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Barcelona Campeón

10 de diciembre de 2016


De todas las opiniones vertidas sobre la corona 15, me quedo con esta idea del capitán del equipo, Matías Oyola, en entrevista concedida a diario Extra:

¿Hasta qué punto ha sido importante la dirigencia?
Ellos cambiaron radicalmente la institución. El título no es casualidad. Se nota que han sido jugadores, saben que nosotros necesitamos cercanía, y por eso hablan mucho con nosotros, incluso cuando al principio del año había problemas económicos. Ahora todo nos sonríe y quieren seguir mejorando para volver a ser el club de los 90” (1).

Uno de los jugadores del mítico Peñarol de Alberto Spencer, el paraguayo Juan Vicente Lezcano, recordaba la importancia del camerino: “[Peñarol fue] el mejor equipo que integré en mi vida, tenía un vestuario bárbaro, un compañerismo… Todos luchaban para todos, a un mismo ritmo” (2). Mientras el Campeón tenga su camerino bien y un proyecto dirigencial claro, podrá apuntar alto. Incluso, a lo que sueña el Pony.

(1) Dueñas, Stéffano, ‘“Sueño con ganar la Libertadores”’ [entrevista a Matías Oyola], Diario Extra, 9 de diciembre de 2016, p. 23.
(2) 'El fútbol a partir del camerino', Xavier Flores Aguirre, 10 de agosto de 2009.

Solidaridad

2 de febrero de 2012


Creo que el fútbol debería ser lo que significó para Juan Vicente Lezcano jugarlo en el Peñarol sesentero de Spencer: “el mejor equipo que integré en mi vida, tenía un vestuario bárbaro, un compañerismo… Todos luchaban para todos, a un mismo ritmo”. Según Lezcano, un equipo solidario, cuyo técnico Roque Gastón Máspoli (arquero uruguayo del Maracanazo y DT del Barcelona campeón ’87) “mantenía la alegría en el vestuario”. El fútbol es un deporte en el que un equipo compite contra otro para marcar más goles: para marcarlos (y para evitar que se los marquen) es necesaria la cooperación. Esa cooperación había en Peñarol. Lezcano contó en la entrevista a diario El Universo, “un ejemplo: Julio César Abbadie era el puntero derecho, pero lo hizo triunfar a Pablo Forlán, el marcador de punta, porque lo dejaba subir hasta el fondo y le cubría las espaldas. Hoy uno ve que Sergio Ramos en el Real Madrid sube y nadie lo releva, por ahí viene un contraataque por su punta y pum, gol. ¿A quién culpa la gente...? A Sergio Ramos. Eso es porque no hay solidaridad”.

 
La lógica acumulativa del shopping suele contrariar a la solidaridad. Ilustre ejemplo de esto es la versión 2004 del equipo al que aludió Lezcano, el Madrid. El Real Madrid de Ronaldo, Raúl, Zidane, Beckman y Figo. En un artículo para Soho, Juan Villoro escribió que para esta versión del Real Madrid “Florentino Pérez había decidido abrir un restaurante con más chefs que meseros”. El equipo parecía el seguro ganador de tres torneos en esa temporada (hecho hasta ese entonces nunca antes alcanzado) pero se descalabró: estaba en la final de la Copa del Rey, acababa de eliminarlo al Bayern Munich en la Champions y tenía 8 puntos de ventaja en la Liga y, de repente, el Zaragoza le arrebató 3-2 la final de la Copa del Rey, el Mónaco lo eliminó de la Champions y el Osasuna lo zamarreó 0 a 3 en el Bernabéu para marcar su declive en una Liga que terminó por ganar el Valencia del “payasito” Aymar. “La caída de las más poderosa de las escuadras comprueba de qué material está hecho el heroísmo” sentenció Villoro en Soho. Según él, “los astros rara vez desempeñan funciones de sacrificio y el fútbol también depende de marcajes subordinados, despejes de urgencia, zancadillas salvadoras”. La frase es certera, a condición que esos astros sean de los que juegan para sí mismos, for the profit. Porque la frase no es cierta para otros astros, v.g., los de la cosecha de la Masía.

 
La española es una liga ficticia donde 18 equipos más acompañan al Barça y al Real Madrid en su definición del título. El Madrid tiene la tradición de apuntar siempre alto, pero desde el llamado Galacticidio, esto es, la derrota 3-2 contra el Zaragoza en la Copa del Rey 2004 antes mencionada, concreta más bien poco. (Según el escritor Javier Marías, madridista confeso, el que Mourinho sea DT del Madrid empeora la situación del club: “un entrenador omnipotente, omnipresente y malasangre, un quejica que acusa a otros siempre, un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, soporífero en sus declaraciones, nada inteligente, mal ganador y mal perdedor”, un individuo “al que el Madrid le trae sin cuidado, que no tiene reparo en traicionar su centenaria tradición y en arrojar sobre él una mancha que se hará difícil borrar”.) En la otra orilla, se encuentran los astros de la cosecha de la Masía, el Barça de Guardiola en el que se priorizan los canteranos y que ha ganado la liga ficticia en sus últimas tres ediciones y, más importante, ha ganado casi todo lo que se ha propuesto en España, Europa y el mundo (lo que incluye un sextete el 2009) en estos últimos cuatro años, de forma exquisita y de manera incluso humillante para su clásico rival, valga de ejemplo este 5-0. Lo ha hecho con un fútbol inteligente y preciso de toque y rotación en el que cooperan solidariamente todos sus integrantes (con pases, desplazamientos, marcajes, despejes y zancadillas) lo que maximiza las posibilidades de colaboración entre ellos, con resultados vistosos y efectivos, por momentos incluso sinfónicos. Muchos consideran a este Barcelona el mejor equipo de la historia. Yo me cuento entre ellos.

El físico nuclear Edward Jiménez en el artículo “Juegos cuánticos: su majestad el fútbol, un juego cooperativo correlacionado” publicado en la Biblioteca del Fútbol Ecuatoriano Tomo III, analiza el fútbol desde la perspectiva de la computación cuántica. La correlación de estrategias que estudia dicha disciplina se detallan en ocho páginas de fórmulas matemáticas ininteligibles para todo aquel que haya maldecido al Baldor, que concluyen que a mayor cooperación “los resultados que requieren trabajo en equipo se facilitan o son más probables” y que en “un juego cooperativo el aparecimiento de individualidades siempre dará resultados inferiores o iguales al trabajo en equipo” (Lionel Messi es prueba viva de esto, con sus distintos niveles de juego en el Barça y en la selección argentina). El juego de toque y rotación de este Barça es la puesta en escena de las fórmulas descritas por Edward Jiménez en la gramática de la computación cuántica, salvo que expresándose en la cancha de manera mucho más hermosa. El juego del Barça, en lo que tiene de colectivo y solidario, es también una apuesta contracultural (como explica el “Loco” Bielsa) en tiempos en que suele exaltarse al individuo y al mercado. Que una lección de buen fútbol para todos los tiempos provenga, no de un equipo ensamblado al gusto casi omnipotente de un magnate sino de un equipo cuya estrategia macro ha sido la creación de un tejido social en los canteranos de la Masía que sobreviva el complicado tránsito de los años jugando ese mismo estilo de fútbol bien jugado, es un hermoso detalle de esta época.

Fuente: Pablo Cozzaglio.

La sofisticada computación cuántica del físico nuclear Jiménez es otra forma de expresar lo que el recio back Lezcano sabía intuitivamente, sin fórmulas, en su sesentero vestuario del Peñarol: que el compañerismo, la solidaridad y el conocimiento mutuo entre las personas que integran un equipo (esas cosas que te da el vestuario y la convivencia, no la billetera) es la base para su cooperación efectiva y sus triunfos. El equipo que practica esos atributos juega con el material con el que está hecho el heroísmo, según Villoro. Que se juegue para conseguirlo y se lo demuestre en la cancha, que su recuerdo se convierta en memoria colectiva para celebrarlo hasta el día de la muerte. Ese, no otro, es el rezo de todo hincha por ateo que sea, antes de empezar un campeonato.

El fútbol a partir del camerino

10 de agosto de 2009

No me refiero (aunque sería un excelente tema) al fútbol que se comenta en El camerino, el programa en el que participa el amigo Diego Arcos en CD7. Me refiero en esta ocasión a esta buena entrevista a Juan Vicente Lezcano que publicó diario El Universo el día de ayer, en la que este jugador paraguayo del Peñarol de Uruguay de la época gloriosa de Alberto Spencer recuerda que ese equipo era “el mejor equipo que integré en mi vida, tenía un vestuario bárbaro, un compañerismo… Todos luchaban para todos, a un mismo ritmo”, era un equipo donde se practicaba la solidaridad, con un técnico como Roque Gastón Máspoli, que “te hacía sentir el cariño. Mantenía la alegría en el vestuario”.

Esas palabras resumen lo que me apasiona del fútbol, precisamente, su dimensión comunitaria, la que empieza antes de saltar al césped, en el camerino, con el compañerismo y la alegría entre los miembros de esa comunidad deportiva (una dimensión comunitaria que incluso puede proyectarse al ámbito social -recuérdese el ejemplo de la Democracia Corinthiana, acá como se lo publicó en Fútbol Rebelde, por acá, en una versión más larga que publiqué en esta bitácora) y que no anula la proyección individual de ninguno de ellos. Para no salirnos de ese Peñarol exitoso y comunitario, recordemos a su goleador insignia, al Negro Alberto, quien declaró que los jugadores ecuatorianos “siempre jugaban bien, pero de repente se acordaban que eran ecuatorianos y ¡zas!, ahí se complicaba”. Pero él, como ecuatoriano, no participó de esa mediocridad: “Nunca me achiqué. Uruguay era una potencia futbolística y, sin embargo, nunca me amilané y le di para adelante”, acá. Spencer le dio para adelante y creció como jugador para alcanzar 2 copas intercontinentales, 3 copas libertadores, 8 campeonatos nacionales (7 uruguayos, 1 ecuatoriano), ser el segundo goleador de la copa intercontinental (que en los sesenta se la llamaba atlantic-copa –atención al minuto 0:56 del segundo vídeo) y el máximo goleador histórico de la copa libertadores, con 54 goles (48 con Peñarol, 6 con Barcelona S.C.), torneo que este año, en su 50mo aniversario, instituyó el Trofeo Alberto Spencer al goleador del certamen. Ser un Spencer no implica serlo a despecho de los demás miembros de la comunidad en la que se participa (como sugiere la fría lógica de la competencia que suele mirar a los otros como potenciales enemigos) sino que presupone a los otros como necesarios para serlo, en un crecimiento colectivo (Spencer gana lo que el Peñarol gana), en una fábrica de belleza (siempre viene a bien recordarla, acá, expresada por aquel a quien tanto envidio) y de buenos recuerdos. Sobre esto último, reléase, sino, la entrevista a Lezcano, acá.

Al fútbol lo quiere empañar el nacionalismo imbécil, la violencia estúpida, la corrupción y el envilecimiento de quienes lo pretenden convertir en pingüe negocio a despecho de su belleza. Pero la pelota (lo dijo un enviado) “no se mancha”. Siempre habrá la belleza de lo pequeño, de la comunidad, de la solidaridad, de la amistad, de la alegría, ante la que los imbéciles, los estúpidos, los corruptos y los viles, nada pueden ni podrán hacer porque “empañan, sin marcharla, la hermosura” de este deporte. Esa comunidad, esa solidaridad, esa amistad, no anula la libertad de cada uno de sus integrantes: es su presupuesto necesario. Lo prueba Alberto, ese grande del que todavía tanto tenemos que aprender.

P.S.- Dos vídeos del ’66, glorioso año para Peñarol, campeón de la copa libertadores y de la copa intercontinental (tres goles del virtuoso Spencer –“hay que abrigarse, señora”):



El legado de Spencer

11 de noviembre de 2006


Publicado en diario El universo el 11 de noviembre de 2006.

*

A pocos ecuatorianos se los conoce fuera de las fronteras patrias. En los últimos diez años es probable que los más recordados sean estos dos: Abdalá Bucaram (dondequiera que vayas en el mundo, alguno te preguntará: ¿cómo se llamaba ese presidente loco que tenían ustedes?) y Lorena Gallo, mejor conocida como Bobbit, y mejor recordada por tajarle el miembro viril a un marine abusivo. Lo refino, entonces, para hablar con propiedad: a pocos ecuatorianos que no me produzcan vergüenza se los conoce fuera de las fronteras patrias. Uno de ellos, y sin duda del que más orgulloso yo estaba, acaba de fallecer. Se llamaba, todos ustedes lo saben, Alberto Spencer.

En una página intitulada "Un Gentleman del Gol", Jorge Barraza calificó a Spencer con los términos precisos, como un self made man, un hombre hecho a sí mismo, que desde sus orígenes humildes se forjó una magnífica carrera que lo condujo a la gloria de ocho campeonatos uruguayos, tres copas libertadores y dos copas intercontinentales. Y sin embargo, vale decirlo, este país le pagó mal. Su hijo Walter Spencer afirmó tras su deceso que la Federación Ecuatoriana de Fútbol nunca cumplió con sus ofrecimientos. A él le creo. A Luis Chiriboga jamás le he creído ni las taquillas de los amistosos, y no será esta la excepción; como tampoco me merece crédito una Federación que no se preocupó nunca de invitar a Spencer a los mundiales de fútbol a los que clasificó nuestra Selección (dicen, a manera de excusa, que lo invitaron al Mundial del 2006 a última hora y vía correo electrónico. Mejor no se excusen y ahórrense ese bochorno). Nada de lo anterior, por supuesto, empaña de mínima manera la gloria de Spencer; este siempre estuvo a otra altura.

Una altura como aquella a la cual se elevaba para merecer el calificativo que lo acompañó siempre, Cabeza Mágica, y que en un libro conmemorativo de la copa de la cual Spencer es insuperable goleador, lo consagra en los siguientes cabales términos: “… de pronto, como impulsado por un mágico trampolín, salía como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo, y, cuando estaba en lo más alto, cuando había superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo… El final era siempre el mismo. La pelota en el fondo de la red. Los defensas mirándose impotentes mientras él se iba a desparramar su alegría frente a la tribuna”. Ninguna frase define a una persona; ningún verbo roza siquiera ese milagro. Pero si a esta frase se le suma la consideración de Spencer como un gran señor, un cordial caballero y un excelente amigo, las pinceladas de su retrato se tornan casi perfectas.

Y merecidas las tiene, porque se las ganó. Spencer recordaba que los equipos de Ecuador “siempre jugaban bien, pero de repente se acordaban que eran ecuatorianos y ¡zas!, ahí se complicaba”. Tan cierto, y nótese que el término “ecuatorianos” lo podríamos cambiar por “mediocres” y se lee igual. Por eso me gustaba Alberto, porque cuando le preguntaron si a él le sucedía lo mismo, contestó: “A mí no. Nunca me achiqué. Uruguay era una potencia futbolística y, sin embargo, nunca me amilané y le di para adelante”. Spencer es uno de esos hombres que mueren para probarnos que la frase de Horacio (non omnis moriar, no moriré del todo) es cierta: porque vive en la memoria de quienes lo quisieron, de quienes lo admiramos, vive en la leyenda que desde el día de su muerte ingresa a pasos de gacela, como eran los suyos, en la historia del fútbol. Y vive, ojalá, en el ejemplo de humildad y de voluntad de vencer, que es la mejor definición de la grandeza, de su merecida grandeza, y también su legado.