La CGE no puede destituirlo a Tuárez
2 de julio de 2019
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Corrupción
17 de junio de 2018
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Etiquetas: Corrupción, Ecuador, FEF, FIFAGATE, Fútbol, Fútbol ecuatoriano, Luis Chiriboga, Mundial de Rusia, Osvaldo Hurtado, Política, Selección de Perú, Selección tricolor
La FEF, un pelado sabido
8 de mayo de 2018
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¡Que le eche un meo!
10 de enero de 2010
BTW, buena puteada.
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Etiquetas: Luis Chiriboga
(Digresión futbolera)
15 de octubre de 2009
1) Que se larguen Luis Chiriboga y Sixto Vizuete (yo sé –lo digo con relación a Vizuete- que es petición singular el que pretenda que se largue lo que no existe, pero bue…).
2) Que se les entreguen piyama a rayas, carné de jubilación, televisor Icesa a colores, estadía en cómodo hospicio y certificado de agradecimiento a esos viejos trinqueros que encabeza Iván Hurtado y que secunda Edison Méndez.
Sólo añado que la prensa deportiva de este país es desastrosa, de crítica amarillista y análisis complaciente (ambos atributos son compatibles: lo primero obedece a la lógica del índice de audiencia y lo segundo resulta funcional a las corruptelas y a la trinca). Salvo Diego Arcos, Andrés Gushmer, Carlos Víctor Morales y algún otro, el resto del periodismo deportivo de este país vale lo que la vecindad de El Chavo y contribuye al fracaso de la selección.
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Etiquetas: Fútbol, Luis Chiriboga, Periodismo, Periodismo deportivo, Sixto Vizuete
El legado de Spencer
11 de noviembre de 2006

En una página intitulada "Un Gentleman del Gol", Jorge Barraza calificó a Spencer con los términos precisos, como un self made man, un hombre hecho a sí mismo, que desde sus orígenes humildes se forjó una magnífica carrera que lo condujo a la gloria de ocho campeonatos uruguayos, tres copas libertadores y dos copas intercontinentales. Y sin embargo, vale decirlo, este país le pagó mal. Su hijo Walter Spencer afirmó tras su deceso que la Federación Ecuatoriana de Fútbol nunca cumplió con sus ofrecimientos. A él le creo. A Luis Chiriboga jamás le he creído ni las taquillas de los amistosos, y no será esta la excepción; como tampoco me merece crédito una Federación que no se preocupó nunca de invitar a Spencer a los mundiales de fútbol a los que clasificó nuestra Selección (dicen, a manera de excusa, que lo invitaron al Mundial del 2006 a última hora y vía correo electrónico. Mejor no se excusen y ahórrense ese bochorno). Nada de lo anterior, por supuesto, empaña de mínima manera la gloria de Spencer; este siempre estuvo a otra altura.
Una altura como aquella a la cual se elevaba para merecer el calificativo que lo acompañó siempre, Cabeza Mágica, y que en un libro conmemorativo de la copa de la cual Spencer es insuperable goleador, lo consagra en los siguientes cabales términos: “… de pronto, como impulsado por un mágico trampolín, salía como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo, y, cuando estaba en lo más alto, cuando había superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo… El final era siempre el mismo. La pelota en el fondo de la red. Los defensas mirándose impotentes mientras él se iba a desparramar su alegría frente a la tribuna”. Ninguna frase define a una persona; ningún verbo roza siquiera ese milagro. Pero si a esta frase se le suma la consideración de Spencer como un gran señor, un cordial caballero y un excelente amigo, las pinceladas de su retrato se tornan casi perfectas.
Y merecidas las tiene, porque se las ganó. Spencer recordaba que los equipos de Ecuador “siempre jugaban bien, pero de repente se acordaban que eran ecuatorianos y ¡zas!, ahí se complicaba”. Tan cierto, y nótese que el término “ecuatorianos” lo podríamos cambiar por “mediocres” y se lee igual. Por eso me gustaba Alberto, porque cuando le preguntaron si a él le sucedía lo mismo, contestó: “A mí no. Nunca me achiqué. Uruguay era una potencia futbolística y, sin embargo, nunca me amilané y le di para adelante”. Spencer es uno de esos hombres que mueren para probarnos que la frase de Horacio (non omnis moriar, no moriré del todo) es cierta: porque vive en la memoria de quienes lo quisieron, de quienes lo admiramos, vive en la leyenda que desde el día de su muerte ingresa a pasos de gacela, como eran los suyos, en la historia del fútbol. Y vive, ojalá, en el ejemplo de humildad y de voluntad de vencer, que es la mejor definición de la grandeza, de su merecida grandeza, y también su legado.
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