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Woodstock

18 de agosto de 2009

En reciente relectura de La revolución y nosotros, que la quisimos tanto, de Daniel Cohn-Bendit, me encontré con una entrevista a Abbie Hoffman realizada en setiembre de 1985, en la que puede leerse este fragmento:

“Dentro de treinta o cuarenta años, cuando se escriba la historia de nuestro siglo, Woodstock será reconocido como uno de los acontecimientos más importantes de estos tiempos… ¡Tan importante como Stravinsky! Un suceso único, extraordinario… Estoy convencido de que más adelante se reconocerá la capital importancia que tuvo en cuanto comunión espontánea de toda una generación. Hoy nadie puede imaginar lo que fue aquella concentración de quinientos mil jóvenes que, durante tres días, escucharon a las mejores y más originales músicos de la época. Toda aquella gente, una verdadera marea humana, tendida en la hierba, tranquila, feliz. Se había anunciado un cataclismo, una hecatombe. El gobernador del Estado (Rockefeller) la declaró zona catastrófica. Para el New York Times, era una auténtica pesadilla, y para todas las instituciones biempensantes del país, una tragedia. Era monstruoso, inaceptable. Nosotros en cambio decíamos: ‘Será formidable… ya veréis, será maravilloso’. Y lo fue”.

Y lo fue. Acá, la pulenta cobertura que la edición argenta de la Rolling Stone realizó de los 40 años de ese festival, con un recuerdo de un joven Martin Scorsese en el mismo (cuando era un tanito cualquiera de Little Italy) y una entrevista a su creador, Michael Lang. Acá, el muy buen reportaje que publicó el domingo diario El Universo (lo mejor que leí en la prensa local sobre el tema) de esos días de agosto del ’69, con la inclusión de la mirada de un guayaquileño, la del amigo Sergio Pérez, sobre el festival (la leyenda cuenta que Sergio fue el único ecuatoriano que allí estuvo –yo no conozco de otro que cuente esa historia, al menos) y de la influencia tardía del festival en Guayaquil. Al día siguiente y de manera curiosa, Alfonso Reece escribió la columna ¿Por qué no estuve en Woodstock?, donde declara no saber “si algún ecuatoriano estuvo entre los 500 mil afortunados que lo vivieron” (por temas de edición, Reece no se enteró de la historia de su colega de página Pérez). Por cierto que la columna de Reece, escrita en un plan chance mafufero, es bastante buena.

40 años atrás, el 18 de agosto de 1969, tipo 9:00 AM, Jimi Hendrix tocaba en Woodstock. Y supongamos que tocaba ésta:

Mejor no hablar de ciertas cosas

14 de enero de 2009

Antier estábamos con una amiga piola en su oficina y queríamos escuchar música, ¿qué ponemos?, me pregunta. Reviso las carpetas de su computadora, ya está, respondo: Sumo. De inmediato empezó a sonar Mejor no hablar de ciertas cosas. El ambiente era cálido esa temprana noche.

He hecho pública mi devoción por Sumo y en particular por quien fue su vocalista, Luca Prodan (quien supo hacer carne esa potente frase de Jack London: "prefiero ser un fugaz y brillante meteoro que un lento y perezoso planeta"). Sumo es, de entre un amplio repertorio de posibilidades, mi grupo favorito del rock argento (y me pregunto, ¿quién me inoculó este delirio? ¿Acaso la Vero, quien loada sea, mañana viene de visita?). De allí que sin conocer su trabajo en El Vuelto S.A. y sin ser fanático de Las Pelotas, la muerte de Sokol me toca, me toca.

Porque ayer murió quien fue bajista y baterista de Sumo en su primera época y vocalista de Las Pelotas, Alejandro "El Bocha" Sokol, de un paro cardiorrespiratorio mientras esperaba en la terminal de Río Cuarto el micro que lo lleve a Buenos Aires. (Aquí, la nota de su deceso en Rolling Stone; acá, su última entrevista para esa revista.) De la muerte no puede predicarse nada con certeza: yo solo podría sugerir esta sentencia del gran Baruch de Spinoza: "el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte y toda su sabiduría es sabiduría de la vida" (Ética, 4ta parte, prop. LXVII). O para decirlo con palabras de Sumo: mejor no hablar de ciertas cosas. Solo acudir a la memoria y escuchar, volver a escuchar...