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La bitácora de Enrique

20 de febrero de 2010


Enrique Avilés es mi brother, aquel del problema y la solución de Enrique. Pues nada, esta nota es sólo para informales que this brother o’mine ha creado una bitácora en la que confluyen dos de sus pasiones, el viaje y la fotografía. La bitácora está muy bien y tiene el exclusivo detalle de ser la primera en la que me suscribo. Enrique, al día de hoy, está en Ucrania, se fue allá por una mujer, ha viajado de manera reciente por varios países de Europa, por Turquía y por Egipto, tiene planeado hacerse un trip por África (algo que yo también pienso hacer en algún momento). Él sabe que many a good man have been put under the bridge by a woman, así como sabe que ese no es su caso, he knows how to handle. Y sabe tomar fotos y sabe divertirse. Es mi brother y le deseo la mejor de las suertes, ya nos veremos por allí.

P.S.- Digamos que en la pequeña foto que adjunto, tomada de su página de facebook, de su álbum ""Escalando Hoverla" o "Cómo no curarse de un resfriado" o "Fall? Wondering how's the winter?" o "Hubiera tomado más fotos de haber podido mover los dedos", o...", Enrique saluda al personal…

La solución de Enrique

1 de diciembre de 2008

Tanto como “padece” problemas que participan de una notoria cuota de surrealismo, Enrique ofrece a los panas soluciones de corte similar.

Mi memoria no registra los detalles precisos de cómo llegamos aquella noche de verano de hace algunos años al depa en Salinas de los abuelos de Enrique. Recuerda, eso sí, que el edificio se llamaba Mar Bravo (como la playa donde tenemos la familia el departamento frente al mar y sin vecinos, locación propicia para misóginos aprendices de seductor como uno), que era tarde en la noche y que la propuesta primaria consistía en salir al malecón de Salinas a buscar chicas, comprar licor barato, llevarlas al depa y curtirlas, en ese orden. Le expliqué a Enrique mi postura: que el malecón de Salinas era una idea infeliz, que la pesca sería bagrera, que estaba cansado y que mañana ya veríamos cómo nos venía la mano. Enrique me dijo que salía de todas maneras al malecón a probar suerte. Le dije me quedo pana, y le pedí que me despierte sólo si venía acompañado de mimosas muchachas. Sobre la mesa del comedor estaba lo único decente que teníamos para ofrecerles, los restos de una botella de tequila que yo había traído de México unas semanas atrás.

Y aparece entonces Enrique con la solución, entra a despertarme a la habitación y ya estaba yo en trance de mandarlo a la plenipotenciaria casa de la verga, no me jodas negro, y él, ven a verlo tú mismo, y ahí estaban, recostadas en la hamaca estaban las dos mestizas ardientes de lengua tartosa, hermanas y pulposas para más señas, y oriundas, me parece recordarlo, del mismo pueblo costero que cobijó los primeros años del gran Spencer: potente carne popular al servicio de la causa de una noche que no perfilaba tener ninguna historia pero que finalmente la tuvo: liquidamos los restos del tequila, compramos licor barato y funcional (ummmm, vino de cartón, creo recordar) que nos funcionó muy bien: curtimos felicidá.

God save panas como Enrique. And fuck the Queen.