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Quito, 1812

27 de abril de 2022

 

Detengamos la historia en Quito, el año de N. S. de 1812. Supongamos que Quito hace su famosa Constitución de 1812 y TRIUNFA. Impone esa Constitución en el territorio de su provincia y perdura por siglos. Las provincias vecinas se confederan y progresan sin la provincia de Quito. Quito, por su cuenta, vive a plenitud bajo el imperio de su Constitución. Es un pueblo montañés y católico. Muy católico.

 

Porque el artículo 4 de su Constitución de 1812 dispone lo siguiente “La Religión Católica como la han profesado nuestros padres, y como la profesa, y enseña la Santa Iglesia Católica, Apostólica Romana, será la única Religión del Estado de Quito, y de cada uno de sus habitantes, sin tolerarse otra ni permitirse la vecindad del que no profese la Católica Romana”.

 

Entonces, tenemos a un pueblo andino habitado ÚNICAMENTE por católicos. Así, la reproducción exclusivamente entre católicos por siglos, encajonados todos en un hermoso paisaje montañés, iba a producir un escenario terrible: una desigualdad pavorosa, pobreza generalizada, censura a las críticas a las autoridades (en especial a las eclesiásticas), represión violenta a los homosexuales, prohibición total del aborto, el Syllabus del buen quiteño y el Índex Quitorum Prohibitorum, los impuestos para los de abajo y la policía para los que desafíen el orden impuesto. Las tasas de alcoholismo y de suicidio estarían por las nubes (ir al Puente del Chiche sería más popular que ir al Panecillo –cuya calle de acceso se llamaría Melchor de Aymerich, triunfador en Pichincha). Todos los errores del sistema se atribuirían a la falta de virtud de los dominados, la caridad sería la única política pública. La religión de la conquista seguiría mandando. Y todavía habría toros porque así lo quiere Dios.

 

Conclusión: un pueblo aislado, poblado únicamente por católicos, sería el infierno en la Tierra. Al menos para los que no mandan, que son la mayoría (para los que mandan, bocatto di cardinale)

 

Alabado sea el Jebús, vea.

Ucronía de un Quito español

14 de abril de 2019


Imagínense una ucronía al amparo de este meme:

1821: Tras unos devaneos iniciales, las fuerzas militares de Guayaquil fueron mermadas por una devastadora fiebre amarilla. Esto, más los problemas entre los Libertadores para unir sus fuerzas a fin de liberar Quito (“queda muy lejos”, decía el general Santa Cruz), dejaron pendiente su liberación.
1823: El personal libertario se preocupa del Perú. Quito sigue su vida de rutina.
1824: Tras la Batalla de Ayacucho se firma un tratado que dispone la salida de España del territorio americano, salvo por el enclave de Quito. “Yo no lo quiero”, dijo Sucre. “Nosotros tampoco”, dijeron los españoles. “Deje así”, terció un quiteño. Así quedó.
1826: España entrega el puerto del Callao. América continental está perdida para el Reino de España, salvo el enclave de Quito (le quedan, además, las islas de Cuba y Puerto Rico). En Quito hay toros y alcohol.
1868: Levantamiento en Cuba organizado por Carlos Manuel de Céspedes. Quito sigue su rutina de toros y alcohol.
1895: Levantamiento en Cuba organizado por José Martí. Quito, fiel a sí misma: toros y alcohol.  
1898: Independencia de Cuba y Puerto Rico. Quito introduce una variante: alcohol y toros (el cambio es meramente semántico, cosas de borrachos).
1900: Invención del Cuba Libre, que en el mediano plazo aumentó la oferta alcohólica en Quito, todavía enclave español fiel a su “señor natural”, el Rey Alfonso XIII.  
1939: Quito mantiene la neutralidad de España al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco es que podría hacer otra cosa.
1945: Se acaba la guerra. “Lo de siempre, cantinero”.
1992: Quinientos años del descubrimiento de América. En Quito, toros y alcohol, ¿cómo no?
2011: Triunfa una consulta popular que elimina la fiesta de los toros de la oferta de temerarias emociones alcohólicas de Quito (elimina la matanza de toros, para ser preciso). Les queda, sin embargo, más alcohol. Y, un poquito, Barcelona (pero el de España, verán).
2014: Felipe VI es proclamado Rey de los españoles. En Quito, festejan a su nuevo Rey con alcohol y añoranza de los toros.

Y olé.