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Un affaire de drogas en el Caribe

9 de diciembre de 2008

Yo estaba en una playa del Caribe (donde se vive como se escribe, como dijo Luis Leonardo Aute) en una fresca noche en pie de paz con una segunda botella de tinto en el depto de mi muy querida Eileen. Y hete aquí que pasada la medianoche del 2 de ese febrero bisiesto me introduzco a Internet para revisar la publicación de mi columna Razones para la Legalización de las Drogas (si se publicó completa y sin modificaciones, etc.) y me encuentro con este pana, una idea infeliz. Era la primera vez (que no sería la última) en casi dos años de columnista estable que El Universo no publicaba mi columna de opinión. Decidí que el asunto merecía atención pa’ luego porque nada yo podía resolver esa madrugada: escancié entonces la segunda de tinto y la noche se vino fresca, risueña y caribeña.

Ya en la tarde de ese 2 le escribí a Emilio Palacio un escueto correo electrónico en el que le solicité una explicación. Él me respondió con un correo amable que yo contesté de inmediato en los siguientes términos los que ahora publico en esta bitácora en reemplazo del editorial que El Universo no publicó aquel 2 de febrero. Me parece que mi contestación al amable correo de Palacio refuerza los argumentos del debate que pretendí plantear en materia de razones para legalizar las drogas: de ahí que decida publicarla en este espacio. La columna que el 2 de febrero se censuró, terminó por publicarse (con modificaciones) el sábado 1 de marzo, primer sábado después de mi regreso del Caribe sucedido el 25 de febrero. Las modificaciones a la columna se convinieron en una conversación que, a finales de febrero, sostuvimos con Palacio en su oficina: conversación en general amable, aunque a ratos chance áspera y finalmente circular. La columna, después de discutirlo cerca de tres horas, terminó por publicarse aquel 1 de marzo en los mismos términos que planteé en la contestación que hoy publico.













P.S.- Una última cosa: la versión a la que se accede a través del enlace que consta en esta entrada los dirige al editorial que publicó El Universo, con las modificaciones que sufrió el original. El original, aquel que no se publicó, consta en esta bitácora, acá.

Envidia (Aute)

16 de junio de 2007

La envidia es el sexto de los pecados capitales y es contraria al décimo mandamiento; San Gregorio Magno le atribuyó el origen de gravísimos defectos y la Iglesia Católica recomienda que se le oponga la virtud de la caridad. No me toca: yo suscribo plenamente la frase de Sabina, “me gusta que haya religiones porque me encanta pecar”, y por ende, no tengo ningún problema de conciencia en admitir que envidio. Preciso esta idea y admito que, en realidad, yo suelo admirar, por ejemplo, la prosa de Borges, la poesía del citado Sabina, el humor de Marx (obvio, de Groucho, porque el pobre Karl…), la vitalidad de Hemingway, los ideales de Gandhi, y sumo y sigo: de verdad podría citar decenas de personas, situaciones, ideas, el inventario excede, con mucho, los alcances de esta página. Pero el destinatario de mi envidia es uno solo y su nombre es Luis Eduardo Aute.

Sucede que Aute no solo es el cantante que hace tres días encandiló a quienes asistimos a su recital en el ágora de la Casa de la Cultura en Quito; es, además de cantante, poeta, cineasta, pintor y persona de asombrosa lucidez. Este es el irreductible motivo de mi envidia: Aute interviene en todos estos ámbitos del arte y todos, todos, los ejecuta con altiva maestría. Como poeta publicó en 1975 La matemática del espejo y le siguieron varios libros de poemas y recopilatorios de sus canciones (valgan estas “poemigas” –como él mismo las llama– como ejemplo: “Abrázame fuerte, fuerte, muy fuerte… hasta que la muerte nos abrace” y “Los cuerpos, después del amor, huelen a alma”); como cineasta ha realizado varios cortometrajes y en el 2002 el colosal largometraje Un perro llamado dolor, y como pintor, su vocación más temprana y laureada, ha participado en decenas de exposiciones individuales y colectivas. De hecho, Aute admite que este es el ámbito artístico donde se siente más cómodo, a todo lo demás dice dedicarse como hobby. ¡Hobby?, por Dios, eso es casi hiriente.

Una persona como Aute, que describe con maestría un acto tan prosaico como la masturbación (“a veces recuerdo tu imagen, desnuda en la noche vacía / tu cuerpo sin peso se abre y abrazo mi propia mentira”), que precisa el exacto blasón de la belleza (“enemigo de la guerra y su reverso, la medalla / no propuse otra batalla que librar el corazón […] reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo / ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza / de encontrar en tu mirada… la belleza”) y que ha compuesto obras como Rosas en el mar, Alevosía, ¡Mira que eres canalla!, Vailima, Slowly, y decenas más de canciones que maravillan, solo por estas obras merece que se le tribute rendida admiración. Pero Aute es como Da Vinci, abarcativo y espléndido (¿Luis Leonardo Aute?) y en materia de arte todo lo que hace, y hace mucho (olvidaba que también es escultor), lo hace bien: es un Rey Midas que goza a plenitud de sus divinos dones. No sé a ustedes, pero todo esto a mí me provoca envidia, mucha, y la admito sin rubor. Recuerdo que Arthur Schopenhauer declaró que “nadie es realmente digno de envidia”: me permito, en esta página, rendirle mi envidioso homenaje a la genial excepción.