El Partido Social
Cristiano (PSC) es un partido político legendario: el único sobreviviente de los
lejanos años cincuenta del siglo pasado actuante en la política nacional.
Fundado por Camilo Ponce en 1951, en conjunto con el muy posterior movimiento
Alianza País son las únicas organizaciones políticas que todavía funcionan y
que han podido colocar a dos hombres en el Palacio de Carondelet. Por el PSC,
ellos son Camilo Ponce (1956-1960) y León Febres-Cordero (1984-1988); por AP, son
Rafael Correa (2007-2017) y nuestra actual calamidad, Lenín Moreno AKA Lenín El
Arlequín (2017-?). Y ocurre que en estos tiempos inciertos del gobierno de
Lenín El Arlequín, el PSC y AP han encontrado un triste final.
De la implosión de AP se
encargaron Lenín El Arlequín y sus secuaces. Ellos se apropiaron del
movimiento, expulsando a la facción “correísta” e impidiéndoles luego su participación
política, y el resto corrió a cargo de su habitual inoperancia. Hoy, AP es una
organización totalmente apestada: nadie quisiera arroparse ya con su manto.
Cuesta reconocer en ella a la triunfadora institución que venció en las cuatro últimas
elecciones presidenciales (2006, 2009, 2013 y 2017), pero hoy vale menos que una
pizza mojada.
El caso del PSC es
distinto. No hace mucho (apenas un semestre y poco más), a fines de septiembre,
desde el PSC se observaba con mucho optimismo las elecciones presidenciales del
año 2021. Su candidato natural era Jaime Nebot, el alcalde por 19 años de
Guayaquil que pudo colocar a Cynthia Viteri como su reemplazo en el Sillón de
Olmedo y vendía su modelo de desarrollo como “exitoso”. Su candidato tenía buenos
tratos con los organismos electorales, un aura de hombre pragmático que podría
conducir al país en los tiempos de crisis y un futuro brillante de cara a la
carrera a la presidencia del país, pues el péndulo de la política giraba a la
derecha y este candidato era, de lejos, el mejor de su tendencia (G. Lasso, que
es un Alvarito reloaded, no le hace ni
calor).
Pero, “¿quieres hacer reir a Dios? Cuéntale tus
planes”. Salvo por el detalle de que Dios no existe, el chiste es muy
bueno. Si Nebot hablaba intensamente con una pared (eso que los cristianos
llaman “rezar”) y le contaba sobre sus planes, su Dios imaginario habría estado
a mandíbula batiente. “Poor earthling”
–supongo que Dios hablaría en un inglés un tanto snob como el de Julianne Moore en The Big Lebowski, además
de reírse como ella- “His story is ludicruos”.
Porque al rato llegaron
Octubre, el paro nacional y el exabrupto de Nebot de que los indios debían
quedarse en el páramo. Lo he dicho en otra parte, y a ella los remito: “Nebot, antes de la marcha” y “Nebot, después de su discurso”.
Pero estos acontecimientos
de Octubre fueron apenas los arrabales del infierno.
Pasado ese aciago Octubre
de 2019, el PSC estaba groggy, pero
Dios-Moore se guardaba sus mejores carcajadas para después. Ocurrió lo peor
posible, un escenario de ciencia ficción: la atacó a Guayaquil un virus global
e invisible. Y Guayaquil, en consecuencia, se derrumbó: hoy es noticia mundial
por no poder enterrar a sus muertos, que se calcinan en sus calles.
El hecho de la globalidad del
virus fue muy dañino para el PSC, porque expuso las miserias de Guayaquil
frente al mundo, y eso no hay ni Ecuarrisa
ni El Perverso que se lo resuelvan.
El PSC, para enfrentar al virus, recurrió a un viejo truco de su galera: hacer
un acto de fuerza, cual fue impedir (unilateralmente, con equipo municipal
ocupando la pista) el aterrizaje de un avión de ayuda humanitaria que venía
desde Europa. Esa fue la primera de nuestras miserias que se expusieron al
mundo: un eurodiputado calificó esta medida de “cobarde e irresponsable”, parte
de una actuación “populista y xenófoba”. Fue una primera probadita que le dimos al mundo de lo mal que podíamos hacer las
cosas.
Después de este desatino, la alcaldesa de Guayaquil le anunció a la gente que tenía coronavirus
y, después, se lanzó enjundiosa a cantar “Las mañanitas” (?). Su credibilidad se vino a los suelos. Esta mujer, ahora, es pasto
para los memes.
Se podrá decir lo que se
quiera, pero en Guayaquil ocurre lo que está ocurriendo (que lo han denunciado
en numerosos medios internacionales del Washington Post a la BBC), y es
imposible que todo lo mal que lo estamos pasando lo haya causado la mujer que
reemplazó a Nebot en su puesto de alcalde, en menos de un año en funciones.
Sería un juicio injusto, pero por sobre todo muy imbécil, porque es negarse a
entender el contexto de lo que está ocurriendo en Guayaquil, que abarca muchas
décadas.
De ese contexto de varias
décadas de dominio socialcristiano he hablado en otras partes, y a ellas los
remito: “Explicando el negocio de la alcaldía socialcristiana” y su
consecuencia “Guayaquil a la deriva”. El caso es que el capital político
acumulado a favor del PSC, por el que se había hecho pasar a Guayaquil como una
ciudad de “éxito” (y es que así lo repetían ignorantes de todas partes del
país, y los más, los propios guayaquileños), acabó de explotar por los aires. A
ese supuesto “éxito”, de ahora en adelante, siempre, SIEMPRE, se le van a enrostrar los muertos en las calles.
El
COVID-19 también mató al PSC. Claro, el partido todavía “vive”, pero en plan Weekend at Bernie’s.
En resumen, el proceso de
apestamiento de AP fue una implosión, un trabajo interno de unos resentidos, el
producto más pobre del revanchismo más mediocre que concebirse pueda. Lo del
PSC fue distinto: se trató de una explosión. Primero Nebot había encajado unos
golpes que tenían a su partido groggy,
pero luego llegó el PUM! y el COVID-19 ha mandado a volar a esta farsa llamada
modelo “exitoso”, al PSC y a las aspiraciones presidenciales de un candidato
que, en septiembre del 2019, se relamía de cara a un futuro brillante en las
elecciones del 2021. Esa era su oportunidad.
Hasta que Dios-Moore se le
cagó de la risa.
