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El prócer olvidado

9 de junio de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 9 de junio de 2023.

José Domingo de La Mar, nacido el 12 de mayo de 1776, fue cuencano por accidente. Fue hijo del vasco Marcos La Mar y Migura, residente en Cuenca en 1776 donde ejerció el cargo de Tesorero de las Cajas Reales. Su hermana mayor, Josefa Justa Rufina, había nacido en Guayaquil en 1767. Su madre, Josefa Cortázar y Lavayen era una guayaquileña de orígenes vascos. La Mar pasó mucha parte de su vida, mientras en suelo americano, en Guayaquil y sus alrededores, donde fue autoridad y tuvo haciendas. Tiene de cuencano apenas el paso de su padre por un puesto burocrático.

José Domingo de La Mar es el prócer olvidado del Ecuador. En un océano de mediocridad militar (según el historiador Pío Jaramillo Alvarado, “después de La Mar, solo se llega a un procerato subalterno”), son el Gran Mariscal La Mar y los dos hijos de su hermana, Juan Francisco y Antonio Elizalde, los militares originarios del territorio que desde 1830 se lo conoció como Ecuador que más alto rango tuvieron en las guerras de independencia. 

La Mar fue el hombre que decidió la batalla de Ayacucho, librada el 9 de diciembre de 1824, que selló la expulsión del ejército español de la América del Sur. El General Sucre reconoció en su parte militar “la serenidad con que el señor general La Mar ha rechazado todos los ataques a su flanco y aprovechado el instante de decidir la derrota”.

El Libertador Simón Bolívar tenía a La Mar en altísima estima. En una carta a Santander, escribió: “Lamar es el mejor hombre del mundo porque es tan buen militar como hombre civil. Es lo mejor que conozco.” Tras Ayacucho, Bolívar nombró un puerto de Bolivia con su apellido; Olmedo, en 1844, obsequió la memoria de La Mar con un soneto. 

Este cuencano por accidente fue el primer Presidente del Perú entre 1827 y 1829. Cuando se formaron las nuevas repúblicas, Cuenca y Guayaquil (parte de la Audiencia de Quito) habían sido administradas tanto desde Santa Fe como desde Lima y podían agregarse como el extremo Sur de Colombia o el extremo Norte del Perú (o formar una asociación distinta). Bolívar, por la razón o por la fuerza, agregó en 1822 a su Colombia el territorio de la Audiencia de Quito y lo convirtió (cercenado) en el Departamento del Sur de Colombia. 

En 1828, el Presidente La Mar quiso arrebatar Cuenca y Guayaquil a Colombia y reintegrarlas al Perú que él administraba, porque en los últimos años del gobierno español Cuenca y Guayaquil habían sido administradas desde Lima. Él mismo condujo las tropas al Norte.

Como correspondía a la época, el asunto se zanjó por la guerra. Se enfrentaron los ejércitos colombianos y peruanos en el portete de Tarqui el 27 de febrero de 1829. La Mar fue derrotado y unos meses después un golpe de Estado lo sacó de la presidencia peruana. Fue enviado al exilio en Centroamérica. Al año siguiente de Tarqui, un militar triunfante en esa batalla, el venezolano Flores, haría del territorio de la Audiencia de Quito (mejor dicho: de los restos del territorio de la Audiencia de Quito, porque mutilaron mucho Quito) un nuevo Estado, de nombre “Ecuador”.  

El 11 de octubre del mismo año en que se fundó el Estado del Ecuador, 1830, murió en el exilio, en Cartago, Costa Rica, José Domingo de La Mar.  

La primera Corte Interamericana

21 de diciembre de 2019


La Corte Interamericana de Derechos Humanos que sentenció su primer caso (Velásquez Rodríguez c. Honduras, Excepciones Preliminares) en junio de 1987 estaba compuesta por siete jueces, todos varones. Hoy no es que haya variado tanto, pues está compuesta por seis jueces varones, más la jueza Odio. No joke.

El Club de Toby admitió una chica.

De estos siete varones del ‘87, la muerte del caraqueño Pedro Nikken, acaecida este mes de diciembre en su ciudad natal, ha oficializado el hecho de que la mayoría de estos jueces ya están muertos. Todos ellos llegaron vivos al nuevo siglo, pero fue el juez tico Rodolfo Piza Escalante, el primer Presidente en la historia de la Corte IDH en 1979, el primero que la quedó. Ocurrió en San José, su ciudad natal, el 13 de enero de 2002.

El juez uruguayo Héctor Gros Espiell falleció el 30 de noviembre de 2009 en Montevideo, su ciudad natal. Y el primer juez ad hoc de la Corte Interamericana en sentenciar un caso, el hondureño Rigoberto Espinal Irías, murió el 27 de diciembre de 2013 en su Tegucigalpa natal. Con la muerte del juez venezolano Nikken del 9 de diciembre, el saldo a favor de los muertitos es de 4 contra 3.  

Quedan vivos de esos siete jueces, el mexicano Héctor Fix-Zamudio (1924), con sus 95 años de grandes éxitos ya cumplidos; el colombiano Rafael Nieto Navia (1938); y el checoeslovaco (un país ya inexistente) Thomas Buergenthal (1934), quien nació en Lubochna, pueblito hoy localizado en Eslovaquia, pero que nacionalizado por los Estados Unidos de América impartió justicia entre 1979 y 1991 como juez de la Corte IDH (además de ser el Presidente de la Corte a la fecha de su primera sentencia) y después como Juez de la Yunái en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, entre 2000 y 2010.

Estos son los tres hombres que quedan de ese lejano verano del ‘87 en San José.

El paso del tiempo...

25 de mayo de 2017

Después de conocerse que en Quito se decidió asesinar a Eloy Alfaro y cortarle sus huevos y lanzarlos por los aires, en un acto de inusitada violencia colectiva y gore, en Costa Rica se publicó lo siguiente en las páginas del periódico “La opinión”:

“Es en verdad horrible lo que ocurrió en Ecuador. Solo en un pueblo de salvajes puede ocurrir aquello, que revelan una ferocidad sin límites, y dígase lo que se quiera el Ecuador debe al general Alfaro muchos beneficios que mañana disipadas las pasiones tiene que reconocerle, la historia se encargará de ello, descanse en paz el invicto general Alfaro, inmolado bárbaramente por sus conciudadanos” (1)

Pasó el tiempo: el reconocimiento a Eloy Alfaro es generalizado, casi unánime. Se le ha atribuido al general Alfaro incluso el título de “el mejor ecuatoriano”, destino curioso sólo de pensar que en aquel 28 de enero de 1912 (día de la “La Hoguera Bárbara”) una masa embrutecida pateó su cuerpo muerto en las calles de la franciscana ciudad, previo a incinerarlo en el parque El Ejido.

Pasará el tiempo: el odio de muchos a Rafael Correa dará paso a la aceptación, después al reconocimiento. En unas decenas de años, se lo recordará como un tipo que partió en dos la historia del Ecuador, como a un Alfaro del siglo XXI.

N.B.: Los que han odiado tanto a Correa, con el paso del tiempo, dejarán de sufrir. Porque se mueren, porque se aburren, porque se dan cuenta (ya vuelve El Loco) que “el odio es una pasión estéril”. Esta es una buena nueva.

(1) Citado en: Plaza, Orlando, ‘Centenario de la Revolución de Concha’, M.I. Municipalidad de Guayaquil, 2015, p. 54. El resaltado no es del original.