccola Italia. Tiene dos ambientes, uno cerrado en plan trattoria y otro abierto en plan asadero. El tano le hace a la comida típica tanto como a la italiana (yo doy fe de la italiana). Cuando entramos a la trattoria, eso fue un bajón, sonaba el papanatas de Arjona. Hicimos un pedido rápido y nos fuimos por dos risottos, uno Mar y Tierra para este servidor, uno a los cuatro quesos para Miguel, y salimos a esperarlos colgados de una hamaca. Plus, una botella de vino italiano, frappato siciliano, que se nos dejó querer muy bien, unas brushetas y unas bucareñas, las que fueron todo un suceso, licor de Bucay alla limoncello, o sea purito con limón, azúcar y sabrosura, buenérrimas las condenadas. A tres por nuca + botella de vino: bonito. La comida fue muy buena, el ambiente, una vez superado el grave escollo de escuchar al Sabina after lobotomía que es este papanatas guatemalteco de Arjona, muy acogedor, con la tele puesta en la RAI y música italiana (un romanticismo medio berretón a decir verdad, como el del choricero aquel de Ramazotti) de fondo. El tano (que se llama Franco) te atiende personalmente y se sienta a conversar contigo. Ese domingo era, para Franco, día especial porque él es romano e hincha de la Lazio (me cayó tan bien este compadre que hasta se lo perdono) y ese mismo domingo se jugaba el clásico Lazio-Roma. El tipo conversó amable hasta que la RAI empezó a transmitir los preparativos del encuentro. Entonces Franco, hincha disciplinado, se fue a sentar solano frente al televisor a padecer su domingo como si estuviera en el Olímpico cuando su realidad era que estaba en esta tierra de nadie a miles de kilómetros de su querida bota itálica. Se lo notaba tenso a este pana, su equipo jugaba al pedo, aunque la verdad el fútbol italiano es al pedo, a mí me aburre mucho. Pero él era hincha, qué le vamo’ a hacer, lo suyo es la emoción, cosa ésta que El Negro Fontanarrosa, cada vez más mítico y siempre sapientísimo, conocía de memoria y de sobra y aquí está este cuento breve para probárnoslo.

Abandonamos al italiano y sus angustias cuando su equipo perdía 1 a o (el partido terminó con ese marcador adverso al pobre Franco que en despecho debe haberse liquidado todas las bucareñas de su modesto comercio). Ya era casi hora del partido entre Barcelona y el Quito, ese equipo cuya existencia la justifico para en algún momento escribir un cuento que incluya la frase, Oe, ¿a qué horas es que juega el Quito?, y Miguel y yo caminando sin apuro rumbo a Bucay, trippin’ el paisaje, mirando el río desde el puente o mirando desde el cercado una pradera que se extendía verde y prolija a partir de este hermosa pared de árboles que aparece en la foto. Ya entrando a Bucay nos encontramos con un futbolín y reeditamos Clásicos del Astillero como corresponde, Miguel azul y yo amarillo, en su mayoría se los gané y algunos con paliza. Luego jugamos contra una selección de niños de Bucay (los hijos del dueño de futbolín) y la selección de Gkill se impuso en un reñido primer campeonato 3-2. Pero si los niños cantores de Viena saben de música, los niños jugadores de Bucay saben de futbolines, nos cobraron venganza y nos dieron la del zorro, al final nos pasaron hasta un 5 a 0 inclemente y uno de esos pelados hacía una paradinha y la ponía al ángulo, Eto’o era una babosa al lado de ese muñequito de material deleznable, la requeteputaqueloremilparió. El dueño del futbolín, padre de estos aleves mozalbetes, mostró la amabilidad de la gente de nuestro campo y una noble conmiseración por dos citadinos que mordieron el polvo lugareño de la derrota y no nos cobró los juegos de futbolín con su prole. No solo eso: nos indicó que al frente vendían el puro que buscábamos, que los había en muchos sabores-bores-bores, yo vi varios y creo que hasta uno de pitufo chicle, pero Miguel optó por el sabor original y clásico, el puro purito, a cinco dólar varón, una ganga. Ahí mismo pasaba el bus de la cooperativa Santa Martha de regreso a Guayaquil, todavía no terminaba el partido del campeonato nacional y ganaba BSC 1 a 0. No avanzó ni 5 minutos el chingado bus y se le fue la señal a la radio. Me enteré del empate del partido que nunca vi por representar con discreto perfomance a la selección de Gkill en Bucay (y darle, eso sí, unas cuantas palizas a Miguel cuando yo usé el amarillo –ahora que lo pienso, la ínclita, noble y mozalbeta selección de Bucay usó a BSC para enfrentarnos: esa puede ser la clave de nuestras derrotas) por mensajitos al móvil, y mejor así, ese hecho no alcanzó a perturbarme la pestaña que me eché hasta el arribo a Guayaquil, ya entrada la noche.

El legado de Spencer

11 de noviembre de 2006


Publicado en diario El universo el 11 de noviembre de 2006.

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A pocos ecuatorianos se los conoce fuera de las fronteras patrias. En los últimos diez años es probable que los más recordados sean estos dos: Abdalá Bucaram (dondequiera que vayas en el mundo, alguno te preguntará: ¿cómo se llamaba ese presidente loco que tenían ustedes?) y Lorena Gallo, mejor conocida como Bobbit, y mejor recordada por tajarle el miembro viril a un marine abusivo. Lo refino, entonces, para hablar con propiedad: a pocos ecuatorianos que no me produzcan vergüenza se los conoce fuera de las fronteras patrias. Uno de ellos, y sin duda del que más orgulloso yo estaba, acaba de fallecer. Se llamaba, todos ustedes lo saben, Alberto Spencer.

En una página intitulada "Un Gentleman del Gol", Jorge Barraza calificó a Spencer con los términos precisos, como un self made man, un hombre hecho a sí mismo, que desde sus orígenes humildes se forjó una magnífica carrera que lo condujo a la gloria de ocho campeonatos uruguayos, tres copas libertadores y dos copas intercontinentales. Y sin embargo, vale decirlo, este país le pagó mal. Su hijo Walter Spencer afirmó tras su deceso que la Federación Ecuatoriana de Fútbol nunca cumplió con sus ofrecimientos. A él le creo. A Luis Chiriboga jamás le he creído ni las taquillas de los amistosos, y no será esta la excepción; como tampoco me merece crédito una Federación que no se preocupó nunca de invitar a Spencer a los mundiales de fútbol a los que clasificó nuestra Selección (dicen, a manera de excusa, que lo invitaron al Mundial del 2006 a última hora y vía correo electrónico. Mejor no se excusen y ahórrense ese bochorno). Nada de lo anterior, por supuesto, empaña de mínima manera la gloria de Spencer; este siempre estuvo a otra altura.

Una altura como aquella a la cual se elevaba para merecer el calificativo que lo acompañó siempre, Cabeza Mágica, y que en un libro conmemorativo de la copa de la cual Spencer es insuperable goleador, lo consagra en los siguientes cabales términos: “… de pronto, como impulsado por un mágico trampolín, salía como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo, y, cuando estaba en lo más alto, cuando había superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo… El final era siempre el mismo. La pelota en el fondo de la red. Los defensas mirándose impotentes mientras él se iba a desparramar su alegría frente a la tribuna”. Ninguna frase define a una persona; ningún verbo roza siquiera ese milagro. Pero si a esta frase se le suma la consideración de Spencer como un gran señor, un cordial caballero y un excelente amigo, las pinceladas de su retrato se tornan casi perfectas.

Y merecidas las tiene, porque se las ganó. Spencer recordaba que los equipos de Ecuador “siempre jugaban bien, pero de repente se acordaban que eran ecuatorianos y ¡zas!, ahí se complicaba”. Tan cierto, y nótese que el término “ecuatorianos” lo podríamos cambiar por “mediocres” y se lee igual. Por eso me gustaba Alberto, porque cuando le preguntaron si a él le sucedía lo mismo, contestó: “A mí no. Nunca me achiqué. Uruguay era una potencia futbolística y, sin embargo, nunca me amilané y le di para adelante”. Spencer es uno de esos hombres que mueren para probarnos que la frase de Horacio (non omnis moriar, no moriré del todo) es cierta: porque vive en la memoria de quienes lo quisieron, de quienes lo admiramos, vive en la leyenda que desde el día de su muerte ingresa a pasos de gacela, como eran los suyos, en la historia del fútbol. Y vive, ojalá, en el ejemplo de humildad y de voluntad de vencer, que es la mejor definición de la grandeza, de su merecida grandeza, y también su legado.