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La CGE no puede destituirlo a Tuárez

2 de julio de 2019


Hagámonos cargo del reciente y celebrado caso de evolución constitucional: hoy, en este país, resulta claro que el “control de convencionalidad” incluye a las resoluciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en la medida en que nuestra Corte Constitucional declaró en la Sentencia No 11-18-CN/19 que dicho control de convencionalidad “debe hacerse tomando en cuenta lo expresado en el texto como lo resuelto en casos o interpretaciones de los tratados realizado por los órganos de supervisión del tratado”*.

Porque siendo así, la Contraloría General del Estado no puede destituir a una autoridad electa por votación popular, pues así lo resolvió la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el Informe de Fondo No 130/17. La Comisión Interamericana hizo, en esa ocasión, un juicio de proporcionalidad, mismo que debería resultar a prueba de imbéciles:

“… la sanción de destitución e inhabilitación de un funcionario de elección popular por infracciones meramente administrativas que no constituyen delitos, no satisface el estándar de proporcionalidad estricta en tanto el grado de afectación que tiene en los derechos políticos tanto de la persona destituida e inhabilitada como de la sociedad en su conjunto, es especialmente intenso, frente a un mediano logro de garantizar la idoneidad de las personas para ejercer la función pública cuando estos pudieron haber cometido infracciones administrativas que si bien pueden revestir cierta gravedad, al no llegar a la entidad de un delito, no logra justificar la afectación intensa a los derechos políticos” (Párr. 122).

Lo que hace la CIDH en esta resolución es tomarse a la democracia en serio, por lo que destituir a una autoridad elegida por votación popular se debe tomar en serio también:

“La CIDH considera que el derecho a ser elegido a un cargo de elección popular, así como a completar el respectivo mandato, constituye uno de los atributos esenciales que integran los derechos políticos, por lo que las restricciones a dicho derecho deben estar encaminadas a proteger bienes jurídicos fundamentales, por lo que deben ser analizadas cuidadosamente y bajo un escrutinio riguroso. En un caso como el presente, de una persona elegida a un cargo de elección popular, debe tomarse en cuenta que una restricción al derecho al sufragio activo mediante destitución e inhabilitación, puede afectar no solamente a la persona en cuestión sino también a la libre expresión de la voluntad de los electores a través del sufragio universal. De esta manera, una restricción arbitraria de los derechos políticos que impacte en el derecho de una persona a ser elegida popularmente y a terminar su mandato, no afecta únicamente los derechos políticos de la persona en cuestión, sino que implica una afectación en la dimensión colectiva de dichos derechos y, en suma, tiene la virtualidad de incidir significativamente en el juego democrático” (Párr. 117).

Realmente esta interpretación de la CIDH maximiza los derechos políticos de la autoridad electa por votación popular José Carlos Tuárez, por lo que se debe impedir que una autoridad de elección popular (962.046 votos que lo respaldan) sea destituida por otra autoridad, quien por muy Contralor y tal, es simplemente un fulano elegido a dedo por el poder político y, en el caso del actual, sostenido a pesar de su origen espurio y de graves sospechas (250.000 dólares que lo acusan).

La razón por la que debe estar impedida esta autoridad no electa de destituir a una autoridad electa por votación popular es porque su intervención afectaría, como lo dice claramente la CIDH, “el juego democrático”. Y el Ecuador es un Estado que se ha comprometido, por el artículo 1 de su Constitución, a ser un Estado “democrático”, por ende respetuoso de las decisiones de su pueblo como la de elegirlo a José Carlos Tuárez con casi un millón de votos.

Pues así como Love wins, también la voluntad popular, ¿no?§

* Esto, después de mencionar en el mismo párrafo a la “CIDH y la Corte IDH” (Párr. 274), entre los órganos que interpretan los tratados internacionales de derechos humanos.
Ecuador es un país raro, en el que los segundos a bordo de instituciones corruptas, no son jamás sospechosos de corrupción. Pasa en el fútbol y en la política: en la FEF, después de que el DELINCUENTE de Chiriboga se fue a cana, su segundo a bordo, Carlos Villacís, lo reemplazó sin mayor drama (para luego amarrar con el “Bolillo” Gómez). En la Contraloría sucede igual: se va Pólit prófugo, pero es su segundo a bordo Pablo Celi quien lo reemplaza y a nadie se le ocurre que él haya sabido de las pillerías del otro, ni aunque a su sobrino “lejano” pero bien conectado lo hayan pillado en Miami con 250.000 dólares que no ha podido justificar. Somos un sainete.
§ Pregunta dirigida a la CC y a las autoridades del Gobierno del Señor Mojón at large.

Corrupción

17 de junio de 2018


Para un ecuatoriano, creo yo como uno de la tribu, mirar el partido de Perú en el Mundial de Rusia es pensar también que la selección del Ecuador pudo estar allí. Cuando terminó la cuarta fecha de las Eliminatorias Sudamericanas, la diferencia de puntos entre Ecuador y Perú era de nueve. Ecuador había ganado todo (incluso a Argentina en Buenos Aires), Perú apenas contaba tres puntos.

Después de esas cuatro fechas, la selección del Ecuador se fue al carajo. En los restantes catorce partidos, acumuló menos puntos que en esas cuatro primeras fechas: apenas ocho. Perdió los últimos seis partidos y pasó del tope de la tabla a su fondo, en compañía de Bolivia y Venezuela.

¿Qué pasó entre esas primeras cuatro fechas y las catorce siguientes? La intervención de la Justicia de los Estados Unidos: el caso FIFAGATE, a raíz del cual se redujo a prisión al presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, Luis Chiriboga, sentenciado por lavado de activos.

Es decir, la selección de nuestro país estuvo aceitada y fina mientras presidió la Federación de Fútbol un pillo probado. Cuando orillado por las circunstancias fue obligado a dimitir Chiriboga, a partir de la quinta fecha asumió un reemplazo que no satisfizo las expectativas de los seleccionados, se armó la trinca, se pudrió todo.

Cuando no existía Correa (ahora, el chivo expiatorio de moda), el expresidente Osvaldo Hurtado decía que “el problema de la deshonestidad, el problema de la carencia de ética, el problema de la corrupción, son problemas de los que formamos parte directa o indirectamente todos los ecuatorianos”*. La cruel paradoja de una selección de fútbol que funcionaba mejor cuando la corrupción campeaba en su Federación, parece probarlo en lo cierto.

* Osvaldo Hurtado, ‘Una Constitución para el futuro’, Fundación Ecuatoriana de Estudios Sociales, Quito, 1998, p. 215.

La FEF, un pelado sabido

8 de mayo de 2018


Como dice Ricardo Vasconcellos, la FEF vive una suerte de “minusvalía moral”. El anterior jefe de la FEF fue preso, pero el resto de su equipo se mantiene intacto en el poder. Es asombroso como en Ecuador se naturaliza la corrupción, porque no hay nadie tan gil (creo) como para poder creerse que TODA la corrupción que durante la larguísima dirección de Luis “Delincuente” Chiriboga sucedió en la FEF, fue obra de un solo hombre, a espaldas de todos los demás, todos ellos inocentes. TODA la corrupción, a manos de una ÚNICA persona. Ya condenada, pasamos la página, a otra cosa.

Es que hay que ser un imbécil para creérselo.

Pero tal vez haya que serlo aún más para diseñar la estrategia jurídica de la FEF. El que reemplazó a Luis “Delincuente” Chiriboga fue Carlos “Medidas Sustitutivas” Villacís, quien no se va preso porque es demasiado viejo para eso. La razón por la que merecería la cárcel es por su manejo opaco e irregular de los derechos de TV. Cuando la justicia le ordenó a la FEF que haga un nuevo concurso, la FEF cumplió, pero a su manera.

La belleza de la estrategia jurídica de la FEF radicó en su simplicidad: cumplió con hacer el nuevo concurso que la justicia le ordenó que haga, nada más que lo hizo para una fecha distinta. Para el año 2028.

La FEF quiso pasarse de sabida pero no hubo quien se tragara semejante rueda de molino. Y de pasarse de sabida, pasó la FEF a hacerse mucho la cojuda. En el juicio que le siguen a Carlos “Medidas Sustitutivas” Villacís por el desacato a la orden judicial (porque su forma chambona de cumplir la orden equivalió a eso), la defensa jurídica que esgrimió fue que se cumplió con lo ordenado “según sus convicciones y el asesoramiento que ha tenido pero de forma diferente a lo que el juez aspiraba”.

Ma-dre-de-Dios.

¿Dónde aprendieron derecho los abogados de la FEF? ¿Leyendo cómics?

En resumen: la FEF ha actuado como un peladito sabido, que comete travesuras y luego busca evadirse de su responsabilidad con argumentos dignos de un mundo de fantasía. Y que, increíblemente y contra todo asomo de sentido común, esperaba ganar.

Eso, en una caricatura de un niño de 6 años como Calvin, es entendible.


Pero en profesionales del derecho, es una auténtica vergüenza. Eso sí, justo es precisarlo, resulta una condigna defensa para un elenco de “minusválidos morales”, que es (poco más o menos) lo que representa la FEF por estos días.

¡Que le eche un meo!

10 de enero de 2010

Que el presidente vitalicio vuelva por sus fueros y le eche un meo al impresentable de Chiriboga. Se lo merece.


BTW, buena puteada.

(Digresión futbolera)

15 de octubre de 2009


Con fundamento en las razones expuestas y el fracaso evidente, formulo dos peticiones urgentes:

1) Que se larguen Luis Chiriboga y Sixto Vizuete (yo sé –lo digo con relación a Vizuete- que es petición singular el que pretenda que se largue lo que no existe, pero bue…).

2) Que se les entreguen piyama a rayas, carné de jubilación, televisor Icesa a colores, estadía en cómodo hospicio y certificado de agradecimiento a esos viejos trinqueros que encabeza Iván Hurtado y que secunda Edison Méndez.

Sólo añado que la prensa deportiva de este país es desastrosa, de crítica amarillista y análisis complaciente (ambos atributos son compatibles: lo primero obedece a la lógica del índice de audiencia y lo segundo resulta funcional a las corruptelas y a la trinca). Salvo Diego Arcos, Andrés Gushmer, Carlos Víctor Morales y algún otro, el resto del periodismo deportivo de este país vale lo que la vecindad de El Chavo y contribuye al fracaso de la selección.

El legado de Spencer

11 de noviembre de 2006


Publicado en diario El universo el 11 de noviembre de 2006.

*

A pocos ecuatorianos se los conoce fuera de las fronteras patrias. En los últimos diez años es probable que los más recordados sean estos dos: Abdalá Bucaram (dondequiera que vayas en el mundo, alguno te preguntará: ¿cómo se llamaba ese presidente loco que tenían ustedes?) y Lorena Gallo, mejor conocida como Bobbit, y mejor recordada por tajarle el miembro viril a un marine abusivo. Lo refino, entonces, para hablar con propiedad: a pocos ecuatorianos que no me produzcan vergüenza se los conoce fuera de las fronteras patrias. Uno de ellos, y sin duda del que más orgulloso yo estaba, acaba de fallecer. Se llamaba, todos ustedes lo saben, Alberto Spencer.

En una página intitulada "Un Gentleman del Gol", Jorge Barraza calificó a Spencer con los términos precisos, como un self made man, un hombre hecho a sí mismo, que desde sus orígenes humildes se forjó una magnífica carrera que lo condujo a la gloria de ocho campeonatos uruguayos, tres copas libertadores y dos copas intercontinentales. Y sin embargo, vale decirlo, este país le pagó mal. Su hijo Walter Spencer afirmó tras su deceso que la Federación Ecuatoriana de Fútbol nunca cumplió con sus ofrecimientos. A él le creo. A Luis Chiriboga jamás le he creído ni las taquillas de los amistosos, y no será esta la excepción; como tampoco me merece crédito una Federación que no se preocupó nunca de invitar a Spencer a los mundiales de fútbol a los que clasificó nuestra Selección (dicen, a manera de excusa, que lo invitaron al Mundial del 2006 a última hora y vía correo electrónico. Mejor no se excusen y ahórrense ese bochorno). Nada de lo anterior, por supuesto, empaña de mínima manera la gloria de Spencer; este siempre estuvo a otra altura.

Una altura como aquella a la cual se elevaba para merecer el calificativo que lo acompañó siempre, Cabeza Mágica, y que en un libro conmemorativo de la copa de la cual Spencer es insuperable goleador, lo consagra en los siguientes cabales términos: “… de pronto, como impulsado por un mágico trampolín, salía como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo, y, cuando estaba en lo más alto, cuando había superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo… El final era siempre el mismo. La pelota en el fondo de la red. Los defensas mirándose impotentes mientras él se iba a desparramar su alegría frente a la tribuna”. Ninguna frase define a una persona; ningún verbo roza siquiera ese milagro. Pero si a esta frase se le suma la consideración de Spencer como un gran señor, un cordial caballero y un excelente amigo, las pinceladas de su retrato se tornan casi perfectas.

Y merecidas las tiene, porque se las ganó. Spencer recordaba que los equipos de Ecuador “siempre jugaban bien, pero de repente se acordaban que eran ecuatorianos y ¡zas!, ahí se complicaba”. Tan cierto, y nótese que el término “ecuatorianos” lo podríamos cambiar por “mediocres” y se lee igual. Por eso me gustaba Alberto, porque cuando le preguntaron si a él le sucedía lo mismo, contestó: “A mí no. Nunca me achiqué. Uruguay era una potencia futbolística y, sin embargo, nunca me amilané y le di para adelante”. Spencer es uno de esos hombres que mueren para probarnos que la frase de Horacio (non omnis moriar, no moriré del todo) es cierta: porque vive en la memoria de quienes lo quisieron, de quienes lo admiramos, vive en la leyenda que desde el día de su muerte ingresa a pasos de gacela, como eran los suyos, en la historia del fútbol. Y vive, ojalá, en el ejemplo de humildad y de voluntad de vencer, que es la mejor definición de la grandeza, de su merecida grandeza, y también su legado.