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Voleando sobre Colombia

29 de julio de 2009


Tengo la impresión de que es difícil encontrar en la prensa local análisis sensatos sobre el conflicto colombiano y sus consecuencias para nuestro país. No sabría precisar si esta deficiencia se debe al interés de convertir la información que provenga de Colombia en casus belli contra el Gobierno ecuatoriano (una práctica que suele ejecutarse al amparo de la teoría de la sospecha y de la práctica de la injuria, que son las maneras usuales que tienen muchos de quienes hacen opinión pública en este país para presentar sus opiniones -porque ya saben, siempre es más fácil lanzar sospechas que razonar ideas y si se acompaña a esas sospechas de injurias todo es mucho mejor todavía, porque sabida es la ventaja que Alessandro Manzoni les atribuyó a las injurias por sobre los razonamientos, “la de ser admitidas sin pruebas por una multitud”) o por una combinación infeliz de ignorancia de los antecedentes y el contexto colombiano y de la pereza por averiguarlos, pero el hecho cierto es que la mayoría de análisis que yo recuerdo haber leído en la prensa local son de notoria superficialidad. Por citar un ejemplo entre tantos, cuando sucedió lo de Angostura no recuerdo que nadie en este país haya siquiera esbozado un análisis como el que realizó Rodrigo Uprimny sobre los riesgos de la defensa preventiva, la “jurídicamente reprobable y políticamente perturbadora” doctrina que Colombia (tan funcional siempre a los intereses de Estados Unidos y tan avezada discípula de su desprecio por el derecho internacional en tiempos recientes) aplicó contra Ecuador. Yo recuerdo haber hecho un intento de plantear la existencia de reglas del juego que deberían incorporarse a la discusión, pero una golondrina no hizo verano.
Porque existe este sombrío antecedente es porque me parecen todavía más valiosas las columnas recientes de Rubén Darío Buitrón y de Xavier Zavala Egas sobre el conflicto colombiano. Sus columnas son abrebocas para la discusión, puntos de partida para el debate: la de Rubén Darío Buitrón, que se publicó en diario El Comercio el sábado 25 (pero que cuelgo desde su blog para que quienes no lo conocen lo conozcan: ahí todo es ganancia) sobre el periodismo crítico a partir del trabajo de Claudia López y la de Xavier Zavala Egas (una de las pocas plumas que vale siempre leer) que se publicó ayer en diario Expreso sobre algunas consecuencias de la política de Uribe en su país. Ambos con un genuino interés por debatir en serio los antecedentes y el contexto del conflicto colombiano; un interés que, insisto, por mala fe o por ignorancia, se manifiesta escaso en la prensa local.
P.S.- Si les interesa un abrebocas de largo aliento para empezar a comprender el conflicto en Colombia, les ofrezco este artículo de Daniel Pécaut. Para empezar a volear el tema, no tiene pérdida.

La profecía que se autocumple

17 de septiembre de 2008

Mi columna Constitución, Drogas y Autonomía que se publicó en diario El Universo y en esta bitácora el sábado 6 de setiembre produjo críticas que resumo sin pérdida en que los consumidores de drogas son delincuentes porque “asaltan y si [uno] se resiste lo pueden fácilmente matar” y que mi postura incentiva el tráfico de las drogas porque “se produce una cadena de delitos como producción, comercialización, enriquecimiento ilícito, asesinatos, corrupción”.

En principio, yo no discuto que personas consumidoras de drogas cometan delitos. Esta constatación, sin embargo, no puede desconocer dos realidades: 1) no todos los consumidores de drogas, sino una minoría, son los que cometen esos delitos. El que esa minoría los cometa no justifica, por supuesto, la criminalización del consumo en general; 2) los delitos que se cometen bajo la influencia del alcohol son mucho más numerosos que los que se cometen bajo la influencia de las drogas. Y sin embargo…

Pero a mayor y necesario abundamiento, la mejor respuesta para estas críticas que se formularon a mi columna la argumentó en su artículo “Drogas, derecho y democracia” el inmenso jurista colombiano Rodrigo Uprimny Yépez cuando describe lo que él denomina la “profecía que se autocumple”, en los siguientes cabales términos:

“… el discur­so prohibicionista tiene la diabó­lica virtud de operar como una suerte de profecía que se autocumple: su puesta en ejecu­ción crea socialmente las premi­sas de las cuales parte. Así por ejemplo, el prohibicionismo consi­dera que todo uso es abuso y lleva indefec­tiblemente al deterioro físico y síquico del consumi­dor; por eso recomienda prohibir todo consumo. Al hacerlo, margina a los usuarios, quienes obligados a vivir en la ilegalidad y en la exclu­sión, es posible que sufran deterioros síquicos y físicos importan­tes, lo cual refuerza la premisa de partida del prohibicio­nista, según la cual todo uso de esas sustancias prohibidas es abuso y deteriora invariablemente al consumidor. La opinión pública queda entonces convencida de esa premisa, a pesar de que ella es falsa, pues no todo uso es un abuso, como lo muestra la diferencia que existe entre un alcohólico y un consumidor social de licor”. Y continúa Uprimny con la afirmación de que una vez que se consolida esta macabra estrategia, “el adicto es representado como el elemento dinamizador de la actividad de las organizaciones criminales. La ‘guerra a las drogas’ adquiere entonces el sabor de una cruzada por la salvación de la humanidad, frente a la cual no pueden existir críticos sino tan sólo herejes y traidores”. De hecho, así lo creen los críticos de mi columna del 6 de este mes. Rodrigo Uprimny les prueba, con la solvencia que lo caracteriza, que están en un error.

A manera de bonus track les cuelgo esta entrevista a Luigi Ferrajoli en que el jurista italiano se explaya sobre éste y otros tópicos. Viene muy bien como complemento para pensar estas ideas con profundidad y detalle, y no desde los errados prejuicios de quienes creen conocer cómo son los otros y cómo controlarlos.